EL IMPERIO DE LA LEY O LA LEY DEL IMPERIO
En Curazao, Betancourt trabó amistad con muchos venezolanos que de larga data venían haciéndole dura oposición al gobierno de Gómez; realmente se habían deteriorado moralmente procurando toda clase de medios para intentar una invasión contra el tirano. Rómulo sentíase vacilante y confuso en medio de aquellos legendarios luchadores que andaban atormentados sin poder conseguir eco en el pueblo. Ya lejos de las garras del tirano, Rómulo se preparó para actuar bajo varios seudónimos; estaba claro en que no podía darle pistas a los centenares de agentes secretos que en todo el Caribe y Centroamérica trabajaban para Gómez. Por otro lado, tenía que cuidarse para que los esbirros de Gómez no fuesen a molestar a su padre. Con varios compañeros se dio a la tarea de velar por los preparativos de un comando que se trasladase a Cumaná o Puerto Cabello. El fin era asaltar un cuartel e iniciar lo que sería una revuelta general. Pero Rómulo mostraba sus dotes naturales de organizador porque, al mismo tiempo, consideraba que sin un movimiento ideológicamente muy bien formado y que además no mostrase ninguna clase de ataduras con los viejos caciques ni montoneros, sería imposible lograr cambios perdurables en la estructura económica y política del país.
Emborronaba papeles y más papeles, tratando de hacer algo parecido a la Carta de Jamaica, y desde Curazao le escribía a José Rafael Pocaterra, a Carlos Augusto León, a Gustavo Machado y a Salvador de La Plaza; estos dos últimos estaban en México echando las bases del Partido Revolucionario Venezolano, PRV55, y dirigían el periódico Libertad (en el que aprovechó Rómulo para escribir su primer artículo político, con el seudónimo de Sacha Yegulev).
Se había hecho con una buena colección de libros de Marx, Engels, Trotsky, Lenin, George Sorel y Maquiavelo. Leía sin disciplina ni orden, pero con verdadera pasión revolucionaria; ahora le estaba dedicando una buena parte de su tiempo al movimiento de avanzada mejicano, y la manera como se estaba manejando el espinoso asunto de nuestro petróleo. Con este recurso podía sacarse de abajo a Venezuela, pero no era nuestro. O sea. Los abogados de la Standard y de la Shell se habían encargado de redactar unas leyes para Venezuela que reemplazaban el Código de Minería de 1904, por lo que la burguesía que ayer subsistía de exportar café y cacao, ahora se estaba dedicando al negocio de la importación.
Sus compañeros Miguel Otero Silva, Jóvito Villalba y Gustavo Machado, le parecen ciegos y torpes maniqueos que desconocen la realidad del medio venezolano; que pretenden sólo vivir de las apariencias revolucionarias, como ciertos personajes de las novelas de Jack London, Máximo Gorki o Howard Fast; en el fondo, les inmovilizaba el inmenso temor a asumir los riesgos de gobernar el país, sin importarles el qué dirán, lo que puedan perder para siempre, la maldición eterna sobre sus destinos. De todas maneras, consideraba él, se estaba condenado, actuase o no. Él estaba decidido a no quedarse a medio camino aunque tuviese que vender su alma al diablo:
—Yo no, yo voy a coger el toro por los cachos, yo mandaré y yo me obedeceré a mí mismo.
Se le metió entre ceja y ceja una máxima de un filósofo griego, la cual leería al levantarse cada mañana: «El que te conoce, te destruye».
Para Betancourt, por ejemplo, el más radical de estos políticos era Gustavo Machado, pero para él no pasaba de ser un pequeño burgués; que su comunismo era puro esnobismo, con aspecto y modales de cura.
Hombre inmensamente rico, que vestía como un banquero (de smoking y pajarita al cuello), con mansiones en Caracas, con una docena de criados, que para donde se movilizara en coche llevaba un chofer… Que realmente estaba inutilizado para coger el toro por los cachos.
Ninguno de esos compañeros le supera en el conocimiento que tiene del tema petrolero. Él sabe que el conocimiento de esta materia le dotará para entender a cabalidad la real situación que mueve el capital, el nervio superior del Estado moderno.
—Yo voy a ir al fondo de lo que (Véase Rafael Simón, tremendo guerrillero, está allá abajo, en el subsuelo oscuro de los más pervertidos y sublimes negocios.
Para sus compañeros el petróleo era un tema tabú, y él se reía. Se podía contar con los dedos de una mano los latinos que en el hemisferio conocían los intríngulis de las voraces fortunas que se estaban amasando a costa del petróleo que se robaban de Venezuela; las nefastas maquinaciones que urdían las compañías petroleras, ya fuese para destruir gobiernos, para crear guerras artificiales, para imponer una dictadura económica mundial o para deformar la cultura, la moral de los pueblos. Rómulo era uno de estos pocos latinos.
El que entra en estos secretos a veces tiene que callarlos. No puede compartirlos. Se convierte en una especie de maldito. Los expertos gringos no los divulgaban porque era su mejor arma para estafar, para engañar y para así llevarse de cada región todo el petróleo que quisieran sin que nadie les pusiese trabas. Cuando un latino entendía estos secretos, le quedaban dos caminos: o enfrentaba a estas mafias con la fuerza de una poderosa organización popular o, por el contrario, cedía y de algún modo se integraba a los demonios que la dirigen para ofrecerles protección, para a través de ellos mismos, con su ayuda, tomar el poder. De manera que conocer el misterio obliga a formar parte de los que dirigen los negocios. No se puede conocer tantos secretos impunemente.
De Curazao pasa a Puerto Rico y para ir alimentando su leyenda de «revolucionario internacional», cambia de nombre y viaja con un pasaporte chileno. Se hace unas fotos con patillas en las que aparece irreconocible, se encasqueta el nombre de Carlos Luis Eizagorrigui.
Sigue a Santo Domingo donde conoce a Joaquín Balaguer y a Rafael Leonidas Trujillo. Como el comercio le atrae, pone un puesto de venta de frutas y en el tiempo libre va engordando un libro que ha titulado En las huellas de la pezuña (libro que le bautizará y ayudará a distribuir el señor Joaquín Balaguer). Como son tiempos en los que cada «revolucionario» venezolano solicita préstamos y ayudas para cambiar el estado de cosas en nuestro país, Betancourt hace lo mismo y comienza una recolecta solicitando montos de entre mil y dos mil bolívares; Román Delgado Chalbaud le hace llegar dos mil dólares desde París para que se le una en la expedición de «El Falke».
Betancourt realiza contactos para persuadir a los agentes gringos de los beneficios que traería para la región y Estados Unidos, un cambio de gobierno en Venezuela. Ahora lleva el nombre de Miguel Estévez.
Ya a finales de 1928 se encuentra en Barranquilla, cargado de papeles, ahíto de discusiones en los que participan Raúl Leoni, Ricardo Montilla y Valmore Rodríguez.
Es un tiempo gris y anodino, Betancourt se conforma llevando unos libros de contabilidad sobre negocios de unos amigos; y consume el tiempo leyendo panfletos en contra de la desaforada explotación de la United Fruit Company, en Cuba, Guatemala y Colombia. Piensa que sin una acción con las armas es muy poco lo que podrá hacerse para llegar al poder. Para meditar y encontrarse consigo mismo en estas horas duras y apartadas de su patria, aprende a fumar pipa.
Entendía que sólo una gran hazaña revolucionaria, con hombres muy bien entrenados militarmente, se le podía dar un vuelco total a la abotagada y embotada situación política latinoamericana. Los dictadores tienen que probar el fuego, la metralla de una guerra frontal y decidida, porque solamente con el debate ideológico no se transforman los sistemas políticos. Pero él, y lo reconoce, no es hombre para tal acción. Si pudiera entonces organizar un partido desde la clandestinidad, y una vez organizado infiltrar los cuarteles, realizar un trabajo de zapa; convencer a un grupo de oficiales y después sí dar el golpe. El gran golpe para cambiarlo todo. Lo que hace falta es una cabeza, un dirigente claro con objetivos muy precisos.
—Yo soy ese dirigente. Es decir, al líder lo tenemos, que es lo más importante, ahora hace falta que el pueblo me siga. Eso es todo.
Colombia era un laboratorio, una escuela viva que va a complementar muy bien sus lecturas, pues el país arde en reformas que nunca se cumplen, en revoluciones que nunca se materializan y en conmociones que todo lo empeoran. Es un país en guerra civil perpetua desde que mataron en Berruecos a Antonio José de Sucre. Lo que más le interesa a Rómulo es el asunto de las huelgas y el de la organización de los sindicatos, que ya en Colombia se han fortalecido. La invasión por parte de las fuerzas militares de la zona bananera, la huelga general contra la United Fruit Company, ese permanente ambiente de lucha, de guerra y de despiadada acción represiva del gobierno, trazan una confusa realidad que le hace ver a Betancourt que la mayor mentira del mundo es creer que pueblo alguno pueda emprender una revolución. Sin cabeza no hay dirección, insiste. Por allí se topa con Jorge Eliécer Gaitán —el Quijote mestizo, como le llama el filósofo Germán Pinto Saavedra— quien lo electriza con su verbo. Aunque no hay que dejar de tomar en cuenta que Gaitán fue más santanderista que bolivariano.
Gaitán y Rómulo tenían posiciones distintas en cuanto al concepto «oligarquía». Para Rómulo era sinónimo de aristocracia, de casta, de burguesía o clase capitalista, para Gaitán algo más: «concentración del desordenadamente cuanto caía en sus manos. Se fue a servir al ejército de Estados Unidos donde alcanzó el grado de sargento, luego se ganaría la vida traduciendo del inglés al español artículos de la revista Reader’s Digest (cuya versión en español corresponde a la conocida Selecciones), a la cual más tarde le serviría de corresponsal.
Escribió cuentos y ensayos, dictaba conferencias y se hizo querer por los sindicalistas petroleros de aquella época. Poder total en un pequeño grupo que labora para sus propios intereses, a espaldas del resto de la comunidad, que utiliza su poder económico para ganar influencias políticas, y sus influencias políticas para ensanchar su poder económico […] No mentaba una cosa simple sino una categoría genérica integrada por varias gradaciones específicas. En su primer nivel, los dirigentes máximos, a quienes una especie de división natural del trabajo escinde, a su vez, en dos: los detentadores del supremo poder político por un lado y, por otro, ‘los que aspiran a que todas las riquezas, la especulación, los contratos, los negocios, sean para la camarilla afortunada’. En el segundo nivel, ‘los hombres de inteligencia que tienen almas de secretario’, que son ‘como las bridas de los caballos, que sirven para dirigir pero siempre que otros las manejen y, por eso, lo reducen todo a rendir pleitesía a quienes los dirigen’. En la tercera y última capa, ‘los tentáculos, los brazos que penetran a todos los lugares, que van desde el ambiente municipal al barrio, que atienden al tinglado electoral para beneficio del país político’».
La explotación del pueblo colombiano era de las más sórdidas y macabras. Había en el aire olor a sangre quemada, a fuego repelente y voraz en todos los campos; una paila infernal. Contra el poder gringo no hay pueblo que pueda, va pensando Rómulo. ¿Será por estas contradicciones y circunstancias que Betancourt actúa y reacciona histérico, amargado y por lo que sus camaradas de lucha lo llaman el «compañero hígado»?
La experiencia del inmenso caos latinoamericano le hace pensar a Rómulo que aquí no tienen futuro los proyectos de la izquierda, la esperanza de una gran sublevación popular que lo cambie todo desde la raíz. En México había fracasado, en Nicaragua los esfuerzos de César Augusto Sandino no habían aportado, para él, nada positivo; tampoco en Cuba con las acciones contra Gerardo Machado; mucho menos en Perú, donde los ideales del APRA estaban sufriendo deformaciones que amenazaban convertirlo en un partido de centro izquierda. En su diario de campaña, Betancourt había copiado un texto, de la mejor época de Víctor Raúl Haya de la Torre, que consideraba debía ir estampado en el frontispicio de todos los movimientos revolucionarios de América Latina. Para Rómulo, políticamente, en nuestro continente sólo debía decidirse por un gran partido, el del Gran Socialismo Indoamericano.
Decía Haya de la Torre: El APRA es el partido continental antiimperialista e integracionista de la gran nación latinoamericana —que los apristas llamamos Indoamérica— y que el genio del Libertador Simón Bolívar quiso unir. El integracionismo latino o indoamericano que bajo la égida gloriosa bolivariana fue el supremo ideal de la Revolución de la Independencia, incumplida con la desunión de nuestros pueblos, distanciados por paralizantes nacionalismos chicos, es hoy el imperativo histórico, realista e ineludible de nuestro común destino. Alcanzarlo es tarea que en lo fundamental corresponde a los latinoamericanos mismos…
De algo estaba muy claro, y se lo repetía a sí mismo Rómulo una y mil veces: sin los Estados Unidos no se puede ni se debe gobernar en Latinoamérica; sencillamente porque se desataría un conflicto de intereses de enormes dimensiones que imposibilitaría el desarrollo económico y funcionamiento estable o equilibrado de ningún gobierno.
LA ODISEA EQUINOCCIAL DE EMILIO ARÉVALO CEDEÑO
La habilidad y decisión de nuestra
lucha estará en aprovechar a los que
nos pretendan aprovechar.
RÓMULO BETANCOURT
El general Emilio Arévalo Cedeño fue de los más acérrimos antigomecistas. Unos lo catalogaron de jacobino pequeño burgués, otros de simple ladrón de caballos y ganado. Los marxistas Gustavo Machado, Carlos Augusto León y Rómulo Betancourt le endilgaban los adjetivos de reaccionario, anticomunista y oportunista. Se difundió la especie con la que se afirmaba que en una ocasión Gómez tuvo la oportunidad de capturarlo, pero que ordenó se le dejara en paz porque era conveniente mantenerlo en circulación para que el dictador pudiera justificar sus desmanes. Arévalo actuaba como cuatrero para dar de comer a sus guerrillas que andaban por las selvas desafiando miles de peligros.
Refiere Harrison Sabin Howard: A pesar de todas las limitaciones del enfoque de Arévalo Cedeño, pocos venezolanos le igualaron en la persistencia de su oposición. Y hubo momentos oscuros para la oposición a Gómez en el que inspiraba un gran respeto y constituía una esperanza para los que, como él, le resistían. En 1927, Nicolás Hernández escribió a José Rafael Pocaterra: «los demás caudillos tienen que convencerse que la única esperanza hoy es Arévalo y que si esa chispa revolucionaria se extingue tendremos que olvidarnos de Venezuela hasta que el cáncer o una disentería acaben con Gómez…» Para Hernández, Arévalo era «un hombre desinteresado» que «no ha militado en la política de nuestro país; ha sido militar y nada más, y esta candidez política está puesta de manifiesto en su directorio, nombrado para no parecer un ambicioso vulgar si se proclamaba por sí Jefe de la Revolución». Carlos Delgado Chalbaud rechazaba la impulsividad de Arévalo, pero admiraba su tenacidad y energía. «Tengo por él —decía— una viva simpatía, pues es un hombre de méritos…» Muchos años después de la desgraciada invasión de Román Chalbaud, en 1929, Pocaterra sostenía «que el único de los hombres de la oposición de quien creo tiene la voluntad de servir con su persona para encabezar un movimiento revolucionario eficaz, si tiene elementos, es Emilio Arévalo Cedeño».
Emilio Arévalo Cedeño nació en Valle de la Pascua el 2 de diciembre de 1882. Su padre, don Pedro Arévalo Oropeza, había sido otro general, soldado de la Federación, que combatió al gobierno de Antonio Guzmán Blanco.
Estudió don Emilio en el liceo Roscio, de Altagracia de Orituco. Pronto abandonó el colegio (porque fue cerrado por orden del Ministerio de Educación) y se dedicó a recorrer los llanos. Fue comerciante ambulante, socio de una pequeña imprenta en Altagracia de Orituco, y fundó un periodiquillo llamado Titán, que sólo tuvo ocho números. Luego estableció una bodega que se incendió totalmente.
Volvió al comercio de frutos y animales, hasta que se dedicó a dominar plenamente el oficio de telegrafista que ya había practicado en su labor periodística.
En San José de Río Chico fundó otro periódico llamado Helios, también de poca duración. En 1905, siendo orador de orden en una fiesta social, lanzó severos ataques contra Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. En 1908 lo encontramos en Caracas, durante la caída de Castro, tomando parte activa en los asuntos políticos. Fue testigo de la poblada contra el diario El Constitucional, fuertemente reprimida por el gobernador del Distrito Federal, Pedro María Cárdenas. El 19 de diciembre de 1908, cuando se iniciaba la dictadura de Gómez, y casi nadie reaccionó, don Emilio lanzó su grito de guerra: «¡Los venezolanos renunciaron a su sexo para convertirse en mujeres! Los venezolanos sienten placer y orgullo en ser esclavos de Gómez y de su tribu».
En realidad, él entra en la contienda como el mítico personaje alemán Michael Kolhaas, por el robo de unos caballos: Negarme a entregar los caballos era ir a la cárcel, y como yo sé protestar contra las tiranías con un fusil en la mano, y no he nacido para esclavo sino para ser hombre libre, resolví aceptar el brillante negocio que me proponía el general Moros, pero desde ese momento juré en silencio y por la memoria de mi padre, que abandonaría hogar, esposa y todo para irme a la guerra, esperando tan sólo el momento para justificar bien ante la Nación mi aptitud patriota […] El hombre de trabajo se transformaría en guerrero, jurando no claudicar jamás de su condición de ciudadano digno, estar siempre de pie con el fusil en la mano ante la afrentosa tiranía y no permanecer ante ella de rodillas ni boca abajo como los esclavos vencidos, como lo estuvieron ante el monstruo de «La Mulera», la mayoría de mis compatriotas, durante los veintisiete años que cubrieron de duelo el hogar venezolano.
La acción más extraordinaria de este guerrero fue la derrota, captura y muerte de ese monstruo —jefe del Territorio Federal Amazonas— llamado Tomás Funes. Este Funes, junto con Vincencio Pérez Soto y Eustoquio Gómez, eran los tres más formidables pilares del gomecismo.
El fusilamiento de Funes puede considerarse una de las acciones más épicas realizada en este siglo, si se toma en cuenta la poderosa fuerza que tenía este asesino para proteger sus multimillonarios intereses en batalla. Funes es tétricamente retratado en la novela La vorágine, por José Eustasio Rivera, y parece un prodigio de maldición abortado por lo más abyecto de la selva.
En un país aterrado por la represión más sanguinaria, el desafío de Arévalo Cedeño fue un acontecimiento único: derrotó en varias oportunidades a las fuerzas gomecistas en contiendas como la de Santa María de Ipire, donde acabó una fuerza diez veces superior a la suya, comandada por el general Manuel Sarmiento, presidente del estado Guárico. Luego habría también de triunfar en Gafualito (a 190 kilómetros de Maracay). A las fuerzas de Gómez las había vencido en Río Negro, Cenizas, Guasdualito, Campo Alegre, Bruzual, Cuchivero, Lezama, Turén, Acarigua y Araure. Como era telegrafista, desde los puestos que iba tomando, enviaba mensajes a Gómez en los que le desafiaba. Don Emilio utilizaba una de las más importantes armas comunicacionales de guerra de aquella época en Venezuela: el telégrafo.
En una oportunidad, derrota al ejército gomecista del general Manuel Padilla, e inmediatamente después toma el pueblo de Santa Ana.
Conocedor de la línea sur-este, manipula el aparato y llama con la señal «treintiuno» (distintivo de los telegramas para Gómez) y escribe: «De acuerdo con mi telegrama de ayer, tengo la satisfacción de participar a Ud. que he capturado al faccioso y ladrón Arévalo Cedeño, suplicando a Ud. respetuosamente se sirva decirme que hago con él». En otra ocasión asalta la oficina telegráfica de Orituco y trasmitió el siguiente mensaje:
General Juan Vicente Gómez
Maracay
Han llegado noticias a mi campamento de que el gobierno americano obliga a Ud. a abandonar el poder, libertar a todos nuestros compatriotas encarcelados, abrir las puertas de la Patria a todos los desterrados y convocar al país a elecciones. Patriota como soy, convengo en que Ud. haga lo que se le impone, porque es lo humanitario, lo civilizado y lo republicano; pero debo protestar por la intervención de un poder extranjero en los asuntos internos de nuestro país. Es decir, que combatí contra Ud. y seguiré combatiendo contra los americanos del Norte, porque la herencia de Bolívar es única, indivisible y no permite intervención. Su compatriota que jamás ha sido su amigo E. Arévalo Cedeño.
En todas sus proclamas no dejaba de recordar frases del Libertador, su gran inspirador en todas sus batallas.
Arévalo Cedeño cita con insistencia «la persistente cobardía del pueblo venezolano», con frecuencia habla de esclavos, no de venezolanos; casi nadie le quiso acompañar en su lucha, fue varias veces traicionado. En sus viajes a Trinidad, Nueva York, Barranquilla, Arauca y Cartagena, pudo comprobar que los venezolanos allí asilados eran unos charlatanes que le tenían pavor a Gómez, aunque contra él perorasen toda clase de insultos. Fue don Emilio un hombre muy solitario, y ese fue el talante de su lucha contra Gómez durante casi treinta años.
Ya en 1923, encontrándose en Nueva York, siempre conspirando contra Gómez, decía: «El petróleo fue una maldición para Venezuela, porque aquella riqueza, así como pasaba a las arcas del tirano, de su familia y de sus favoritos, así también dio fuerzas a la tiranía con el apoyo de los gobiernos de Norte América, Inglaterra, Holanda y Francia y otros más, para que Gómez hiciera la desgracia de nuestra Patria».
Don Emilio hizo más de siete invasiones contra Venezuela y jamás fue capturado. Estaba convencido que los revolucionarios asilados en Nueva York nada harían por la libertad de su país: «El 12 de abril de 1923 tomaba un barco para llegar a Panamá […], dejaba a mis compatriotas atrofiados por aquel ruido ensordecedor del que nos hablara el magno poeta de Nicaragua, quienes como atrofiados nada harían nunca por la libertad de Venezuela».
En la invasión a Venezuela de 1924, tomó San Fernando de Atabapo y organizó un gobierno revolucionario en el Territorio Federal Amazonas.
En realidad él tenía que hacer frente al gobierno colombiano que también le perseguía. Dirigió comunicaciones a los compatriotas en el exterior para que acudieran donde él estaba haciendo aquella tenaz oposición a Gómez, pero nadie se movió. Tendría que confesar desesperado que aquellos haraganes que se daban a la tarea de criticar cuanto él hacía, eran los responsables de los crímenes de Gómez. Y añade en sus memorias: «Pero esos hombres vendrían después satisfechos al país a recibir los cargos de la República, a coger los dineros de nuestros pueblos, porque Venezuela es una nacionalidad en donde la sanción no existe, que sabe olvidar muy pronto, en donde es lo mismo ser bueno que malo, ser honrado que ladrón».
Agobiados por el acoso colombiano y las fuerzas de Gómez, luego de un combate de 36 horas en la boca del Casiquiare, con seis cartuchos y sin comida, él y su gente emprendieron retirada por el alto Orinoco para alcanzar la frontera con Brasil. Un día cazaron un pequeño mono que sirvió de alimento para veintiocho hombres. En enero de 1925, en una impresionante travesía, llegaron a Santa Rosa de Amanadona para pasar luego al Brasil. Expresa a sus camaradas que deben solicitar asilo en la República del Brasil, para que luego se reúnan y emprendan la lucha desde otro lugar y con nuevos bríos.
Vuelve en marzo de 1925 a Nueva York en busca de ayuda para intentar otra invasión a Venezuela. Se encuentra de nuevo con todas aquellas momias egipcias, como él llama a los exiliados venezolanos en esta ciudad: gente, que según él, vivían del negocio de la revolución. Un día Inocencio Spinetti le dijo: «Tú estás equivocado, y esos hombres tienen razón, porque ellos no necesitan hacer nada contra Gómez, porque regresarán a la patria a recibir puestos que los esperan; tú te sacrificas por un deseo de patria libre, pero ellos se ríen de ti, porque su posición está asegurada sin tener las penalidades que tu sufres».
Es decir, que su guerra no sólo estaba dirigida a enfrentar a Gómez, también iba contra la resignación miserable de su pueblo y contra esos dirigentes que encontraba gordos y felices, dándose la gran vida en nombre de la libertad y de las llamadas luchas sociales.
El general Arévalo continuó su calvario para buscar dinero en Francia, Inglaterra y La Habana. Él era un hombre culto, que había conseguido hacer amistad con escritores eminentes como José Vasconcelos, autor de La raza cósmica; José Rafael Pocaterra y Rufino Blanco Fombona. Luego de recorrer varias islas en las Antillas pasó a México. En mayo de 1927 partió hacia París para entrevistarse con el general Román Delgado Chalbaud. Nada en claro quedó de estos encuentros, hasta que ingresó otra vez a Venezuela por el Arauca.
De vuelta a sus andanzas, corrió a liberar a los estudiantes que Gómez tenía presos y sometidos a trabajo forzoso en las carreteras de los llanos. Entonces, voló a Palenque. Los espías de Gómez se enteraron de la operación y levantaron poderosos campamentos militares, para hacer un cerco alrededor de los estudiantes. El general Arévalo se vio obligado a retirarse y se dirigió a Anzoátegui. Comprobaba en su marcha que nadie quería unírsele; según él, nadie quería a Gómez pero no había conciencia revolucionaria. Entonces inició un largo periplo por sabanas y selvas, siempre seguido de cerca por las fuerzas del gobierno. Fuerzas combinadas de cinco estados (Guárico, Apure, Bolívar, Anzoátegui y Monagas), le perseguían disputándose la hazaña de su captura. Repasó con su gente el Orinoco varias veces, procurando confundir a sus enemigos. Fueron seguidos por camiones cargados de soldados, quizá por primera vez en el país se realizaban estas acciones militares. Cuanto seguidor de la causa de don Emilio caía en manos del gobierno era liquidado en el acto. Así sería la ferocidad con que era perseguido, que dos oficiales se habían suicidado por no pasar por la vergüenza de presentarse ante Gómez, burlados por las acciones de este guariqueño; estos fueron, el general José Miguel Guevara y el coronel Alfredo Rodríguez López.
Los fieros acosos lo obligaron a replegarse nuevamente hacia tierras colombianas. Tomó por el Arauca, donde él y sus seguidores padecieron fiebres, mordeduras de las llamadas veinticuatro y tambocha y toda clase de alimañas; llegaron a pasar cuatro días sin probar alimento, cruzando ríos como el Guárico, el Pao, Portuguesa, Guanare, Masparro, Uribante, Sarare, vomitando bilis y sin poder echarse a descansar. En 1930 pudo Arévalo llegar a Santa Marta y de allí ir a Trinidad a bordo del vapor Coronado, pero el gobernador de esta isla le prohibió desembarcar. La recompensa por su captura llegó a tasarse en un millón de bolívares de entonces. Las autoridades colombianas lo devolvieron a Venezuela para entregarlo en Carúpano. Gracias a un descuido de los esbirros que lo esperaban, él pudo abordar un vapor francés que lo llevó a la República Dominicana. Allí volvió a encontrarse con José Rafael Pocaterra; ya habían matado a Román Delgado Chalbaud y tanto la invasión del general Rafael Simón Urbina como la sublevación del general José Rafael Gabaldón, en Portuguesa, habían terminado en fracasos. Cundía el más grande desaliento. Todos parecían admitir que era imposible derrocar a Gómez.
De la República Dominicana pasó a Panamá. Cruzó nuevamente Colombia, para volver a internarse, con sesenta compañeros, por el Vichada y aparecer otra vez por la frontera. Entonces se les persiguió con aviones, que metían más bulla que miedo. Según Arévalo eran aeroplanos muy fáciles de echar a tierra, totalmente inofensivos. El día 5 de marzo de 1931 emprendió su séptima invasión desde la línea de El Cubarro.
Sus ataques produjeron fuertes pérdidas al gobierno, por ejemplo, en Mata de Agua, en el bajo Meta, en Lezama, en Bolívar y en un hato llamado Las Mercedes. Se retiraron luego por el río Caparo y lo recorrieron durante veintinueve días de navegación. Cruzaron el Alto Apure, cayeron en el Arauca y en el invierno acamparon en Santa Rosa.
El 5 de agosto llegaron al mar Caribe y de aquí otra vez a tierra firme y de nuevo a enfrentar las fuerzas combinadas del coronel Meléndez, de Apure y del coronel Sánchez, del estado Bolívar. Fue en esta batalla cuando le mataron el caballo y lo salvó milagrosamente uno de sus oficiales, un coriano, Saturnino García. Varios de sus compañeros cayeron en aquella acción, entre ellos su querido amigo Carlos Julio Ponte.
Destrozadas sus fuerzas hubo de huir a Barranquilla, de allí otra vez a Panamá, para pasar luego a Costa Rica. El 18 de diciembre de 1931 lo encontramos en Lima. Fue cuando lo recibió el presidente, coronel Luis Miguel Sánchez Cerro. Se le hizo un banquete en el Hotel Biltmore, y el homenaje lo presidió el doctor Víctor Andrés Belaúnde, líder del grupo independiente en el Congreso.
En Perú, dice él, comprende la falacia del comunismo que practican los latinoamericanos. No olvidemos que don Emilio hizo parte del grupo que en 1926, fundó junto con Carlos León, Gustavo Machado y Salvador de la Plaza, en México, el PRV (Partido Revolucionario Venezolano).
Dice don Emilio: «He juzgado siempre el comunismo como una gran mentira y como un medio de que se valen los desvergonzados y haraganes para llevar a cabo los criminales propósitos de vivir a costa de los engañados». Condena igualmente al aprismo por considerarlo servil a Rusia. En esto coincide con Rómulo. Arévalo hace duras críticas a los intelectuales de la época, serviles a Gómez; dice de Manuel Díaz Rodríguez, senador de la República al servicio del régimen, que en una fiesta ofrecida a las concubinas del tirano, tuvo don Manuel esta frase para la homenajeada: «Bendito sea tu vientre, oh Dionisia, que ha dado aguiluchos y palomas a la sociedad».
Cuando salió de Lima, el gobierno puso a su disposición un avión que lo llevó al puerto de Talara, en el norte de Perú. Siguió a Guayaquil siempre en contacto con luchadores que le pudieran acompañar en sus guerras. Luego marchó a Ipiales, pasó por Berruecos para más tarde pasar a Santa Marta, donde planteó que este debería ser el lugar de peregrinación de todos los niños de nuestras escuelas, que una vez al año todos los niños de América debían visitarlo.
A fines de junio de 1932, intenta de nuevo volver a Venezuela, por lo que se dirige a Kingston, Jamaica. José Rafael Pocaterra le hizo llegar cuanta ayuda económica pudo, para mantenerlo políticamente activo.
Gracias a ello don Emilio consiguió ir a verle en Halifax, Canadá. Con José Rafael, se dedicó al estudio y análisis de lo que debía ser Venezuela una vez que Gómez dejara el poder. El cambio no puede ser radical porque se entraría nuevamente en otra tiranía, eso piensan.
Plantean que en el gobierno hay hombres patriotas que podrían tomar el timón un tiempo mientras por elección popular asume un nuevo presidente. Hay que sacar urgentemente al pueblo del horrible analfabetismo en que se encuentra.
De Halifax pasó a Jamaica, luego a la República Dominicana, donde fue detenido. Primera vez en su vida que era detenido. Esto provocó un escándalo internacional que movilizó a la diplomacia cubana, sobre todo al general don Enrique Loynaz del Castillo, quien fue jefe del Estado Mayor de Máximo Gómez y quien también prestó servicio al presidente Sánchez Cerro. De otro modo Trujillo, el dictador e íntimo amigo de Gómez, lo habría asesinado.
Marchó entonces otra vez a Jamaica para volver de nuevo a Perú, pero el 1o de marzo de 1933, se entera del atentado, ejecutado por un comunista, que acaba con la vida de Sánchez Cerro. Regresa a Jamaica.
Pasa a Martinica, luego a Guadalupe, Santa Lucía, Puerto Rico, siempre asediado por los agentes de don Bisonte. Con ayuda otra vez de Pocaterra, el 1o de septiembre de 1935, acude a encontrarse con éste en Nueva York, y el 18 de diciembre, recibe una llamada de su amigo, el doctor Rafael Ernesto López, quien le dice: «Arévalo, se murió Gómez».
Entonces, el presidente Eleazar López Contreras le da seguridades para que vuelva al país y lo hace, ya no por las selvas, escondido tras falsos nombres y bajo el acoso de las fieras del tirano. Llega a La Guaira, el 15 de enero de 1936, donde abraza a su esposa y a su hijo, de quince años de edad, a quien no conocía, después de treinta años de lucha, de permanente y duro bregar contra la más grande tiranía de América. Luego, el sangriento Rómulo Betancourt, cuando apenas supo de la llegada a Venezuela de don Emilio, y que se le recibía con honores, profirió: «Pobre centauro de caricatura».
Don Emilio fue posteriormente senador por el estado Guárico y más tarde gobernador del mismo estado. Murió demente en 1965, en Valle de La Pascua, a la edad de 83 años.

















