Si es posible derrotar a De la Espriella y a la ultraderecha colombiana el 21 de junio

Horacio Duque

El próximo 21 de junio se realizará el balotaje para escoger el próximo presidente de Colombia para el periodo 2026-20230.

Tal evento se llevará a cabo porque en la primera vuelta ninguno de los dos candidatos mayoritarios alcanzo la mitad más uno de los votos según lo dispone la legislación electoral.

En la nueva coyuntura hay un detalle muy importante relacionado con el hecho extraordinario de la irrupción de la ultraderecha alternativa y «revolucionaria» con la candidatura del abogado Abelardo de la Espriella, que, con su discurso anti político, antisistema, anti estatal, por la seguridad y contra la corrupción alcanzó una alta votación relegando la facción de la derecha liderada por el ex presidente Alvaro Uribe y a su candidata Paloma Valencia, como reflejo de la eficacia en la instalación de narrativas y la redefinición de los términos del debate público logrando transformar el «sentido común» de amplias capas de la población (incluso de la más perjudicada por el modelo neoliberal); cuestión para nada menor, que no deberíamos ignorar.

En segundo lugar, con una altísima votación, quedo el senador Ivan Cepeda, el candidato del Pacto Histórico y del bloque popular.

El denominado centro político quedo menguado, aunque logro movilizar un segmento importante del electorado con los nombres de Sergio Fajardo, Claudia Lopez y Oviedo, el vice de Paloma Valencia.

Un vuelco radical.

En todo caso, las votaciones del 31 de mayo pasado le dieron un vuelco al campo político pues, redefinió sus actores, los lenguajes y los conflictos que estructurarán la política colombiana en los próximos años en que los ejes emergentes podrían moverse alrededor de: institucionalidad versus anti política, pluralismo contra reacción cultural, derechos contra restricciones y democracia representativa contra liderazgo personalista.

El resultado electoral del 31 de mayo muestra con bastante claridad algo que resulta incómodo: que la nueva derecha «revolucionaria» ya es una parte constitutiva del campo político colombiano. Ya no es una anomalía coyuntural que espera ser corregida. Se trata de un actor con una gran capacidad para incidir en el sentido común, para reorganizar los ejes del debate público y para ganar elecciones. Esta nueva derecha tiene claro que la llamada «batalla cultural» por la hegemonía (que en nuestro caso implica el ataque contra las universidades y las instituciones culturales, la estigmatización permanente a las diversidades sexuales o una brutal reescritura del relato sobre el conflicto armado y los derechos humanos, entre otras cuestiones) ha sido y será el factor decisivo pues, quien controla el relato controla el resultado. Es la tesis que Milei, Bolsonaro, y Trump vienen promocionando (y aplicando) con distintos énfasis[1].

Por supuesto, hay hechos contundentes que demuestran que pueden perder las próximas elecciones, como pasó hace poco en Hungría con Orban.

Estamos a tiempo de bloquear este regreso de la derecha, con un rostro ultra reaccionario y neofascista, mediante una potente movilización de los sectores populares y de la izquierda por parte de Ivan Cepeda y el Pacto histórico.

Dos posiciones sobre la emergencia de la ultraderecha.

Frente al fenómeno emergente de la nueva derecha hay dos posiciones: la del pesimismo paralizante con el repliegue táctico y la del optimismo fácil para intentar abordar más seriamente la compleja realidad de esta etapa histórica.

La autocrítica.

Para empezar, se necesita con urgencia un proceso autocritico y de rectificaciones inmediatas en el Pacto Histórico y en la dirección de la campaña electoral presidencial con el fin de alcanzar una alta votación. En ese sentido resultan oportunas las observaciones de Pedro Santana quien señala que «es indudable que el resultado no solo dejó nuevamente mal a todas las firmas encuestadoras que daban como ganador a Iván Cepeda. Pero un examen más de fondo tiene que ver con errores y falencias en la campaña de Cepeda que tendrán que ser drásticamente corregidos si se aspira a remontar en la jornada del domingo 21 de junio en que se realizará la segunda vuelta presidencial.

«Uno de los problemas centrales fue el carácter cerrado de la campaña de Cepeda y el triunfalismo que se apoderó de sus cuadros directivos. Pensaron que ir adelante en las encuestas ya daba el resultado de las votaciones. La campaña careció de una estrategia política y de una estrategia de comunicaciones. En materia de estrategia política no bastaba con buscar las adhesiones a la campaña como se logró con cierta lentitud con el Partido Alianza Verde, Partido Libres, y con sectores importantes del Partido Liberal, del Partido Conservador, del Partido de la U y agrupaciones menores como En Marcha de Juan Fernando Cristo, sectores de Unitarios como Clara López, pero una cosa son las adhesiones y otra cosa es la campaña. Estos sectores no fueron integrados al trabajo con las bases en los sectores y en el territorio, ni se conformó una verdadera estructura de campaña. La improvisación y la autoreferencia en política nunca son buenas consejeras.

Y agrega con tino Santana que «la campaña apenas ahora se está dotando de una estrategia de comunicación que defina la consigna o el eslogan que por fortuna ahora si se tiene (Me la juego por la vida) alrededor de la cual debe estructurarse todo el trabajo político. No se contó en la primera fase de la campaña con un manager de la comunicación, ahora se cuenta con un publicista experimentado, las piezas comunicativas salieron y llegaron tardíamente, a las regiones. Al carecer de un eslogan y de un manager de la comunicación las piezas de radio y televisión fueron planas y sin mayor impacto. La presencia del candidato Cepeda en las redes sociales fue muy baja y en general las cuentas en estas redes no tienen un gran impacto. Esperamos que con la llegada de un experto que se integró se pueda dar batalla en las redes donde nos ganó ampliamente de la Espriella.

«La otra gran debilidad de la campaña tiene que ver con el trabajo sectorial y con el trabajo territorial. No se organizó como el eje central de este trabajo a la red de voluntarios que deben ser organizados y retroalimentados con material impreso, con la integración real al trabajo casa casa, al volanteo, a la presencia en los escenarios públicos como las universidades, los centros comerciales, los buses urbanos e intermunicipales, las ollas comunitarias, las pequeñas reuniones en los barrios, en el sector sindical con los sindicatos de maestros, de la salud, de las fabricas para conversar sobre el programa de gobierno. A esa red y como parte integrante de la misma deben estar vinculados orgánicamente los parlamentarios, los diputados, concejales y ediles. Esta tarea es urgente y prioritaria y hoy se está poniendo en marcha en la ciudad de Bogotá y este fin de semana en todo el país. A esas estructuras departamentales, distritales y municipales deben estar vinculados todos los partidos que conforman la Alianza por la Vida.

«Pero además cada comité deberá hacer una lectura de los resultados electorales y fijarse unas metas muy concretas en el incremento de la votación. Si aspiramos ganar con cierta holgura en todo el territorio nacional deberá disminuirse la ventaja de Abelardo de la Espriella en aquellos departamentos en que perdimos principalmente en Antioquia, el Eje Cafetero, Cundinamarca, Meta y los Santanderes. Pero al mismo tiempo deberá aumentarse la votación en Bogotá en por lo menos 700 mil votos, en los siete departamentos de la Costa Caribe aumentar la votación en por lo menos un millón de votos y en el corredor pacífico en por lo menos quinientos mil votos.

Hay que trabajar por la defensa de la vida y por la defensa de las reformas conquistadas en este gobierno    

«El contenido de las piezas comunicativas tiene que estar muy ligado a la defensa de las conquistas sociales que están en riesgo con el programa neofascista de Abelardo de la Espriella. Hay que llamar a la población beneficiaria de las reformas agraria, laboral, pensional, de la matricula cero en la educación superior a votar en defensa de las mismas. Allí debe estar un núcleo fuerte del trabajo, así como en las 134 entidades de la rama ejecutiva que propone eliminar y con ello el despido según ha afirmado de 700 mil trabajadores. Esta labor deberían asumirla los sindicatos en un gran trabajo sectorial con los trabajadores de esas entidades en riesgo para reducir el tamaño del Estado.

«Habría que recordarle al ignorante Abelardo asesorado por Daniel Raisbeck que como dijo Norberto Bobbio cada derecho en el Estado Democrático cuesta dinero y requiere de trabajadores que lo garanticen. Habría que proyectar una gran campaña desde ya dirigida a los campesinos sobre la necesidad de defender el Banco Agrario que es el único que llega a todo el país o de la Aerolínea Satena que es la única que llega a territorios distantes donde no llegan las aerolíneas comerciales. Abelardo ha hecho del programa neoliberal extremo su bandera electoral. Es todo esto lo que la campaña del progresismo debe explicarle a la población para no elegirlo.  Mostrar el desastre de Milei en Argentina y del injerencista Trump en los Estados Unidos.

Santana afirma que «podemos ganar si se corrigen los yerros de la primera fase de la campaña. Hay que trabajar fuertemente en las redes sociales, pero también y con material impreso en los territorios. Estamos corrigiendo, pero debemos hacerlo muy rápidamente y nuestro candidato debe caminar las ciudades, dialogar con la gente, hablarle concretamente de su programa de gobierno. Estar más cerca de la gente. Las concentraciones y manifestaciones ya dieron lo que tenían que dar, ahora es el trabajo con la gente, la comunicación y la pedagogía. Allí están los votos que se requieren para ganar. La gente en las regiones pide compromisos concretos y en el material que tiene Cepeda en sus manos están las propuestas. Nosotros mismos hemos entregado desde el pasado mes de abril una propuesta muy concreta de gobierno que no la vemos reflejada en las intervenciones que el candidato hace. Hay que hablar de los problemas concretos de la gente y de nuestras propuestas y lo que nos comprometemos a hacer en el nuevo gobierno progresista.

«Los condicionamientos del centro para un eventual apoyo también son importantes, pero a mi juicio no son los definitivos. Ya se ha cedido en bajar la propuesta de la Asamblea Nacional Constituyente que ha generado miedos y ruidos y también sin renunciar a la búsqueda de la paz mediante la negociación y el diálogo un replanteamiento a fondo de la llamada paz total. Estos son puntos sobre los cuales se puede dialogar y buscar acuerdos con Fajardo, Oviedo y Claudia López, pero sin poner en riesgo el programa de reformas democráticas que reclama la mayoría de la población colombiana» (Ver https://www.sur.org.co/la-victoria-en-primera-vuelta-del-neofascismo-de-abelardo-de-la-espriella/ ); pues, construir frentes amplísimos para derrotar a la ultraderecha, puede terminar vaciando el espacio político de alternativas reales. El reconocimiento de ese riesgo y la condena automática de dicha táctica son dos cuestiones bien distintas. Las victorias electorales ante la extrema derecha son cualitativamente distintas de las victorias políticas y sociales; resultan imprescindibles para ganar tiempo, para evitar que el neofascismo se consolide en el poder y se fortalezca hasta propinarnos una derrota catastrófica: un triunfo autoritario de largo alcance que cambie las reglas de juego durante décadas, dice mucho sobre la naturaleza del desafío que representa la votación del 21 de junio. Cuando la extrema derecha se consolida en el gobierno y construye sus propias ventajas estructurales (como ocurrió con Uribe Vélez), derrotarla electoralmente requiere de la aplicación de tácticas excepcionales, de maniobras que en condiciones normales serían absolutamente cuestionables y que, por supuesto, siempre conllevan riesgos políticos considerables. Se trata de un recurso de emergencia, irreproducible mecánicamente, que acarrea costos significativos.

Es imprescindible derrotar a De la Espriella.

Para decirlo de manera directa hoy la victoria electoral el 21 de junio ante la ultraderecha que encarna Abelardo de la Espriella es imprescindibles. Sin esta condición esta mafia reaccionaria se consolidaría en el poder, produciendo transformaciones institucionales regresivas de larga duración, rediseñando las reglas del juego para garantizar elecciones cada vez menos competitivas y propinarnos una derrota estratégica; por eso cuando no es posible derrotar estratégicamente al adversario, ganar tiempo se vuelve una necesidad política de primer orden.

Al hilo de la reflexión de Pedro Perrucca (Ver https://jacobinlat.com/2026/04/derechas-radicales-ni-ola-imparable-ni-fenomeno-pasajero/ ), una resolución de largo plazo solo puede derivarse de un cambio profundo en las relaciones de fuerza sociales; un cambio que excede con creces el terreno electoral y que ninguna coalición de gobierno, ninguna victoria simbólica en la confrontación mediática ni los logros de los mejores gobiernos progresistas pueden producir por sí solos.

La construcción de poder popular no puede reducirse a la acumulación electoral ni a la gestión progresista del Estado. El actual gobierno del presidente Gustavo Petro fue posible porque existió un movimiento social previo con capacidad de presión autónoma, pero cuando esos movimientos se subordinaron al ciclo gubernamental o fueron absorbidos por él, el gobierno popular quedo sin el contrapeso que lo empujaba hacia adelante y sin el colchón social que los protegía cuando llegaban las crisis, como está ocurriendo hoy. La lección no es nueva, pero parece seguir sin ser procesada del todo por las fracturas con algunos movimientos sociales en el sector estudiantil y agrario (Ver Perucca https://jacobinlat.com/2026/04/derechas-radicales-ni-ola-imparable-ni-fenomeno-pasajero/ ).

Históricamente lo único que logró cambiar las relaciones de fuerza en favor de las clases populares fue el ascenso de movimientos de masas, algo que va mucho más allá de las imprescindibles manifestaciones callejeras masivas (que sin un movimiento de fondo suelen apagarse en el corto plazo) y depende de la capacidad para construir visiones de futuro que arraiguen en las masas, logrando instalar la imagen de otra sociedad como un objetivo político posible y alentando el combate por una alternativa real al orden existente.

Para desplazar a la extrema derecha del lugar de intérprete del malestar popular, hay que tomarse en serio ese malestar. No como dato sociológico sino como experiencia política legítima que reclama una respuesta estructural. Las derechas radicales prosperaron en buena medida porque fueron las únicas fuerzas dispuestas a nombrar con cierta brutalidad algo que los neoliberalismos progresistas y las izquierdas moderadas llevaban años tratando de suavizar: el hecho de que el orden existente no funciona para la mayoría. Pero además supieron articular una demanda de orden que brotaba con particular intensidad de los propios sectores populares más golpeados, algo que el progresismo tiende sistemáticamente a ignorar o minimizar. Este reclamo no constituye un impulso meramente conservador ni un mero efecto mecánico de la manipulación mediática. Es una respuesta absolutamente comprensible (aunque políticamente peligrosa cuando la monopoliza la derecha) ante la experiencia cotidiana de inseguridad, corrupción, desprotección e instituciones que no funcionan. Los que más necesitan que el Estado aparezca y que las reglas se cumplan son precisamente quienes más sufren cuando eso no ocurre. Recuperar esa demanda para darle otro contenido, otra dirección y otra propuesta, tal vez sea el desafío político más difícil que enfrenta hoy la alternativa de izquierda planteada por Cepeda. Porque implica disputar un terreno que durante demasiado tiempo se entregó sin pelea.

Los desafíos pueden ser incluso más complejos hoy, contra una derecha que aprendió de las previas experiencias de resistencia y explosión popular y viene demostrado una capacidad notable para interpretar el malestar social y reconvertirlo en fuerza política reaccionaria. Ante este escenario, la pregunta estratégica que no podemos eludir es la de cómo construir fuerzas capaces de ofrecer una alternativa real a ese malestar del que hoy se alimenta la candidatura ultraderechista de Abelardo de la Espriella. Sin una respuesta contundente y clara a esa pregunta, cada victoria electoral puede constituir apenas un paréntesis antes de un resurgimiento reaccionario recargado o incluso multiplicado, como en el caso de las famosas cabezas de la Hidra de Lerna[2]. No basta con lograr un intervalo si no sabemos qué hacer con ese tiempo precioso.

Para concluir, queda claro que un análisis riguroso de nuestra difícil realidad actual no habilita un optimismo excesivo, pero tampoco demuestra que no tengamos más alternativa que la resignación. Tras su discurso de omnipotencia e inevitabilidad, hemos visto que estas nuevas derechas también sangran. Podemos derrotarlas. Como seguramente ocurrirá en las elecciones de medio término en los Estados Unidos o como ya ocurrió con la señora Meloni en Italia y su referendo para la reforma judicial.


[1] Es necesario agregar que la ultraderecha tiene un programa de transformación institucional que no apunta a destruir a la democracia formal sino a vaciarla de contenido real. Por eso se propone el control del Poder Judicial, el desmantelamiento de la burocracia publica independiente, la colonización de los medios de comunicación y un rediseño del sistema electoral para garantizarle ventajas estructurales al partido gobernante como se lo propuso Uribe Vélez en su momento. No se trata de ultraderechas que quieran volver al pasado sino de facciones que tienen un claro proyecto para el futuro: uno en el que la democracia liberal sobreviva apenas como cáscara mientras que el poder real se concentra cada vez más en unas pocas manos.

[2] La Hidra de Lerna, en la mitología griega, era un monstruo acuático de múltiples cabezas, aliento y sangre venenosos. Dependiendo de la fuente clásica, se dice que tenía entre 7 y 9 cabezas, e incluso hasta 50 o 100 en algunas versiones.

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