Vencer también la última, la más grande tentación,
la Esperanza. Luchamos porque nos gusta;
cantamos aunque no exista oído que nos escuche.
Trabajamos, aunque no haya un patrón que,
al atardecer, nos pague un salario…
¿Dónde vamos? ¿Venceremos alguna vez?
¿Para qué todo este batallar? ¡No preguntes: combate!…
La esencia de nuestro Dios es el combate.
ASCÉTICA, Niko Kazantzakis
Como el bochorno que sigue a una larga pesadilla, vemos en nuestros pasados orfandad. Orfandad de luz en quienes llegaron a “salvar” nuestras almas; orfandad de sueños propios: sin tradición de unidad nacional para nada. Ahora nos hablan de que hubo un “encuentro”. Encuentro, como quien ve un objeto precioso en el camino, se detiene, lo palpa y, feliz de su suerte, exclama: “Es mío”; pero alza la mirada y afirma que hasta donde ven sus ojos y aún más allá también le pertenece. El resultado de un «encuentro» nos dejó endeudados, sometidos, como seres mutilados y desamparados que no atinan en sus pasos; con sensaciones de cansancio y de sombras perseguidas; fugitivos de sí que han tenido que surgir a la historia de occidente de la mano de Europa.
¿Indios, negros, mulatos, blancos? Un color de piel que nada dice de nuestra raza.
Ahora la misma tierra que vieron aquellos invasores está allí, y sigue sin pertenecernos. Se quedaron eternamente con ella, con sus recursos y con sus tesoros, y hasta nos quitaron el alma, porque hicieron de nosotros unos zombies contentos de nuestras servidumbres. El mayor crimen después del “descubrimiento” fue despojarnos del derecho a tener criterios propios, a ser soberanos, a tener dignidad, a vivir con independencia.
Nos hemos pasado la vida tratando de amar y de sentir como ese hombre modelo que nunca ha estado en nosotros, y que nos han querido inocular a sangre y fuego. Y dos siglos hemos vivido desgarrándonos en esa lucha.
Si la situación de estas tierras de América Latina mostrara un aspecto que no fuera al que nos hemos acostumbrado a ver: insólito desorden, abusos y catástrofes de toda naturaleza, quizás la figura de Colón apareciera con algún valor en los anales de las grandes exploraciones, sin el ribete de tipo moral que en virtud de los desmanes que nos destrozan y atormentan hemos dado por asociar a su persona, pero fue tal la fuerza de destrucción y maldad, el concepto de posesión y “descubrimiento” anidada en el corazón de los europeos, que muy poco habría podido hacerse para morigerar la dirección de los hechos que siguieron a la llegada de Colón . De modo que la presencia del famoso Almirante en este accidente de infinitos atropellos, es apenas un detalle circunstancial en medio del drama que va a producir el fulano “descubrimiento”. No hay nada que celebrar el 12 de octubre. Porque todavía España persiste en su plan (ahora en connivencia con Estado Unidos) de mantenernos colonizados. No hay que olvidar que el rey imbécil Juan Carlos de Borbón, cuando asistió a los actos del Bicentenario del nacimiento de Simón Bolívar, en sus palabras se negó a llamarlo Libertador, sino general. Posteriormente, unida España a los poderosos de la tierra, sus intereses han marchado al unísono de lo que le dicta el imperio norteamericano.
Vamos con las servidumbres a cuesta, llevados por muletas que tomamos de la basura que van dejando los países “adelantados”. Se nos dejó mucho tiempo en el regazo de una tirana, España. Entonces, en nuestra desolación, buscamos explicaciones que nos sacaran del túnel, y al recorrer detenidamente la fuente de nuestros orígenes, vemos en cada uno de aquellos conquistadores, los artífices, los creadores de una obra que nos mutilaba, una maldición que nos inutilizaba, el destino insoportable que Bolívar vio con toda claridad poco antes de morir: “En América la vida es un tormento».
En tal sentido y con el horror que implica tal deseo, mejor habría sido que los colonos hubiesen arrasado con todo, e implantado el sistema que hoy tiene EE UU, y no este enjambre de ridículas figuras que quieren imitar el vil materialismo de los gringos. La existencia debe llevar implícita alguna forma digna de comunicación y de entendimiento con el entorno, con los seres que nos rodean; algún orden que haga la vida comprensiva y armoniosa. Para concebir seres mutilados, locos, ensombrecidos por la vanidad de querer ser algo ajeno a sus tradiciones, más vale evitarse el dolor de tal existencia. La historia nuestra ha sido escrita en gran parte por venezolanos que han puesto por delante sus especiosos prejuicios de hombres “civilizados” (a lo occidental). No comprendieron a Bolívar ni la gesta independentista, y les ha parecido horrible que neguemos con desprecio y con repugnancia a esa bestia española que nos engendró, cuando el mismo Libertador exclamó: “Tres siglos gimió la América bajo esta tiranía, la más dura que ha afligido la especie humana… El español feroz, vomitando sobre las costas de Colombia, para convertir la porción más bella de la naturaleza en un vasto y odioso imperio de crueldad y rapiña… Señaló su entrada en el Nuevo Mundo con la muerte y la desolación: hizo desaparecer de la tierra su casta primitiva, y cuando su saña rabiosa no halló más seres que destruir, se volvió contra los propios hijos que tenía en el suelo que había usurpado”.
El escritor Brook Larmer dice que nosotros los latinoamericanos debemos vivir todos los días con las contradicciones de la conquista, pues los colonizadores españoles no sólo dominaron y explotaron las poblaciones nativas, sino que también alteraron el contenido mismo de su sangre, mediante el matrimonio y el cruce de razas. Y añade que tal mezcla en lugar de consolidar la conquista, confundió para siempre la relación. Entonces, mientras los textos escolares de nuestros países enaltecen a las culturas indígenas y cada vez que hay oportunidad de resaltar nuestras tradiciones autóctonas (con hombres con plumas y guayucos idealizando nuestros confusos antepasados), al mismo tiempo nuestra televisión ilumina las casas con líderes que llevan nombres extranjeros. Y añade Larmer que la cirugía plástica más popular en Ciudad de México es la de la nariz.
Por eso, y con razón, se ha notado poco interés en los españoles por entender nuestro caos; claro, ahora como miembros de la comunidad europea, escurren el bulto, y dicen: “¿qué tenemos que ver con el rumbo dislocado de esa cultura?”. Qué decir de las desgraciadas naciones latinoamericanas, asiéndose a la ilusión de una conmemoración tan innoble como la del 12 de octubre, origen de nuestro degradante estado actual.
El pueblo español no fue beneficiario de las inmensas riquezas extraídas de estas tierras; un puñado de aventureros empujados a una expedición fantástica sin orden y sin otro plan que buscar oro, y tomarlo fuere como fuere, con los medios que exigieren las circunstancias, no traían en mente rescatar y conservar nuestros valores. Es difícil imaginar la muy poca o casi ninguna relación de parentesco moral y humano que obtuvimos con España. Esa fue una empresa muy lejana del espíritu de la gente española, de sus verdaderas tradiciones religiosas y culturales. Y los lazos que se mantuvieron a través de esos tres siglos de dominación goda fue oscura y limitada. Más bien ha sido en este siglo, cuando la presencia de España (ahogada en sus propias contradicciones, obligados sus mejores hijos a emigrar a estas tierras) entre nosotros ha participado de alguna elaboración espiritual más refinada y profunda .
Esa participación tardía ha estado completamente desligada de las razones del pasado. Era gente ignorante de cuanto aquí había ocurrido. No podían imaginar que en un tiempo más o menos reciente, unos hombres de su misma tierra llevaron a cabo una odisea de terror y destrucción sin parangón en los anales de la historia de occidente. El español nunca fue de corazón colonizador como el pérfido inglés; era imprevisible, desordenado e intemperante, y cuanto había ocurrido por estos territorios le parecía incomprensible, asombroso y muy extraño. Ese español que llegó desquiciado por los males de su país era completamente distinto del español del cual nos hablan las crónicas de la colonización y posteriormente del godo que lucho en nuestra gesta de independencia: era un ser extraordinariamente humano, sencillo y comunicativo. Por eso no resultó extrañó en absoluto, que un programa de la televisión española que consultaba a sus compatriotas sobre los 500 años del «descubrimiento», a casi ninguno de los entrevistados le interesaba tal acontecimiento. Muchos, ingenua o graciosamente, contestaban con la repregunta: “¿Cuál descubrimiento?”. No estaban enterados.
También es asombroso que el español estuviese tan desligado de cuanto ocurría en América. Un día que hablaba con el escritor aragonés Ramón J. Sender, hombre sabio y generoso como pocos he conocido en mi vida, viendo la deplorable condición de los mejicanos en California (que utilizaban un lenguaje servil, como de: “patroncito écheme una mano», pidiendo ayuda o empleo), me decía: “-Chico, ¿qué tengo yo que ver con esta gente?” Me daba a entender que los hechos de la conquista y de la colonización de América les eran muy ajenos. Don Miguel de Unamuno, en cierta ocasión escuchó a un español que culpando a los cubanos de ingratos por haberse separado políticamente de España, y decía: “Qué le parece don Miguel, después que descubrimos, conquistamos y poblamos aquello…” “¿Nosotros? – contestó don Miguel alarmado-; ¡será usted, que yo, por lo menos, no! No recuerdo haberlo descubierto, conquistado ni poblado”. Entonces el hombre replicó a don Miguel: “Nosotros precisamente, no; pero nuestros padres”, a lo que don Miguel retrucó: “Los de ellos más bien”.
El “descubrimiento” de Colón ha sido interpretado por los gobernantes de la Tierra, como el despertar de un “nuevo mundo” por obra y gracia del juicio de los europeos: la realidad surge de lo que conciben ellos.
De aquí se pasó al derecho del hallazgo, y con ello como observa Urs Bitterli, al de la pretensión de hacer de esto, soberanía de españoles, ingleses, holandeses, franceses o portugueses. No se ve de todo esto sino que la celebración del 12 de octubre consiste en la estupidez de hacer loas a los europeos por mantenernos aún sojuzgados, sometidos, explotados.
¿QUÉ CELEBRAMOS?
Se pregunta Urs Bitterli, si podrá decirse que Colón descubrió las islas de las Indias Occidentales, cuando lo cierto es que tales islas ya a finales de pleistoceno fueron frecuentadas por aborígenes indios. E incluso si se prescinde de esa primitiva corriente migratoria de los indios, ¿es correcto hablar de Colón como el descubridor de América, cuando lo cierto es que los vikingos hacía mucho tiempo se le habían adelantado? Y por último: ¿con qué razón alabamos a Colón por un mérito del que ni él mismo era consciente, puesto que, a fin de cuentas, creía haber llegado a Asia?.
Agrega: “Junto a la exacta clarificación de las circunstancias históricas, hay también que definir con precisión el concepto de “descubrimiento” si se ha de hacer de él uso adecuado. En primer lugar es necesario constatar que todo descubrimiento geográfico, es decir, toda percepción de una determinada región de la superficie de la tierra, se produce forzosamente a partir de un determinado ámbito cultural y que sólo en relación con el horizonte de conocimiento de dicho ámbito cultural puede dársele el nombre de descubrimiento. Es correcto decir que Vasco da Gama descubrió la costa oriental de África y Cook la Nueva Caledonia, pero sin perder de vista que ambos realizaron sus respectivas hazañas para Europa y dentro del marco de las posibilidades culturales de dicho continente. Pues el África Oriental era ya conocida de los árabes, los hindúes y los chinos, siglos antes que Vasco da Gama, y más de una de las islas del Pacifico que Cook explorara había sido ya visitada por los polinesios en sus extensas correrías marítimas, el siglo primero después de Cristo” .
¿MÍSTICO O LOCO?
Ciertos escritores han visto en Colón una especie de predestinado, profeta o santo; personaje descrito por algunos como de aspecto pordiosero o andrajoso que obra por la fuerza de un misterio inmenso, de maneras rudas y directas al hablar y poseído de una gran tenacidad y confianza en sí mismo; de una vida de tipo misional (Cristo ferens: el que lleva a Cristo); de quien se ha dicho que la piedad era el centro de su carácter. Es posible que este navegante que se presenta ante los Reyes Católicos como un mensajero de Dios y que asegura que Él le ha abierto el entendimiento para que vaya a las Indias, y le ha puesto a prueba para ejercitar tal odisea en la fe y en el dolor… “La Santísima Trinidad movió a Vuestras Altezas a la empresa de las Indias, y por su infinita bondad me hizo a mí mensajero de ello…”. Y de veras parece poeta cuando habla de las hojas como las de Castilla en el mes de abril y de mayo… como en el abril en Andalucía, y el cantar de los pajaritos, que parece que el hombre nunca se querría partir de aquí, y las manadas de papagayos que oscurecen el sol…”. Puede que el destino de este visionario haya sido como el de los grandes enamorados de sus obsesiones y de sus obras que cuando creen haber encontrado el Paraíso, es porque en realidad han llegado al Infierno…
La tragedia del poeta solitario, de la realidad última del horror: camino de alucinados, fuera de este mundo; el «embriagado de estrellas», el dios de la mar desierta, el Don Quijote del Mar, creando la nueva tierra antes en su carne y en su espíritu que en la realidad. El que nunca despertó de su sueño y vivió en el barco de su “ser navegando profundas aguas celestes. ¿Cuál es nuestro objetivo? ¡Navegar! Porque el Atlántico es una catarata y la nueva tierra sólo existe en el corazón del hombre” . Ese hombre con un tesón único en los anales de la historia, piloto ignorado y sin barco, sin marineros; dueño del orbe todo en su corazón; que va de Corte en Corte clamando que el mundo no es como se lo imaginan los geógrafos y que de siete sólo una séptima parte está cubierta de agua, y que por voluntad de Dios se le ha revelado a él para que por Occidente llegue a Oriente.
El navegante, con sayal y sandalias de franciscano que se ha presentado ante los reyes, es más parecido a los peregrinos que van a Compostela con el alma cargada de pecados; que al hombro lleva un bolso. Dice buscar mucho oro para sus grandes pecados. Que lleva en sus entrañas el orbe, y en el pecho las entrañas de la mar. Tocado del sueño de los ángeles y que se siente protegido y milagroso por su obsesión. Que puede ver a Cristo por el Oro y el Oro por Cristo. Porque el oro es lo perfecto, lo puro; trasunto terrenal de lo divino, de la virtud, sin mancha ni servidumbre. Bendito loco, quien ha podido ver en su alma antes que en los mapas y cartas el misterio de lo existente. Que tiene como palestra la tierra. Ha entrevisto que debe ser rico y poderoso. Que si tiene poco está contento, que si tiene mucho se siente arruinado. “Yo por más pecados que cometa, permanezco puro, permanezco siempre puro, límpido como una llama. Porque, ¡cuanta carroña recibe la llama, en llama la transforma! Que el pecado mismo está al servicio de Dios! Estiércol, aguas pútridas; yo transformaré en rosa el rosal… Por eso, lucho para que los hombres se me asemejen… Toda alma debe cruzar un desierto para salvarse… ¡Seguro que estoy loco! ¿No veis mis ojos, no escucháis mis palabras, no medís mis acciones?… Era feliz con mi mujer, Felipa, con mi hijo Diego, con mis suegros… Y de repente, lo abandono todo; reúno vagos, bandoleros, ladrones, a todos vosotros; me embarco en un mísero navío; y parto a buscar el oriente… pero en vez de navegar hacia el levante, enfilo proa hacia el poniente… ¡Hombres necios: para que halléis la nueva tierra debéis abandonar tras vosotros la antigua; y encontraros solitarios, desesperanzados, hambrientos, en medio del océano!» .
El infatigable mercader, que implora que miren a la llama de sus ojos para que a través de ellos se comprueben las visiones de su alma: “Yo soy el nuevo Moisés; y el Atlántico es mi desierto. Y esa tripulación que jadea, aterrada, es mi pueblo” . Ese hombre que ha sido engañado por el demonio y creyendo encontrar el Paraíso Terrenal, el que describe el cosmógrafo cardenal Fierre d’Ailly (-1410- situándolo, sabiamente, muy lejos de Europa, por las costas orientales de China), en verdad lo que encontrará será el Imperial Palacio de Satanás, al que Europa extenderá sus garras, con sus fieras y negras pestes; a donde extenderá sus odios y conflictivas gentes; sus pesares, sus ambiciones, tristezas, dudas, horrores, sus querellas políticas y glorias marchitas. Maldito legado de fatalismo, de desmoralización, de nostalgia y desesperación. El Almirante había sido engañado, digo, por el demonio.