Semejanzas entre el Libertador y Simón Rodríguez, analizadas por Rufino Blanco Fombona…

Ambos tenían un sueño de regeneración social, que en el uno quedó en nebulosa y que el otro realizó. Ambos son impulsivos, emotivos, dromómanos. Anómalos ambos, se buscan, simpatizan.

Con penetración escribe Don Simón Rodríguez a su ilustre discípulo cuando ya era «el hombre de América»:

«Amigo, en mi concepto, es el que, simpatizando conmigo física, mental o moralmente, se me declara afecto. Tengo por consiguiente tres especies de amigos, que llamo simples cuando no me los atraigo sino por una sola cualidad, y compuestos (dobles o triples), cuando coincidimos en dos o en las tres. En usted tengo un amigo físico, porque ambos somos inquietos, activos, infatigables; mental, porque nos gobiernan las mismas ideas; moral, porque nuestros humores, sentidos e ideas dirigen nuestras acciones al mismo fin. Que usted haya abrazado una profesión y yo otra hace una diferencia de ejercicio, no de obra».

Como se ve, Don Simón se creía también un Libertador; su amistad con el discípulo abrazaba los tres estados era absoluta. Por su parte, Bolívar corresponde con igual y no menos encendido afecto, aunque lo razonara menos y lo atribuyese a gratitud por los desvelos del antiguo maestro. La consustancialidad espiritual era completa y tenía una raíz probablemente en la psicosis de uno y otro.

Más que instructor, Simón Rodríguez fue de veras para Bolívar un maestro: no le enseñará a pensar porque el pensamiento es una función del cerebro de cada cual; o le enseña a pensar como se enseña a caminar al infantillo sin poder adivinar hacia dónde, tiempo adelante, dirigirá los pasos. Simón Rodríguez, más que vulgar pedagogo, fue para el joven Bolívar un estimulante, un inductor. Es decir: maestro.

Don Simón Rodríguez tuvo a su cargo espiritual al pupilo en Venezuela de 1790 a 1797; desde los siete a los catorce años de Bolívar… Alejado Don Simón Rodríguez de Venezuela, viajero por Europa, no volvió a encontrarse con Bolívar hasta 1804. En Viena, Rodríguez trabajaba en el laboratorio de un químico alemán, si hemos de creer en ese punto a una carta atribuída al Libertador. Viena u otra ciudad, para el caso, da lo mismo. Lo interesante es la fecha.

Bolívar había llegado de América apesadumbrado por la muerte de su esposa. Hombre de extremos, había caído el joven, de temperamento excesivo, en aguda neurastenia. Veía el mundo en negro. Su romanticismo se exaspera en el dolor, no halla nada que le distraiga en París. Hasta cae enfermo.

Rodríguez le aconseja que se reúna con jóvenes de su edad, con mujeres; y le hace ver que existen en el mundo, además del amor, ideales a que consagrarse: las ciencias y la libertad de los pueblos oprimidos, por ejemplo. No tenía el pupilo vocación científica; pero política, sí. Y la vocación empezaba a despertar, bajo la influencia de Don Simón Rodríguez.

Fue en aquella época, para distraer al apesadurado y melancólico pupilo, enfermo de neurosis y de romanticismo, víctima del mal de la época, el mal de Werther y de René, cuando el maestro le invitó a realizar un viaje a pie por el Sur de la Europa Central. Recorrieron Francia, Suiza, Italia. Era la primavera de 1804. Ese fue el tiempo del juramento en Roma.

De nuevo en América, Bolívar no volvió a ver a su maestro hasta 1824, poco tiempo, en el Perú. Y ya nunca más se vieron, aunque en esa última época —1825— le escribió Rodríguez varias veces al Libertador, dándole quejas de sus tropiezos con los hombres y preocupaciones de América, que dificultaban el ensueño del pedagogo: la redención del Continente por la instrucción.

Cuando supo Bolívar, en enero de 1824, que Don Simón Rodríguez, a quien no veía desde veintiuno años atrás, había llegado a Colombia, le escribió desde el Perú, donde a la sazón estaba, una bella y generosa carta. Allí le recuerda las horas vividas juntos, las enseñanzas que en la infancia recibió del maestro, el juramento juvenil del Monte Sacro, en Roma. «Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. He seguido el sendero que usted me señaló. Usted fue mi piloto, aunque sentado sobre una de las playas de Europa… Usted habrá visto mis pensamientos escritos, mi alma pintada en el papel y no habrá dejado de decirse: Todo esto es mío». (Bolívar a Don Simón Rodríguez, Pativilca, 17 de enero de 1824).

Generoso respecto a cosas materiales y respecto a cosas de orden moral, lo mismo reparte sus bienes que sus elogios. Como a menudo atribuye a sus tenientes y colaboradores ideas, sentimientos y acciones que él les inspira, atribuye ahora Bolívar a Don Simón Rodríguez la independencia de la América española.

Ya iremos viendo cómo el joven Simón Bolívar siguió cultivando su espíritu y las influencias que sucesivamente sobre él se ejercieron.

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