
Dicho planteamiento no es sostenible y sus frágiles costuras, pese al trabajo de encubrimiento de los medios hegemónicos, están a la vista de todos
William Serafino / diario-red.com
Tras la abrumadora y a todas luces ilegal agresión militar de EE.UU. contra Venezuela del pasado 3 de enero, que concluyó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, la diputada Cilia Flores, y dejó un saldo catastrófico de un centenar de personas fallecidas (hasta los momentos), el presidente Donald Trump ha estado invirtiendo una gran cantidad de recursos narrativos para reafirmar que está al mando del país caribeño.
La gramática explícitamente colonial de Trump ha incluido también el uso del bullying como táctica de provocación, al autoproclamarse “acting president” (presidente interino) de Venezuela recientemente en una publicación en Truth Social.
En paralelo, sus contrastantes comentarios en torno a Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela, y María Corina Machado complementan el encuadre de su relato. Con respecto a Rodríguez, destaca su “cooperación” y lo bien que vienen trabajando, mientras que a Machado le continúa propinando baldes de agua fría, bajo el argumento de que no tiene el respeto del país.
Sobre la base de estas dos premisas, Trump construye el artificio de lo que intenta vender como una regencia o protectorado colonial estadounidense en Venezuela, sustentado en la supuesta elección de Rodríguez.
Dicho planteamiento no es sostenible y sus frágiles costuras, pese al trabajo de encubrimiento de los medios hegemónicos, están a la vista de todos.
Un cálculo con resultado contraproducente
Regresemos a la amarga madrugada del 3 de enero. Evaluando en frío el cálculo estadounidense, sería muy ingenuo considerar que el objetivo final de la agresión se agotaba en el secuestro de Maduro. De igual forma, también sería iluso pensar que sacar de juego a la principal autoridad política de un país no se inscribe en una apuesta estratégica más amplia por desmembrar y caotizar el Estado que dirige.
El shock psíquico, social y político que ocasionaron los bombardeos en Caracas y otras ciudades de Venezuela fue la medida concreta de esa aspiración no declarada formalmente como parte de la “Operación Resolución Absoluta”. Muy probablemente en Washington, colonizado intelectualmente durante años por narrativas recicladas sobre la división interna del chavismo, esperaban un colapso rápido a modo de castillo de naipes.
Tras el derrumbe proyectado, primero en lo político y luego en lo institucional, EE.UU. jugaría a administrar el caos siguiendo el modelo de saqueo energético de Irak tras la invasión militar de 2003. Un gobierno débil y fragmentado, incapaz de controlar el territorio y sostener la cohesión del país, generaría un escenario óptimo para una ocupación enfocada en el dominio de campos petroleros, mientras, en paralelo, podría arbitrar el conflicto intestino entre fuerzas militares y políticas a favor de los sectores más proestadounidenses.
Alguien podría intentar rebatir esta aproximación mediante la afirmación de que Venezuela no es Irak, y que Trump, contrario al enfoque neoconservador de Bush hijo, se inclina hacia operaciones militares limitadas con el propósito de mitigar costos reputacionales y electorales.
Aunque esto es cierto parcialmente, no satisface los vacíos explicativos postbombardeo.
Trump no ha obtenido resultados positivos que sean equivalentes en contundencia y ganancia al riesgo de agredir militarmente un país suramericano y secuestrar a su Jefe de Estado. La opinión pública rechaza su decisión, no se ha catapultado significativamente en las encuestas, las fricciones dentro de sectores aislacionistas del mundo MAGA se han intensificado y la reciente reunión con ejecutivos de las grandes petroleras occidentales, en la que esperaba cristalizar un gran éxito económico interno, concluyó sin ningún compromiso de inversión.
Visto desde los rendimientos proyectados tras la agresión, la continuidad del gobierno venezolano de la mano de Rodríguez no encaja con la posición triunfante en la que aspiraba estar Trump a casi dos semanas del movimiento geopolítico más arriesgado de toda su carrera política.
Resulta evidente que el ascenso en condiciones extraordinarias de la vicepresidenta de Maduro no fue parte del diseño de la operación, tampoco el producto de supuestas negociaciones sibilinas ni una elección, sino una consecuencia no prevista que el republicano ha tenido que cabalgar sobre la marcha.
Un gobierno débil y fragmentado, incapaz de controlar el territorio y sostener la cohesión del país, generaría un escenario óptimo para una ocupación enfocada en el dominio de campos petroleros, mientras, en paralelo, podría arbitrar el conflicto intestino entre fuerzas militares y políticas a favor de los sectores más proestadounidenses.
Con Rodríguez al mando de Venezuela, Trump enfrenta el complejo trance de tener que congeniar variables políticamente inflamables: el vértigo electoral de las midterms, los riesgos derivados de una nueva escalada y el tiempo y recursos que debe invertir en negociaciones para conseguir logros políticos y económicos en los que apoyarse en la disputa interna estadounidense.
En síntesis, no pareciera tener sentido la supuesta “elección” que hizo Trump de Rodríguez si el resultado de esa decisión implica enfrentarse a los mismos obstáculos que se le planteaban con Maduro: obtener una mayor presencia petrolera mediante negociaciones con los enemigos de Marco Rubio. Tanto peligro asumido para una “victoria pírrica”, como lo destaca el historiador argentino Lautaro Rivara, es una sólida evidencia de que la hoy presidenta encargada nunca estuvo en los planes de Trump, como tampoco lo ha estado Machado.
Desmontando el “estamos a cargo” de Trump
Pese a la insistencia declarativa del republicano sobre su gobierno ficticio en Venezuela, los mandatos coloniales, protectorados o tutelajes se implementan mediante acciones prácticas de corte jurídico e institucional. Justamente esta condición hace que sea innecesario reafirmar permanentemente que se está al mando de un país. En esta lógica, las reafirmaciones de Trump no lo acercan a su cometido, lo alejan.
Resulta evidente que el ascenso en condiciones extraordinarias de la vicepresidenta de Maduro no fue parte del diseño de la operación, tampoco el producto de supuestas negociaciones sibilinas ni una elección, sino una consecuencia no prevista que el republicano ha tenido que cabalgar sobre la marcha
En la amplia tradición imperial-colonial estadounidense, estas formas de control externo se han materializado a través de fórmulas como la Enmienda Platt de 1901 en Cuba y la Ley Orgánica Filipina de 1902 aplicada al país asiático. Ambos instrumentos formalizaron el control norteamericano sobre estas naciones insulares una vez concluyó la guerra con el imperio español, del cual formaban parte hasta la victoria militar gringa.
Nada parecido a estos mecanismos está aplicándose a Venezuela, por más que se intente forzar la lógica histórica al presentar el chantaje energético y geopolítico en curso de EE.UU. contra Venezuela como una variante sui generis de protectorado o tutelaje norteamericano.
Al ser la soberanía nacional un concepto indivisible, no es posible la implementación de protectorados intermedios, y la presión actual que ejerce Trump contra el país caribeño, amplificada por una agresión militar que indudablemente ha fortalecido las ventajas de EE.UU. para imponerse, no es automáticamente una señal inequívoca de tutelaje.
Una comprobación de que no existe tal cosa como un gobierno de Trump en Venezuela vino recientemente de la mano de ExxonMobil, que en voz de su CEO, Darren Woods, se negó a invertir en Venezuela durante reunión de los ejecutivos del Big Oil con el mandatario norteamericano. Posteriormente, Trump afirmó que estaba pensando en excluir a ExxonMobil de su estrategia energética en Venezuela, reconociendo que no es posible para él cumplir con lo solicitado por la petrolera durante la reunión: un cambio estructural del ordenamiento jurídico petrolero venezolano.
¿Cuál sería la dificultad de lograrlo si efectivamente está gobernando a Venezuela y ya se ha establecido un protectorado?
Parafraseando al ensayista portugués, António Cândido, quien afirmó que “la literatura es el soñar despierto de las civilizaciones”, la noción del protectorado es el soñar despierto del imperio estadounidense en Venezuela.
La declaración de intenciones en este sentido es una señal peligrosa de que los neocons, liderados por el secretario de Estado, Marco Rubio, que salivan por un Irak en el Caribe, no están del todo satisfechos con el escenario actual post Maduro, calculando una nueva embestida, porque el premio mayor del colapso de la República Bolivariana se les ha vuelto a escapar de las manos.