Con el agua al cuello
Una nación en revolución está más dispuesta
a conquistar a sus vecinos que a ser conquistada.
Danton
En enero de 1817, las únicas fuerzas que enfrentaban con vigor a los españoles eran las desperdigadas guerrillas de Páez. Una sombra de derrota aplastaba el espíritu de los patriotas. Bolívar había dejado el país y organizaba una expedición. Morillo concentraba un fuerte contingente para emprender un ataque al Apure (cuyo control le permitiría ser el dueño de Venezuela).
No sabe Páez si va a Barinas o cruza el Orinoco para reunirse con la partida de Cedeño en Caicara; o busca a los realistas en Achaguas, y así o de alguna otra manera lograr obtener los recursos para enfrentar la expedición de Morillo que se acerca. Decide lo último y al inicio de la campaña derrota a López, como ya se dijo. Entre tanto, los reveses sufridos hicieron temer un grave giro a la situación defensiva: el comandante Freites, patriota, fue derrotado y muerto en Guayabal; lo mismo sucedió con Roso Hurtado, que comandaba una columna de seiscientos hombres por los lados de San Jaime, en Barinas; y la división de Urdaneta, recién llegada a la capital de Barinas se dispersó perseguida por el general Calzada.
Tantas calamidades eran acompañadas por la alarma de la invasión del “Pacificador” Morillo quien traía una división tres veces superior a la de Páez. Además de todo este caos, se sumaban las deserciones y la petición de importantes patriotas solicitando pasaporte para dejar los llanos.
Entre los que, con pasaporte en mano, abandonaron a Páez. En aquella peligrosa posición estaban Santander, Conde Blanco, Carreño, Manrique, Valdez, el doctor José María Salazar y algunos de los emigrados como el doctor Yáñez y los presbíteros Méndez y Becerra.
En el mismo mes de enero, el desenlace de estos angustiosos temores fue más o menos feliz: Páez infirió una tremenda derrota en Mucuritas, al lugar-teniente de Morillo, general Miguel de La Torre, la primera que sufrían las fuerzas del Pacificador desde su llegada a América.
Decía Morillo en un manifiesto:
Catorce cargas consecutivas sobre mis cansados batallones me hicieron ver que aquellos hombres no eran una gavilla de cobardes poco numerosa, como me habían informado, sino tropas organizadas que podían competir con las mejores de S. M. el Rey.
Merecido reconocimiento debemos los americanos a Páez, quien fue el primero en levantar la moral de los rebeldes de este continente, después del desembarco de Morillo, y demostrarle al invasor, no solamente su poderosa capacidad de combate, sino además, su decisión de destruirlos, para nunca más volver a ser sus vasallos. Fue su ejemplo en aquella terrible hora la que reanimó nuestras exiguas y caóticas fuerzas.
Con aquel bufete ambulante cuyo cerebro administrativo es Santander, en la noche del 31 de diciembre de 1817, zarpa de Angostura en varias flotillas la tropa patriota al mando de Bolívar. En trece días de navegación llegan a Caicara, puerto al margen del Orinoco, una de las partes más anchas de este río. De aquí se dirigen al Apure y llegan a San Juan de Payara, al Hato de Cañafístola, en 30 de enero de 1818. Es en este Hato donde los dos hombres más grandes de Venezuela se encuentran y se abrazan: Bolívar y Páez. Santander, viéndolos conversar animadamente, observando la pasión con que el Libertador le hablaba al León Apureño de sus planes, no sólo de independizar la Nueva Granada, sino inmediatamente marchar hacia el sur y desbaratar a todas las fuerzas españolas en Ecuador, Perú y el alto Perú, sentía una extenuante envidia, que habría luego de convertirse en un pavoroso rencor. Bolívar siempre sintió una especial estima por Páez por ser éste hombre básicamente ganglionar, de expresión entonces franca y por estar en aquella época totalmente entregado a la lucha por la independencia de Venezuela. Si hubiese sido serio como Antonio José de Sucre, otro gallo habría cantado en América Latina. Es muy probable que Bolívar le hubiese presentado a Santander, diciéndole, como lo solía hacer con su imaginación futurista, que ambos estaban llamados a dirigir, uno el destino de la Nueva Granada y el otro el de Venezuela. Seguramente, les solicitó que tratasen siempre de entenderse en todo para la consolidación de la República, que pronto se levantaría en toda esta parte norte del continente. Es probable, igualmente, que con esta petición del Libertador, naciera el resquemor, la competencia y la vil lucha que estos personajes llevarían a cabo para destrozar la obra sublime de la Gran Colombia.
Morillo estaba en San Carlos. Al conocer esta peligrosa reunión, salió y se apostó en Calabozo. Allí fue severamente atacado el 12 de febrero de 1818, por las fuerzas del Libertador. Santander no participó en esta contienda, seguramente porque andaba en lo suyo, en el arreglo de documentos, revisión de planos y organización de recursos.
Se produjo una dispersión: Morillo se hizo fuerte en el propio poblado de Calabozo y los patriotas se apostaron cerca de El Rastro. Santander tampoco andaba con Páez porque éste fue a darle caza a Morillo en La Aguada de Uriosa.
Ningún parte de guerra menciona a Santander, si tomamos en cuenta que era un importante oficial granadino. En el Sombrero fueron derrotados los patriotas por unos realistas que huían desesperadamente buscando protección hacia el centro, en Valencia.
El año de 1818 fue desastroso: las fuerzas realistas en Nueva Granada, parecían invencibles, y Bolívar imposibilitado para emprender otra campaña después de la cruenta batalla de Semen. No podían ayudarlo las fuerzas de Oriente, que se encontraban dispersas y extenuadas; Margarita no tenía soldados sino marineros. Cumaná y Barcelona estaban ocupadas por el enemigo. Sin dinero, sin recursos humanos, Bolívar vagaba pensativo sólo con el poder de su obsesión. En aquel año tan miserable para los patriotas, muchos buscaban la protección de Bolívar. Nos recuerda Fernando González que: “Anda con Bermúdez, que hace poco quiso matarle, con Mariño que le traiciona.
Con el antioqueño Zea que lo despoja”.
En el encuentro con Bolívar, en 1818, el cucuteño despliega sus poderes de persuasión para mostrarse ante el gran hombre como fiel a su causa e irrestricto servidor de sus ideas. Los antecedentes hacen ver a Francisco que Bolívar es el único en tener una idea superior de cuanto hace, de lo que persigue. La Campaña Admirable, sus caídas y triunfos, la perenne lucha frontal contra los llaneros, a quienes aún tiene bajo su mando, el fusilamiento de Piar y una resolución implacable de no retroceder frente al enemigo, son evidencias para una mente perspicaz como la suya, de que ha encontrado al Moisés de su vida.
Muchos y reiterados debieron ser los perdones y remordimientos que le expresó Santander por no haberle acompañado en la gesta memorable de la Campaña Admirable.
Bolívar, con su condición innata de no anteponer su orgullo cuando escuchaba las penosas confesiones de sus compatriotas, le dijo los errores cometidos por él mismo al tratar de servir a la patria, y que él mismo era el más culpable de todos. Francisco se sintió conmovido ante aquel extraordinario ser que salía cada vez más airoso y engrandecido en medio de formidables fracasos.
La actividad intelectual desplegada por Santander durante aquellos primeros días fue intensísima; mostrando, sin duda, claridad, disciplina de trabajo y agudeza no observada por el Libertador en ningún otro de sus eminentes compañeros de pluma. Sin duda, a este joven podría darle una elevada posición en sus planes. Era el hombre adecuado para organizar la confederación de la América del sur, idea que en aquellos días aciagos de la guerra, llevaba entra ceja y ceja. En más de una ocasión, viendo a Santander en trajines en los que mostraba una particular destreza para asuntos de Estado, debió decirle: “Usted está llamado a tener una situación muy digna en esta empresa de la confederación americana…
Yo lo tengo a usted en la mira para que dé los primeros pasos en la organización de estas nuevas repúblicas”.
Hubo un hecho, ocurrido el 16 de abril de 1818, que sería en parte el comienzo de esa debilidad extrema que Bolívar habría de sentir por Santander hasta su muerte: yendo, Bolívar, hacia el norte, con la obsesión de llegar a Caracas, se enfrenta a un pelotón de Calzada cerca de Valencia, y hasta se cruza con el mismísimo Morillo, que le ataca en un terreno darse por esta época. Sigue avanzando después del duro encontronazo con Morillo, quien es alcanzando por una lanza en la cadera; se detiene a acampar en un lugar llamado Rincón de los Toros. Es de noche y no saben que las tropas del realista López merodean el lugar. Nos refiere el propio Bolívar, años más tarde, que estaba él acostado en una hamaca, y tendría dos horas descansando cuando llegó un llanero y le informó que a dos leguas del campamento había un grupo realista.
El Libertador, después de dar órdenes para que se recogieran las municiones y el parque, volvió a su hamaca.
Entre las voces que se oían resaltaba la del general Santander preguntándole al general Ibarra dónde se encontraba Bolívar. Quería informarle que todo estaba listo para retirarse del lugar. Bolívar se incorpora, se sienta, y cuando Francisco le va a hablar, estalla una fuerte descarga. En la oscuridad sólo se distinguían los fogonazos que salían de entre la maleza. El general Santander, movilizándose instintivamente, gritó: “¡El enemigo!”. (La hamaca del Libertador recibió algunos balazos y fue luego exhibida por los realistas como una prueba de que, al fin, Bolívar había muerto). En realidad, la oscuridad los había salvado. Francisco había actuado con serenidad, desenvuelto, y estuvo entre los que pudieron ser cogidos por la metralla, fue una ráfaga de valor instintivo y certero que le llenó de felicidad y le hizo ver que el asunto de la guerra y del valor, como las musas, venía del Cielo, de los dioses. Bolívar agradeció, con un abrazo, su comportamiento: había hecho esfuerzos por proteger y alertar al Libertador.
El año 1818, definió totalmente el destino de Santander.
A partir de entonces, bajo la sombra del Libertador, dejaría de ser un oficial desconocido, sin rumbo definido, en medio del horrible caos que destrozaba a todo el norte de la América del Sur. Seguir a Bolívar lo estaba catapultando hacia la gloria. Por su eficiente actividad durante aquellos primeros seis meses del año de 1818, el 16 de junio, el Libertador nombró a Santander Miembro de la Orden de los Libertadores; el 12 de agosto lo ascendió a general de brigada de los ejércitos de Venezuela y el 21 de agosto lo destinó al mando del Ejército de Casanare, con el mando en jefe de la vanguardia del Ejército Libertador de la Nueva Granada.

















