Nacido en Isfahán (Irán) hace 34 años, Shayan Oveis Gharan se ha convertido este verano “por sus contribuciones fundamentales a la teoría de algoritmos” en ganador de la Medalla Abacus 2026, el mayor reconocimiento mundial a un científico de la computación menor de 40 años. Entre sus grandes hitos está mejorar, junto con su antiguo estudiante Nathan Klein, la mejor aproximación conocida al problema del viajante, con aplicaciones que van del reparto de paquetes al diseño de circuitos electrónicos o la secuenciación de ADN, cuyo límite llevaba sin mejorarse desde 1976; o resolver con su colaboradora Nima Anari varias conjeturas abiertas sobre las llamadas cadenas de Markov, una herramienta clave para simular sistemas complejos, con aplicaciones que van de la física estadística al aprendizaje automático.
En la misma ceremonia de apertura del congreso, el 23 de julio, la Unión Matemática Internacional entregó también las Medallas Fields, el mayor galardón de las matemáticas, a otros cuatro investigadores menores de 40 años: el chino Yu Deng, el estadounidense John Pardon, el ruso Jacob Tsimerman y la también china Hong Wang, la tercera mujer en ganar el premio. Salvo Tsimerman, que está en la Universidad de Toronto, todos desarrollan su carrera en instituciones estadounidenses. “Este año, cuatro de los cinco premiados menores de 40 años (entre la Fields y la Abacus) éramos inmigrantes, y muchos trabajamos en Estados Unidos. No sé si eso seguirá siendo así dentro de unos años, si el país sigue por este camino”, reconoce Oveis Gharan, quien se dice preocupado por el efecto de las políticas migratorias del Gobierno de Donald Trump en sus estudiantes.
Él estudió ingeniería informática en la Universidad Sharif de Teherán antes de doctorarse en Stanford y completar un posdoctorado en Berkeley. Hoy es catedrático en la Universidad de Washington, en Seattle. EL PAÍS conversó con él en Filadelfia, pocos días después del anuncio del premio. Sorprende la cercanía y la calidez con la que se expresa: se ríe con facilidad, cuenta anécdotas familiares sin que se le pregunte. Y al hablar de Irán y de lo que ha significado el premio para su gente, se le humedecen los ojos. Insiste en que quiere que el lector se quede con algo más que la política que ha enfrentado a su país de origen y al que desarrolla su carrera y en el que vive: con la belleza de las matemáticas que surgen al abordar un problema tan cotidiano como el del viajante, y con la alegría, dice, de haber podido, por una vez, devolver esa belleza a su gente.
Pregunta. El premio reconoce, entre otras cosas, sus aportaciones al problema del viajante, un clásico de la optimización. ¿Por qué atrae tanto a los matemáticos?
Respuesta. Hay muchos problemas de optimización en el mundo real que necesitamos resolver: los camiones que reparten paquetes a domicilio, los conductores de aplicaciones de transporte, a los que hay que emparejar con los pasajeros… Muchos de estos problemas, entre los que está el del viajante, resultan ser lo que llamamos NP-completos, lo que significa que no esperamos poder resolverlos de forma óptima y eficiente: si el tamaño del problema es lo bastante grande (cientos o miles de elementos), ningún ordenador podría resolverlos, ni en toda la vida del universo.
- Como matemáticos, asumimos que no podemos encontrar la solución óptima de forma eficiente, pero buscamos maneras de encontrar respuestas que sean, siempre, solo un 10%, un 20% o un 50% peor que el óptimo.
- Hasta sus aportaciones, el mejor algoritmo para aproximar el problema del viajante ofrecía una respuesta 50% peor que el óptimo.
- Sí. Fue uno de los primeros algoritmos de aproximación diseñados en el campo, en los años setenta del siglo pasado. Su creador, Nicos Christofides, nunca llegó a publicarlo: quedó como un simple informe técnico, porque en su momento le dijeron que la idea era “demasiado básica” para recogerla en una revista científica. Es gracioso: ahora yo estoy recibiendo un premio muy prestigioso por mejorar un algoritmo que ni siquiera llegó a publicarse. Pero entonces ni siquiera se sabía con certeza si esos problemas eran realmente inabordables. Después de aquel artículo, muchos esperaban que se mejorara pronto: es un algoritmo tan simple que no debería costar tanto superarlo. Pero, por alguna razón, no ocurrió.
- Hasta que llegó su trabajo…
- Mucha gente lo intentó y hubo bastante progreso, pero solo en casos especiales; la versión general del problema seguía abierta. Yo empecé a trabajar en ello siendo estudiante de doctorado, hacia 2010.
- Debe ser apabullante enfrentarse a un problema así de grande siendo estudiante de doctorado. ¿Por qué decidió hacerlo?
- Mi director de tesis fue quien lo sugirió. Me dio mucho vértigo trabajar en algo sobre lo que habían fracasado tantas mentes brillantes. Pero habíamos dado con un algoritmo, que utilizaba técnicas nuevas de probabilidad, pensado para otro problema distinto, que parecía encajar muy bien con el del viajante. Así que dimos con el algoritmo y no encontrábamos ningún ejemplo que fallara, pero solo conseguimos demostrar su efectividad para algunos casos especiales, no para el caso general. Necesitábamos más herramientas.
- Diez años más tarde, lo consiguió.
- Sí. Pasé un tiempo aprendiendo mucha más matemática y volví al problema unos siete u ocho años después. Conseguí un estudiante de doctorado muy bueno, Nathan Klein, y con él, hacia 2017, retomamos el trabajo; en 2020 atacamos por fin el problema general. Me sorprendió que hiciera falta tantísima matemática nueva para analizarlo. Ahora mismo hemos conseguido solo una pequeña grieta: un poco mejor que la que había. Pero lo importante de nuestro resultado es que no teníamos la cota correcta; debería ser algo menor. Quizá, con más matemática, se pueda hacer un análisis todavía mejor. Muchos investigadores lo están intentando. Veremos.
- Inicialmente, usted quiso ser ingeniero y trabajar en problemas con una aplicación directa en la vida de las personas.
- Hice mi carrera en Ingeniería Informática, en la Universidad Sharif. Culturalmente, allí se cree que es mejor opción que Matemáticas. Existe la idea de que, si haces ciencia, debe ser algo útil. Llegué a la investigación con esa creencia muy arraigada. Pero entonces mi director de tesis me puso a trabajar en problemas abiertos muy difíciles, y nada útiles. Poco a poco fui encontrando la belleza en esa abstracción.
- Pero usted ya tenía gusto por las matemáticas desde niño. También participó en las Olimpiadas de Matemáticas.
- Sí. Mi madre nos animó siempre a estudiar antes que a jugar, y aprendí muchísima matemática en la escuela secundaria. Luego, en Sharif se reúne a los mejores estudiantes y hay muchos grupos de estudio. Muchos estudiantes planeaban emigrar en busca de un futuro mejor, y la motivación para hacer investigación venía sobre todo de ahí. Yo escribí mi primer artículo siendo estudiante de grado, con algunos compañeros de clase; no era gran cosa, un problemita menor, pero esa experiencia me ayudó después a que me admitieran en Estados Unidos.
- ¿Cuándo decidió dedicarse a una carrera científica?
- No lo tenía claro. Por un lado, pesaba la idea de que, como ingeniero, tenía más esperanza de recibir un buen sueldo. Y no estaba seguro de querer venir a Estados Unidos. Emigrar no es fácil: hay que dejar a la familia, empezar de cero. Fue mi esposa quien insistió, quería que viniéramos; mi hermana, que hacía el doctorado en Stanford, también me animó.
- ¿Cómo fue su llegada?
- No fue fácil, aunque teníamos una situación privilegiada: mi esposa también tenía apoyo financiero al principio, y después entró en un programa de doctorado en informática. Aun así, como estudiantes ganábamos unos 2.000 dólares al mes; un tercio se iba en impuestos, y con el alquiler apenas quedaban 200 dólares para vivir. La situación ha cambiado mucho para los dos: ella es ahora directora de tecnología de una empresa de educación onlineque fundó, NovoEd, y yo soy catedrático en la Universidad de Washington. Aunque sigue habiendo cosas muy complicadas.
- ¿Cómo afecta la tensión entre Estados Unidos e Irán?
- En muchos aspectos. Una de las cosas más frustrantes es no poder hacer nada: desde aquí, puedo hacer alguna publicación en redes en apoyo, pero ¿a quién le importa eso realmente? El país en el que vivo y al que pago impuestos está bombardeando a mis compatriotas iraníes. A veces hago el cálculo: sé cuánto pago de impuestos, sé cuál es el presupuesto del Gobierno, y me sale que unos mil o dos mil dólares de lo que pago habrán ido a esos bombardeos. Y no puedes hacer nada al respecto. Llamé a mis senadores para decirles que no quería que mis impuestos se usaran así. Le he dicho a mi esposa que quizá deberíamos mudarnos a Europa, pero ella dice que ya emigramos una vez, que es muy difícil volver a hacerlo.
- En este contexto, ¿qué valor cree que tiene este premio que le han entregado aquí?
- Muchos medios en Irán escribieron sobre el premio, y pude leer los comentarios en redes: muchos iraníes se alegraron con la noticia. Eso me hizo feliz: que la gente que ha estado sufriendo este último año, con los problemas económicos, la guerra y todo lo demás, se alegrara aunque fuera por unos minutos.
- En los últimos meses, miles de matemáticos firmaron una petición para trasladar el Congreso Internacional de Matemáticos (ICM) fuera de Estados Unidos, por el clima político del país. ¿Qué opina?
- R. Existe esta prohibición de viajar de Trump que excluye a unos 30 o 40 países, cuyos ciudadanos no pueden obtener bajo ninguna circunstancia un visado para venir a Estados Unidos. Irán es uno de ellos. No conozco a nadie de Irán que haya podido venir al ICM. Y es solo un congreso, pero nosotros vivimos aquí, y es como si el gobierno, cada día, sacara una política nueva para hacernos la vida más difícil.