Será que ahora sí los negros en EE UU retomaran en serio las banderas de Malcolm X y Martin Luther King…

Justin Pearson está jugando una partida en la que marcaron las cartas a favor de su rival cuando ya habían empezado a jugar.
Pearson es candidato demócrata al Congreso por el distrito noveno de Tennessee (TN-9), uno de los tres del Sur de Estados Unidos que los republicanos rediseñaron a toda prisa al calor de la sentencia del Tribunal Supremo que recortó en abril la Ley del Derecho al Voto de 1965. El fallo hirió de muerte una de las grandes conquistas de la era de los derechos civiles. Prohibió tomar en consideración asuntos raciales para dibujar circunscripciones electorales, pero la mayoría conservadora del Supremo sancionó que esas decisiones se tomen por motivos políticos.
Es el dibujo partidista de los distritos que se conoce como gerrymandering, una práctica tan típicamente estadounidense como antidemocrática. La sentencia llegó a tiempo para desplegar sus efectos en las elecciones de mitad de mandato del próximo 3 de noviembre. Y sirvió para romper tres mapas en los que los afroamericanos, que suelen votar demócrata, eran mayoría. Los otros dos están en Luisiana y Alabama.
En Tennessee, el Parlamento estatal partió en tres la circunscripción del condado de Shelby, que es el de la ciudad de Memphis, un 63% de cuyos 388.000 habitantes son negros. Sus vecinos solían votar juntos, pero a partir de ahora lo harán con otros. El TN-9, al que Pearson aspira a representar en Washington, va ahora casi hasta Nashville, e incluye, con sus 350 kilómetros de anchura, poblaciones rurales, blancas y republicanas. El resultado es la disolución de la representación negra, con el objetivo de que los nueve congresistas de Tennessee en Washington sean conservadores (frente a los ocho actuales).
De todo el Estado a una sola calle
Los distritos del nuevo mapa electoral de Tennessee, aprobado en mayo
Aun así, Pearson, de 31 años, confía en que ganará en las midterms frente a su rival, Brent Taylor, además de por la sentencia del Supremo, por los mismos motivos por los que las encuestas auguran un batacazo para los republicanos: la impopularidad de Donald Trump, el coste de la vida y de la gasolina, la corrupción de la Casa Blanca y la guerra en Irán.
“[El fallo del Supremo y el gerrymandering] Fueron decisiones racistas. Quisieron silenciar nuestra voz, pero no hicieron bien la cuenta. Se está movilizando gente que normalmente no vota, y estamos en condiciones de ganar”, dijo el demócrata en una entrevista con EL PAÍS la semana pasada, pocos días después de que su partido incluyera su campaña en una lista de contiendas que de pronto pintan bien.
La de su rival Taylor no contestó a los ofrecimientos de este diario para que el candidato diera su versión.
Con un carisma sonriente, su pelo afro, los trajes estrechos y esa manera combativa y populista de hacer política, Pearson se hizo famoso con el puño en alto cuando fue expulsado hace tres años junto a otros dos congresistas del Capitolio de Nashville por protestar en favor del control de armas. Desde entonces, se ha convertido en un símbolo de ese Sur negro que se revuelve contra la xenofobia y los ataques a la discriminación positiva de la Administración de Trump.
Han pasado seis décadas desde que sus antepasados hicieran historia en la era de los derechos civiles. Y esta es la ciudad en la que mataron a Martin Luther King Jr. (MLK). Pero Ian Randolph, de la NAACP (siglas en inglés de Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color), organización que fue clave entonces, considera que a los suyos les toca revivir la “lucha” de sus “abuelos y bisabuelos”. “Mis hijos tienen menos derechos de los que yo tuve al nacer. Y mi nieto, menos que mi hija”, explica.
Randolph, que nos citó en la histórica sede de la NAACP en Memphis, ha fundado la Coalición por el Voto del Condado de Shelby, con la que se dedica a fomentar la participación de las comunidades afroamericanas y latinas. Está funcionando, dice. Y saca un papel que compara barrio por barrio y día por día las cifras del voto anticipado, que en el condado de Shelby empezó a mediados de octubre, con la de las últimas legislativas, en 2022. El total se ha duplicado, lo que para él solo puede significar que la mayoría negra de la ciudad se está rebelando contra la decisión del Supremo.
“Estamos viviendo una reacción a Obama y a que Kamala Harris fuera vicepresidenta”, opina el pastor Keith Blackwell sobre el cercenamiento de la Ley del Derecho al Voto. “Es también la frustración de las clases bajas por la desindustrialización, por la muerte del progreso. Y es el brutal legado de la supremacía blanca. Trump quiere devolvernos a 1860″, añade en referencia al año anterior al inicio de la Guerra de Secesión que trajo el fin de la esclavitud.
Caldwell es pastor de la Iglesia Metodista Unida Centenary, donde MLK dio su último sermón el día antes de morir. Además de un referente de la lucha por los derechos civiles, el templo es un faro al sur de la ciudad, la zona que ha contribuido tradicionalmente a la fama de Memphis como la urbe más peligrosa de Estados Unidos. Es una reputación que molesta a sus vecinos, que, con todo, le aconsejan a uno que vaya con cuidado.
La vida social se articula en esas calles, a las que algunos turistas despistados llegan en busca del museo del sello de soul Stax, en torno a lugares como Art House, un restaurante de barbacoa cuyas “costillas” de pavo ahumadas (que, en realidad, son los homoplatos del ave) son memorables.
Uno de sus propietarios, un hombre llamado Loroni Butler —que se presenta como pariente del cantante de soul Jerry Butler y de Emmett Till, niño cuyo salvaje asesinato en 1955 fue un símbolo de la brutalidad racista del Sur— contó que la política anima estos días las conversaciones en el restaurante. Y que está viendo “más ganas de votar” que nunca.
Centros de datos
Butler es optimista, aunque no tanto como Booker Batsell, que, para describir lo que cree que pasará el 3 de noviembre, citó el Génesis: “Lo que el diablo intentó para mal, Dios lo cambió para bien”, dijo a las puertas del Ayuntamiento antes de participar junto a Pearson y centenares de ciudadanos cabreados en una tensa reunión de cinco horas para debatir una moratoria para la construcción de nuevos centros de datos que no salió adelante. “Han creado tres nuevos distritos a partir de uno solo, que era demócrata, y les va a estallar en las manos, porque los republicanos perderán los tres”, añadió Batsell.
Hasta ver si la maniobra le pasa factura al partido de Trump, los expertos en derecho al voto sin adscripción política alertan de otro efecto de la sentencia del Supremo: su poder para desincentivar a los electores, al no verse reflejados en los candidatos que los representan. Además, el riesgo de confusión es alto cuando los mapas se dibujan en circunstancias excepcionales. Estos se revisan de oficio cada 10 años, al cambiar el censo, para ajustarlos a las nuevas realidades demográficas. Lo que ha pasado fuera de fecha en Tennessee (y en muchos otros lugares, en los que los demócratas también han salido favorecidos) obedece a las presiones de Trump para cambiar las reglas de las elecciones.
El resultado de las prisas en Memphis es que muchos votantes ni siquiera saben a qué circunscripción pertenecen. Y no solo les pasa a los despistados o a los desinformados.
El historiador Aram Goudsouzian, autor de celebradas biografías sociopolíticas sobre el actor Sidney Poitier o el baloncestista Bill Reilly, admitió que se encuentra en esa situación durante una entrevista en su despacho de la Universidad de Memphis en la que recordó que en esta ciudad la población negra tuvo derecho a votar mucho antes que en otras urbes del Sur (siempre que lo hicieran por los candidatos de un “cacique” llamado Edward Crump). También, que, “si la Ley de Derechos Civiles eliminó [en 1964] la segregación, la del Derecho al Voto convirtió al año siguiente a la población negra en ciudadanos legítimos”.
Los vecinos de la pequeña avenida Elzey, en el gentrificado barrio de Cooper Young, son los que peor lo tienen. Con los nuevos mapas, los que viven en la acera norte votan en el distrito quinto. Los de enfrente, como Reba Milton, una jubilada blanca que ya tiene lista su casa para un Halloween como la tradición pagana manda, lo hacen en el noveno.
Memphis, calle a calle
Acerque el mapa para ver por dónde pasa la nueva frontera entre distritos o busque una dirección
Milton, que se definió como independiente, no se había enterado de que su hogar, en el que vive desde hace “más de 20 años”, está en la línea del frente de las guerras del gerrymandering. Tal vez porque le preocupa más otra frontera: la valla que levantaron a 10 metros de su casa para impedir el acceso a una urbanización recién construida y que le obliga a dar un rodeo para ir al otro tramo de la calle.
Tanta confusión electoral es menos importante para Kristin New, jefa del Partido Republicano en Germantown, que el efecto “positivo” que, en su opinión, trajo el fallo del Supremo. “En la práctica, ha deshecho un dibujo injusto. Se creó un distrito que correspondía a un condado, el de Shelby, y eso no estaba bien. Favorecía a un partido, el demócrata. Tampoco puede ser”, considera.
A la pregunta de si la sentencia también supone silenciar a la población negra, negó la mayor. “¿Por qué debería importar el color de piel? Un político no debe ser fiel a una raza, sino a la Constitución. No entiendo esas críticas”.
New, que definió al demócrata Pearson como “un radical socialista” y a su rival, Brent Pearson, como “alguien preocupado por el crimen”, que “intercedió para que Trump enviara a la Guardia Nacional”, estaba haciendo campaña en un colegio electoral de esa ciudad dormitorio al sur de Memphis, mayoritariamente blanca y tendente a votar conservador. El lugar estaba sorprendentemente ajetreado para ser una mañana de jueves. Había candidatos a alcalde y al consejo escolar y electores mayores que llegaban en sus 4×4. El voto por adelantado goza de buena salud también allí, lo que da que pensar que no solo los demócratas están participando más que nunca.
No todos se mostraron en Germantown igual de contentos que New con los nuevos mapas. Andy Ellis, que se define como “conservador”, dijo que le gustaría poder votar con sus vecinos, “aunque piensen distinto”, y que lamenta que “el centro” haya “desaparecido” en Estados Unidos. Y a la republicana Karen Whitlock le parece mal que el Parlamento de Tennessee actuara “tan rápido” y no se esperara a la siguiente elección. “Pero es lo que hay, y, en todo caso, es una maniobra legal”, dijo.
Si las casas unifamiliares de césped impoluto de Germantown contrastan con las calles jalonadas de comercios cerrados y gasolineras por las que pululan individuos sin hogar del Sur de Memphis, conducir más al Este por el distrito TN-9, hasta la pequeña localidad de Moscow, por ejemplo, es hacerlo a otro mundo. Un mundo de granjeros barbudos con gorra, destartaladas camionetas, tiendas con camisetas con mensajes como “quiero a una sola mujer y varias armas” y desconfiada hospitalidad sureña.
El 3 de noviembre, ambos mundos confluirán en las urnas para decidir sobre un futuro conjunto que la comunidad negra de la gran ciudad teme que, seis décadas después, vuelva a dejarles atrás. En una de las calles del Norte de Memphis, un cartel no electoral recuerda aquella lucha antirracista en letras negras sobre fondo blanco. Dice “I Am a Man” (soy un hombre), como aquellos que enarbolaban los trabajadores de la limpieza que en 1968 se movilizaron en una protesta que vino a apoyar Martin Luther King cuando lo mataron en el motel Lorraine.
Lo fabricó y colocó frente a su casa William Clark “hace unos 25 años”. Mientras repara el cristal de la puerta, que la policía rompió, asegura, antes de dar oportunidad a su hijo a salir por su propio pie, Clark dice que quitará el cartel cuando considere que a los negros les dejan de una vez por todas “ser hombres” en el viejo Sur.

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