- Por Logan McMillen / Jacobim
Tras asfixiar a Cuba en el sector petrolero, Washington ahora estrecha el cerco sobre su suministro de alimentos. Al atacar a la importadora estatal GECOMEX y al operador portuario GEMAR en julio pasado, la administración Trump ataca directamente la capacidad de la isla para producir, procesar e importar sus propios alimentos. La estrategia es clara: utilizar la dependencia alimentaria de Cuba como palanca de presión política, incluso a riesgo de agravar una crisis que una delegación del Congreso ya ha denominado la «Gaza silenciosa». Entre el desplome de las cosechas y las promesas incumplidas de la agroecología , la soberanía alimentaria de la isla se está desmoronando. Por Logan McMillen, traducido por Alexandra Knez.
Nota del editor: Este artículo forma parte de una serie que documenta la actualidad en América Latina, región que se enfrenta al resurgimiento de la «Doctrina Monroe». Les invitamos a explorar, en particular, los reportajes de Pierre Lebret y Vincent Ortiz desde Cuba , nuestro análisis de los intereses económicos que subyacen al secuestro de Nicolás Maduro y la perspectiva histórica de Andre Pagliarini sobre la Doctrina Monroe .
La administración Trump ya ha estrechado el cerco petrolero sobre Cuba. Ahora trabaja para estrangular el suministro de alimentos de la isla, atacando la capacidad del país para producir, procesar o importar alimentos, a menos que los obtenga de empresas estadounidenses.
Durante una visita a principios de julio, una delegación del Congreso de los Estados Unidos describió una realidad de extrema gravedad, llegando incluso a calificarla de » Gaza silenciosa «.
En julio, el Departamento de Estado de Estados Unidos anunció una serie de nuevas y drásticas sanciones económicas contra Cuba, dirigidas a sectores que hasta entonces habían quedado exentos. Estas medidas restringen la capacidad del gobierno cubano para adquirir productos agrícolas y equipos para el procesamiento de alimentos de terceros países, y afectan específicamente a la empresa estatal cubana importadora (GECOMEX) y al operador portuario (GEMAR).

Lea también…En Santiago de Cuba, la desilusión y el «agotamiento» ante…
Todo esto ocurre en el contexto del bloqueo petrolero impuesto a Cuba por Estados Unidos desde hace meses, que ya ha sumido a la población en la pobreza al comprometer la higiene básica y la seguridad alimentaria, y ha provocado la muerte de numerosos pacientes en hospitales cubanos. Durante una visita a principios de julio, una delegación del Congreso estadounidense describió una realidad de extrema gravedad, llegando incluso a calificar la situación como una » Gaza silenciosa «.
En este contexto, puede resultar sorprendente saber que Estados Unidos sigue siendo uno de los principales socios comerciales de Cuba, con exportaciones que superaron los 828 millones de dólares el año pasado. Detrás de esta aparente contradicción —que Estados Unidos imponga sanciones a un país con el que mantiene relaciones comerciales— se esconde una estrategia tan antigua como el imperialismo mismo. Estados Unidos está perfectamente dispuesto a vender alimentos y otros productos selectos a Cuba, pero pretende monopolizar ese comercio.
Una pesadilla en materia de cumplimiento normativo
Durante décadas, las sanciones estadounidenses contra Cuba se han dirigido a sectores clave como la minería y el turismo, dos importantes fuentes de divisas para el gobierno cubano. A lo largo de este tiempo, Estados Unidos se ha abstenido de sancionar a las entidades que importan ciertos bienes a Cuba, ya que estas transacciones generan una salida de divisas del país, muy a menudo en beneficio de empresas estadounidenses, que reciben el pago completo por adelantado.
Las empresas mineras y las cadenas hoteleras que operan en Cuba están acostumbradas a desenvolverse en entornos regulatorios complejos, al igual que la mayoría de las grandes empresas de estos sectores. Generalmente se trata de negocios pequeños y privados. Sin embargo, la designación específica de GECOMEX y GEMAR por parte del Departamento de Estado —que facilita la importación y exportación física de prácticamente todo lo que entra y sale de la isla— supone un riesgo de incumplimiento para las empresas manufactureras y de transporte. Esto, en sí mismo, representa una escalada significativa de las tensiones.
Por ejemplo, una empresa como Bühler, un grupo industrial suizo, ahora se enfrenta al riesgo de incumplimiento si vende maquinaria para moler granos a Cuba. Lo mismo ocurre con una empresa de un tercer país que vende máquinas para limpiar y clasificar legumbres. Si GECOMEX no puede importar equipos, sus filiales no podrán procesar eficientemente productos agrícolas como el trigo y los frijoles, reduciendo así la cantidad de alimentos básicos que llegan a los hogares cubanos.
Las sanciones contra GEMAR, el operador portuario, son aún más explícitas y suponen un riesgo de incumplimiento para cualquier naviera que le pague las tasas de atraque. Dado que empresas como Hapag-Lloyd y CMA CGM suspendieron sus operaciones en Cuba, más de siete mil contenedores con destino a La Habana se encuentran ahora varados en el Caribe. Por lo tanto, aunque existen exenciones humanitarias que permiten a terceros países importar alimentos a Cuba, esta nueva ronda de sanciones podría obstaculizar seriamente estas entregas.
«Este tipo de medidas ponen de manifiesto la intención genocida que subyace a la estrategia de “máxima presión” de Estados Unidos», afirma Helen Yaffe, profesora de la Universidad de Glasgow y autora de *¡ Somos Cuba! Cómo un pueblo revolucionario ha sobrevivido en un mundo postsoviético* . «La alimentación es una terrible vulnerabilidad impuesta a Cuba por su historia colonial e imperialista. Todo el país se ha transformado en un campo de caña de azúcar».
Los altibajos de la agricultura cubana
Inmediatamente después de la revolución, el gobierno cubano nacionalizó las mayores haciendas, plantaciones y propiedades agrícolas, aunque permitió que muchas pequeñas explotaciones campesinas independientes permanecieran. Durante el Período Especial —que siguió al colapso de la Unión Soviética— Fidel Castro promulgó la tercera ley de reforma agraria de Cuba, que asignó más tierras a cooperativas y familias campesinas mediante derechos de usufructo. Esta medida descentralizó la producción agrícola del Estado, transformando las granjas estatales, dependientes de las importaciones, en « unidades básicas de producción cooperativa ».
Según Margarita Fernández, del Instituto Caribeño de Agroecología (CAI), que aboga por prácticas agrícolas sostenibles y la soberanía alimentaria, «las redes de agricultores han capacitado a más de 200.000 familias en métodos agroecológicos». Durante el «Período Especial», proliferaron los huertos urbanos (organopónicos) en La Habana, y el gobierno cubano estimó que más del 50% de las frutas y verduras consumidas en la capital se cultivaban allí.
En su libro «La ecologización de la revolución» , Peter Rosset, activista por los derechos alimentarios, afirma que este fue «el mayor intento de transición de la agricultura convencional a la alternativa y semiorgánica en la historia mundial».
“Durante un tiempo, Cuba se convirtió en el símbolo mundial de una nueva agricultura, independiente de los combustibles fósiles”, explica Fernández. En el apogeo de este movimiento, a mediados de la década de 2000, entre el 35 y el 40 por ciento de las calorías consumidas en Cuba provenían de la agricultura nacional. Sin embargo, el “Período Especial” finalmente terminó cuando Cuba forjó una alianza comercial más estrecha con la Venezuela de Hugo Chávez. Una vez más, Cuba obtuvo acceso a los insumos petroleros que hacen posible la agricultura industrial.

Lea también…La Habana, abandonada ante el embargo más severo de su historia…
«A medida que la situación económica mejoraba intermitentemente, los responsables políticos solían recurrir a la agricultura industrial convencional», explica Fernández. «La agroecología nunca se institucionalizó por completo como base del sistema alimentario. Más bien, se la consideraba un último recurso».
Los rendimientos agrícolas, al igual que la producción ganadera, ya estaban disminuyendo a medida que se acercaba el «Período Especial». A finales de la década de 1980, el modelo agrícola industrial de Cuba había provocado una grave compactación y degradación del suelo, lo que causó una caída en los rendimientos de la producción agrícola no cañera.
Los rendimientos también habían estado disminuyendo durante varios años antes de que Estados Unidos tomara el control del gobierno venezolano en enero, lo que desencadenó la crisis actual. Entre 2018 y 2023, la cosecha nacional de cultivos básicos como el arroz cayó en más del 50%. La rama estadounidense del Programa Mundial de Alimentos estima que Cuba ahora depende de las importaciones agrícolas para cubrir entre el 70 y el 80% de sus necesidades.
Esta cifra puede parecer modesta, pero es importante tener en cuenta que no todas las calorías son iguales. Históricamente, Cuba ha sido autosuficiente en un 90 % en frutas y verduras, ricas en vitaminas y fibra, pero con muy poca proteína. Sin embargo, actualmente produce menos del 1 % de las aves de corral que consume, y su industria porcina se ha derrumbado recientemente .
Según estimaciones de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, publicadas en un informe de junio, el actual bloqueo petrolero ha reducido la producción agrícola nacional en un 60%, lo que agrava aún más la situación. «La cartilla de racionamiento está vacía», afirma Helen Yaffe. Las sanciones anunciadas en julio corren el riesgo de empeorar aún más esta situación.
Actualmente, las cooperativas y los agricultores familiares gestionan aproximadamente el 69% de las tierras agrícolas de Cuba , aunque no todos emplean prácticas agrícolas sostenibles. Muchos siguen dependiendo de sistemas de riego que utilizan gasolina y diésel. Y si bien el uso de biofertilizantes y biopesticidas como sustitutos de los derivados de los combustibles fósiles está muy extendido, estos requieren un transporte fiable para trasladar los cultivos vivos desde los laboratorios a los campos remotos antes de que se echen a perder, un proceso prácticamente imposible debido al brutal bloqueo energético impuesto por Estados Unidos.
Las estimaciones varían, pero los defensores de este enfoque argumentan que la adopción generalizada de prácticas agroecológicas podría reducir la dependencia de las importaciones agrícolas entre un 35 y un 40 por ciento. Otros creen que podría cubrir el 70 por ciento del consumo calórico total de la isla. Esto también ayudaría a reducir los déficits comerciales agrícolas, que organizaciones como el CAI consideran un obstáculo para una mayor soberanía alimentaria. El gasto cubano en importaciones agrícolas ascendió a 2700 millones de dólares en 2024, principalmente en carne ( 458 millones de dólares) y granos (177 millones de dólares).
Cuba también tiene que lidiar con un vecino del norte agresivo, que no solo limita su capacidad para comerciar libremente y obtener combustible, sino que también defiende ferozmente sus mercados actuales.
«Cualquier intento de cultivar alimentos para el consumo local se topa con la oposición del lobby agrícola estadounidense», explica Yaffe.
Un mercado que dista mucho de ser libre.
De las importaciones de alimentos de Cuba, 403 millones de dólares provienen de Estados Unidos, 328 millones de Argentina y 282 millones de Brasil. Pero incluso en este caso, no todas las calorías son iguales: Cuba importa el 85% de su trigo de Canadá y, quizás lo más importante, el 80% de sus aves de corral de Estados Unidos.
Los cuartos y muslos de pollo congelados son la fuente de proteína animal más asequible y fácilmente disponible en la dieta cubana. Durante más de una década, Cuba se ha mantenido entre los cinco principales mercados de exportación de aves de corral estadounidenses, superando a países con poblaciones significativamente mayores como Filipinas y China. El año pasado, Estados Unidos exportó a Cuba aves de corral por un valor de 298 millones de dólares , casi exclusivamente en forma de cuartos y muslos de pollo congelados.
Se prevé que las últimas sanciones inclinen aún más la balanza del comercio agrícola a favor de Estados Unidos.
Es improbable que el sector agroalimentario canadiense se beneficie de la continuidad del comercio agrícola con Cuba, valorado en 278 millones de dólares canadienses . Las empresas deben afrontar importantes riesgos regulatorios, como lo demuestra el caso de una importante compañía minera en dificultades, obligada a venderse a un comprador estadounidense vinculado a Donald Trump. En comparación, el comercio agrícola de Canadá superó los 100 mil millones de dólares canadienses en 2024, de los cuales el 62 % se realizó con Estados Unidos.
«Si usted es un tercer país y suministra bienes o servicios a una parte sancionada, usted mismo puede ser objeto de sanciones», explica Robert Muse, un destacado abogado especializado en la legislación y las regulaciones estadounidenses relativas a Cuba. «En ese caso, cualquiera que le suministre bienes o servicios puede ser objeto de sanciones… y así sucesivamente». El Título III de la Ley Helms-Burton, que expone a las empresas privadas a acciones legales si realizan transacciones con propiedades expropiadas durante la Revolución Cubana, teóricamente puede prorrogarse indefinidamente.
Además de su deseo de acceder al mercado estadounidense, existe al menos otra razón por la que las empresas no se oponen a estos riesgos de cumplimiento aparentemente innecesarios: «El sistema bancario internacional y la supremacía del dólar estadounidense impiden que las empresas se defiendan», explica Helen Yaffe. Las transacciones en dólares, que representan la mayor parte del comercio mundial, deben, en efecto, pasar por el sistema bancario estadounidense.
Así pues, a Cuba solo le queda un socio comercial con el que mantiene buenas relaciones: el país que actualmente intenta derrocar a su gobierno. «Las empresas estadounidenses serán las inversoras preferidas en la «nueva Cuba» que Estados Unidos intenta crear mediante sanciones secundarias», afirma Muse.
Moldear a Cuba a imagen y semejanza de países latinoamericanos como Guatemala, atrapados en una relación de dependencia y comercio desigual con Estados Unidos, parece ser la máxima ambición del gobierno de Trump. En cuanto al papel de la agricultura en esta gran estrategia, «la influencia de Estados Unidos sobre el gobierno cubano aumenta a medida que se incrementa el volumen de importaciones de alimentos a Cuba», explica Muse.
Esto podría explicar en parte esta última ronda de sanciones. Al mantener las exenciones humanitarias mientras ataca al sector portuario y a los importadores, Estados Unidos puede afirmar que no está prohibiendo las importaciones de alimentos a Cuba, a pesar de que está provocando una caída drástica tanto en la producción nacional como en las importaciones de alimentos.
«Este efecto se ve amplificado por la escasez de alimentos ya existente. Cuba puede importar el 16% de sus alimentos de Estados Unidos, pero si se elimina el 84% restante, se enfrenta a una verdadera catástrofe», explica Muse.
Por ahora, la mayoría de los países no están dispuestos a poner en riesgo su acceso al mercado estadounidense ni a los sistemas de pago y crédito al continuar comerciando con Cuba. Sin embargo, la presión para encontrar una alternativa aumenta progresivamente a medida que las impredecibles políticas comerciales de Estados Unidos y su régimen de sanciones unilaterales son objeto de un escrutinio cada vez mayor , especialmente en el contexto de las interrupciones comerciales relacionadas con la guerra Irán-Irak.
«Si Cuba pudiera seguir comerciando con el resto del mundo, el país podría prosperar», afirma Yaffe. El gobierno estadounidense ha aprovechado el alcance ilimitado de la Ley Helms-Burton y la hegemonía del dólar para establecer un marco regulatorio y un régimen de sanciones tan severos que ningún actor racional se plantearía siquiera desafiarlos.
Además, el bloqueo petrolero ha hecho prácticamente imposible cualquier soberanía alimentaria basada en un modelo agrícola industrial, condenando así a Cuba a depender de la agroindustria estadounidense para obtener proteínas baratas. Al mismo tiempo, las sanciones contra los sectores bancario, minero y turístico han privado al país de las divisas que necesita para financiar su transición hacia modelos agrícolas más sostenibles. En otras palabras, tras imponer un estrangulamiento general a toda la economía, están utilizando los alimentos como último recurso.