Por Geraldina Colotti
foto: Caryslia Rodríguez, presidenta del Tribunal Supremo de Justicia.
La realidad es que no existe soberanía sin producción, y no existe producción sin la capacidad táctica de romper el asedio
Existe una forma de parasitismo intelectual que, sobre todo en Europa, florece en los momentos de máxima tragedia nacional. Es la postura de quienes, protegidos por una cátedra o por una vieja renta de posición académica, se erigen en autoridad constitucional para procesar a quienes, sobre el terreno, deben garantizar la supervivencia de un pueblo. Hay quienes han masticado mal un poco de obrerismo del siglo pasado, tergiversándolo, para transformarlo hoy en un arma arrojadiza contra el Estado bolivariano justo cuando este sufre una agresión militar sin precedentes. Ocurre, así, que se leen artículos con un sabor surrealista para uso y consumo de quienes, en su propio país, han visto pasar todos los trenes por el ojo de la cerradura, y hoy se confían a quienes, estando fuera de Venezuela, nunca han intentado siquiera gobernar la silla en la que están bien sentados. Se utiliza para ello una técnica clásica: mezclar datos técnicos descontextualizados con la voz de una presunta «oposición de izquierda» para dar una apariencia de objetividad a lo que es, en realidad, un apoyo implícito a la estrategia de Washington.
El grotesco alcanza su punto máximo cuando esta presunta «crítica antiautoritaria» termina encontrándose bajo el mismo techo que burócratas desplazados que, con tal de mantener su pequeño poder de aparato, han optado por dejarse orientar por un ciego doctrinarismo de marca europea. Ver a quienes se profesan «de extrema izquierda» aliarse, en los hechos y en las plazas, con el fascismo de María Corina Machado y con los ultraliberales que han bendecido la invasión militar y el secuestro del presidente Maduro y de la diputada Cilia Flores, ya no es un error de análisis, sino un alineamiento preciso que cierra un círculo vicioso propio de las «plataformas giratorias» post-noventistas.
¿Cuáles son, de hecho, las «fuentes» que se utilizan? A menudo se trata de siglas nacidas de escisiones o grupúsculos intelectuales que, aun declarándose de izquierda, han asumido posiciones funcionales a la derecha en los momentos de máxima tensión, apostando por la crítica a la «deriva autoritaria» justo cuando el Estado está bajo ataque armado, y sobre todo aliándose con quienes portan el neoliberalismo más desenfrenado.
Se citan «expertos» que viven en Europa, conocidos por una crítica «académica» que desde hace años converge con las narrativas del Departamento de Estado de los EE.UU. Su «defensa de la Constitución» ignora sistemáticamente el estado de necesidad y la agresión imperialista, reduciendo la lucha geopolítica a una cuestión de «gestión democrática» interna.
A pesar del tan cacareado «pluralismo», se refieren exclusivamente a un cartel –tan minúsculo como heterogéneo– que une a sectores del “sindicalismo crítico” y grupos que, aunque condenan formalmente al imperialismo, de hecho se movilizan contra el gobierno en coordinación con las agendas de desestabilización, exigiendo «transiciones democráticas» justo cuando el presidente es secuestrado por una potencia extranjera.
Se toma como verdad absoluta la posición de una microfracción del Partido Comunista de Venezuela, ignorando la de la mayoría de ese mismo partido, que, con sus dirigentes históricos, continúa defendiendo la revolución bolivariana. El hecho de que por ello ya no tengan ninguna base popular –esa base que ve en la unidad del cuadro dirigente bolivariano y en la unión cívico-militar la única garantía de supervivencia de la nación– no se tiene en cuenta: así como tampoco se considera sospechoso el eco mediático que reciben estos personajes a nivel internacional.
Estos críticos «críticos» nunca aceptaron ni siquiera la Ley Antibloqueo. ¿Pero qué habrían querido hacer? Su “no violencia” burocrática es solo la máscara de una impotencia que, incapaz de hacer la revolución, prefiere entregar el país a los protectorados estadounidenses con tal de ver derrotado el «madurismo». Defienden una soberanía de papel mientras el enemigo real pisotea el suelo venezolano. La realidad es que no existe soberanía sin producción, y no existe producción sin la capacidad táctica de romper el asedio.
Ciertos «artículos» deberían verse por lo que son: un ejemplo de guerra cognitiva, que emplea términos caros a la izquierda («soberanía», «derechos de los trabajadores», incluso «comunismo») para justificar el retorno de la Doctrina Monroe. El hecho de que Rubio amenace a Delcy Rodríguez con correr «la misma suerte que Maduro» demuestra que la reforma no es una concesión, sino una jugada táctica que el imperio teme, porque permite a Caracas tener oxígeno financiero (los 300 millones ya destinados a los salarios) a pesar del secuestro de sus líderes.
El argumento principal usado por los detractores de la reforma es que representa el desmantelamiento del modelo de soberanía petrolera de Hugo Chávez. Esta es una lectura superficial y descontextualizada, ya viciada de origen en el momento de la aprobación de la Ley Antibloqueo, promulgada para salir del rincón mefítico en el que había sido encerrada la economía venezolana con las «sanciones».
En realidad, la reforma institucionaliza los Contratos de Participación Productiva (CPP) como respuesta pragmática y necesaria a un régimen de sanciones que impide al Estado invertir directamente miles de millones de dólares. Una puerta estrecha, por cierto, un pulso entablado con la primera potencia mundial, pero no una liquidación. No es, de hecho, un retorno a la privatización, sino una delegación operativa controlada: el Estado mantiene la propiedad de las reservas y la dirección estratégica, mientras que el socio privado asume el riesgo y los costos en un momento en que las arcas públicas están golpeadas por el bloqueo financiero.
Como prevé la constitución bolivariana, las leyes no pueden ser retroactivas y, como ha ocurrido en este caso con las consultas que se han llevado a cabo en todas las estructuras de los trabajadores y trabajadoras, fue aprobada por ellos, pasó en primera instancia por el parlamento y volverá de nuevo a las instancias populares.
En cuanto al llamado modelo Chevron y el poder de comercialización concedido a los privados, hay que subrayar que no se trata de una renuncia a la soberanía, sino de un mecanismo de defensa. Permitir a los socios vender directamente su cuota de producción, siempre que el precio sea superior al obtenido por las empresas estatales y que los ingresos pasen por el Banco Central de Venezuela, es la única forma de romper el asedio.
Washington puede sancionar a la empresa estatal Pdvsa, pero tiene más dificultades para bloquear cada transacción individual de socios internacionales. Es una táctica de diversificación de las rutas comerciales para garantizar que el petróleo llegue al mercado y los dólares llegen a los trabajadores venezolanos.
Sobre la cuestión de la reducción de las regalías del 30% al 20% o 15%, ciertos «periodistas» omiten explicar que se trata de una medida flexible y reversible. Se aplica solo cuando la rentabilidad de un proyecto se ve amenazada por las condiciones excepcionales impuestas por el bloqueo.
Es una herramienta de incentivo para atraer capitales en áreas de alto riesgo geopolítico. Tan pronto como las condiciones mejoren, el Estado tiene la facultad de restablecer la tasa plena. Definir esto como una cesión significa ignorar que un campo petrolero detenido por falta de inversiones produce cero ingresos, mientras que un campo activo con regalías reducidas garantiza recursos para el gasto social y el salario mínimo.
La inclusión de mecanismos de arbitraje independiente no es un debilitamiento de la soberanía jurídica, sino una necesidad técnica en el nuevo orden multipolar. Para trabajar con los socios de los Brics+ y con otras potencias no occidentales, es necesario ofrecer un marco de seguridad que no dependa de los humores políticos de Washington.
La nueva plataforma tecnológica anunciada por Jorge Rodríguez para la auditoría en tiempo real representa un aumento de la soberanía digital y de la transparencia: por primera vez, cada centavo que ingrese podrá ser monitoreado por los ciudadanos, combatiendo la burocracia y la corrupción.
Para hacerlo mejor, los críticos «críticos» que viven cómodamente en Europa, deberían movilizarse no contra quienes intentan abrir brechas en un sistema capitalista global partiendo de una situación desventajosa por ser un país del sur, sino para intentar no terminar de rodillas como la Grecia de Tsipras, y abrir brechas de verdadera democracia también en Europa: porque, como ya es evidente, ante la arrogancia imperialista que no conoce frenos, nadie se salva solo.
Cabe además preguntarse cómo reaccionarán ahora los críticos «críticos», siempre listos para hablar de autoritarismo, ante el anuncio de amnistía hecho por Delcy Rodríguez ante el Tribunal Supremo de Justicia. Durante años han alimentado la narrativa de la extrema derecha sobre los presuntos presos políticos: en realidad políticos presos, figuras que en países como Italia –donde el Partido Demócrata y sus aliados han hecho casi imposible conceder amnistías y consideran normal la tortura del 41 bis– se pudrirían en cadena perpetua por los crímenes cometidos.
La decisión de transformar el Helicoide en un gran centro cultural es la respuesta definitiva de quien, aun bajo el chantaje de tener a un presidente secuestrado, no ha tenido ni tiene miedo a la democracia.
En Venezuela, el socialismo bolivariano siempre se ha basado en el consenso, limitando al mínimo el momento de la coerción. Sin embargo, es de suponer que estos burócratas del pensamiento, con tal de no admitir la clarividencia del cuadro dirigente bolivariano, encontrarán la manera de criticar también este acto de pacificación, confirmando su alianza objetiva con quienes solo quieren sangre y restauración neoliberal.
En cambio, el ambiente que se respiraba ayer en la sala del Tribunal Supremo de Justicia no era el de un país de rodillas, sino el de una nación que ha transformado el dolor en orgullo combatiente. Había una electricidad emocional densa, un sentido de comunión profunda, manifestado con un crescendo de aplausos. Largo, interminable, el tributado al capitán Diosdado Cabello: un reconocimiento espontáneo a quien, junto al pueblo, está manteniendo el rumbo en la tempestad.
El recuerdo de los caídos y caídas cubanos y venezolanos del 3 de enero fue el momento del silencio que habla. Los nombres de quienes dieron su vida para defender el suelo patrio de la invasión mercenaria fueron evocados no como sombras, sino como raíces. En ese solemne homenaje, la hermandad entre Cuba y Venezuela apareció más fuerte que cualquier bloqueo, cimentada por la sangre vertida contra el mismo agresor.
Y esas «feministas no violentas» que aplauden el premio Nobel de la paz obtenido por la trumpista Machado, deberían haber escuchado la ponencia de la presidenta del Tribunal Supremo de Justicia, Caryslia Rodríguez. Una magistrada que habló no solo como jurista, sino como hija de una revolución que ha feminizado el poder.
Mientras los críticos «críticos» se pierden en cavilaciones machistas sobre la pureza de la norma, ella contrapuso la concreción de la justicia restaurativa. Es un feminismo que no pide permiso a Washington, sino que se impone con la fuerza de la Constitución y con la sensibilidad de quien sabe que la paz se construye curando las heridas de la guerra militar y de la guerra cognitiva.
El discurso de la magistrada Caryslia Beatriz Rodríguez no fue solo un acto formal, sino una reafirmación del feminismo popular e institucional que caracteriza a la Revolución Bolivariana, especialmente en este momento de emergencia nacional tras el 3 de enero. Caryslia proyectó la imagen de un poder judicial que ya no es una torre de marfil masculina y fría, sino un escudo para la nación.
Subrayó cómo la agresión imperial, el secuestro y el bloqueo son formas de violencia patriarcal que afectan primordialmente a las mujeres, pilares de la economía familiar. Su propia presencia como presidenta, junto a las demás magistradas, es la prueba de que en Venezuela las mujeres no son «víctimas», sino sujetos políticos que administran la ley en nombre de la paz.
El feminismo del TSJ se manifestó en el apoyo total a la amnistía y a la transformación del Helicoide, propuestas por la presidenta encargada. Caryslia declinó la justicia no como venganza (típica del modelo patriarcal-punitivo), sino como reparación y transformación cultural.
Decidir sustituir los barrotes por la cultura es un acto de «política del cuidado» hacia el tejido social lacerado por la derecha. Caryslia expresó una solidaridad de género profunda hacia la vicepresidenta Delcy Rodríguez y hacia Cilia Flores, definiendo el secuestro de esta última como un ataque a la dignidad de todas las mujeres venezolanas.
Reiteró que el mando del país, en este momento en manos de una mujer como Delcy, es la garantía de que la revolución no vacilará, porque las mujeres venezolanas están acostumbradas a resistir en los momentos de máxima presión. En su discurso evocó una justicia que defiende a la «Pachamama» de las garras de las transnacionales. Su feminismo es ecologista y soberano: proteger los recursos energéticos significa proteger el futuro de las hijas e hijos de Venezuela.
Pero fue la intervención de Delcy Rodríguez la que dio la dimensión universal de la lucha que ocurre en Venezuela. Con voz firme, pero con los ojos llenos de dolor, elevó un homenaje vibrante a Palestina. Recordando el genocidio en Gaza, la presidenta encargada trazó una línea directa entre los escombros de la tierra palestina y las «sanciones» criminales contra Venezuela: es el mismo imperialismo que pisotea el derecho internacional, que usa la fuerza bruta para ignorar la soberanía de los pueblos. En esa sala, la causa palestina y la venezolana se fundieron en un único grito contra la impunidad de Washington.
Delcy recordó que se hizo abogada para obtener justicia por lo que pasó a su padre, Jorge Antonio, muerto bajo tortura en las cárceles de la «democracia camuflada» de la IV República. Un legado que, orgullosamente, cada año celebra junto a su hermano, Jorge Rodríguez, hoy presidente del Parlamento, y que indica la continuidad de ideales del socialismo del siglo XXI con el del siglo veinte, el siglo de las revoluciones.
El anuncio de la transformación del Helicoide, de centro de detención a polo de irradiación cultural, cerró el círculo de una jornada histórica. Mientras Rubio amenaza y su modelo capitalista en crisis estructural busca devorar los recursos del país, Caracas resiste y responde con los libros, la música, la elaboración colectiva de la herida social, y con la clemencia hacia quienes fueron usados como carne de cañón por la ultraderecha. Es la victoria de la vida sobre la necropolítica imperial.
















