Prologo Al Libro De Frantz Fanón “Los Condenados De La Tierra”
Cuando un (explotado de las colonias) escucha un discurso sobre
la cultura occidental, saca su machete o por lo menos se asegura que lo tiene
al alcance de la mano”. La constatación la hace Fanón, en su libro “Los
condenados de la tierra”, próximo a aparecer en castellano (F. C. E.) con
prólogo de J. P. Sartre, que “Liberación” da a conocer en este número. Este
trabajo fue redactado en setiembre de 1981, cuando la energía revolucionaria
del pueblo argelino engendraba su réplica reaccionaria más virulenta en los
“ultras” fascistas, en el golpismo de los generales, en la desesperación de la
derecha. Cuando los comandos de la CAS ametrallaban a musulmanes en las colas
de los ómnibus. Cuando “el sol de la tortura estaba en el zenit”, como dice
Sartre. Cuando barrios enteros eran incendiados, bombardeados, pulverizados.
Pero también, cuando la unidad popular en torno al ejército de liberación era
más firme y más insoslayable que nunca, para los que pretendían engañarse con
la imagen de “bandoleros” y “bandidos” que ponían en peligro la sabia
contribución de la cultura francesa. A esta cultura, ya lo vemos, se respondía
con el machete; con la organización, con el coraje. Un pueblo en armas se daba
su propia humanidad, que no era sino violencia revolucionaria contra la
violencia colon al. Restauración del suelo nacional, destrucción del ejercito
ocupante.
Se representaba, entonces, el último acto de un proceso histórico que había
disfrazado la expoliación de las colonias con los brillantes barnices de los
valores liberales. Estos valores valen, como se sabe, en tanto los liberales
son fuertes. Y la eliminación de la base económica y política de éstos hace que
aquéllos se conviertan en hoja-libertad-igualdad-fraternidad y racismo
coloniales. Es rasca, en “basura histórica”. Este es el hilo conductor del
prólogo apasionado que Sartre coloca a la cabeza del libro de Frantz Fanón.
Sartre quiere desmistificar. Muchos siglos de cultura en la metrópolis y explotación
en la colonia, hombre universal y hombre subdesarrollado, demasiado. Sartre
explica a los burgueses de su país el fundamento violento de la cultura
europea, cuyos supuestos valores (de vigencia episódica ya transcurrida) no
pueden alcanzar a absorber el sufrimiento vivido de una clas3 de hombres a los
que se les niega su humanidad. Y cuando la violencia colonial es un estado
natural en que el argelino nace, vive, sufre, sólo una violencia equiparable
(la propia revolución) restituye al explotado colonial en su tierra, en su
pueblo, en sí mismo. Liberales, no se asusten del furor popular —les dice—; no
inventaron ellos la violencia, la llevamos nosotros y ahora nos la devuelven,
para ;ser hombres contra sus explotadores. Porque quieren entrar definitivamente
en la Historia.
Ahora bien, esta irrupción de los pueblos coloniales a la definitiva Historia
—característica principalísima de la posguerra— debe efectuarse, según las
tesis de Fanon, como una aceleración creciente de los objetivos, marginando las
gestiones dilatorias de las burguesías locales, bajo un signo claro y preciso:
el socialismo. Fanon desenmascara las corrientes burguesas de los partidos
nacionalistas que aún en plena etapa revolucionaria, vacían a esta acción de
contenidos concretos sustituyéndola con ambiguos programas de independencia
nacional e improvisación en el terreno económico. Las masas, dice, deben
perseverar en el mantenimiento de la democracia interna de los movimientos
revolucionarios, sustrayéndose a la tutela del “líder” y sobre todo, no dando
oportunidades a las “élites” burguesas conciliadoras de afirmarse en el poder.
En los países coloniales, las burguesías no pueden ofrecer un desarrollo
creador de la nación, como sus similares europeas tuvieron oportunidad de
hacerlo en el pasado. El socialismo revolucionario es el destino de los
movimientos de liberación.
En el contexto de las guerras coloniales, realizadas en países donde la
magnitud de la miseria golpea con mayor ferocidad a las masas campesinas, que
coexisten con reducidos sectores del proletario y clases urbanas, determina
Fanon que el motor de la revolución, el elemento dinámico más radicalizado es
el campesinado. Su teoría de la violencia arranca de la comprobación de que
estos grandes grupos pauperizados, nada acostumbrados a las mediaciones y al
tipo de contacto con la burguesía propio del sindicalismo urbano, arrastran a
estos y a toda la nación a una lucha sin tregua hasta la expulsión total del
colonialismo. Es, también, una comprobación de facto de la revolución argelina.
Y cuando Sartre defiende la violencia argelina lo hace en el marco de la
violencia reaccionaria desatada por la derecha en pleno territorio francés. La
unión del pueblo argelino provoca la desunión del pueblo francés, dice. La
estropeada guerra colonial ha producido una transfusión de rabia, de impotencia
acumulada que se vuelca en la metrópolis misma. Y entonces viene la hora del
balance: la responsabilidad conjunta por la pasividad frente a la aniquilación
de un número intolerable de víctimas. La confusión política derivada de las
maniobras del Gran Hechicero De Gaulle, la hipocresía de la intelectualidad
liberal, la ineficacia y las dilaciones de la política de izquierda.
El hecho irrevocable, está ahí. Con el limitado apoyo que contaba, con su
poderosa energía, el pueblo argelino se ha liberado del opresor colonial. La
evolución del movimiento está abierta a una superación continua de sus fines. A
una trascendencia incesante. El africano Frantz Fanon lo dice bien claro: “La
movilización de Jas masas, cuando se realiza con ocasión de la guerra de
liberación, introduce en cada conciencia la noción de causa común, de historia
nacional, de historia colectiva… Durante el período colonial, se invita al
pueblo a luchar contra la opresión. Después de la liberación nacional, se lo
invita a luchar contra la miseria, el analfabetismo, contra el subdesarrollo.
Se afirma: la lucha continúa. El pueblo verifica que la vida es un combate
interminable”.
Jose Sazbon
NO hace mucho tiempo, la Tierra contaba dos mil millones de habitantes, digamos
quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de indígenas. Los
primeros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado. Entre éstos y
aquéllos, reyezuelos vendidos, feudales, una falsa burguesía bien puesta,
servían de intermediarios. En las colonias la verdad se mostraba desnuda; las
“metrópolis” la preferían vestida; hacía falta que el indígena las amara. Como
madres, de alguna manera. La “élite” europea acometió la fabricación de una
“élite” de indígenas; se seleccionaban adolescentes, se les marcaba en la
frente, al rojo vivo, los principios de la cultura occidental; se rellenaban
sus bocas con mordazas sonoras, grandes términos pastosos adherían a los
dientes; después de una breve temporada en la metrópoli, se los devolvía a sus
casas, trucados. Estas mentiras vivientes ya no decían, nada a sus hermanos:
ellas resonaban; desde París, Londres, Amsterdam, lanzábamos nosotros las
palabras “¡Partenón! ¡Fraternidad!” y en algún lugar de África, de Asía, los labios
se abrían: “¡…tenón!¡… nidad!”. Era la edad de oro.
Eso terminó: las bocas se abrieron solas; las voces negras y amarillas hablaban
aún de nuestro humanismo, pero era para reprocharnos nuestra inhumanidad.
Nosotros escuchamos sin desagrado esas corteses muestras de amargura. Primero
fue una orgullosa admiración: ¿cómo? ¿Hablan ellos enteramente solos? ¡Fíjense
lo que hemos hecho de ellos! No dudábamos nosotros que aceptasen nuestros
ideales, puesto que nos acusaban de no serles fieles; esta vez Europa creyó en
su misión: ella había helenizado a los asiáticos, creado esta especie nueva:
los negros grecolatinos. Y agregamos, por completo entre nosotros, prácticos: y
además, dejemos que griten, eso los tranquiliza; perro que ladra no muerde.
Vino otra generación, que desplazó la cuestión. Sus escritores, sus poetas, con
una paciencia increíble trataron de explicarnos que nuestros valores mal
pegaban con la verdad de su vida, que ellos no podían ni rechazarles
enteramente, ni asimilarlos. Gruesamente, eso quería decir: ustedes hacen
monstruos de nosotros, vuestro humanismo nos pretende universales y vuestras
prácticas racistas nos particularizan. Nosotros les escuchamos, muy
contrariados; a los administradores coloniales no se les paga para leer a
Hegel, tanto más cuanto que no lo leen mucho, pero tampoco tienen necesidad de
ese filósofo para saber que las conciencias desdichadas se enriedan en sus
propias contradicciones. Eficacia nula. Perpetuemos, pues, su desgracia, de
allí no saldrá sino aire. Si hubiera en sus gemidos, nos decían les expertos,
la sombra ce una reivindicación, ella sería la integración. Ni qué hablar de
acordarla, por supuesto: se arruinaría el sistema, que descansa, como ustedes
saben, en la sobre-explotación. Pero bastaría mantener delante de sus ojos, esa
zanahoria: ellos galoparían. En cuanto a rebelarse, estábamos bastante
tranquilos: ¿qué indígena conciente iría a masacrar a los hermosos hijos de
Europa con el único fin de llegar a ser europeo como ellos? En una palabra,
nosotros fomentábamos esas melancolías y no encontrábamos mal, cierta vez,
descernir el premio Goncourt a un negro: era antes del 39.
1961. Escuchen: “No perdamos el tiempo en estériles letanías o en mimetismos
nauseabundos. Dejemos a esta Europa que no cesa de hablar del hombre al mismo
tiempo que lo masacra en cualquier parte que lo encuentra, en todas las
esquinas de sus propias calles, en todas las esquinas del mundo. He aquí los
siglos… que en nombre de una pretendida «aventura espiritual», ella asfixia a
la cuasi-totalidad de la humanidad”. Este tono es nuevo. ¿Quién se anima a
asumirlo? Un africano, hombre del Tercer Mundo, antiguo colonizado. Agrega él:
“Europa adquirió tal velocidad loca, desordenada… que va hacia abismos de los
cuales más vale apartarse”. Dicho de otra manera: ella se va al diablo. Una
verdad no muy agradable de decir pero de la cual, en nuestro interior, —¿no es
así, mis queridos co-continentales?— estamos todos convencidos.
Es preciso una reserva, sin embargo. Cuando un francés, por ejemplo, dice a
otros franceses: “¡Nos vamos todos al diablo!” —lo que en mi conocimiento se
produce casi todos los días desde 1930— es un discurso pasional, ardiente de
rabia y amor, el orador se arroja al agua con todos sus compatriotas. Y además,
él agrega generalmente: “a menos que…” Se ve de qué se trata: no hay que
cometer un error; si sus recomendaciones no son seguidas al pie de la letra,
entonces y sólo entonces el país se desintegrará. En una palabra, es una
amenaza seguida de un consejo, y estas opiniones chocan tanto menos como que
brotan de la intersubjetividad nacional. Por el contrario, cuando Fanon dice de
Europa que corre a su pérdida, lejos de dar un grito de alarma, propone un
diagnóstico. Este médico no pretende ni condenarla sin remedio —se han visto
milagros— ni darle los medios para curarse: él constata que ella agoniza. Desde
afuera, basándose en los síntomas que ha podido recoger. En cuanto a curarla,
no: él tiene otras preocupaciones en la cabeza; que ella reviente o sobreviva,
tanto le da. Por esta razón, su libro es escandaloso; Y si ustedes murmuran,
divertidos y molestos: “¡Qué es lo que nos propone”, la verdadera naturaleza
del escándalo se les escapa: pues Fanon no les “propone” absolutamente nada; su
obra —tan ardiente para otros— para ustedes permanece helada; en ella se habla
a menudo de ustedes, a ustedes nunca. Se terminaron los Goncourt negros y los
Nobel amarillos: ya no volverá más la época de los colonizados laureados. Un
ex-indígena “de lengua francesa” adapta esta lengua a nuevas exigencias, la usa
dirigiéndose sólo a los colonizados: “Indígenas de todos los países
subdesarrollados, ¡unios!”. Qué decadencia: para los padres, nosotros éramos
los únicos interlocutores; los hijos ya no nos tienen siquiera por
interlocutores válidos: nosotros somos los objetos del discurso. Por supuesto,
Fanon menciona al pasar nuestros crímenes famosos, Sétif, Hanoi, Madagascar,
pero no se da el trabajo de condenarlos: los utiliza. Si desmonta las tácticas
del colonialismo, el juego complejo de las relaciones que unen y oponen los
colonos a los “metropolitanos” es para sus hermanos; su fin es enseñarles a
burlarnos.
Resumiendo, el Tercer Mundo se descubre y se habla por esta vez. Se sabe que no
es homogéneo, y que allí se encuentran aún pueblos avasallados, otros que
adquirieron una falsa independencia, otros que luchan por conquistar su
soberanía, otros, en fin, que han ganado la plena libertad pero que viven bajo
la amenaza constante de una agresión imperialista. Estas diferencias son
nacidas de la historia colonial, esto quiere decir de la opresión. Aquí la
metrópoli se contentó con mantener a algunos feudales: allí, dividiendo para
reinar, ha fabricado una bien puesta burguesía de colonizados; en otros lugares
ha hecho un juego doble: la colonia es a la vez de explotación y de
poblamiento. Así Europa ha multiplicado las divisiones, las oposiciones, ha
forjado clases y a veces racismos, intentado por todos los expedientes provocar
y acrecentar la estratificación de las sociedades colonizadas. Fanon no
disimula nada: para luchar contra nosotros, la antigua colonia debe luchar
contra sí misma. O más bien los dos hacen solo uno. En el fuego del combate,
todas las barreras inferiores deben fundirse, la impotente burguesía de
“affairistas” y compradores, el proletariado urbano, siempre privilegiado, el
lumpenproletariat de los suburbios, todos deben alinearse sobre las posiciones
de las masas rurales, verdadera reserva del ejército nacional y revolucionario;
en esas comarcas cuyo colonialismo ha deliberadamente frenado el desarrollo, el
campesinado cuando se rebela aparece muy pronto como la clase radical: él
conoce la opresión desnuda, él la sufre mucho más que los trabajadores de las
ciudades y, para impedir que se muera de hambre es preciso nada menos que un
estallido de todas las estructuras. Que la Revolución triunfe, y ella será
socialista; que se detenta su impulso, que la burguesía colonizada tome el
poder y el nuevo Estado, a despecho de una. soberanía formal, permanece en las
manes de los imperialistas. Es lo que ilustra muy bien el ejemplo de Katanga.
Así la unidad del Tercer Mundo no está hecha: es una empresa en curso que pasa
por la unión, en cada país, antes como después de la independencia, de todos
los colonizados bajo el comando de la clase campesina. He aquí lo que Fanon
explica, a sus hermanos de Africa, de Asia, de América Latina: nosotros
realizaremos todos juntos y en todas partes el socialismo revolucionario o
seremos derrotados uno a uno por nuestros antiguos tiranos. El no disimula nada;
ni las debilidades, ni las discordias ni las mistificaciones. Aquí el
movimiento adquiere un mal comienzo; allá, luego de fulminantes éxitos, ha
perdido el ritmo; en otras partes se ha detenido: si se quiere que lo retome,
es preciso que los campesinos arrojen su burguesía al mar. El lector es puesto
severamente en guardia contra las alineaciones más peligrosas: el líder el
culto de la persona, la cultura occidental y, tanto más, el retomo del lejano
pasado de la cultura africana: la verdadera cultura es la Revolución; esto
quiere decir que ella se forja en caliente. Fanon habla en voz alta; nosotros
los europeos, podemos escucharlo: la prueba es que ustedes tienen este libro
entre sus manos; ¿no teme él que las potencias coloniales aprovechen su sinceridad?
No. El no teme nada. Nuestros procedimientos están perimidos. pueden a veces
retardar la emancipación; no la detendrán. Y no imaginemos que podremos
reajustar nuestros métodos: el neo colonialismo, ese sueño perezoso de las
metrópolis, es puro viento; las “Terceras Fuerzas” no existen o bien son las
“burguesías-bidones” que el colonialismo ha puesto ya en el poder. Nuestro
maquiavelismo tiene pocos asideros en este mundo bien despierto que ha
despistado a nuestras mentiras, unas tras otras. El colono sólo tiene un
recurso: la fuerza, cuando le queda; el indígena sólo una elección: la
servidumbre o la soberanía. ¿Qué puede hacerle a Fanon que ustedes lean o no
esta obra? Es a sus hermanos a quienes denuncia nuestras viejas astucias,
seguro de que no tenemos otras de repuesto. Es a ellos a quienes dice: Europa
ha metido las patas en nuestros continentes, hay que cortárselas hasta que las
retire; el momento nos favorece; nada ocurre en Bizerta, en Elisabethville, en
los desiertos argelinos, que la Tierra entera no esté informada; los bloques
toman partidos contrarios, se respetan; aprovechemos esta parálisis, entremos
en la historia y que nuestra irrupción la vuelva universal por primera vez;
luchemos: a falta de otras armas, bastará la paciencia del cuchillo.
Europeos, abran este libro, entren en él. Después de algunos asos en la noche
verán a extranjeros reunidos en torno a un fuego, aproxímense, escuchen: ellos
discuten la suerte que les reservan a vuestras factorías, a los mercenarios que
las defienden. Los verán a ustedes tal vez, pero continuarán hablando entre
ellos, sin bajar la voz siquiera. Esta indiferencia golpea al corazón: los
padres, criaturas de la sombra, vuestras criaturas, eran almas muertas, ustedes
les dispensaban la luz, ellos no se dirigían sino a ustedes, y ustedes no se
tomaban el trabajo de responder a esos zombis. Los hijos los ignoran: un fuego
los ilumina y los caldea, que no es el vuestro. A distancia respetuosa, ustedes
se sentirán furtivos, nocturnos, ateridos; a cada uno su turno; en esas
tinieblas de donde va a surgir otra aurora, los zombis son ustedes.
En ese caso, dirán ustedes, tiremos esta obra por la ventana. ¿Para qué leerla,
puesto que no está escrita para nosotros? Por dos motivos, de los cuales el
primero es que Fanon les explica a sus hermanos y desmonta para ellos el
mecanismo de nuestras alienaciones: aprovechen ustedes para descubrirse a sí
mismos en su verdad de objetos. Nuestras víctimas nos conocen por sus heridas y
por sus hierros: es lo que vuelve a su testimonio irrefutable. Basta que nos
muestren lo que hemos hecho de ellas para que nosotros conozcamos lo que hemos
hecho de nosotros. ¿Es esto útil? Sí, puesto que Europa está en gran peligro de
reventar. Pero, dirán ustedes todavía, nosotros vivimos en la metrópolis y
reprobamos los excesos. Es cierto: ustedes no son colonos, pero no valen
ustedes más. Son vuestros pioneros, ustedes los han enviado, en ultramar, ellos
les han enriquecido; ustedes les habían prevenido: si hacían correr mucha
sangre, ustedes los desautorizarían de labios afuera; de la misma manera un
Estado —cualquiera sea— mantiene en el exterior una turba de agitadores,
provocadores y espías a los que desautoriza cuando se los prende. Ustedes, tan
liberales, tan humanos, que levantan el amor de la cultura hasta el
preciosismo, ustedes fingen olvidar que poseen colonias y que allí se masacra
en vuestro nombre. Fanon revela a sus camaradas —a algunos de ellos, sobre
todo, que siguen siendo algo demasiado accidentalizados— la solidaridad de los
“metropolitanos” y de sus agentes coloniales. Tengan el coraje de leerlo: por
esta primera razón, que les dará vergüenza y que la vergüenza, como dijo Marx,
es un sentimiento revolucionario. Ya ven: yo tampoco puedo desprenderme de la
ilusión subjetiva. Yo también, les digo: “Todo está perdido, a menos que…”.
Europeo, robo el libro de un enemigo y hago de él un medio para curar a Europa.
Aprovéchenlo.
Esta es la segunda razón: si dejan de lado la Y charla fascista de Sorel,
encontrarán que Fanon es el primero desde Engels en recolocar en la luz a la
partera de la historia. Y no vayan a creer que una sangre muy ardiente o que
desgracias de la infancia le hayan dado por la violencia no sé qué gusto
singular: él se hace intérprete de la situación, nada más. Pero
esto basta para que constituya, etapa por etapa, la dialéctica que la
hipocresía liberal les oculta y que nos ha producido a nosotros tanto como a
él.
En el siglo pasado, la burguesía tuvo a los obreros por envidiosos,
desarreglados por groseros apetitos, pero tuvo cuidado de incluir a esos
grandes brutos en nuestra especie: a menos de ser hombres y libres cómo podrían
ellos vender libremente su fuerza de trabajo. En Francia, en Inglaterra, el
humanismo se pretende universal.
Con el trabajo forzado, es todo lo contrario: nada de contrato; y además de
esto, es preciso intimidar; luego, la opresión se muestra. Nuestros soldados,
en ultramar-rechazando el universalismo metropolitano, aplican al género humano
el numeras clausus: puesto que nadie puede sin crimen despojar a su semejante,
avasallarlo o matarlo, ellos asientan como principio que el colonizado no es el
semejante del hombre. Nuestras fuerzas punitivas han recibido la misión de
cambiar esta abstracta certidumbre en realidad: se ha dado orden de rebajar a los
habitantes del territorio anexado al nivel de los monos superiores para
justificar que el colono los trate como bestias de carga. La violencia colonial
no se da solamente por fin el mantener respetuosos a estos hombres avasallados,
ella busca deshumanizarlos. Nada será ahorrado para liquidar sus tradiciones,
para substituir nuestras lenguas a las suyas, para destruir su cultura sin
darles la nuestra; se los embrutecerá de fatiga. Desnutridos, enfermos, si aún
resisten, el miedo terminará la tarea: los fusiles apuntan al campesino; vienen
civiles que se instalan sobre su tierra y lo constriñen por el látigo a
cultivarla para ellos. Si resiste, los soldados tiran, es un hombre muerto; si
cede, se degrada, ya no es un hombre; la vergüenza y el temor van a fisurar su
carácter, a desintegrar su persona. El asunto es llevado a tambor batiente por
los expertos: no es de hoy día que datan los “servicios psicológicos”. Ni el
lavado de cerebro. Y sin embargo, a pesar de tantos esfuerzos, el fin no es
alcanzado en ninguna parte: en el Congo, donde se cortaban las manos a los
negros, no más que en Angola, donde recientemente se perforaba los labios de
los descontentes para cerrarlos con candados. Y yo no pretenda que sea
imposible cambiar a un hombre en bestia: yo digo que no se alcanza eso sin
debilitarlo considerablemente; los golpes no bastan nunca-, es preciso
insistir, sobre la desnutrición. Es un fastidio con la servidumbre: cuando se
domestica a un miembro de nuestra especie se disminuye su rendimiento, y, por poco
que se le dé un hombre de corral termina por costar más de lo que produce. Por
esta razón los colonos están obligados a de tener el adiestramiento a mitad de
camino: el resultado ni hombre ni bestia, es el indígena. Golpeado,
subalimentado, enfermo, amedrentado, pero hasta un cierta punto solamente, él
tiene —negro, amarillo o blanco-siempre los mismos rasgos de carácter: es un
perezoso taimado y ladrón, que vive de nada y sólo conoce la fuerza.
Pobre colono: he aquí su contradicción puesto al denudo. El debería, como según
se dice, hace el genio, matar a los que pilla. Ahora bien, esto no es posible:
¿no es preciso, también, que los explote? Falto de impulsar la masacre hasta el
genocidio, y la servidumbre hasta el embrutecimiento, él pierde los pedales, la
operación se invierte, una implacable lógica lo conducirá hasta la
descolonización.
No en seguida. Primero, el europeo reina: él ya ha pedido pero no se da cuenta
de ello; él no sabe aún que los indígenas son falsos indígenas: él, si le
escuchamos les hace mal para destruir o para rechazar el mal en ellos tienen en
sí mismos; al cabo de tres generaciones sus perniciosos instintos no renacerán
más. ¿Que instintos? ¿Los que impulsan a los esclavos a masacrar amo? ¿Cómo no
reconoce su propia crueldad vuelta contra él? El salvajismo de estos campesinos
oprimidos, ¿como no lo reencuentra él en su salvajismo de colono que ellos han
absorbido por todos los poros y del cual no se curan? La razón es simple: este
personaje imperiosa enloquecido por su todopoderío y por el miedo de perderlo,
ya no recuerda bien que él ha sido un hombre: se toma por un látigo o por un
fusil; ha llegado a creer que la domesticación de las “razas inferiores” se
obtiene por el condicionamiento de sus reflejos. El descuida la memoria humana,
los recuerdos imborrables; y además, sobre todo, hay esto que tal vez no supo
nunca: nosotros no llegamos a ser lo que somos más que por la negación íntima y
radical de lo que se ha hecho de nosotros. ¿Tres generaciones? Desde la
segunda, apenas abiertos los ojos, los hijos han visto que se golpeaba a sus
padres. En términos de psiquiatría, helos aquí “traumatizados”. Para toda la
vida. Pero estas agresiones sin cesar renovadas, lejos de llevarlos a
someterse, los arrojan en una contradicción insoportable de la cual el europeo,
tarde o temprano, recuperará los gastos. Después de esto, que se los adiestre a
su turno, que se les enseñe la vergüenza, el dolor y el hambre: no se suscitará
en sus cuerpos más que una rabia volcánica cuya potencia es igual a la de la
presión que se ejerce sobre ellos. ¿Ellos no conocen, dicen ustedes, más que la
fuerza? Por supuesto; primero será sólo la del colono, y, pronto, sólo la suya,
esto quiere decir: la misma rebrotando sobre nosotros como nuestro reflejo
viene del fondo de un espejo a nuestro encuentro, No se equivoquen; por este
loco malhumor, por esta bilis y esta hiél, por su deseo permanente de matarnos,
por la constricción permanente de músculos poderosos que temen desanudarse,
ellos son hombres: por el colono, que los quiere hombres apenados, y contra él.
Ciego aún, abstracto, el odio es su único tesoro: el Amo lo provoca porque
busca embrutecerlos, fracasa en quebrarlo porque sus intereses lo detienen a
mitad de camino; así los falsos indígenas son humanos aún, por la potencia y la
impotencia del opresor que se transforman, en ellos, en un rechazo empecinado
de la condición animal. Por lo demás, se comprende; ellos son perezosos, por
supuesto: se trata de sabotaje. Taimados, ladrones: caramba, sus menudos robos
marcan el comienzo de una resistencia todavía no organizada. Esto no alcanza:
hay quienes se afirman arrojándose con las manos vacías contra los fusiles; son
sus héroes; y otros se hacen hombres asesinando europeos. Se los derriba:
bandidos y mártires, su suplicio exalta a las masas aterradas.
Aterradas, sí: en este nuevo momento, la agresión colonial se interioriza en
Terror en los colonizados. Por esto no entiendo solamente el temor que sienten
frente a nuestros inagotables medios de represión, sino también el que les
inspira su propio furor. Están arrinconados entre nuestras armas que les
apuntan y esas espantosas pulsiones, esos deseos de asesinato que suben desde
el fondo de los corazones y que no siempre reconocen: pues no es primero su
violencia, es la nuestra, de vuelta, la que crece y los desgarra; y el primer
movimientos de estos oprimidos es ocultar profundamente esa cólera inconfesable
que su moral y la nuestra re-prueban y que no es sin embargo, más que el último
reducto de su humanidad, Lean a Fanón: sabrán que, en la época de su
impotencia, la locura asesina es el inconsciente colectivo de los colonizados.
Esto furia contenida, al no estallar, gira en redondo y arrasa a los mismos
oprimidos. Para liberarse de esta, llegan a masacrarse entre ellos: las tribus
luchan unas contra otras, a falta de poder enfrentar al enemigo verdadero —y
ustedes pueden contar con la política colonial para mantener sus rivalidades;
el hermano, al levantar el cuchillo contra su hermano, cree destruir, de una
vez por todas, la detestada imagen de su común envilecimiento. Pero estas
víctimas expiatorias no apaciguan su sed de sangre; ellos no se impedirán
marchar contra las ametralladoras más que haciéndose nuestros cómplices; esta
deshumanización que rechazan, ellos quieren de por sí acelerar el progreso.
Bajo los ojos divertidos del colono, ellos se prevendrán contra sí mismos por
medio de barreras sobrenaturales, ya reanimando viejos mitos terribles, ya
ligándose por ritos meticulosos: así el obseso escapa a su exigencia profunda
infligiéndose manías que lo requieren a cada momento. Bailan: eso los ocupa;
eso desanuda sus músculos dolo-rosamente contraidos, y además la danza imita en
secreto, a menudo sin que lo sepan, el NO que no pueden decir, las muertes que
no se animan a cometer. En ciertas regiones, usan este último recurso: la
posesión.
De lo que antes era el hecho religioso en su simplicidad, una cierta
comunicación del fiel con lo sagrado, ellos hacen un arma contra la
desesperación y la humillación: los “zars”, los “loas”, los santos de la
santería descienden en ellos, gobiernan su violencia y la derrochan en trances
hasta el agotamiento. Al mismo tiempo estos altos personajes los protegen: esto
quiere decir que los colonizados se defienden de la alienación colonial
encareciendo la alienación religiosa. Con este único resultado, al fin de
cuentas, que acumulan las dos alienaciones y que cada una se refuerza con la
otra. Así, en ciertas psicosis, cansados de ser insultados todos los días, a
los alucinados se les ocurre un buen día escuchar una voz de ángel que los
cumplimenta; los quodlibetos no terminan ahí: en adelante alternarán con las
felicitaciones. Es una defensa y es el fin de su aventura: la persona está
disociada, el enfermo se encamina hacia la demencia. Agreguen, para algunos
infortunados rigurosamente seleccionados, esa otra posesión de la que hablé más
arriba: la cultura occidental. En su lugar, dirán ustedes, me gustarían más mis
“zars” que la Acrópolis. Bien: han comprendido. No del todo sin embargo, ya que
ustedes no están en su lugar. No todavía. Si no, ustedes sabrían que ellos no
pueden elegir: acumulan. Dos mundos, esto hace dos posesiones: se baila toda la
noche, al amanecer se apresuran en las iglesias para escuchar la misa; de día
en día la hendidura se acrecienta. Nuestro enemigo traiciona a sus hermanos y
se hace nuestro cómplice; sus hermanos harán otro tanto. El indígena es una
neurosis introducida y mantenida por el colono en los colonizados con su
consentimiento.
Reclamar y renegar, al mismo tiempo, la condición humana: la contradicción es
explosiva. Y lo bien que ella explota, ustedes lo saben como yo. Y nosotros
vivimos en épocas de deflagración: que el ascenso de nacimientos acreciente la
escasez, que los recién venidos tengan un poco más de miedo de vivir que de
morir, el torrente de la violencia arranca todas las barreras. En Argelia, en
Angola, a los europeos se los masacra a la vista. Es el momento del boomerang,
el tercer tiempo de la violencia: ella vuelve sobre nosotros, nos golpea y, no
menos que otras veces, no comprendemos que es el nuestro. Los “liberales”
permanecen atontados: reconocen que no éramos muy educados con los indígenas,
que hubiera sido más justo y más prudente acordarles algunos derechos en la
medida de lo posible; ellos no pedían más que admitirlos por hornadas y sin
padrino en ese club tan cerrado, nuestra especie: y he aquí que ese
desencadenamiento bárbaro y loco los elude tan poco como a los malos colonos.
La Izquierda Metropolitana está molesta: ella conoce la verdadera suerte de los
indígenas, la opresión sin misericordia de que han sido objeto, ella no condena
su rebelión, sabiendo que lo hemos hecho todo para provocarla. Pero aún así,
piensa ella, hay límites: estos guerrilleros deberían desear ser caballerescos;
ese sería el mejor medio de probar que son hombres. A veces los amonesta:
“Ustedes van muy fuerte, nosotros no los sostendremos más”. Eso, a ellos, tanto
les da: por lo que vale el apoyo que ella les presta, podría muy bien metérselo
en el culo. Desde que su guerra comenzó, ellos han percibido esta verdad
rigurosa: nosotros nos valemos todos mientras estamos, hemos aprovechado todos
de ellos, ellos no tienen nada por probar, ellos no harán tratamientos de favor
a nadie. Un solo deber, un solo objetivo: echar al colonialismo por todos los
medios. Y los más avisados de nosotros, estarán, en rigor, prontos a admitirlo
pero no pueden impedirse el ver en esta prueba de fuerza el medio muy inhumano
que los subhombres han tomado para hacerse conceder una carta de humanidad: que
se la acuerde lo más pronto posible y que traten entonces, por empresas
pacíficas, de merecerla. Nuestras bellas almas son racistas.
Ellas sacarán provecho leyendo a Fanón; esta violencia irreprimible, él lo
muestra perfectamente, no es una absurda tempestad ni la resurrección de
instintos salvajes ni aún un efecto del resentimiento: es el hombre mismo
recomponiéndose. Esta verdad, nosotros la hemos sabido, creo, y la hemos
olvidado: las marcas de la violencia, ninguna dulzura las borrará: es la
violencia la que puede solamente destruirlas. Y el colonizado se cura de la
neurosis colonial echando al colono por las armas. Cuando su rabia estalla, él
recupera su transparencia perdida, él se conoce en la misma medida en que se
hace; de lejos nosotros tenemos su guerra como el triunfo de la barbarie; pero
ella procede por sí misma a la emancipación progresiva del combatiente, ella
liquida en él y fuera de él, progresivamente, las tinieblas coloniales. Desde
que convenza, ella es, sin piedad. Es preciso o permanecer aterrado o devenir
terrible; esto quiere decir: abandonarse a las disociaciones de una vida
truncada o conquistar la unidad natal. Cuando los campesinos tocan los fusiles,
los viejos mitos palidecen, las prohibiciones son, una a una, derribadas: el
arma de un combatiente, es su humanidad. Pues, en el primer tiempo de la
rebelión, hay que matar: abatir a un europeo es voltear dos pájaros de una
pedrada, suprimir al mismo tiempo a un opresor y a un oprimido: quedan un
hombre muerto y un hombre libre; el sobreviviente, por la primera vez, siente
un suelo nacional bajo la planta de sus pies. En este momento, la Nación no se
alela de él: se la encuentra donde él va, donde él está —nunca más lejos—, ella
se confunde con su libertad. Pero, después de la primera sorpresa, el ejército
colonial reacciona: es preciso unirse o hacerse masacrar. Las discordias
tribales se atenúan, tienden a desaparecer: primero porque ponen en peligro a
la Revolución, y más profundamente porque ellas no tenían otro oficio que
derivar la violencia hacia falsos enemigos. Cuando persisten, como en el Congo,
es que son mantenidas por los agentes del colonialismo. La Nación se pone en
marcha: para cada hermano ella está en todas partes donde los otros hermanos
combaten. Su amor fraternal es el revés del odio que ellos les dirigen:
hermanos en que cada uno de ellos ha matado, puede de un momento a otro, haber
matado. Fanón muestra a sus lectores los límites de la “espontaneidad”, la
necesidad y los peligros de la “organización”. Pero, cualquiera fuera la
inmensidad de la tarea, a cada desenvolvimiento. Vuelan los últimos complejos:
que se venga un poco de la empresa la conciencia revolucionaria se profundiza
hablarnos del “complejo de dependencia” en el soldado de la E.L.N. Liberado de
sus anteojeras, el campe-dúo toma conocimiento de sus necesidades: ellas lo
mataban pero él intentaba ignorarlas; él las descubre como exigencias
infinitas. En esta violencia popular — para cumplir cinco años, ocho años como
han hecho los argelinos, las necesidades militares, sociales y políticas no se
pueden distinguir. La guerra —aunque no sea más que planteando la cuestión del
mando y de las responsabilidades— instituye nuevas estructuras que serán las
primeras instituciones de la paz. He aquí pues al hombre instaurado hasta en
nuevas tradiciones, hijas futuras de un horrible presente, helo aquí legitimado
por un derecho que va a nacer, que nace cada día en la lucha: con el último
colono muerto, reembarcado o asimilado, la especie minoritaria desaparece,
dejando el lugar a la fraternidad socialista. Y no es aún bastante: este
combatiente quema las etapas; piensen ustedes que él no arriesga su piel para
encontrarse en el nivel del viejo hombre “metropolitano”. Vean su paciencia:
tal vez sueñe algunas veces con un nuevo Dien-Bien-Phu; pero crean que
verdaderamente no cuenta con eso: es un pordiosero luchando, en su miseria,
contra ricos poderosamente armados. Esperando las victorias decisivas y, a
menudo, sin esperar nada, él trabaja a sus adversarios con asco. Esto no irá
sin espantosas pérdidas; el ejército colonial llega a ser feroz: cuadrículas,
rastrillados, reagrupamientos, expediciones punitivas; se masacra a las mujeres
y los niños. El lo sabe: este hombre nuevo comienza su vida de hombre por el
final; él se tiene por un muerto en potencia. Lo matarán; no sólo acepta este
riesgo, sino que tiene esa certidumbre; este muerto en potencia ha perdido a su
mujer, a sus hijos; ha visto tantas agonías que quiere vencer más bien que
sobrevivir; otros aprovecharán la victoria, no él: él está demasiado cansado.
Pero esta fatiga del corazón está en el origen de un increíble coraje. Nosotros
encontramos nuestra humanidad más acá de la muerte y de la desesperación, él la
encuentra más allá de los suplicios y de la muerte. Nosotros hemos sido los
sembradores de viento; la tempestad, es él. Hijo de la violencia, él saca de
ella, a cada momento, su humanidad: nosotros éramos hombres a expensas suyas,
él se hace hombre a las nuestras. Otro hombre: de mejor calidad.
Aquí Fanón se detiene. El ha mostrado el camino: portavoz de los combatientes,
ha reclamado la unión, la unidad del continente africano contra todas las
discordias y todos los particularismos. Ha alcanzado la meta. Si quisiera
describir integralmente el hecho histórico de la descolonización, le sería
preciso hablar de nosotros: lo que no es ciertamente su propósito. Pero, cuando
hemos cerrado el libro, él se prosigue en nosotros, a pesar de su autor: pues
experimentamos la fuerza de los pueblos en revolución y nosotros respondemos a
ella con la fuerza. Hay pues un nuevo momento de la violencia y es a nosotros,
esta vez, adonde hay que volver pues ella está en vías de cambiarnos en la
medida en que el falso indígena se cambia a través de ella. A cada uno corresponde
conducir sus reflexiones como quiera. Con tal que, sin embargo, se reflexione:
en la Europa de hoy, a todo aturdido por los golpes que se le lleve, en
Francia, en Bélgica, en Inglaterra, la menor diversión del pensamiento, es una
complicidad criminal con el colonialismo. Este libro no tenía ninguna necesidad
de un prefacio. Tanto menos como que no se dirigía a nosotros. Yo hice uno, sin
embargo, para llevar la dialéctica hasta el fin: a nosotros también, gentes de
Europa, se nos descoloniza: esto quiere decir que por una operación sangrienta
se extirpa el colono que hay en cada uno de nosotros. Contemplémosnos, si
tenemos el valor de hacerlo, y veamos lo que ocurre con nosotros.
Hay que afrontar, primero, este “espectáculo inesperado: el strip-tease de
nuestro humanismo. Aquí está, completamente desnudo, nada bello: no era más que
una ideo-logia mentirosa, la exquisita justificación del pillaje; sus ternuras
y su preciosismo garantizaban nuestras agresiones. Ellos tienen buena cara, los
no-violentos: ¡ni víctimas ni verdugos! ¡Vamos! Si ustedes no son víctimas,
cuando el gobierno que ustedes han plebiscitado, cuando el ejército donde
vuestros hermanos jóvenes han servido, sin vacilación ni remordimientos,
emprenden un “genocidio”, ustedes son indudablemente verdugos. Y si ustedes
eligen ser víctimas, arriesgar un día o dos de presión, ustedes eligen
simplemente salir de apuros. Pero no saldrán; hay que llegar hasta el fin.
Comprendan por fin esto: si la violencia hubiera comenzado esta tarde, si ni la
explotación ni la opresión hubieran nunca existido sobre la tierra, tal vez la
no-violencia ostentosa pudiera apaciguar la querella. Pero si el régimen entero
y hasta vuestros no-violentos pensamientos están condicionados por una opresión
milenaria, vuestra pasividad no sirve más que para colocarlos del lado de los
opresores.
Ustedes saben bien que nosotros somos explotadores, Ustedes saben bien que
hemos tomado el oro y los metales y luego el petróleo de los “nuevos
continentes” y que los hemos traído a las viejas metrópolis. No sin excelentes
resultados: palacios, catedrales, capitales industriales; y además cuando la
crisis amenazaba, allí estaban los mercados coloniales para amortizarla o
desviarla. Europa, cebada de riquezas, acordó de jare la humanidad a todos sus
habitantes: un hombre, entre nosotros, quiere decir un cómplice, puesto que
todos hemos aprovechado la explotación colonial. Este continente, pálido y
gordo se termina por dar en lo que Fanón llama justamente “narcisismo”. Cocteau
se irritaba con París, “esta ciudad que habla todo el tiempo de sí misma”. ¿Y
qué otra cosa hace Europa? ¿Y este monstruo super-suropeo, Norteamérica? Qué
charlatanería: libertad, igualdad, fraternidad, amor, honor, patria, ¡qué se
yo! Esto no nos impedía sostener al mismo tiempo discursos racistas, ¡sucio
negro, sucio judío, sucio ratón. Buenos espíritus, tiernos y liberales —en
suma: neocolonia-listas— se pretendían chocados por esta inconsecuencia; errar
o mala fe: nada más consecuente, en nosotros, que un humanismo racista puesto
que el europeo no pudo hacerse hombre sino fabricando esclavos y monstruos.
Mientras hubo indígenas, esta impostura no fue desenmascarada; se encontraba en
el género humano una abstracta postulación de universalidad que servía para
cubrir prácticas más realistas: había, del otro lado de los mares, una raza de
subhombres que, gracias a nosotros, en mil años tal vez alcanzaría nuestro
estado. En una palabra, se confundía el género con la élite. Hoy día el
indígena revela su verdad; de golpe, nuestro club tan hermético, revela su
debilidad: no era ni más ni menos que una minoría. Hay algo peor: puesto que
los otros se hacen hombres contra nosotros, aparece que nosotros somos los
enemigos del género humano; la élite revela su verdadera naturaleza: una banda.
Nuestros queridos valores pierden sus alas; de mirarlas de cerca, no se
encontrará una que no esté manchada de sangre. Si les hace falta un ejemplo,
recuerden esas grandes palabras: qué generosa, Francia. ¿Generosos, nosotros?
¿Y Sétif? ¿Y estos ocho años de guerra feroz que han costado la vida a más de
un millón de argelinos?
Pero comprendan bien que no se nos reprocha haber traicionados no sé qué
misión: por la sencilla razón que no teníamos ninguna. Es la generosidad misma
la que están en cuestión; ese hermoso término sonoro no tiene más que un
sentido: status concedido. Para los hombres de enfrente, nuevos y liberados,
nadie tiene el poder ni el privilegio de dar nada a nadie. Cada uno tiene todos
los derechos. Sobre todos; y nuestra especie, cuando un día sea hecha, no se
definirá como la suma de los habitantes del globo, sino como la unidad infinita
de sus reciprocidades. Me detengo; ustedes terminarán el trabajo sin esfuerzo;
basta mirar de frente, por primera y por última vez, nuestras aristocráticas
virtudes: ellas revientan; cómo sobrevivirían a la aristocracia de subhombres
que las engendró. Hace algunos años, un comentador burgués —y colonialista—
para defender a Occidente no encontró más que esto: “Nosotros no somos ángeles.
Pero nosotros, por lo menos, tenemos remordimientos”. ¡Qué confesión! Antes
nuestro continente tenía otros flotadores: el Partenón, Chartres, los Derechos
del Hombre, la svástica. Se sabe actualmente lo que ellos valen: y ya no se
pretende salvarnos del naufragio más que con el sentimiento muy cristiano de
nuestra culpabilidad. Es el fin, como ustedes ven: Europa hace agua por todas
partes. ¿Qué ha pasado, entonces? Esto, muy simplemente: que nosotros éramos
los sujetos de la historia, y que actualmente somos sus objetos. La relación de
fuerzas se ha invertido, la descolonización está en curso; todo lo que nuestros
mercenarios pueden intentar es retardar su desenlace.
Aún hace falta que las viejas “metrópolis” se metan, que comprometan todas sus
fuerzas en una batalla de antemano perdida. Esta vieja brutalidad colonial que
ha hecho la dudosa gloria de los Bugeaud, nosotros la volvemos a encontrar, al
fin de la aventura, decuplicada, insuficiente. Se envía el contingente a
Argelia, allí se mantiene durante siete años sin resultado. La violencia ha
cambiado de sentido; victoriosos nosotros la ejercíamos sin que pareciera
alterarnos: ella descomponía a los otros y nosotros, los hombres, nuestro
humanismo, permanecía intacto; unidos por la ganancia, los metropolitanos bautizaban
fraternidad, amor, a la comunidad de sus crímenes; hoy día la misma, bloqueada
en todas partes, retorna sobre nosotros a través de nuestros soldados, se
interioriza y nos posee. La involución comienza: el colonizado se recompone y
nosotros, ultras y liberales, colonos y “metropolitanos”, nosotros nos
descomponemos. Ya la rabia y el miedo están desnudos: ellos se muestran al
descubierto en las “ratoneras” de Argel. ¿Y ahora, dónde están los salvajes?
¿Dónde está la barbarie? Nada falta, ni aún el tam-tam: las bocinas riman
“Argelia Francesa” mientras ios europeos hacen quemar vivos a los musulmanes.
No hace mucho —Fanón lo recuerda— los psiquiatras en un Congreso se afligían
por la criminalidad indígena: esas gentes se matan entre ellos, decían esto no
es normal; el cortex del argelino debe ser subdesarrollado. En África central,
otros han determinado que “el africano utiliza muy poco sus lóbolus frontales”.
Estos sabios encontrarían interés hoy día en proseguir su encuesta en Europa y
particularmente entre los franceses. Pues nosotros también, desde hace algunos
años, debemos estar alcanzados de pereza frontal: los patriotas asesinan un
poco a sus compatriotas; en caso de ausencia, hacen saltar al portero y a su
casa. No es más que el comienzo: la guerra civil está prevista para el otoño o
para la primavera próxima. Nuestros lóbulos parecen estar, sin embargo, en buen
estado: ¿no sería más bien que, al no poder aplastar al indígena, la violencia
vuelve sobre sí, se acumula en el fondo de nosotros y busca una salida La unión
del pueblo argelino produce la desunión del pueblo francés: en todo el
territorio de la ex metrópoli, las tribus danzan y se preparan para el combate.
El terror ha abandonado el África para instalarse aquí: ya que hay furiosos muy
buenamente que quieren hacernos pagar con nuestra sangre la vergüenza de haber
sido derrotados por el indígena, y además están los otros, todos los otros, tan
culpables —después de Bizerta, después de los linchamientos de septiembre,
¿quién, pues, ha bajado a la calle para decir: basta?— pero más sentados: los
liberales, los duros duros de la Izquierda blanda. En ellos también la fiebre
sube. Y la hurañería. ¡Pero qué miedo! Ellos se cubren su rabia con mitos, con
ritos complicados para retardar el arreglo de la cuenta final y la hora de la
verdad, han puesto a nuestra cabeza un Gran Hechicero cuyo oficio es
mantenernos a toda costa en la oscuridad. Nadase hace; proclamada por unos,
rechazada por otros, la violencia gira en redondo: un día explota en Mtez, al día
siguiente en Bordeaux; pasó por aquí, pasará por allá, es el juego del ratón. A
nuestro turno, paso a paso, nosotros hacemos el camino que lleva al indígena.
Pero para llegar a ser enteramente indígenas, sería preciso que nuestro suelo
fuera ocupado por los antiguos colonizados y que reventáramos de hambre. Esto
no será: no, es el colonialismo destronado el que nos posee, es él quien nos
encabalgará pronto, chocho y soberbio; helo aquí, nuestro “zar”, nuestro “loa”.
Y ustedes se persuadirán leyendo el último capítulo de Fanón, que vale más ser
un indígena en el peor momento de la miseria que uno antes colono. No es bueno
que un funcionario de policía esté obligado a torturar diez horas por día: a
ese ritmo, sus nervios van a crujir a menos que se prohiba a los verdugos, en
su propio interés, hacer horas suplementarias. Cuando se quiere proteger con el
rigor de las leyes la moral de la Nación y del Ejército, no es bueno que ésta
desmoralice sistemáticamente a aquella. Ni que un país de tradición republicana
confíe sus jóvenes, por centenas de miles, a oficiales putschistas. No es
bueno, mis compatriotas, ustedes que conocen todos los crímenes cometidos en
nuestro nombre, no es verdaderamente bueno que no digan una palabra sobre
ellos, ni aún a vuestra alma, por temor a juzgarse. Al comienzo ustedes
ignoraban, quiero creerlo, después han dudado, al presente ustedes saben, pero
se callan siempre. Ocho años de silencio, esto degrada, Y vanamente: hoy día el
enceguecedor sol de la tortura está en el zenit, ilumina todo el país; bajo
esta luz, ya no hay una risa que suene justa, un rostro que no se disfrace para
ocultar la cólera o el miedo, un acto que no traicione nuestras repugnancias y
nuestras complicidades. Hoy día basta que dos franceses se encuentren para que
haya un cadáver entre ellos. Y cuando digo uno… Francia, antes, era un nombre
de país; tengamos cuidado que no sea, en 1961, el nombre de una neurosis.
“Curaremos? Sí. La violencia, como la lanza de Aquiles, puede cicatrizar las
heridas que ha hecho. Actualmente estamos encadenados, humillados, enfermos de
miedo: en lo más bajo. Felizmente esto todavía no alcanza a la aristocracia
colonialista: ella no puede cumplir su misión retardataria en Argelia como no
haya acabado antes de colonizar a los franceses. Retrocedemos cada día frente a
la pelea pero estén seguros que no la evitaremos: tienen necesidad de ella los
asesinos; van a robarnos las plumas y a golpear en el montón. Así terminará el
tiempo de los brujos y de los fetiches: tendrán que luchar o pudrirse en los
campos. Es el último momento de la dialéctica: ustedes condenan esta guerra
pero no se animan todavía a declararse solidarios de los combatientes
argelinos; no teman, cuenten con los colonos y con los mercenarios: ellos les
harán marcar el paso. Tal vez, entonces, la espalda contra la pared, soltarán
por fin esta violencia nueva que antiguos crímenes suscitan en ustedes. Pero,
esto, como se dice, es otra historia. La del hombre. Se aproxima el tiempo,
estoy seguro, en que nos uniremos a quienes la hacen.
Jean Paul Sartre
Septiembre 1961

















