Guillermo Guzmán
No soy leguleyo ni jurista, tampoco me la echo de tal ni de cual; no me meto en camisa de once varas porque soy flaco y a más, a veces me patina el coco; luego, no tengo competencia en este asunto pero si la tuviese, y en atención a la racionalidad, menos osaría yo siquiera intentar lastimar con leve roce la susceptibilidad de fulano o de zutano, menganejo, mengano, menganillo o de perencejo porque eso no está en mí de ninguna manera, ni en sueños contimás despierto, espabilao; pero si usted pone en mis manos callosas una escoba, una escardilla, un martillo —y mire que no un anzuelo ensedaleado, un garapiño íd, un bou, o si prefiere una simple atarraya de seis varas y, menos un palangre porque eso es “mucho pantalón pa´pedro”— sabré usar medianamente.
Eh, incito a que ponga usted en mis manos un ejemplar de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela 1999 y sin yo abrirlo tenga por seguro que le voy a decir: ¡anjá, venga a mí que tengo flor! —y de seguida— “ese libro es contentivo de un magnífico párrafo, excepto por un detalle que, desde mi modesto punto de vista, debe ser revisado y corregido”.
Entiendo que revisar no siempre es abocarse a corregir pero si el revisor —en este caso han de ser, los revisores— es pilaponte va a ponerse mosca por sí las dípteras, ipso facto y se avocaría al asunto.
En principio, estimo yo acá en mi ignorancia, que si bien la Constitución de 1811 pudo haber sido un faro hemisférico al respecto del constitucionalismo en sí, en sentido lato, mayor relevancia tiene el que Venezuela hubiese entrompado pionera en ese menester, esplendorosamente, no obstante dado el decimonómico complejo contexto de esa época, y hasta el sol de hoy Venezuela sigue entrompando con butría en ese campo, para muestra un botón, la “Bolivariana” de 1999, hechura del Comandante Chávez en concordancia con un gran pueblo, el pueblo venezolano, ¡sí señores!
A la sazón en 1810, poco antes de concretarse la citada gesta jurídica de Venezuela como Estado libre del yugo imperial español (entonces depuesto por el emperador Napoleón Bonaparte, pero latente de facto) —1811— los partidarios de mantener las rodillas magulladas en homenaje al felón Fernando VII estuvieron liderados por ocho curas lloricas y otros arrastrados, lloricas porque Napoleón le pisó los callos a la monarquía española y dado que burro con burro se rascan, esa gentucita, junto con algunos masones se abocó a la causa independentista liderada por verdaderos patriotas, aquellos no precisamente por amor a Venezuela sino por amor al rescate de la monarquía española.
De ahí que al redactarse esa primera Constitución, ésta nació chimba puesto que los oligarcas tuvieron mayoría sobre nosotros, por lo que impusieron que ajuro y porque sí el naciente Estado venezolano asumía la religión católica como la única alternativa de culto religioso para toda persona y su inviolabilidad era el primer deber de la nación y que no se permitiría en todo el territorio nacional ningún otro culto público ni privado ni doctrina alguna contraria a los dictados de los reyes católicos de España (estos, depuestos desde 1808 hasta 1813, si no estoy pelao).
Como es de observar, no hubo libertad de culto en la Constitución de 1811, como sí lo decreta la Bolivariana y esto es correcto, lo que es incorrecto es que el dogma religioso prosiga como mascarón de proa de nuestra Constitución que sigue rindiendo homenajes a un Dios que nadie ha visto ni verá puesto que no existe un solo testimonio a ese respecto ni lo habrá porque Dios es un mito, un dogma, dado que Dios no hizo al hombre sino que el hombre hizo a Dios para tratar de explicarse fenómenos como el rayo, la lluvia, el sol, las estrellas y pare de contar y, pues, al no acceder a una justificación, el hombre se echó las bolas al hombro y, san se acabó, ahí nació el invento: ¡todo lo hizo Dios!
Pero esa narrativa se cae por su propio peso porque si Dios es el creador de todas las cosas, entonces él creó a Simón Bolivar para que construyera a Venezuela pero también creó a Donald Trump para que intentase destruirla.
Si Dios te creó a ti, también creó a tu enemigo para que no te dejase vivir en paz, y esa insalvable contrariedad debe hacerte reflexionar, he aquí otro ejemplo: los gringos inventaron la premisa de que Dios les había ordenado someter a esclavitud todo el territorio comprendido entre el Océano Atlántico y el Océano Pacífico, es así entonces que arrebataron a México la mitad de su territorio, y esa premisa constitucional de ellos, supuestamente es un mandato divino, un mandato de Dios y que ellos consagran como “Destino manifiesto”, y la otra cara de esa moneda es la “Doctrina Monroe” también inducida por Dios.
Vamos entonces nosotros a seguir con esa mandilata de estupideces nada más y nada menos que como puntal de nuestra Constitución Nacional?
Hace poco estuve escuchando el discurso de un destacado diputado nacional, insospechable de estar contra el Presidente Maduro, hoy secuestrado por Donald Trump, y sin embargo durante todo su discurso él dijo siete veces que Venezuela era de Dios (palabras menos palabras más); no nombró a Simón Bolivar, ni a Zamora, ni a Sucre, ni a Chávez, ¡tampoco a Maduro! Y eso me puso capcioso, muy capcioso, o para decirlo áspero, eso me arrechó porque deduje que hay una brecha peligrosa hacia un camino indebido.
Pero entonces me enfoqué en el preámbulo del caso y razoné que desde el punto de vista jurídico esa burrada era legal porque ahí está consagrada esa palabra-dogma, de modo que yo cavilo y cavilo y no encuentro otro remedio que denunciar: ¡chaumbele!
Yo soy agnóstico, no soy ateo ni antirreligioso, considero y respeto profundamente que cada quien crea en lo que le dé la gana, ¿que crea en Dios? ¡Bien bueno!, pero para que la Magna Carta del Estado venezolano sea el libro de todos tiene que incluir a los agnósticos, a los ateos, a los religiosos de todas las doctrinas de todos los Dioses y basta con que exprese la libertad de culto y que ninguno de ellos se apropie en particular de los medios del Estado venezolano para promocionarse en modo alguno indebido.
Otra opción que os propongo es que dejen a Dios tranquilo ahí pero que entonces nos den, a los no dogmáticos, el mismo lugar e importancia que a los dogmáticos.
Más de un diputado ateo —me consta— juró en vano, juró ante el Patriota Jorge Rodríguez defender “…ante Dios…y si no que os lo demande…”, … y eso significa hacer juramento que no vas a cumplir…” le dije.
Adenda:
Pilaponte = mosca con las pilas puestas