Gabriel Jiménez Emán
Desde que re-inició la guerra en Ucrania en 2022 y el actor-presidente ucraniano Zelensky –inspirado en el líder fascista de su país Stephan Bandera— comenzó a ser usado como pieza de poder en Estados Unidos para provocar militarmente a Rusia, pensé que, justo en ese instante, se encendía la mecha para dirigirnos hacia una Tercera Guerra Mundial. Al reaccionar el gobierno ruso –encabezado por Vladimir Putin– a esta provocación, se encendieron entonces las alarmas mundiales. Lo que vino después fue el reacomodo de muchos países europeos a un orden impuesto por Estados Unidos e Israel, que propició el debilitamiento paulatino de la economía europea mostrando, a su vez, una arbitrariedad suprema de la llamada «Unión Europea» al disponer de los elevados presupuestos de esas naciones para la «defensa», es decir, en el gasto continuo de dinero para alimentar respuestas militares de Ucrania contra Rusia, sabiendo de antemano que no ganaría la contienda, pero sí haciendo fluir inmensas cantidades de activos hacia las manos de Zelensky, quien, por cierto continúa hoy viajando de país en país mostrando su típica cara de mártir, solicitando más y más recursos de una Europa ya casi al borde de la ruina.
Otra faceta del asunto es la cooperación ilimitada de Estados Unidos a Israel, la cual derivó en el macabro genocidio que presenciamos en directo por televisión durante tres largos años. Nunca antes habíamos contemplado un horror similar, un cruel espejo donde miramos a diario la decadencia de occidente. El señor Netanyahu acrecentaba mas tal horror con nuevas amenazas, mientras Joe Biden y luego Donald Trump se mostraban atentos a ayudarle, reforzando una doctrina anglo-sionista que consiste, nada más y nada menos, que en ejercer el dominio mundial supremacista y la instauración de un orden que les confiera a ellos la razón en todo.
La guerra se ha venido intensificando, y con ella, las nuevas tensiones geopolíticas en todo el planeta, traducidas en más y más abusos como los perpetrados en Venezuela: robos de activos, bloqueos económicos, sanciones unilaterales, continuas calumnias a presidentes progresistas de América Latina; intervenciones en espacios aéreos o marítimos de estas naciones, ataques a embarcaciones y, finalmente, el hecho que ha derramado el vaso: el secuestro del presidente Nicolás Maduro por parte del gobierno norteamericano presidido por Trump, quien también ha amenazado a Groenlandia, México, Canadá y Colombia. A la par, además de contar con un amplio expediente y una demanda como pedófilo, ha proferido amenazas contra inmigrantes y tiene en vilo –a lo interno—a su propio país a causa de sus medidas extremas, a las cuales se han rebelado gobernadores en varios estados y organizado numerosas marchas en su contra; figuras notables de la política, la cultura, el cine y el entretenimiento han hecho declaraciones muy severas a sus injustas medidas.
Ahora mismo, con el secuestro del presidente Maduro, la reacción internacional de muchos presidentes de países y de la misma ONU han sido de repulsa a este lamentable evento; por desgracia, el gobierno de Trump tiene aliados en Argentina, Ecuador, Guyana y Chile, dispuestos a colaborar con él. Lo más preocupante, en este caso, es la arbitrariedad e impunidad con la cual se desenvuelve este personaje comandando una nación moderna, cual si fuese un monarca imperial, ignorando por completo los derechos de los demás países y pasando por alto las leyes y decisiones de los tribunales internacionales. Hace poco, vimos cómo Trump se expresaba de los venezolanos, ridiculizándonos como a personas grotescas o inferiores. En su caso particular, y para no entrar en detalles psicológicos acerca de su personalidad, se trata de un magnate corporativo a quien le han cedido el cargo de presidente de una rica nación, administrada ahora por él como si fuese otra de sus empresas.
Ah, se me olvidaba un pequeño detalle: el petróleo.
Hemos alcanzado un punto crítico: nos hallamos al borde, diríamos, de un abismo político construido en ausencia de una ética y de una filosofía social equilibrada o digna; opta, por el contrario, por la aniquilación de una auténtica democracia; no forma ciudadanos críticos, ni tampoco atentos a poderes públicos que conecten a las personas con principios de justicia o paz, sino optando por conceptos vagos de personas autosuficientes que todo lo podrán obtener, si algún día llegan a amasar fortunas. De hecho, se están destruyendo las nociones reales de familia, comunidad o ciudadanía.
El peligro máximo de todo esto radica en que si naciones militarmente poderosas como Rusia, China, Irak o Corea decidieran venir en apoyo de las nuestras, a defendernos de invasiones sangrientas, correríamos el riesgo de estar encendiendo la mecha fatal que detonaría la guerra a gran escala, conduciéndonos a una confrontación mundial casi segura, si atendemos a la correlación de fuerzas que cada una de estas naciones mantiene en la actualidad. El mundo bipolar llega a su fin; se requiere de un orden multipolar a través del cual las naciones puedan comunicarse de un modo distinto, sin exclusiones ni racismos, donde Asia, África y Oceanía también participen de las decisiones importantes.
Si en esta ocasión extrema los dirigentes europeos y americanos no cambian sus discursos ni sus acciones para proteger sus países de este virus que se expande tan rápidamente por todo el mundo; si educadores, artistas, escritores y líderes políticos americanos no reaccionamos frente a esta contaminación corporativo-militarista que nos está conduciendo al peor marasmo de la historia contemporánea, –donde la cultura y el arte son sólo adornos– todo el respeto ciudadano hacia las autoridades habrá terminado.
Ya casi situados al borde del abismo, no podremos salvarnos de las situaciones radicales que se avecinan, de un colapso global que estaría aguardándonos en un futuro muy cercano y, en el peor de los casos, amenaza contaminar a nuestras jóvenes naciones.
Estaríamos, pues, jugando nuestra última carta.

















