Manuel Gragirena
Permítame compartirles, con la humildad de quien atesora cada recuerdo, un fragmento de mi historia que me conecta profundamente con mi Caracas natal. Aunque nací en esta hermosa ciudad, mis primeros años transcurrieron en San Cristóbal debido a las circunstancias laborales de mis padres. Sin embargo, en casa, Caracas, Puerto Cabello, Urama y Barlovento siempre fueron temas recurrentes, alimentando mi imaginación.
Era 1975, y mi hermano de 10 años y yo, en plenas vacaciones escolares, emprendimos un viaje nocturno en autobús hacia Caracas. ¡Qué emoción! Ni él ni yo pudimos dormir; cada luz, cada aviso, cada empresa que veíamos desde la ventana nos llenaba de asombro. Al llegar, todo lo que había oído en casa sobre Caracas cobró vida. Los túneles, los distribuidores, las nalgas de Rómulo, las torres del silencio, Catia… todo ya lo conocía sin haberlo visto.
Mi madrina Elsa, con gran cariño, nos llevó a recorrer Caracas. Visitamos la Casa Natal de Simón Bolívar, el Museo Bolivariano y la Plaza Bolívar. Caminamos por esas calles con los curiosos cilindros de concreto que limitaban el tráfico y el eslogan «Caracas para todos». Diego Arria era el gobernador y CAP el presidente con energía. Incluso recuerdo la polémica sobre unos autobuses acordeón con «piso de cartón», un detalle que se grabó en mi memoria.
Otro paseo fue al «Parque del Este». Allí, tuve dos frustraciones. La réplica de la Carabela Santa María estaba cerrada, y para mi tristeza, el Planetario Humboldt también. Una nota en la puerta, con la simple palabra «dañado», vino a mi memoria la semana pasada.
Hoy, en el año 2025, cincuenta años han pasado, y el destino me trajo de vuelta al Parque del Este. Esta vez, en lugar de la Carabela de Colón, pude admirar una hermosa réplica del buque Leander, el barco que trajo a Miranda, y por fin, el Planetario Humboldt. Ahora, como tutor en la Primera Olimpiada Venezolana de Astronomía, pude entrar a este lugar. Fue un cúmulo de emociones pisar este espacio, con cinco décadas de conocimientos acumulados, después de haber devorado libros, visto documentales y películas en el cine, trabajado con simuladores en computadoras y contemplado cielos en tantos lugares del mundo. A todo ello se sumaba el temor de haber visto cómo el tiempo, la desidia y la delincuencia han deteriorado y hasta eliminado monumentos y lugares históricos.
Confieso que me sentí como un niño a punto de llorar, pues mientras esperaba en la fila para entrar me llamaron para otras tareas, y en serio y en broma advertí que entraría primero al planetario y luego resolvería lo demás. Pocos entendían, por lo que tuve que explicar con la anécdota central de esta nota.
Al fin, dentro de la cúpula, recorrí el horizonte grabado en el perímetro de la cúpula, observando a detalle la silueta de la Caracas que nos dejó el General Pérez Jiménez. Caminé varias veces alrededor del proyector, intentando comprender cómo gira cada una de sus partes. Mis ojos de experto en electricidad y electrónica observaron la consola, preguntando ingenuamente si aún funcionaba. El operador, con una mirada de asombro, me aseguró que sí. Le pedí encarecidamente que mantuvieran esa consola intacta, una verdadera joya, pues solo hay cinco sistemas proyectores planetarios como este en el mundo. Luego, fui a los asientos, esas sillas tan características de los cines de mi juventud, las mismas, originales del planetario.
La emoción me embargó cuando la función comenzó. Imágenes de mi familia de hace cuarenta años, y también de mis hijos, inundaron mi mente. Las lágrimas de felicidad por estar allí, contemplando esas maravillosas estrellas proyectadas, se mezclaron con un dejo de autorreproche por no haber traído nunca a mis hijos a este lugar tan mágico.
Al terminar, me acerqué al conferencista para felicitarlo, y pude explicarle la razón de mis lágrimas. Con una sonrisa, me dijo: «No se preocupe, esta consola y este planetario son patrimonio nacional; jamás permitiremos su modernización o modificación». «Amén», contesté.

















