«YO, JUDAS»   – BREVE TRATADO SOBRE EL DELEITE DE JALAR- – NOVELA- JOSÉ SANT ROZ

PRIMER CAPÍTULO

Como un rayo obsesivo de culpa y de placer, cayó sobre mí aquel encuentro inesperado un 7 de noviembre de 1945. Por primera vez me pregunté, si acaso a mi edad uno era capaz de amar a otro hombre. Pero era otro hombre que jamás había visto. Que no era entonces amor sino una fuerza superior. Lo que puedo admitir es que cuanto emanaba de ese ser era encantador: su mirada, la luminosidad de su rostro, la sencillez de su sonrisa enternecedoramente beatífica. Quise formar parte de su vida y dejándome llevar, descontroladas mis piernas, avancé hasta encontrarme a su lado, estrechando su mano enguantada. Y se la di tres veces, y tres veces él recompensó mi decidido afecto. Eran unos guantes blancos con leves encajes dorados en los que vi el precinto de la gloria. Luego observé que se retiraba con su séquito pero percibía que de vez en cuando miraba hacia mí, como invitándome a seguirle. Y mis piernas le obedecían, y me admiraba que los guardaespaldas y edecanes de aquel eminente dignatario, permitieran mi entrada en su círculo hermético; como si hubiesen entendido, en los gestos, en la mirada de aquel prohombre que ya había entre nosotros un tácito acuerdo. Aquel séquito, también iluminado, tenía que estar impregnado del don sublime de su fuerza y de su entendimiento. Todo un fuego parecido al amor, y él era sin duda alguien decidido a protegerme, a ayudarme. Durante varias horas entré en su vorágine de trabajo, rodeado de pueblo, solicitado por altos oficiales del Ejército, entre abrazos, besos y apretones de mano. Y yo ahí a su lado.

Estaba por concluir el acto, y él se acercó para decirme: “-Tome esto, vaya y me visita a Miraflores. Allá hablaremos.” ¡Miraflores! Un estallido de campanadas en mi cabeza. ¡Yo, a Miraflores¡ Me confundió con alguien o hay demasiada química entre los dos! Sí, es conmigo, se sonríe, alza la mano para despedirse de mí. Otros altos jefes militares se acercan para saludarme. Doctores de buen porte, calvos y gordos me extienden sus tarjetas de presentación y me saludan amablemente.  ¿Por qué a mí? Había un embrollo de luces en mi cabeza, y gente de pueblo queriendo entregarme papelitos y cartas. Implorándome porque les ayudara. ¡Yo, a Miraflores!

Se encendieron los motores de las largas limosinas negras, y corrieron a adelantarse varios motorizados para encabezar la marcha. Tronaban las sirenas, la luz de la tarde se diluía en serenas ráfagas hacia la fascinación de mil caminos gloriosos. Un periodista quiso entrevistarme, y un comerciante me obsequió un bello encendedor con el escudo de Venezuela.

Como arte magia, repentinamente todo había desaparecido y el lugar quedó desolado: había como una música solemne en el fondo de mi alma. La cabeza me daba vueltas, martillazos recibían mis sienes. “- Ah, si pudiera seguir en esa nube de pajes, encontrarme entre esos seres elegidos para abrigar y ser abrigado”, me dije.

Quede mirando aquella tarjeta de presentación del personaje más grande jamás visto a mis veinte años, y allí en trazos dorado su fascinante nombre: Comandante Julio César Vargas.

Yo entonces era un muchachón de apenas veinte años cuando fui sobresaltado por aquel encuentro que definiría para siempre mi destino, mi vocación.

¿Qué sabía yo de política?: prácticamente nada, puros retazos de cuentos, rumores e inventos periodísticos. Y a mí nada me interesaba la política más que el morbo que ella lleva implícita, y desde el momento en que me vi internado en ella, la consideré siempre como un negocio. Pude haberme dedicado a la empresa privada y sacar de ella muchos mejores réditos pero me importaba las ardientes oscuridades de las mamparas, lo que hay tras el cortinaje glorioso de cuanto decide el destino de multitudes: ser engalanado por el fuego fatuo de las imposturas.

Jamás me mantuve en guardia frente a los engañadores, porque yo era de los mejores. Sin cautela aprendí a brindar con los de arriba y con los de abajo y a consolarme de todos los golpes que recibía, sabiendo que alguien tendría para mí un lugar en esta vida.

Entre vanidosos, prepotentes y orgullosos, supe el trato que debía darle a cada cual, porque entendí muy joven que la política de partidos es un juego veleidoso de promesas, abrazos y encantos de palabras bajo los cuales no subyace ningún hecho concreto ni ninguna realidad edificante.

Cada día que salía a la calle me proponía alagar algunas cuantas vanidades, y por lo menos  a una docena les incendiaba el alma y los veía elevarse gozoso a las alturas de los cielos, y eso para mí era el deleite supremo. Todos los vanidosos son excelentes comediantes, y muy adictos al piropo. A los orgullosos los evitaba, pero algún tarrito de miel les disparaba sutilmente sin llegar a empalagarlos.

Aquellos ambientes en los que pasé casi toda mi vida era un grandioso teatro, en el que me movía calando hondo en la modestia de los que andan devorando alabanzas. Y con todos me mostré compasivo, equilibrado y comprensivo.

El que está a la caza de adular nunca debe desconocerse a sí mismo, ni jamás perturbar la ignorada inmodestia de los vanidosos. Mi papel fue el de ir restituyendo reputaciones en almas que de algún modo habían sido “señaladas”. Yo, así era una especie de Celestina del poder, que al mismo tiempo procuraba recibir gratificaciones y halagos de la buena fortuna. Siempre esperaba recibir mucho más de lo que daba, la verdad.

Aunque conocí bastante a Hugo Chávez Frías, jamás lo alabé. A él sólo le interesan las espinas, los dolores más álgidos, allí donde muerden los desafíos más hirientes y sangrantes, donde arden las penas de los más pobres: la adversidad más recia y tormentosa, lo que a mí nunca me interesó y que rehuía con espanto.

 

 

 

 

 

A mi edad, y para el relato de estas memorias, no necesito guardar las formas que el común de las personas jóvenes, y no tan maduras, necesitan para quedar bien con su entorno, para asegurarse una vida de respeto acorde con los valores de la sociedad. A esta edad me puedo darme el lujo de abrir mi corazón con la mayor franqueza posible.

Para este trabajo de confesiones íntimas, andar con remilgos constituiría un serio estorbo y no lograría dar la idea de lo que un hombre de modales palaciegos como yo tiene que sufrir para alcanzar los dones y los aplausos de su generación.  No tengo por qué ocultar que fui un adulante, que lo fui porque venía en mis vísceras, porque además es algo ingénito en casi todos los ambientes sociales y políticos que he conocido en mi país: en el familiar, en el académico, cultural y periodístico.

A mí jamás se me ofendía cuando me acusaban con odio de ser un “arrastrado cortesano”; también deberían saber estos señores que ellos lo han sido o lo son en tanto que como seres en sociedad tienen que vivir cumplimentando a sus semejantes, con el fin de ser aceptados o por la necesidad de la supervivencia misma. Orgullosamente, debo confesarlo, fui un adulador empedernido que cargué maletines con dedicada fruición a mis jefes; que supe tragar o tolerar con delicada resignación una y mil ofensas. Jamás cometí la torpeza de contradecir a un jefe vanidoso o endiosado; que confieso que amé los cargos con constancia, disciplina y dedicación. ¿Por qué ocultar los detalles de toda esta vida de golpes, enseñanzas y de exitosos resultados, al fin y al cabo, ahora, cuando así lo veo en el ocaso de mi vida?

No pretendo ni mucho ser ejemplo para nadie, éste no es mi propósito. Aquí sin tapujos mostraré lo que he sido a lo largo de mi vida, siguiendo lo que me marcó mi destino. No fui buen padre, no fui buen amigo, no fui buen

Para mí, existe una escala en el arte de jalar (que es muy distinto a “guindarse”), que viene con la naturaleza de cada cual, y que si la colocamos entre uno y veinte, podemos decir que la mía, modestamente, podría calificarse de excelente. Lo que se denomina “guindarse” es una calificación que en la jerga del montón significa persistir en una adulación sin medida ni moderación de ningún tipo, y en el arte de jalar la moderación es esencial. En el acto de “guidarse” hay una especie de ceguera sin control, que por lo general conduce al fracaso.

Por eso se recomienda siempre lisonjear con mesura.

No concuerdo con Voltaire cuando dice que no se conocen en la remota antigüedad rastros de la adulación. Para mí la alabanza, el endiosamiento a las altas dignidades es algo connatural al poder. Que ni Homero, Hesiodo o Demóstenes dirigían sus cantos a ningún ser con mando o con dinero. Habría que conocer el sistema en el que se desenvolvían ellos para aseverar tal afirmación. ¿Acaso entonces el poder estaba divorciado del dinero? ¿Acaso no se compraban las conciencias ni se necesitaba de la corrupción para mantener una red de empleados al servicio de los déspotas? Cuando el dinero y el poder se hicieron una misma cosa, surgieron por doquier cantos de alabanzas. Entonces, para prosperar sin mucho esfuerzo propio, a falta de talento, a falta de valor en algunos casos, a falta de preparación en otras, se hizo necesario desplegar las artes del endiosamiento para abrirse paso hacia la fama o la fortuna. Ese arte del encantamiento, de la elevación de la vanidad, para así atraer la gracia de los seres encumbrados, da trabajo a miles de millones de personas en el planeta. Para lograrlo no se debe escatimar ningún comercio o transacción posible como tampoco sacrificar esas estupideces que llaman pudor, moral, ética o principios. Sandeces. Todo en la vida debe ser visto en función del utilitarismo, del sensualismo, en el sentido como lo entendía el esclarecido don Jeremías Bentham.

En el arte de adular deben prevalecer los elementos del cálculo por encima de los placeres y de las penas, siempre considerando que los esfuerzos habrán de ser recompensados con el sacrosanto billete, y con la aureola de algún buen reconocimiento. Eso que llaman “mala conciencia” es una debilidad, una estafa que nos hacemos a nosotros mismos. Querido lector, usted escoja lo que quiera, pero observe a los que se elevan, que jamás reparan en que se los llame ladrones, maricas, arrastrados o hijos de puta, y compáralo con el mojigato que se detiene por pruritos o escrúpulos estúpidos a la hora de decidirse a jalar por lo que vive aplastado por toda clase de estrecheces y miserias. Éstos terminan despreciados por la ley del más listo y a la postre, convertidos en pobres diablos, tirados a la vera de la historia. La ley natural y el derecho natural son ficciones; no hay otra cosa real que nuestro egoísmo, y todo lo debemos supeditar a él: religión, patria, amigos, nacionalidad, mujeres, esposa, hijos.

Si has de conseguir tus propósitos, y sólo tus propósitos, debes echar por la borda conceptos como lealtad, amor y franqueza.

Según la historia, entre los romanos comienzan a notarse rastros del sistema de la adulación que se mantiene durante los mandatos de Augusto y Julio César, pero que sin embargo no se ha encontrado ninguna epístola dedicada a Sila, a Mario, ni a sus esposas y queridas. Que Cicerón fue un hombre pundonoroso en quien la adulación jamás llegó a la bajeza, no obstante que osó llamar a César vencedor del mundo e ilustre personaje, victoris orbis terrerum.

También sostiene Voltaire que a nadie puede halagar una adulación que se generaliza o que se convierta en algo oficial; pero es que la adulación no conoce límites, y existen tantas maneras de ponerla en práctica. Nada ni nadie puede impedir que estallen odas y cantos a veces para los seres más anodinos, y el que éstos se pierdan aturdidos por estas melodías, hundiéndose en la ciénaga y en la irresponsabilidad total, es cosa que avergüenza. El Libertador sostenía que la lisonja es un veneno para las almas bajas, pero en eso el que adula no tiene culpa alguna. Se radicaliza y equivoca Bolívar al decir que no hay ninguna cosa tan corrosiva como la alabanza, porque deleita al paladar pero corrompe las entrañas. Yo digo por el contrario que no hay nada que más serene, que mejor entone y tonifique el alma que prodigar alabanzas a alguien que por el poder que detenta vive cercado por la envidia, la maledicencia y la intriga.

Tengo que decir, sin que nadie se escandalice por ello, que los que adulamos somos parientes cercanos de la más sublime poesía: porque a nosotros la musa se nos da fácil, atentos como estamos a todos los movimientos del ser al que debemos nuestras fuerzas, que en ocasiones llegamos a convertirnos en una sola alma; aprendemos a deslizar finos movimientos que aprendemos a recoger de la propia naturaleza, porque ella misma nos capacidad para encontrar las notas precisas para el enamoramiento del espíritu. Aprendemos a deslizar melodías dulces a los oídos para proyectar lisonjas, secretos, rumores que alegran, enorgullecen y tonifican el sentido de eternidad de nuestros santos patrones.

En cada jalabolas yace un Yago, y cerca de él un Otelo dispuesto, fuera de quicio, a matar a alguna Desdémona. El ser sufriente entre roce del amor con la desconfianza. Se critica que nosotros nos dediquemos a elogiar funcionarios incapaces de hacer nada bueno, pero es que no somos inspectores de eficiencia ni defensores de la patria ni de las glorias de la libertad. Nuestra función es la de procurar simplemente la lisonja, a otra cosa distinta no podemos dedicarnos. Tributamos elogios como otros sabrán despachar medicamentos en una farmacia o confeccionar trajes en una sastrería. El arte de adular con mesura debe tomar en cuenta el detalle de conocer el momento de apartarse del peligro sin dejar rastro.

Yo le he aportado a los llamados “príncipes”, en la concepción de Maquiavelo, la parte dulce, afable, apologética y elogiosamente serena que requieren para sentirse superiores, imprescindibles y justos. Ellos cumplen con su naturaleza y yo con la mía.

¿Por qué adulo?

Porque adulando me reconozco en lo que no puedo llegar a ser yo mismo.

Porque al adular doy valor y resolución al alma que las circunstancias pasajeras han colocado en un elevado sitial para contento de amplios sectores sociales, y para que lleven a cabo un mandato superior.

Al adular reconozco, aunque sea un átomo de semejanza de mí en alguien al que admiro pasajeramente, porque ha de aclararse que en modo alguno jalar tiene que ver con fidelidad, esto es algo que no nos corresponde en absoluto. Los aduladores no estamos dispuestos a dar la vida por nadie ni por nada, de por sí demasiado nos cuesta darla por nosotros mismos, que es tan difícil. No nos solemos llevar bien con los que son fieles a una causa o a un hombre.

El que está entregado a este oficio no puede ser catalogado de traidor; los vientos corren en todas direcciones y hay siempre que estar con ellos, o sino te destrozan.

En mi lista de los más insignes aduladores venezolanos, ocupa lugar eminente, el marqués Casa León (cuyo nombre completo era don Esteban Fernández de León e Ibarra), quien, la verdad sea dicha, ha sido maltratado por todos los hipócritas intelectuales de este país. Han hecho de este sabio personaje una especie de anti-héroe porque en medio de la efervescencia revolucionaria independentista primero sirve al Rey, luego aventado por las circunstancias cambia de bandera y se coloca a las órdenes de don Francisco Miranda; otra vez sacudido por las adversidades desconoce a Miranda y se pone al servicio del realista Domingo de Monteverde. Cuando Bolívar derrota a Monteverde, el marqués Casa León, inteligentemente, se pliega a los mandatos del Libertador. Es tal el afecto que le tiene el Libertador que le entrega la administración de la Hacienda Pública. Poco después entra el temible José Tomás Boves triunfante a Caracas y el marqués humildemente vuelve a convertirse en un siervo de Fernando VII. Más tarde el marqués Casa León será purificado por el pacificador Pablo Morillo. En el prólogo de Mariano Picón Salas al libro de Mario Briceño Iragorry, “Casa León y su tiempo”, señala lo siguiente:

Si le quitamos a Casa León su comprada peluca de Marqués, si le sacamos de la vecindad de aquellos grandes hombres como Miranda y Bolívar, cuyo arrojo y grandeza sirven de contraste a la propia bellaquería y pusilanimidad, dijérase que la estrategia del resbaladizo personaje es de todas las épocas y todos los regímenes que se han sucedido en nuestra tormentosa República… Hubo Casa Leones en los días de Guzmán Blanco, en los de Castro, en los de Gómez, en los más recientes de nuestra cronología política. Nos parece haber conocido al anti-héroe redivivo en algún club elegante, entre vasos de whisky escocés, mientras se tejen las más misteriosas cábalas financieras.

Hay otros personajes de mi predilección de los que no debo decir propiamente que hayan sido adulantes, porque les sobraba talento, pero que sí tenían un don especial para tocar puntos sensibles de las gónadas superiores de elevados gobernantes. A ellos les admiro la fina manera de embriagar con sus estilos oportunos y delicados a la hora de halagar: don Mariano Picón Salas, con la consabida distancia sideral, está entre los más dilectos personajes que en éste, mi oficio de servir, ha sido de los más esclarecidos maestro. Don Mariano, por ejemplo, poco antes de morirse, hizo un panegírico mágicamente aderezado para don Rómulo Betancourt, que dice:

Como el común de los mortales lee y piensa menos que nuestro Rómulo, en nombre de cierto purismo y academicismo anquilosado que todavía prevalece en ciertos sectores de opinión venezolana, se le han censurado su lenguaje algunos neologismos impuestos por la necesidad de decir cosas modernas o que no se previeron en el arcaico “Tesoro” de Covarrubias. Palabras nuevas para problemas dinámicos que ya no se definen con las viejas fórmulas enmohecidas en el arcón. Como el lenguaje de Bolívar, el de Betancourt también se adelanta a los coetáneos, y a veces una metáfora audaz le sirve para esclarecer o definir una situación difícil.

Y me parece muy bien su gran trayectoria de hombre bastante parecido al gran marqués Casa León.

Don Mariano le aduló al Presidente Eleazar López Contreras, luego a Medina Angarita, después a los adecos, más tarde a Pérez Jiménez (fue el organizador del Festival del Libro Venezolano) y después otra vez a los adecos cuando retoman el poder en 1958. Medina Angarita lo propuso diputado al Congreso, por Mérida.

A la muerte de Juan Vicente Gómez quiso entrar a la política, enjuiciando a los intelectuales que habían servido a la larga dictadura. Entonces se prestó para ofrecer una serie de conferencias, y quiso empezar por cortarle, de primero, la cabeza a don Laureano Vallenilla Lanz, autor de “Cesarismo Democrático”. Don Laureano había muerto en Europa (sus restos estuvieron enterrados durante veinte años en Francia, en el cementerio del Pére Lachaise, al lado, casualmente, de donde yacen los de Oscar Wilde), pero se encontraba en Caracas Laureano Vallenilla Lanz hijo, quien le reclama que quiera ensañarse con los muertos y con los caídos. Entonces Laureano hijo, redacta una carta pública que difunde el diario La Esfera en la que dice que Mariano debería sentir cierta piedad por quienes no tuvieron un padre tan honorable como el suyo. Indirectamente estaba metiendo el dedo en la llaga al mencionar al Pionono, el padre de don Mariano. Esta carta provocó tal conmoción que todas las conferencias anunciadas por Pincón Salas fueron suspendidas. Años más tarde, será Laureano hijo, Ministro de Relaciones Interiores de Pérez Jiménez; entonces va Mariano y le solicita una cita, cuyo fin es pedirle una ayuda económica para publicar un almanaque. Se lo conceden.

Posteriormente, en 1956, don Mariano recibe de manos de Marcos Pérez Jiménez la Orden del Libertador.

El 1º de enero de 1958, cuando ve que el gobierno puede caer, muy asustado va y firma un documento contra la dictadura, suscrito por varios intelectuales; pero inteligentemente, el 10 de enero ve que el régimen se consolida, y entonces Mariano inicia una cruenta odisea para solicitar que borren su firma de esa lista. Cuando se confirma que el dictador ha huido, va a El Nacional para congraciarse con la democracia. Para ello insulta al científico Humberto Fernández Morán llamándole “Brujo de PIPE”. El 30 de diciembre de 1964, cuando el presidente Raúl Leoni recibe con honores a Fernández Morán (puesto que este sabio es colmado con honores en EE UU por los aportes científicos en la realización del viaje a la luna), de la impresión dolorosa que le produce este encuentro, sufre terrible mal y muere el famoso escritor don Mariano Picón Salas.

 

Don Rómulo Gallegos fue para mí un insigne maestro en el arte de la lisonja: él  escribió admirables cartas, que con frecuencia leo, dirigidas al Presidente Juan Vicente Gómez. Como esta, por ejemplo:

 

Maracay, 19 de enero de 1927

General J. V. Gómez

Presente

Mi respetado general y amigo:

Conforme se lo manifesté en el telegrama que tuve el honor de dirigirle a mi regreso a la patria, he venido a esta a presentarle mis respetos y a testimoniarle una vez más, mi agradecimiento por la generosa y espontánea ayuda que, para mi viaje a Europa, tuvo Ud. a bien facilitarme.

Aunque no me fue posible lograr allá el objetivo de ese viaje, pues si bien en opinión de los especialistas con quienes consulté en Italia, la operación deseada es practicable y de éxito casi seguro, lo limitado del tiempo y de los recursos de que podía disponer no permitieron llevar a cabo un deseo de ver curada a mi esposa; a lo menos sabemos que el remedio existe y algún día podremos lograrlo y por otra parte hemos disfrutado de las saludables y provechosas impresiones del viaje.

A título de amigo agradecido me permito enviarle con la presente un modesto recuerdo, obsequio indigno de Ud. por su insignificancia, que le ruego me haga el favor de aceptar como prenda de mi reconocimiento.

También pongo en sus manos dos paisajes que mi amigo, y de Ud. también y admirador —el pintor venezolano Manuel Cabré— me entregó en París, encargándome le regalara a Ud. que tenga a bien aceptarlos como un obsequio de amistad y admiración.

Mucho me complacería y me honraría que todo fuera de su agrado y una vez más le reitero las protestas de mi adhesión y de mi reconocimiento.

Dios guarde a Ud.

Su servidor y amigo,

Rómulo Gallegos

 

Otro de los hombres que más he admirado en este país es al doctor Luis Beltrán Prieto Figueroa, fundador del magisterio venezolano, y que supo reconocer en Juan Vicente Gómez a un benefactor necesario de la Venezuela que se abría al progreso en medio de las turbulentas amenazas del siglo XX. He aquí una carta enviada por él al noble personaje de la Mulera, que a mí siempre me han conmovido por su estilo y la profundidad de su delicadeza humana:

 

Caracas, 22 de abril de 1927

Sr. General Juan Vicente Gómez

Maracay

Respetado General:

Salúdolo respetuosamente y hago votos por su prosperidad y dicha.

Tiene por objeto la presente significarle, que encontrándome enfermo y siendo de urgente necesidad someterme a una intervención quirúrgica, según opinión del doctor Andrés Pietri, para la cual carezco por completo de recursos, acudo a usted para solicitar la ayuda a tal respecto.

No dudo que sus bien inspirados sentimientos altruistas y la nunca desmentida bondad de Ud. decidirán favorablemente la solución que la necesidad y mi estado de enfermedad me obligan hacerle.

De Ud. con toda consideración y afecto,

Atte S.S. y amigo

Luis Beltrán Prieto Figueroa

 

El maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa, proveniente de una familia humilde, logra descollar por sus virtudes romanas; por la fuerza interior de su intelecto, que le prodigaba luces maravillosas a la hora de tener que agradecer con creces al justo que admiraba y respetaba; por ello pudo escalar a niveles superiores en trabajos de investigación sobre educación y pedagogía, y la política lo premio con el cargo de ministro y Presidente del Congreso de la República. Por eso supo estampar con hidalguía este párrafo glorioso, que se consigue en el libro El General Betancourt y otros escritos (de Ediciones Centauro (1970), página 84), cuando el día el 24 de junio de 1960, a pocas horas de producirse el atentado en Los Próceres contra el Presidente Rómulo Betancourt, estampa lo siguiente:

 

Al saber la noticia, atolondrado me precipité en el cuarto donde los médicos lo atendían. Mostraba la cara amoratada; sangrantes las manos y el cuerpo. Ante el horror y la indignación que me provocaba aquella visión, quebrada la voz, los ojos llenos de lágrimas, apenas acerté a balbucir algunas palabras. Al escucharlas reconoció mi voz, comprendió mi turbación y como para alentarme me dijo, levantando las manos: —No es nada Negro, se trata de un accidente profesional, vete a Miraflores.

 

¿Es bueno saber por qué Rómulo Betancourt pudo inspirar tanta fe y prodigios de verdadera admiración hacia su persona en políticas e intelectuales de alto vuelo? Ensalzar su obra se hizo una constante en las academias, en la prensa nacional, en enciclopedias, revistas políticas y literarias. Yo, personalmente, me desgarré en alabanzas por su valentía incontrastable, por su fino olfato y aliento estratégico, cuando supo derrotar sin ambages en nuestro país, a las pretensiones injerencistas de la Cuba comunista, entre 1961 y 1963. Todos los grandes intelectuales venezolanos de siglo XX, se rindieron ante su genio, e incluso lo han considerado superior a Bolívar: Mariano Picón Salas, Alberto Adriani, Carlos Rangel, Ramón J. Velásquez, Juan Liscano, Domingo Alberto Rangel, Alfredo Coronil Hartman, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Manuel Caballero, Francisco Herrera Luque, Alfredo Tarre Murzi, Óscar Yánez, Manuel Alfredo Rodríguez, Elías Pino Iturrieta, todos, todos, se inclinaron ante su magnánima y multisápida personalidad.

 

El magnífico fabulista Francisco Herrera Luque lo consideró superior al Libertador. De él son estas preclaras reflexiones:

 

Betancourt, como todos los grandes estadistas, es un ser de mirada larga en pugna silenciada…

Aparte de no tener la vocación de poder, que le atribuye la gente, Betancourt no sólo acepta las discrepancias, sino que parece disfrutar con ellas cuando son de buena ley.

Hace poco le hice saber ante mis denuncias en Chancillería que hacía uso de mi condición de independiente por grande que fuese mi admiración por él y mis simpatías hacia su partido.

Betancourt es enemigo jurado del culto a la personalidad… En el ejercicio de la Primera Magistratura deslindó con ostentación pedagógica, las atribuciones del magistrado y del simple ciudadano reacio a que su inmenso poder se proyectase en la esfera personal.

La Biblia dice en alguna parte, que el Señor ve con buenos ojos al puñal que se esgrime contra el tirano. Medina no era un tirano. Pero sí lo era el sistema político-social vigente. Por evolución no se pasa del sayonato a la libertad… De no haber insurgido militarmente contra Medina Angarita el 18 de octubre cabe preguntarse: ¿Hubiésemos alcanzado este sistema democrático que con todos sus vicios es modelo en América? Personalmente no lo creo.

Veinte años de democracia, treinta y siete de conquistas sociales, demuestran muy a las claras que Rómulo Betancourt desde que fundó su partido ha promovido cambios sustanciales y definitivos en la vida de Venezuela, procedentes de su inteligencia, cavilación y quehacer.

Betancourt hizo ese partido y la revolución que conlleva por su talento de estadista y un carisma de líder determinado por una singular peculiaridad antropológica.

 

Todo un canto lírico digno del poema de Las Estaciones de Thomson.

 

Este panegírico de Domingo Alberto Rangel es de lo más hermoso que yo haya ha leído de un revolucionario a su padre ideológico. Lo escribió siendo recién a la Presidencia, en un artículo, publicado el día 10 de diciembre de 1958 en La Esfera, que lleva por título «Betancourt es Venezuela reconciliada», y que dice:

 

Betancourt es una de las personalidades más descollantes de la Venezuela del Siglo XX. Los venezolanos, condenados por el aislamiento y la estrechez de nuestro medio, ignoramos exactamente la dimensión intelectual y política de Rómulo Betancourt […] Cuando en el exterior, los que tras la cárcel hicimos aprendizaje de exiliados, hablábamos de la patria distante, se nos respondía invocando a Rómulo Betancourt.

Teníamos en Venezuela, decía la voz de los amigos, uno de los pocos dirigentes latinoamericanos a quienes puede dársele el título de estadista. Con un hombre como ése, era el corolario, cualquier país del continente tendría timonel diestro y cerebro clarividente en su rectoría […] Es evidente que Rómulo Betancourt pertenece a la generación de hombres que en Venezuela han realizado la más grande revolución de las costumbres políticas del país […] Su nobleza de alma lo llevó a pasar por encima de mezquindades y de recuerdos amargos para tender los hilos de la reconciliación […] Venezuela tiene un presidente digno de su pueblo y de su democracia. Un presidente de todos, producto de ese vientre maravilloso que es la voluntad nacional consignada en el derecho más grande del hombre, el de introducir un pequeño papel en una urna electoral. Betancourt es hoy el blanco y el amarillo, el verde y el rojo. O sea Venezuela reconciliada y tranquila.

 

Pero de todas las alabanzas prodigadas a Betancourt, ninguna llega a superar ésta que ni Píndaro hubiese logrado con su más clamorosa inspiración. Es del doctor Luis Beltrán Prieto Figueroa, publicada en la revista Política:

 

Betancourt es superior a Jesucristo, porque éste en su cruz de moribundo estuvo entre dos ladrones y a uno de ellos le prometió su reino. Rómulo no tiene esa clase de condescendencia. Para él, el puesto de los ladrones está en la cárcel.

 

La izquierda venezolana entró en una adoración sorprendente hacia Rómulo Betancourt hasta el punto, que figuras superiores del Partido Comunista de Venezuela, PCV, se entregaron a prodigarle los más enternecidos elogios. De él dijo el famoso Teodoro Petkoff:

 

Poca gente puede y necesita aprender de este genio súper abundante en calidad revolucionaria como quienes lo adversamos

 

Por su lado, el ex comunista Pompeyo Márquez fue más explícito:

 

Independientemente de nuestras radicales diferencias con la forma como actuó desde el gobierno no podemos negar de la proyección casi mágica como llena un largo período de la vida política venezolana y sus inmensos aportes a las conquistas democráticas.

 

Jamás olvidaré estas palabras de Arturo Uslar Pietri en un homenaje a Rómulo Betancourt:

 

Es usted, uno de los estadistas más notables con que ha contado la república. Es usted, uno de los hombres que con mayor abnegación ha consagrado su vida al triunfo de la democracia venezolana.

 

Locuras muy risibles en momentos de alabanza desbordada tuve la ocasión de apreciar en momentos en que Rómulo Betancourt llegaba al Palacio de las Academias para la presentación de uno de sus libros. Fue cuando Ricardo Camejo rompió el cerco del protocolo formado por científicos y eminentes profesores universitarios, y cortándoles el paso dijo en un tono grave, muy elocuente:

 

Quiérase o no Presidente, Usted es el más consumado político de todos los siglos, y aún su proyección sobrepasa retrospectivamente hasta la luz inmanente que nos precede inmediatamente.

 

Quedamos todos pasmados, y por un instante no se supo si aplaudir o guardar inmarcesible silencio, pero Rómulo se dejó de pendejadas y fue y abrazó a don Ricardo, provocándose, ahora sí, una explosión de vivas y clamorosos abrazos.

 

Este elogio de Rafael Poleo a Betancourt lo recoge el libro (son dos gruesos volúmenes de alabanzas al genio de Guatire) Rómulo en Berna, de Luis González Herrera:

 

Rómulo Betancourt es el más prócer entre los próceres

 

En cuanto a don Mario Briceño Iragorry, debo reconocerlo, es de mis autores preferidos; él tuvo una visión especial para sortear toda clase de obstáculos políticos durante más de cincuenta años, y sólo perdió pulso y moderación en 1953, cuando por unas conchitas de mango que le tiraron tontamente, él las pisa y se va de bruces; es así como se ve obligado a exiliarse en Costa Rica. Nunca tuvo problemas el doctor Briceño Iragorry con el honorable gobierno de Juan Vicente Gómez, y provoca vértigo la admirable trayectoria de su discurrir burocrático durante 27 años. En 1922, fue Secretario de la Cámara de Diputados. De 1923 a 1925, se desempeñó como Cónsul de Venezuela en Nueva Orleans. En 1927, fue nombrado Secretario General del Estado Trujillo, y ejerció interinamente la presidencia del mismo. En 1928, fue designado presidente del Estado Carabobo, y por la manera severa como impuso allí orden lo llamaron Herodes; poco después, Secretario de la Universidad Central de Venezuela. En 1932 se incorporó a la Academia Nacional de la Historia y de la Lengua. En 1936 fue designado ministro plenipotenciario en Centroamérica, con sede en San José de Costa Rica, donde estuvo hasta 1941. De 1942 a 1943 desempeño la Dirección del Archivo General de la Nación; de 1943 a 1944, la Gobernación del Estado Bolívar y en 1945 la presidencia del Congreso de la República. En 1949 después del derrocamiento de Gallegos se encarga de la embajada de Venezuela en Colombia.

De mi colección antológica “Misivas inspiradoras”, conservo de don Mario Briceño Iragorry, la siguiente:

 

10 de Mayo de 1928

 Sr. Gral.

Juan Vicente Gómez, etc., etc., etc.

Presente.

            Mi respetado Jefe:

Me es honroso dirigirme a usted, para testimoniarle mi agradecimiento por la nueva prueba de confianza con que me favorece al señalarme para la Agencia de la Navegación de La Guayra, campo en el cual procuraré corresponder debidamente a su favor.

Me permito molestar a la vez su atención exigiendo me favorezca con la suma de Bs. 6000 que me permitan cancelar el valor de un carro que adeudo y me pongan en condiciones de hacer el traslado de mi familia, que aún está en Trujillo. Espero que su munificencia me solucione favorablemente esta apremiante circunstancia en que me hallo, y me embargará su gratitud.

Le saludo afectuosamente.

Su leal amigo y subalterno.

Mario Briceño-Iragorry.

 

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