José Sant Roz
Nos pintaron a los chinos, a los asiáticos, como malos y nos comimos ese cuento o narrativa euro-gringa durante décadas, al punto que Rómulo Gallegos en su novela “Doña Bárbara” nos habla, refiriéndose a “El Brujeador”: “Su compañero de viaje es uno de esos hombres inquietantes de facciones asiáticas que hacen pensar en alguna semilla tártara caída en América Latina quién sabe cómo y cuándo. UN TIPO DE RAZAS INFERIORES, CRUELES Y SOMBRÍAS, completamente diferente del de los pobladores de la llanura”.
Esos tipos de “RAZAS INFERIORES”, fueron colonizados por ingleses, franceses y gringos, pero dieron la batalla y acabaron liberándose de sus amos. Hoy, esas RAZAS INFERIORES se hacen respetar por Occidente, y son países muy prósperos y poderosos. Pues, resulta, que los chinos, los vietnamitas, los coreanos del Norte,… no se consideraron jamás a sí mismo inferiores a los europeos y a los gringos, y por eso los derrotaron. Eso hay que entenderlo. Los gringos y europeos los señalaban como bárbaros, malos, crueles, asesinos y bien feos.
Hoy, las RAZAS INFERIORES para Trump son los latinos: “los sucios, horribles, asqueosos y feos venezolanos”, a los que él desea volver trizas, matar, encarcelar, expulsar de su país…
Ojalá algún día nosotros mismos seamos vistos como malos, crueles y arrechos por los gringos y europeos, tal cual como vieron a los asiáticos. Ojalá, y así respondamos en consecuencia.
Los cubanos derrotaron a los gringos en Bahía Cochinos, y eso ha sido histórico, y desde entonces no reeditaron un ataque similar. Nosotros tenemos que joder a esos gringos a costa de lo que sea. Cueste lo que nos cueste. Tenemos que responderles con todas las armas que tenemos. Yo sí estoy profundamente ARRECHO, y no sé cuándo me va a pasar esta arrechera. Tendrá que pasar algo grande para superarla. Pero lo cierto es que no me cuadro con pendejos, con melifluos, ambivalentes, fatuos o tontos del culo.
Bolívar fue visto por los realistas, por los occidentales, como un ser extraordinariamente malo, feo y perverso, lo llamaban “El Demonio”, lo excomulgaron varias veces, porque no tenía pizca de pendejo, fue el que firmó el Decreto de Guerra a Muerte, el que por decisiones políticas y estratégicas inapelables decidió fusilar a Piar; el que después de la Batalla de Boyacá, al ver al traidor Francisco Fernández Vinoni ordenó fusilarlo en el acto, y por estas razones los gringos nunca reconocieron su poder y su gobierno sino bien tarde, después que derrotamos a los realistas en la Batalla de Boyacá.
Me podrán decir que aquellos eran otros tiempos, pero ¡NO! Nos están destrozando, sin ninguna razón vinieron a invadirnos, dicen que planean otra incursión y no podemos defendernos diciendo sólo que sería injusto e ilegal, que están violando los tratados internacionales, porque terminarán volviéndonos trizas, y acabando para siempre la patria de Bolívar, y nadie ni siquiera podrá ir a llorar al Valle.
He escuchado versiones según las cuales el presidente Maduro, para evitar una mortandad decidió entregarse a los gringos. No creo ese cuento, y le digo a los que lo creen: imagínense a Bolívar entre 1813 y 1819, derogando el Decreto de Guerra a Muerte para evitar que los españoles siguieran degollando venezolanos.
Si nos metemos a pendejos nos van a velar a todos con cebo de burro.
Yo pienso, que qué grande hubiera sido, a costa de lo que fuese necesario, el haber bajado cuatro helicópteros gringos, el haber cogido presos a varias docenas de gringos, el haberlos enfrentado a muerte con todo lo que teníamos, a sabiendas de que se podía desatar una réplica quizás monstruosa; ¿pero es que acaso no vamos a estar permanentemente expuestos a seguir recibiendo ataques y más masacres por el hecho de que no les demos pelea formal, neta y demoledora como lo merecen?
No podemos seguir sacándoles el cuerpo, no podemos, a costa de la amenaza de la mortandad que nos puedan inferir, seguir corriendo la arruga de una confrontación directa.
Ha llegado la hora de hablar como Bolívar, como cuando le dice a los realistas serenamente: «Españoles, si persistís en ser nuestros enemigos, alejaos de estas tierras, o preparaos a morir«. Nunca antes en este continente se había lanzado un ultimátum más explícito, más breve, más sencillo, más formal, contundente, poseído de una confianza infinita. Aquello no era sino un dios que hablaba con el filo de la justicia entre sus manos. ¿Cómo podía dirigirse un hombre con una seguridad tan firme y serena frente a un país plagado de enemigos feroces, la raza más implacable del mundo: la que acabó por derrumbar las esperanzas imperiales de Napoleón en Europa y que había llenado tantas páginas de valor suicida en la historia de Occidente?
Lo que todo el mundo hace en una guerra es declarar una lucha a muerte al enemigo, ni más ni menos; Bolívar afrontó esta responsabilidad con las consecuencias que implicaban para su reputación, para su gloria. Era una situación insalvable. No podía seguir permitiendo que el genio del crimen tuviera entre nosotros su imperio de muerte. Nadie -exclamaba indignado- puede acercarse a ese imperio sin sentir los furores de una implacable venganza.
Ya los gringos vienen declarándonos desde hace más de 127 años una guerra a muerte: la de la esterilidad, la del sometimiento, explotación, robo bestial y descarado de nuestros recursos, y más que razón tenemos para morir luchando por lo nuestro y no llegar a ninguna clase de acuerdos con ellos. Coño, que nos maten a millones, pero no seguir con ese cuento, esa degradación, esa humillación ultrajante, es preferible morir combatiéndolos que seguir sufriendo atrozmente sus imposiciones y acuerdos. Eso es lo que se debería estar discutiendo, dar la vida todos por lo nuestro, por la patria.
Venezuela es la Jerusalén de América, dijo José Martí. Hoy lo es más que nunca. Si nosotros no podemos administrar nuestros recursos soberanamente, entonces que no lo sea para nadie (así lo sentenció Chávez).
Punto y definitivo.

















