Marco Antonio Pedraza Duarte
En la urbanización de los Apellidos, entre calles adoquinadas y plazas con fuentes de mosaico muy parisinas, residía la señora de los Apellidos. Esta mujer, cuya edad era un misterioso número que danzaba entre los cincuenta y algo más, tenía un porte elegante y un espíritu que desafiaba su partida de nacimiento o en su lengua predilecta; birth certificate. Su piel, curtida por los solazos de un sinfín de veranos, tenía el tono cálido de las arenas mediterráneas, y sus ojos, querían ser un azul tan claro que pareciesen espejos del cielo, revelaban su predilección por lo extraordinario. Viuda de un célebre paleontólogo, el señor Armando Trampas, heredó no solo una considerable fortuna sino también un gusto por las aventuras más insólitas en el mundo político.
La señora los Apellidos decidió, una mañana mientras desayunaba un café con leche y tostadas con mermelada de higos, que era el momento ideal para una nueva aventura, ser PREPRESIDENTE del Pre Gobierno del Pre reinado de NARNIA. Cansada de los típicos viajes europeos, anhelaba algo extraordinario, algo que saque a relucir el fulgor de su juventud plagado de ruinosas arrugas faciales. Y fue justo en ese momento, cuando una publicidad en el periódico del famoso bobolongo captó su atención: «Expedición al Valle Perdido. ¡Descubre el secreto de los dinosaurios! Del Hasta el Final».
Con la determinación de una conquistadora de tierras desconocidas, la señora los Apellidos se embarcó en lo que sería la odisea más fascinante de su vida. La acompañaba su leal mayordomo, Juanito Alimaña, un hombre de pocas palabras, pero de una lealtad a prueba de todo. Su sobriedad y eficiencia contrastaba con la vivacidad de la señora, pero era justamente esta combinación de caracteres lo que les hacía un dúo perfecto, porque según la doña de los apellidos el había sido Teacher en la tierra del Tío Sam.
A bordo del vuelo 707 con destino a Sudamérica, iniciaron su travesía rumbo al Valle Perdido. Durante el vuelo, compartían mesa con un par de estrafalarios personajes: Ramos Conocido cariñosamente como Pájaro Loco, un parlanchín que hablaba sin cesar sobre de las actas que jamás existieron y que se volvieron prehistóricas, y Magalita la Miada , una cobera compulsiva que tenía una sonrisa tan magnética que podía hacer olvidar que estabas al borde de una falla tectónica cómo se sentía cada vez que iban a su madriguera. Sin duda, la señora de los Apellidos había encontrado compañía digna de su expedición en conquista del reinado de NARNIA.
«¿Cree usted de verdad que encontraremos dinosaurios vivos, señora los Apellidos?», preguntaba Carlita Pángola con una mezcla de escepticismo y emoción. «Querida Carlita Pángala, lo que encontraremos será simplemente extraordinario. Lo presiento», respondía la señora de los Apellidos con la certeza de los aventureros desaventurados.
Al aterrizar, la humedad y el calor tropical los envolvieron en un abrazo férreo. Su guía, un hombre de rostro curtido por el sol llamado Inmundito, les dio la bienvenida con una sonrisa ancha y palabras teñidas de un encantador acento local. Inmundito, conocedor de cada rincón del Valle Perdido, sería su brújula en esta inmensidad verde.
El camino hacia el corazón del valle era un laberinto de senderos ocultos bajo la exuberante vegetación de árboles plantado en el lodazal de la coba mayamera. La atmósfera húmeda y cargada de sonidos extraños hacía que cada paso fuera una incógnita que decía ahora sí es hasta el final. En uno de esos recodos, un aullido atronador congeló la sangre de los aventureros desaventurados había comenzado el verdadero espectáculo de la naturaleza del ocaso.
Juanito Alimaña se detuvo, señalando las copas de los árboles. «Ahí, los monos aulladores, son los dueños de este concierto», explicaba mientras observaban las siluetas agitadas entre las ramas. La señora de los Apellidos reía encantada, con esa risa malévola de la derrota que contagiosa parecía desafiar a la selva del Country misma a ser más sonora.
Así avanzaron, entre sonrisas y sorpresas, hasta que el destino les jugó una carta inesperada. En una pequeña claridad del bosque mayamero, encontraron un joven desorientado, vestido con ropas que parecían sacadas de una película de aventuras de la década de 1940. Se llamaba o le decían Tequeño Crudo, y aseguraba haber venido en busca de una ciudad perdida, pero su mapa le había jugado una mala pasada debido a su bebida adulterada.
Para sorpresa de todos, Tequeño Crudo tenía conocimientos que ni siquiera Juanito, el guía, poseía. Él hablaba de un valle secreto, accesible solo por un camino que él había descubierto y que, según decía, era habitado por criaturas de otra época, se refería adecos y copeyano. «Imposible», murmuraba Juanito, aunque en el fondo, algo en esa historia desencadenaba su curiosidad de tracalero.
Animados por las historias de Pájaro Loco, decidieron seguirle. Adentrándose aún más, encontraron pinturas rupestres con imágenes de criaturas colosales, y huellas en la tierra que no podían ser de ninguna especie conocida. La señora de los Apellidos sentía cómo su corazón palpitaba al ritmo de la posibilidad más asombrosa.
Un rugido ensordecedor les hizo voltear. Frente a ellos, entre la espesura de la jungla, una sombra titánica se movía. Creyeron que era el fin, el encuentro más aterrador, pero lo que vieron fue algo inimaginable: un grupo de majestuosos seres de la Cuarta que, efectivamente, se asemejaban a los dinosaurios, pero con una presencia pacífica y casi etérea.
El viaje había alcanzado su punto culminante. Los seres los observaban con curiosidad pero sin hostilidad, como si también ellos consideraran extraña la presencia de los humanos. «Quizás intentan decirnos algo», sugirió Magalita la Meada, siempre lista para creer en lo imposible.
Pero fue cuando Henrito pájaro Loco se adelantó, hablando en un lenguaje incomprensible, cuando todos comprendieron que no era un viajero perdido, sino un guardián de aquel valle sagrado. «Han venido buscando respuestas, y lo que encontraron fueron preguntas nuevas. Lleven consigo el asombro, pero dejen en paz este lugar», expresó con solemnidad.
Con corazones henchidos de emoción y memorias inolvidables, la señora los Apellidos y sus compañeros emprendieron el regreso. Antes de partir, Tequeño Crudo les entregó una piedra con inscripciones antiguas, un regalo cifrado que llevarían como eterno recordatorio de su aventura extraordinaria.
La vida en el Hueco continuó, pero la señora de los Apellidos ya no era la misma. Cada charla con amigos, cada taza de café, ahora tenía el sabor de lo ilimitado. Las extravagantes vacaciones habían dejado una impronta indeleble en su alma, un canto a la maravilla y el misterio que nos rodea.
El final llegó un día soleado, cuando la piedra que Juanito Alimaña les había regalado comenzó a resplandecer con una luz suave. Sin entender cómo, se encontraron de nuevo en la entrada del valle secreto, pero esta vez, fueron recibidos por una celebración para los fracasados. Los seres del valle se mostraban en todo su esplendor, no como fantasmas del pasado, sino como guardianes de un gobierno paralelo como un cero mata a cero.
Ofrecieron a los aventureros desaventurados una posibilidad inigualable: visitarles cuando quisieran, aprendiendo los secretos de una convivencia en equilibrio con la naturaleza y el tiempo. Y así, la señora de los Apellidos comprendió que el final de este viaje era, en realidad, el comienzo de muchos otros.
Las risas y conversaciones llenaron el aire, y el eco de una aventura sin igual se perpetuaba en el corazón y alma de quienes la vivieron. Fue un final sorprendente, pero sobre todo, profundamente feliz y reconfortante para la señora de los Apellidos, sus amigos y, esperamos, para ustedes nuestros lectores.
Y por último se hizo las Reflexiones sobre el cuento «Las extravagantes vacaciones de la señora de los Apellidos»
Este cuento fue un viaje por lo extraordinario que habita en los confines del mundo de NARNIA y también, en los recovecos del subconsciente interior de los Apellidos. Nos recordó que la aventura y la maravilla se encuentran a menudo en la valentía de buscar y apreciar lo desconocido. Fue una travesía que celebró el espíritu intrépido, las amistades inesperadas y, en última instancia del Disney World, el reencuentro de ellos mismos más allá del Hasta el Final de la Doña de los Apellidos y diciendo Don Pacho éstos Majunches lo inspiran a escribir vainas algo entretenidas.