Manuel Gragirena
Cuando Chávez leyó en Cuba aquella declaración donde reveló lo grave de la enfermedad que lo aquejaba, todos imaginamos que la situación era crítica. Debo recordar que días antes no estuvo presente en los actos del 24 de junio, algo que era simplemente impensable; creo que en Venezuela no había nadie con más entusiasmo para celebrar el Día del Ejército y la Batalla de Carabobo que Hugo Chávez, más si en muy pocos días se celebrarían los 200 años del 5 de julio.
Lo cierto es que ver a aquel Chávez tan demacrado, leyendo un discurso de pie y detrás de un podio, fue —al menos para mí— una visión sumamente preocupante. Debo confesar mi ignorancia de aquel momento cuando comenzó a parafrasear a Friedrich Nietzsche, pues hasta entonces mi espectro en la filosofía era incipiente; lo mío siempre ha sido la electricidad y la electrónica.
Chávez habló de abismos, del retorno, de la nada… fue un discurso que requería un análisis frase a frase. Hace ya quince años de aquella revelación y todavía flotan preguntas, muchas; trataré de revisar solo dos: ¿Qué nos quiso decir realmente? ¿Por qué utilizó la figura del filósofo más polémico de todos?
«Quien pelea con monstruos debe cuidar de no convertirse a su vez en un monstruo. Y si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti». — Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal.
En medio del temor a morir —pues Chávez confesó haber llorado por ese miedo—, pudiera interpretarse que esa referencia al abismo era justamente eso: el vértigo ante la finitud humana. Pero al revisar a Nietzsche y encontrar la figura de los monstruos hoy, en las circunstancias que vivimos, resuena una advertencia: estamos en riesgo de mimetizarnos con las prácticas destructivas del enemigo y convertirnos en pequeños monstruos devoradores de camaradas. Todos tenemos temor de perder la independencia y la soberanía patria; ante ese abismo, lo peor que podemos hacer es perder el eje, el equilibrio y, peor aún, empujarnos unos a otros.
Por otra parte, está la compleja idea del eterno retorno. Más que una invitación a corregir el pasado, Nietzsche lo planteaba como la máxima prueba de afirmación vital: vivir de tal manera que desees repetir cada segundo de tu existencia una y otra vez. Chávez, en aquel momento de dolor, asumió ese reto de espaldas al lamento, abrazando su destino con una poderosa voluntad. Hoy, en las actuales circunstancias de nuestra patria, esta idea nos exige consistencia: queremos regresar a la normalidad económica, pero sin aceptar tutelajes; necesitamos recuperar el salario real, pero blindándonos para no repetir el ciclo de la hiperinflación; requerimos empleos atractivos para nuestros jóvenes, pero sin transigir con los viejos esquemas capitalistas que tan bien retrató Alí Primera en su crítica al «tío Juan».
A Nietzsche se le reconoce como el filósofo de la energía vital, de los que crean sus propios valores rompiendo con los dogmas establecidos. Chávez —y debo sucumbir ante el elogio— ante una situación de profundo dolor físico y angustia, proyectó conceptos filosóficos poderosos por encima de su propio cuerpo. La idea y el proyecto histórico antes que las debilidades del individuo.
Hoy, sin Chávez para pensar el mapa, con el presidente de la república, Nicolás Maduro, retenido en una fría prisión neoyorquina tras los eventos del 3 de enero, y con una menuda mujer encargada del gobierno soportando la prepotencia de un magnate narcisista y mafioso; escuchando la idiotez de un alienado que se cree la encarnación de Washington y observando a un bicho que prefiere llamarse secretario de guerra, no nos queda otra que recurrir a la filosofía y al pensamiento estratégico para intentar comprender el todo y la nada.
El sometimiento, explicaba Nietzsche, se alimenta de una «moral de esclavos»: un estado mental que santifica la debilidad, la queja pasiva y el victimismo. Para evitar ser vencidos en lo moral —que es donde se custodia la dignidad— y al no poder equiparar en este momento la fuerza física del imperio, no debemos refugiarnos en el lamento ni en el sacrificio estéril. Debemos utilizar la inteligencia. Ya sabemos que solo dependemos de nosotros mismos; por lo tanto, la consigna no es la sumisión, sino la acumulación silenciosa de nuestra propia fuerza creadora. Tenemos con qué.
«Dios ha muerto» es la frase más famosa del filósofo de los superhombres. No era una blasfemia, sino el diagnóstico del colapso de las certezas y los valores absolutos de Occidente. En la geopolítica actual, esa «muerte de Dios» se traduce en el fin del orden internacional predecible y el derecho internacional. Ni China, ni Rusia, ni los BRICS operarán como salvadores providenciales automáticos; el vacío de certezas lo vivieron en carne propia Miranda, Bolívar, Castro, Pérez Jiménez y, por sobre todos, el propio Nicolás Maduro en el aislamiento de su celda. Nadie va a venir a salvarnos si no nos salvamos nosotros.
Para Nietzsche, el superhombre es aquel espíritu libre que destruye las verdades impuestas para legislar sus propios valores y amar su destino (amor fati), por duro que sea. Así que no debemos sucumbir ante la pesadumbre. No estamos derrotados. Por el contrario, si los gringos, en su infinita maldad, han tenido que maniobrar con el gobierno chavista es porque saben que este es el movimiento político mayoritario, cohesionado y estructuralmente apto para garantizar la viabilidad del país.
Aquí es donde la filosofía del carácter se encuentra con el pragmatismo político. Si bien Nietzsche hablaba de la fuerza, la política real nos obliga a recordar a Nicolás Maquiavelo: si no puedes vestir la piel del león, usa la del zorro. Los verdaderos estrategas, y los superhéroes de los «comics gringos», optan por la dualidad táctica cuando la asimetría de poder es inmensa. Hay que ser cándidos como la paloma y astutos como la serpiente. Inteligencia, paciencia, repliegue táctico, alimentación ideológica, física y científica, claves para fortalecer el tejido interno; ya vendrán los momentos precisos para la ofensiva. La audacia, innegable demostración de valentía, no minimiza riesgos y es una apuesta a todo o nada, que poco garantiza la victoria ante un enemigo con recursos financieros y militares infinitos.
Camaradas, youtubers e influencers… por Venezuela, uníos … Trump no es eterno.