Europa por Cuba
Vivimos tiempos en los que la información se ha convertido en uno de los principales terrenos de disputa. Nunca la humanidad había dispuesto de tantas posibilidades para comunicarse, acceder a información y compartir conocimientos y, sin embargo, nunca había sido tan evidente el esfuerzo de los grandes centros de poder por controlar el relato sobre lo que ocurre en el mundo.
Los grandes medios de comunicación no son simples espectadores de la realidad. En buena medida, forman parte de las estructuras de poder económico, político y geopolítico que determinan el rumbo de nuestras sociedades. Detrás de buena parte de los grandes grupos mediáticos se encuentran grandes corporaciones, fondos de inversión, bancos, empresas energéticas, tecnológicas y otros intereses económicos. Esa concentración de la propiedad condiciona inevitablemente qué se cuenta, cómo se cuenta y, sobre todo, qué queda fuera de la agenda informativa.
El imperialismo ha comprendido desde hace mucho tiempo que el dominio no se ejerce únicamente mediante la fuerza militar, las sanciones económicas o el control de los recursos. También se ejerce mediante el control de las conciencias. Para sostener un determinado orden internacional es necesario construir un relato que lo presente como inevitable, necesario e incluso deseable.
Fabricar el consentimiento
Las guerras necesitan algo más que ejércitos y armas. Necesitan relatos.
Antes de cada gran intervención militar se prepara también una batalla por la opinión pública. Se seleccionan determinadas informaciones, se silencian otras, se construyen enemigos y se presenta la intervención de las potencias como una respuesta inevitable ante una amenaza.
La historia reciente ofrece numerosos ejemplos.
La invasión de Iraq en 2003 estuvo precedida por una enorme campaña internacional alrededor de la supuesta existencia de armas de destrucción masiva. Aquellas armas nunca aparecieron. Sin embargo, el relato construido alrededor de esa amenaza contribuyó decisivamente a crear las condiciones políticas para una guerra que provocó una enorme destrucción y cientos de miles de víctimas.
En Libia, la construcción mediática del conflicto contribuyó a presentar la intervención militar de la OTAN como una respuesta necesaria para proteger a la población. El resultado fue la destrucción de buena parte de las estructuras del Estado libio, una prolongada desestabilización y una profunda crisis cuyas consecuencias todavía se proyectan sobre la región.
Y hoy asistimos nuevamente a una gigantesca batalla por el relato en torno a los conflictos y las guerras que atraviesan el planeta. La población recibe imágenes, titulares, declaraciones oficiales y análisis que con frecuencia parten de una misma perspectiva y que, en demasiadas ocasiones, convierten a unas víctimas en visibles y a otras en invisibles.
No se trata de afirmar que todo lo publicado por los grandes medios sea falso. El problema es mucho más profundo: la manipulación puede producirse también seleccionando qué verdad se cuenta, qué verdad se oculta y desde qué lugar se interpreta cada acontecimiento.
La mentira directa es solamente una de las herramientas. También lo son la tergiversación, la descontextualización, la omisión, la repetición sistemática de determinados conceptos, la utilización de un lenguaje diferente para describir hechos similares y la creación de marcos mentales que condicionan nuestra percepción de la realidad.
Un bombardeo puede convertirse en una «operación militar». Una población civil asesinada puede quedar reducida a una cifra. Una invasión puede presentarse como una «intervención». Una resistencia puede ser convertida automáticamente en «terrorismo», mientras que la violencia ejercida por un Estado poderoso aparece revestida de legitimidad.
Cuando las palabras también son armas
El lenguaje no es inocente.
La utilización reiterada de determinadas palabras termina construyendo categorías mentales. Si durante meses una población es presentada como una amenaza, como un peligro o como un enemigo, resulta mucho más sencillo aceptar posteriormente la violencia ejercida contra ella.
De esta manera, los medios pueden contribuir a alterar la propia capacidad de los pueblos para interpretar críticamente la realidad. La sobreinformación, paradójicamente, puede producir desinformación: miles de titulares, imágenes y declaraciones se suceden a una velocidad que dificulta distinguir lo esencial de lo accesorio.
Se instala así una percepción fragmentada del mundo. Se informa de los acontecimientos, pero se ocultan sus causas históricas; se muestran las consecuencias, pero no siempre quién las provocó; se habla de conflictos aislados, evitando explicar las relaciones económicas, militares y geopolíticas que los conectan.
Y cuando una determinada versión de la realidad se repite todos los días, desde diferentes medios y con diferentes voces, termina adquiriendo apariencia de verdad incuestionable.
El objetivo no es solamente informar. Es también establecer los límites de lo que puede pensarse, discutirse y considerarse posible.
La guerra también se prepara en los medios
La situación adquiere una dimensión todavía más preocupante cuando observamos el crecimiento de la retórica bélica.
Durante años se ha producido una normalización del lenguaje de la guerra. Se habla de rearme, de enemigos, de bloques, de amenazas existenciales y de la necesidad de incrementar permanentemente el gasto militar. Las sociedades son preparadas psicológicamente para aceptar como inevitable una escalada que debería preocuparnos a todos.
El peligro no reside únicamente en las decisiones de los gobiernos y de las estructuras militares. También reside en la construcción cotidiana de un clima social en el que la confrontación aparece como destino inevitable.
La humanidad no necesita que se normalice la posibilidad de una nueva guerra mundial. Necesita exactamente lo contrario: información rigurosa, pensamiento crítico, diálogo entre los pueblos y una comunicación capaz de defender la paz y el derecho de cada pueblo a decidir libremente su futuro.
Frente a esta realidad, no basta con lamentarse. Tampoco basta con que cada medio popular luche aisladamente contra una maquinaria comunicativa que dispone de enormes recursos económicos y tecnológicos.
Es necesario unir fuerzas.
Una alianza desde los pueblos
Frente a los grandes conglomerados mediáticos y frente a la retórica que emana de los centros de poder, numerosos medios de comunicación popular llevan años construyendo otra forma de hacer periodismo y comunicación.
Son medios que nacen desde abajo. Que acompañan las luchas sociales. Que dan voz a quienes habitualmente no la tienen en los grandes espacios informativos. Que se acercan a los territorios y a sus pueblos. Que entienden la comunicación no como una mercancía, sino como una herramienta al servicio de la transformación social.
Pero la realidad internacional exige dar un paso más.
Frente al poder de los grandes medios que imponen los intereses del imperialismo, los pueblos tienen una tarea urgente: construir su propia voz y hacerla más fuerte mediante la unidad. No alcanza con que cada medio popular, comunitario, alternativo o comprometido con las luchas de los pueblos resista de manera aislada. Es necesario encontrarnos, reconocernos y articular nuestras fuerzas para construir un periodismo al servicio de los pueblos, de sus luchas, de su memoria y de su derecho a informar y ser informados.
Esta idea ya es compartida por cientos de medios y comunicadores en distintos territorios. Existe, por tanto, una fuerza que puede convertirse en organización, coordinación y acción común. La unidad no significa uniformidad: significa poner en común nuestras voces, experiencias y capacidades para disputar el relato a quienes pretenden presentar como verdad única la mirada de los poderosos.
Construir esa unidad es también construir una herramienta para enfrentar, con mayor fuerza y alcance, a los medios del imperialismo y a las narrativas que buscan silenciar, dividir y desmovilizar a nuestros pueblos.
El desafío está planteado. La voluntad existe y somos cientos quienes la compartimos. Ahora corresponde transformar esa voluntad en un primer paso concreto. Unamos nuestros medios. Unamos nuestras voces. Construyamos un periodismo al servicio de los pueblos. Demos el primer paso.