Por Irene Zugasti
Pasé 72 horas en Cuba. Aterricé en una ciudad cosida por parches de oscuridad y despegué de La Habana dejando un escenario bastante distinto, con miles de bombillas parpadeando que se fueron haciendo un mar de luz a medida que cogía altura
Este fin de semana he pasado setenta y dos horas (clavadas) en Cuba. Aterricé en una ciudad cosida por parches de oscuridad y despegué de La Habana dejando un escenario bastante distinto, con miles de bombillas parpadeando que se fueron haciendo un mar de luz a medida que cogía altura. Voy a intentar explicarlo.
Habría que empezar diciendo que Cuba no es un estado fallido. En Cuba no hay caos, ni saqueos, ni turbas violentas, ni nada parecido. Y no lo digo por haber estado allí apenas tres noches, sino porque monitoreo desde hace meses las noticias de un lado y otro del espectro informativo. No siempre estar en un lugar es garante de conocerlo, y viceversa. Un Estado fallido se define, según la Ciencia Política, por varios rasgos, como haber perdido el control territorial, la autoridad, o por el colapso de sus servicios públicos o su desintegración, su balcanización. Nada de eso ocurre allí: el estado no está tomado por carteles del narco, insurgencias armadas o paramilitares (aunque aquella barca tripulada por terroristas armados desde Miami que fue abatida hace pocas semanas indica que siguen intentándolo). No es El Salvador, no es Ecuador. No me he topado con apenas policías ni militares en la calle, solo gente corriente haciendo cosas corrientes. En el centro de La Habana se camina con el móvil en la mano, cosa que no podría decirse del centro de otras muchas capitales del entorno, el cine está abierto y con público, la entrada está regulada y cuesta cinco pesos, hagan ustedes el cambio. Se escucha música y sigue habiendo helado en el Coppelia, aunque lo sirvan un poco flojo, un poco derretido. El aeropuerto está vacío, dolorosamente vacío, pero limpio y bien atendido, con trabajadores mano sobre mano porque no hay vuelos que recibir. Los hospitales están abiertos y coordinan con disciplina soviética la entrada de las medicinas solidarias que vienen de todo el mundo para paliar la escasez. Los exámenes se están celebrando online, así como las clases escolares y el teletrabajo se instala como la alternativa ante la escasez de combustible para el transporte. Hay coches y bicitaxis, porque poco el crudo que hay se distribuye ordenadamente, no es un sálvese quien pueda. Internet funciona casi todo el tiempo, y cuando cae, un grupo de chavales me explicó algunos trucos para recuperarlo o para usar las herramientas digitales menos sensibles a las caídas de red, como Whatsapp.
Tapar el sol
Ah, lo de los apagones. Segunda cuestión. Los apagones se han convertido en el símbolo de quienes quieren ver a Cuba como una causa perdida. Quiero recordar que en el Mercadona de mi barrio, en Madrid, se agotó el papel higiénico, y la gente acaparó latas de atún y bolsas de patatas fritas durante un apagón de apenas doce horas. Las carreteras se colapsaron. Normal que en Cuba se rían cuando lo contamos. Y cómo no hablar de la miseria que contemplamos en la pandemia con esos vecinos que cargaban litros y litros de agua mineral a sabiendas de que dejarían sin nada al vecino. Años de individualismo y cultura del “qué hay de lo mío” nos había convertido en policías de balcón y acaparadores egoístas. En Cuba falta casi de todo, lo que entra es poco, claro que sí, pero décadas de socialismo garantizan que la distribución no será un follón donde la gente se pisa por conseguir una ración. Eso lo explica estupendamente Pepe, nuestro guía, libreta de alimentos subsidiados en mano. Durante décadas, el Estado proveía frijoles, aceite, hasta los banquetes de boda y las tartas de cumpleaños, la carne y la leche que ahora escasea, a precios bajísimos, impensables en una economía de mercado. Lo mismo ocurre con la luz o el agua, bienes básicos que ahora peligran. Quien ansía hacerse con ellos, para hacerse profundamente rico ven esta crisis como la oportunidad definitiva, y para eso, necesitan exponer y exagerar la miseria. ¿Hay basura, esa que tanta preocupa en Europa? En algunas calles sí, hay montones de basura, pero en otras muchas, sobre todo en zonas residenciales, no. Alguien me habló de una iniciativa vecinal que planta flores en acequias y solares, para evitar así que ningún vecino insolidario vuelque residuos allí en vez de llevarlos a los sitios establecidos. En Cuba un mismo montón de basura, la misma foto, el mismo ángulo dio para que muchos periódicos escribieran sobre el colapso. Qué miopía interesada. Muchos países en el Sudeste Asiático son vertederos vivientes y nadie les llama estados fallidos. Y no me voy tan lejos: en San Diego, Vallecas, hay ratas más grandes que mi perro cuando salgo a pasearlo mientras el barrio de Salamanca resplandece.
En Cuba falta casi de todo, lo que entra es poco, claro que sí, pero décadas de socialismo garantizan que la distribución no será un follón donde la gente se pisa por conseguir una ración
Vuelvo a lo de la luz: cada cubano maneja una cantidad de conceptos sobre luz, generadores, contadores, y demás jerga que yo soy incapaz de procesar. Es como si todos se hubieran vuelto ingenieros eléctricos, y cuando todo se apaga de golpe, pof, y las neveras dejan de zumbar y se encienden los flashes del móvil alguien siempre comenta alguna palabra que desconozco. Hasta donde pude entender, ya en 2006, Cuba implementó una política de descentralización energética de motores diésel y fuel-oil que genera “islas” en todo el país, de modo que el suministro, también en su escasez, se gestiona para priorizar los hospitales, el transporte público, los centros de mayores, la iluminación viaria… quiero recordar que en los incendios de California de hace un año aparecieron bomberos privados que apagaban selectivamente las mansiones de sus clientes. Y no me quiero ir tan lejos: en Madrid, 7291 personas mayores murieron agonizando en una cama de residencia porque solo quienes tuvieron seguro privado fueron trasladados al hospital.

La Habana, Cuba
Y sí, claro que pregunté por el petróleo ruso y por los paneles solares chinos. En cuanto a los segundos, seguro lo explica mejor mi amigo Josué, que para eso es ingeniero y trabaja allá en la transición energética, pero son un elemento de soberanía clave y Cuba tiene en agenda desde hace tiempo integrarlo al Sistema Eléctrico Nacional. Con el bloqueo petrolero, el proceso se ha acelerado. Pero no es un proceso mágico: hacen falta baterías de litio para almacenar esa energía, hacen falta modernizar infraestructuras, y aún así sigue haciendo falta combustible. El gobierno cubano nos trasladó que el famoso carguero ruso que atravesó el bloqueo estadounidense en marzo era un alivio momentáneo, pero qué alivio: tras su refinado -que tomó varios días, no es automático- el mismo sábado la energía y el crudo comenzaron a fluir y se dejó notar. Por eso, cuando miré por la ventana de vuelta en el avión, La Habana y alrededores volvían a brillar, aunque sea por poco más de una semana…o hasta el siguiente carguero.
Vivir en guerra
En los territorios en guerra la gente sigue viviendo. Sale, estudia, folla, trabaja, cría, llora, baila, celebra o vela sus muertos. Hace poco leía en un libro de crónicas de Gaza sobre un muchacho que empezó la carrera durante el asedio medieval de 2024, y siguió conectándose online a clase cada día hasta que una bomba israelí se le llevó por delante. En Ucrania, en 2015, bailamos agarrados en un concierto en una ciudad a tres kilómetros del frente. Madrid misma, en 1936, era el escenario donde las muchachas llevaban la merienda a los milicianos que defendían la Ciudad Universitaria, y se volvían a casa en tranvía.
Cuba está en guerra, una guerra sádica de décadas que ahora se recrudece para verles sufrir y para mandarnos un mensaje de crueldad que los cubanos convierten en una existencia en resistencia. Y resistir es agotador, qué coño. Ellos lo saben, porque obviamente, ven YouTube y los telediarios, y también miran a los instagramers de Florida que les dicen que en la otra orilla vivirán mejor. Pero no es Cuba quien retiene a nadie si quiere marcharse -salir es perfectamente posible, cuestión aparte es si querrán acogerte- ni tampoco puede prometerte que las cosas irán a mejor, porque eso no depende de ellos. “No echen la culpa al bloqueo” nos decía una mujer que regentaba una cafetería y aplaudía una posible invasión trumpista. Pero es inevitable pensar que, digo yo, algo tendrá que ver el maldito bloqueo cuando contemplas los hoteles vacíos, los taxis varados, cuando no puedes usar ni una tarjeta de crédito, ni abrir muchas aplicaciones que tienen prohibidas por USA ni recibir una maleta con material médico si vives allí porque está prohibido por Estados Unidos importarlo. Es inevitable pensar cuán distinto sería todo si esa gente, capaz de reciclar lo irreciclable, capaz de iluminar o iluminable, capaz de colorear lo más gris, no tuviera que vivir con un cepo en la garganta y pudiera comprar medicina, importar abastos, recibir turistas, remesas, estudiantes, si pudiera volver a enviar sus médicos, a comerciar con vecinos sin que Washington les encierre y tire al mar la llave.

Edificio con la bandera de Cuba
Las amenazas de Trump se solapan con las noticias sobre un plan de intervención militar que saltan cada pocos días en la prensa internacional. La doctrina de paz manifiesta de Cuba en el ejercicio diplomático está a años luz del belicismo europeo, pero, tomando nota de los últimos acontecimientos, ha activado un plan de defensa ante el escenario de de que Trump vire la vista hacia la isla y conceda a Marco Rubio su húmedo deseo de ir a por ellos. Cuba cuenta con planes de contingencia muy trabajados por la experiencia con huracanes o con el Periodo Especial de los 90. Su defensa parte de una doctrina consolidada y una estructura descentralizada y territorializada, a 90 millas, nunca lo olvidemos, de EEUU. Sus mandos son firmes en este punto: en caso de agresión, que ni desean, ni fomentan -como la mayoría de miembros de Naciones Unidas reconoce- Cuba se defenderá. Así lo plantean.
Saciar el hambre
Créanme, no tiene tanto mérito escribir una crónica equidistante sobre Cuba. Me sobrarían dos de los tres días que he pasado allí, bastaría con un paseo por el malecón, y volvería con una pieza, o muchas, llena de testimonios sobre hambre, sobre hartura, sobre desesperación, sobre la necesidad de que las cosas cambien. Y lo aplaudirían los delimitadores de las primaveras, los tertulianos progres y los gabinetes de malas noticias. Si se le pone el micrófono a muchas personas, como hicimos, el estado de ánimo varía desde el adolescente que pide anexionarse a Miami hasta el viejito revolucionario que solloza de rabia. Y sin caer en los estereotipos, hay todo un abanico que pasa por el taxista pragmático, la mujer que bromea con los apagones, la pareja que discrepa, los hastiados, los indiferentes, los aguerridos, los convencidos. Podría elegir qué y de quién contar y a quien obviar, si hacer pornografía de la misera o épica de la revolución, o podría exponerlos a todos y no mojarme, pero al final del día, ¿para qué lo escribo? porque los testimonios y las historias de vida son eso, un mosaico de experiencias que nos sirven para trasladarnos a una realidad, que no es unívoca ni exclusiva. Más allá de eso, solo son útiles, creo yo, si se combinan con análisis y datos, con la Historia y con la geografía, y sobre todo, si se es honesto con el lugar desde el que se escribe y con la posición qué se elige tomar. Porque siempre, siempre hay posición. También en quienes escriben que “ni unos, ni otros”.

Atardecer en La Habana, Cuba
Habrá quien diga que este texto es partisano, sesgado y evidente en sus simpatías. No lo oculto: ¿qué debo decir, qué fronteras debo respetar? No me interesan demasiado los que disfrutan desde el púlpito del que creen que es un análisis objetivo, los que disfrutan enumerando las máculas y los peros con una sonrisita de superioridad. Claro que hay una emergencia, claro que hay que hacer algo, carajo. Pero ese algo podría pasar, digo yo, por lo más evidente: exigir a los que mandan que se dejen de comunicados y declaraciones y tiendan la mano de verdad a Cuba. Que planten cara al cancerbero. Que Cuba, sin bloqueo, pueda vivir en tablas con el resto del mundo. Y luego, ya, que decidan ellos. La autocrítica revolucionaria, créanme, funciona más en La Habana que en Bruselas. No digo nada nuevo, pero no leo nada parecido entre quienes, solo por visitarla, ya se creyeron con la legitimidad de sentenciarla, de exponer la mierda, porque así ellos quedarían inmaculados. No voy a nombrarles, pero tengo claro a quien no querré tener jamás cerca si llegan las guerras, o las revoluciones.
La autocrítica revolucionaria, créanme, funciona más en La Habana que en Bruselas
Cuba, -y así la reivindico, perdónenme- es un país con nueve millones de almas, pero también es un símbolo. La hemos leído, la hemos cantado, la hemos estudiado. Hay quien la ha pisado mil veces y quien no la pisará nunca y aún así la quiere. Algo habrá hecho bien. Cuba nos recuerda que un puñado de valientes -capitaneados por un cubano y un argentino, escondidos en México entrenados por un aviador republicano en el exilio- cambiaron el final de la historia para hacerla principio. Si eso es épica, yo la reivindico. Resistieron una invasión de 1.500 hombres entrenados por la CIA (hace esta semana 65 años), en Playa Girón. Alfabetizaron, formaron y se curaron las heridas coloniales, a ellos, y a millones de personas en todo el mundo durante más de medio siglo. Han dado arte, han dado ciencia, han dado política, y han dado certezas a quienes no las tenían. Y pueden seguir dando mucho, muchísimo, porque son prácticos, pragmáticos y valientes en la gestión y la innovación. Y con todos los peros que tiene el sistema, yo aquí no voy a listar, porque no se me ocurre tal atrevimiento, Cuba respira todavía una ética, la del hombre y la mujer nuevo, que es la que hace que hoy, pese a todo -pese al hambre, la guerra, los apagones, y el puto bloqueo- sigan en pie. No sé lo que vendrá, pero todo aquel que algún día creyó en todo esto, debería tener la decencia de no abandonarles. Por el bien de Cuba y de todas nosotras.
Fuente: Diario Red