UN TAL SANT ROZ… EL CURSO INEVITABLE DEL DESTINO

AUTOR: Pedro Pablo Pereira

1963: Logro pasar a cuarto año. Ocurre el encuentro con quien habrá de ser mi esposa durante más de veinte años y con la que tendré cuatro hijos: Carmen Elena Canelón.

Para los jóvenes, irse a la guerrilla seguía siendo la nota más atractiva del momento, y me conseguí unas buenas botas de combate, regaló de un amigo de mi hermano Argenis, quien había desertado del Ejército. Ahora, de momento, tenía un compromiso con una compañera a la que le había declarado mi lealtad absoluta. Leo desordenadamente. Vago y divago por parques y plazas, el país está revuelto, nadie está seguro en sus casas; las cárceles están llenas de presos políticos a lo que llaman vándalos. Si un joven cae preso es casi seguro que lo desaparezcan. Sigo en un trabajo, en la Maternidad Santa Ana, dependiente del Seguro Social, como Auxiliar de Laboratorista.

1964 –julio: Paso a quinto año. Soy de los alumnos más aventajado del JVG (disculpen que lo diga, pero me resultaban fácil las materias que cursaba). Es una etapa en la que me siento como un dios capaz de resolver los traumas más terribles y difíciles. Presiento que seré joven hasta aún en la muerte.

Nuestra promoción del quinto año de bachillerato lleva el nombre de Alberto Rudas Mezones, un joven que fue asesinado en El Silencio por los cuerpos represivos betancuristas. Alberto Rudas Mezones era un muchacho que nunca había tenido oportunidad de estudiar, salió a protestar y las fuerzas represivas lo mataron de un disparo de fusil en la cabeza. Aquí se mataba a mansalva y nadie en el mundo protestaba contra esta política criminal, sencillamente porque desde Washington y la OEA el gobierno recibía apoyo político, moral y hasta militar.

Recuerdo que los escuálidos de entonces, formaron un grandísimo escándalo en aulas y pasillos del Liceo Juan Vicente González, porque no querían llevar en sus anillos “el nombre de un malandro”, como Alberto Rudas Mezones. Eran casi todos adultos casados o semi-amancebados, con hijos, que trabajaban en empresas privadas, y no querían arriesgarse. Desafiar al gobierno era peligroso.

Al final nos dividimos y cada cual le puso a su anillo el que le dio la gana. El mío llevó el nombre de Mezones. Y era, y es, a fin de cuentas, eso de los anillos de graduación, una costumbre bien estúpida, que nos cuesta y nos costaba a nosotros los muertos de hambre, un ojo de la cara.

Se constituyó luego una delegación que le hizo una visita al sabio José Francisco Torrealba (ex candidato a senador por el Estado Guárico por el Partido Comunista de Venezuela) para hacerlo padrino de nuestra Graduación. El sabio Torrealba aceptó aquel padrinaje, pero no se trasladó hasta Caracas. La visita al sabio Torrealba se la hicimos un grupo de profesores y estudiantes, y al llegar a su casa, al vernos, me reconoció en el acto y me preguntó por “el guerrillero Argenis”.

1964 -Enero – julio: Me gradúo de bachiller con honores (disculpen que tenga que decirlo). Recibo un galardón por haber sido, durante los últimos tres años, el mejor alumno del Liceo Juan Vicente González. Nuestra promoción termina llevando el nombre del sabio José Francisco Torrealba.

Mi amigo Henry Gzyl, me anima para que escoja la carrera de las matemáticas; él ya estudiaba Física en la U.C.V.

Conozco a Guillermo Meneses y a Sofía Imbert. Estuve en casa del escritor Meneses, para buscar unos libros que el famoso escritor le había prestado a mi hermano Argenis. Visité la soberbia biblioteca que el afamado escritor tenía en la casa de La Florida, frente a la redoma del mismo sector. Sofía Imber era una dama amable y simpática que le brotaba por los poros poder y eso que llaman dominio de mundo; Guillermo me pregunta si he sido yo quien acababa de publicar «un interesante trabajo» en una revista literaria; le digo que yo no escribo, que ese trabajo es de mi hermano Adolfo.

1964 – Setiembre: Comienzo a estudiar Física y Matemáticas en el Instituto Pedagógico de Caracas, en la Avenida Páez del Paraíso. Hicieron una Prueba de Admisión y logré pasarla. Había entonces dos turnos, en la mañana, de siete a una, y en la tarde de una hasta la siete de la noche. Apenas comenzábamos las clases en septiembre de 1964, hubo protestas y manifestaciones, paros y huelgas, y los estudiantes se retiraron a sus casas, empatando aquellos desordenes con las vacaciones de diciembre. Todos decían que volverían a clases en enero de 1965. Aquello me pareció más que un crimen, una tremenda estupidez. Desde entonces conocí que estas protestas y huelgas en nuestras universidades tenían en esencia el único fin de graduarse sin tener que estudiar o estudiando lo menos posible.

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