Traumas por las obsesiones federalistas
Hagamos un rápido y corto recuento de las razones por las cuales se dio la pérdida de Nueva Granada. Principalmente se debió a que desde 1810 nuestros gobiernos habían mostrado preferencia por el sistema federal. En tal sentido J. M. Restrepo hace un análisis de los desastres que esta absurda manía causó a la Independencia:
1.Se perdieron dos años sin que hubiera un gobierno general que cohesionara las fuerzas y los recursos del país; tiempo en que los realistas eran débiles.
2.Se produjo una seria desorganización de las rentas públicas; se realizaban gastos que no tenían nada que ver con la guerra.
3.Se provocaron serias disensiones entre provincias, arraigándose los odios y la división entre los americanos. Así, en materias de hacienda, ninguna provincia cooperaba con la otra.
4.Por estas discordias ocurrió la dispersión entre los jefes militares y Bolívar tuvo que abandonar el país.
5.Cada provincia clamaba porque su territorio se defendiera con preferencia; al querer darles satisfacción, la desconcentración de tropas causaba una debilidad general en el frente patriótico.
EE UU entre Bolívar y Santander
En el aspecto de la política internacional, Santander estaba muy verde. Bolívar quería darle unas lecciones básicas, en relación con la condición de la América hispana, de sus estados y de su gente, muchas de ellas contenidas en la Carta de Jamaica. Pero sobre todo lo que más le interesaba era el carácter que debía mostrar en los momentos decisivos ante ciertas naciones fuertes como EE UU, Inglaterra o Francia, por ejemplo. Le dijo que estas naciones no conocen sino los caracteres fuertes y decididos, porque de otro modo el método que utilizan son el del sometimiento colonialista, junto con la amenaza, el bloqueo o, en definitiva, el de una pertinaz y violenta intervención.
Santander venía empapado de una extraordinaria admiración por el sistema federal estadounidense, que también entusiasmaba a don Camilo Torres y a otros eminentes neogranadinos. De modo que escuchó paciente y cuidadosamente cuanto el Libertador le refirió sobre el peligroso coloso del Norte y los propósitos que tenía con relación a las colonias españolas, que era la de absorberlas a todas, tal como el pez grande se traga al pequeño. Ya sobre esto hablaba con suma claridad Tomás Jefferson. De modo que el mayor peligro después de la Independencia ya no sería España sino los Estados Unidos, y había que preparase con urgencia para evitar que se pasara de ser una colonia española a otra yanqui.
Aquellas primeras explicaciones del Libertador le parecieron a Santander bastante novedosas, interesantes y complejas, y le llevaron revisar muchos documentos del archivo de Bolívar. De acuerdo a su naturaleza y a su formación, le costaba aceptar algunas de estas posiciones.
No discutía que fueran falsas las aprensiones de Bolívar con relación al Coloso del Norte, sino que se planteaba otra estrategia, la de ganarse más bien la confianza del Norte primero, mientras América del Sur se hacía fuerte, sólida y respetable. Le parecía que la maravillosa América del Norte era una cantera de ideas, de recursos humanos, políticos, enseñanzas prácticas y valores materiales inmensos que no debían desdeñarse.
Largas fueron las conversaciones sobre este asunto que nosotros resumimos en los siguientes trazos: España y Francia prestaron grandes servicios a la causa de la independencia de los EEUU. Venezuela, en los inicios de su revolución aspiraba a contar con la ayuda del vecino del Norte, que hacía poco se había liberado de la de Gran Bretaña. Es decir, considerábamos a los norteamericanos hermanos nuestros por haber sufrido ellos también los efectos funestos de la colonización y por ser, después de todo, hijos del Nuevo Mundo; que además conocían los tremendos sacrificios que representaba enfrentarse a un país poderoso por tradición guerrera, como lo eran los viejos imperios de Europa; que sabían que nuestra lucha era más terrible, por cuanto iba a ser afrontada por un pueblo en su mayoría analfabeto, sin recursos militares, sin ninguna experiencia en la administración de gobiernos, sin ejércitos y sin la fuerza de cohesión moral, un pueblo dividido en clases infeccionadas de odios, vejaciones y recelos.
Aunque al principio se buscó ayuda en el Norte, la gran esperanza se concentraba en Inglaterra, donde Miranda desde hacía muchos años realizaba una ardua labor revolucionaria.
Estas esperanzas se desvanecieron cuando Inglaterra, dirigida como siempre por intereses meramente mercantilistas, decidió dar apoyo a España en su lucha contra Napoleón.
Para entonces, ya Venezuela había quemado las naves y se encontraba en pleno hervidero revolucionario. Nunca pueblo alguno se lanzaba a una lucha tan peligrosa en medio de recursos tan deplorables de todo tipo, y rodeado por el sombrío silencio de las naciones poderosas. Parecía que Bolívar desafiaba los mil demonios de la guerra, contando sólo con su valor y el de unos cuantos harapientos soldados.
El terror y la tragedia no tardó en llegar, y aunque Bolívar, como veremos, estaba dispuesto a luchar contra el mundo entero si éste se oponía a la causa de la libertad americana, el grueso de los políticos no podía dejar de considerar la posibilidad de un tratado con alguna nación poderosa. En este sentido, encontrándose casi todos los caminos cerrados, se pensó seriamente en conferenciar con Rusia. A tal extremo había llegado la desesperación que se pensaba en un país tan extraño y desconocido para nosotros, tan distante en todos los sentidos, que además era gobernado por una aristocracia despótica y que tenía grandes intereses en común con los imperios monárquicos de Europa.
¿Qué hacía con respecto a la independencia suramericana el poderoso del Norte? La rica, fresca, impasible, extensa y vigorosa América del Norte contaba 35 años de haberse declarado independiente cuando nosotros firmábamos la declaración el 5 de julio de 1811. Desde un principio se mostraron reacios a darnos ayuda. A diferencia de los gobernadores del Norte, Simón Bolívar libertó el extenso territorio de Nueva Granada, hoy el país de Colombia; cruzó los Andes e independizó también Ecuador, Perú, y fundó la República de Bolivia. No sólo eso, sino que hizo planes para liberar Cuba y Puerto Rico. La libertad de Cuba se vio estropeada durante dos generaciones, porque EEUU en connivencia con Inglaterra hizo saber a nuestros patriotas que no estaban de acuerdo con la inmediata independencia de aquella isla. Si EEUU permitía que nos debatiésemos en la más horrorosa escasez de recursos era sencillamente porque poco le interesaba el que fuéramos esclavos de la España imperial. Fue así como durante más de diez años mantuvo una inexcusable imparcialidad a pesar de los innumerables pedidos de ayuda de nuestros pueblos. A veces su imparcialidad se traducía en burla, en desprecio e, incluso, en una sórdida alianza con los enemigos de la revolución.
Los patriotas, fatigados de recibir negativas y excusas de neutralidad con el invasor español, decidieron cancelar sus ansiosos pedidos a EEUU. Mientras así nos trataba EEUU, Haití, uno de los países más pobres del mundo, trastornado por toda clase de calamidades sociales, en condiciones económicas deplorables, tuvo la infinita nobleza y generosidad de ofrecer hombres, armas y dinero para nuestra libertad.
Compárese el pasado con el presente y véase la funesta actitud del país del Norte ante los débiles de Latinoamérica.
El gobierno del Norte hizo presos a numerosos ingleses que venían a servir bajo las órdenes del Libertador; promulgó una serie de leyes para impedir toda clase de auxilios a los patriotas. Una de ellas decretaba diez años de presidio y diez mil pesos de multa a todo ciudadano norteamericano que quisiera servir a nuestra causa. Según palabras del propio Bolívar, estas eran leyes que equivalían a una declaratoria de muerte a nuestra independencia. Estas leyes siguieron vigentes hasta el año 1819, ocho años después de haberse firmado nuestra declaración de independencia, y como los gobernantes gringos siempre reaccionan sólo frente a la fuerza y el cálculo, variaron su política por el rotundo triunfo que obtuvimos en la Batalla de Boyacá.
En 1818, las goletas, Tigre y Libertad, provenientes de EEUU, entraron por el Orinoco. Bajaban por la región de Angostura para abastecer de armas y alimentos a los realistas. En esa zona se preparaban serios combates y el Libertador había decretado un bloqueo, el cual hizo público a las naciones del mundo. Las dos goletas haciéndose las inocentes pretendieron burlar nuestras fuerzas, pero fueron apresadas y se les confiscó cuanto llevaban. Debemos recordar que Bolívar era severo en todo lo que concernía a nuestra soberanía y a nuestra dignidad. Incluso hubo momentos en que desafió al propio cielo, porque algunos creían ver en los fenómenos naturales la causa de alguna oposición a sus ideales de libertad. El honor era esencial para su sentido de la vida. La precaria condición de nuestros pueblos al respecto lo mató prematuramente. En sus últimos años, viendo al país destrozado por las miserias y las estridencias de los partidos, exclamó: “en América no hay dignidad, y tengo vergüenza de llamarme americano”.
Los yanquis pidieron a través de su agente en Venezuela una inmediata indemnización de sus dos goletas. No hay nada que martirice más a los gringos que tocarles sus dólares. El nombre de este agente era Bautista Irvine, quien con su lenguaje quejoso y amenazante, como siempre, acusa de ilegal y abusivo el apresamiento de los buques. Exige explicaciones. Se desata entonces un intercambio de correspondencia, donde Bolívar asume el caso con todas las de un jurista experto en asuntos internacionales.
El argumento que esgrime Irvine es que se le ha hecho daño a los neutrales. Bolívar no deja esperar su contundente respuesta:
¡Neutrales! quienes han intentado y ejecutado burlar el bloqueo y el sitio de las plazas de Guayana y Angostura, para dar armas a unos verdugos y para alimentar a unos tigres, que por tres siglos han derramado la mayor parte de la sangre americana. ¡Sangre de sus propios hermanos!
Sobre esto último debemos reconocer que Bolívar utiliza un argumento ineficaz para la sensibilidad del norteamericano.
Los yanquis jamás se han considerado hermanos de nadie, sino de sus negocios.
Irvine replica diciendo que ellos desconocían el bloqueo.
Aquí Bolívar lo sorprende en flagrante mentira. Le aclara que en la “Gaceta de Norfolk” (en EEUU), del 6 de enero de 1817, había sido publicado dicho bloqueo. Que el buque Tigre no zarpó hasta el 17 del mismo mes y que este argumento, ratifica el Libertador, es de por sí suficiente para declarar al Tigre como buena presa. Desde el momento en que este buque le escribe introdujo elementos militares a nuestros enemigos para hacernos la guerra, violó la neutralidad, y pasó de este estado al beligerante: tomó parte en nuestra contienda a favor de nuestros enemigos, y del mismo modo que si algunos ciudadanos de los EEUU tomasen servicio como españoles, estarían sujetos a las leyes que practicamos contra éstos; los buques que protegen, auxilian o sirven su causa deben estarlo y lo están.
Casi al final de este documento del 6 de agosto , que consta de unas seis densas páginas, Bolívar arremete: “¿No sería muy sensible que las leyes las practicase el débil y los abusos los practicase el fuerte? Tal sería nuestro destino si nosotros sólo respetásemos los principios y nuestros enemigos nos destruyesen violándolos”. Aquí Bolívar nos revela una fuerza de predicción tremenda con respecto a la política del Norte. Nada más cierto que EEUU siempre exige cuando le conviene el cumplimiento de las leyes, pero se ríe en las mismísimas barbas del débil el día que las viola.
Sin duda que bajo las órdenes de Bolívar se podía confiar; era Bolívar de esa clase de hombres que jamás dejaba a sus compatriotas en la estacada; que llevaba hasta las últimas consecuencias la defensa de su dignidad, la integridad de su hombría; que entonces era la representación de la virilidad de todo un continente.
El agente Irvine, a mediados de agosto, contesta que los comerciantes neutrales no deben abandonar su profesión por hacerse partidarios políticos. Bolívar estalla:
Si es el libre comercio de los neutros para suministrar a ambas partes los medios de hacer la guerra, ¿por qué se prohíbe en el Norte que se nos ayude? ¿Por qué a la prohibición se le añade la severidad de la pena, sin ejemplo en los anales de la República del Norte? ¿No es declararse contra los independientes negarles lo que el derecho de neutralidad les permite exigir?
Los gringos se cierran a todo argumento que no les favorezca y se emperra Irvine en declarar ilegal el apresamiento de los buques y en exigir una inmediata indemnización.
Pero estos trucos no van con Bolívar. A cada lamentación, el Libertador lo pone en su lugar, ya sea con argumentaciones que muestran un profundo dominio de las leyes internacionales, como con el valor y el derecho natural de los pueblos a defender su libertad. Poco a poco el agente va perdiendo fe en sus reclamaciones; pero su terquedad y el verse humillado por la razón del jefe venezolano, le hacen tomar un camino por demás extraño. Cae en el terreno de la vulgaridad y de las burlas. Dice que los independientes no tienen poder suficiente para imponer un bloqueo, que nuestras fuerzas militares son insignificantes, que no son sino sombras de sombra. En resumen, que nuestro ejército es incompetente, exiguo y hasta risible. Bolívar le contesta que no va a caer en ese terreno de insultos; que no habiendo acuerdo entre los dos era preferible someter el caso a unos árbitros. Que ha decidido suspender la correspondencia con él para que no degenere en farsa.
Entre las burlas del agente Irvine la que más llama la atención es la expresión “caballería nadadora”. Asegura el Libertador que en su ejército existe una división con ese nombre. El yanqui no sabe si le habla en serio o le toma el pelo. Esa caballería nadadora, según el propio Bolívar, había realizado proezas inauditas. Se lanzaban a caballo por ríos caudalosos como el Caura, el Caroní y el Apure para abordar y abatir buques enemigos. A Irvine le parece que esto es lo más ridículo que ha oído en toda su vida. El hecho es en sí mismo muy interesante porque revela la extraordinaria imaginación del Libertador, siempre lindando con lo poético, a la vez que pone de manifiesto la árida y lineal mentalidad de los yanquis, siempre restringida a menesteres habilidosos y prácticos.
Esas imposibles caballerías de río existieron e incluso fueron las que dieron fama a nuestro caudillo José Antonio Páez. No era la primera vez que un extranjero pretendía burlarse de las hazañas realizadas por nuestros patriotas durante la independencia. Por ejemplo, el biógrafo de Bolívar, Loraine Petrie, nos dice que en la emigración de toda Caracas, el año 14, el Libertador, a pesar de su desesperada situación, consideró el envío de un agente para inaugurar las relaciones de Venezuela con Gran Bretaña.
¡Esto dice Petrie en un tiempo en que la República estaba en las últimas! Hay algo, añade , mezcla de ópera cómica, que parece inseparable de muchas cosas suramericanas. No sabemos en qué ve este señor lo grotesco. Harán ópera cómica los que no están poseídos de una verdad total y absoluta como la de Bolívar, los que divagan y no hacen nada, los que amenazan sin fuerza moral, los que carecen de coraje, determinación y confianza en sí mismos.
El escritor inglés Cunninghame Graham refiere las proezas de nuestros llaneros que, con lanzas en los dientes, desafiaban caimanes y abordaban buques y flecheras: probablemente es la primera vez en la historia que una caballería diese una escaramuza en el agua. Solamente hombres como los llaneros de aquellos días montados en caballos, acostumbrados a las exigencias de seis meses de inundaciones de la región, podían echarse al agua como perros de Terranova para realizar semejante hazaña.
Bolívar concluye el asunto con Irvine advirtiéndole que con el Gobierno de Venezuela no se juega. Que si no somos tan poderosos en cantidad de armamentos y soldados, la habilidad y el valor suplen con creces esas deficiencias.
Que se ha visto con frecuencia a un puñado de hombres libres vencer imperios poderosos. Que es lo mismo para Venezuela combatir contra España que contra el mundo entero, si todo el mundo la ofende.
En las ideas morales de Tolstoi y de Gandhi sobre los conflictos bélicos van implícitos estos argumentos de Bolívar.
Aunque estos dos humanistas eran severos pacifistas, aseguraban que la guerra la ganaba quien contase con más fuerza moral, con más seguridad en sus derechos y principios.
Fue para el Libertador tan enojoso este asunto con los yanquis que jamás lo pudo olvidar. A finales de 1825 los llamaría regatones americanos. Regatón, vendedor al por menor, persona que regatea mucho. Esto es el mejor título que le queda al país de los best sellers, al que vende el amor, el que vende sus presidentes, que negocia con mafias y con tiranos, y que trafica hasta con Dios en mil sectas o compañías diferentes. Aborrezco a esa canalla de tal modo, dirá el Libertador de los yanquis, que no quisiera que se dijera que un colombiano hacía nada como ellos.

















