Puntos de estrangulamiento…

Por: Miguel Jaimes Niño

Los conocidos puntos de estrangulamiento como el Estrecho de Ormuz comenzaron a tener más importancia a medida que en estos pasos se entabló un mayor valor geopolítico, esto se intensificó hace aproximadamente más de siglo y medio atrás.

Años antes se construiría el gran ferrocarril Pacífico Canadiense el cual controlaba buena parte de la producción e intercambio marítimo; es, el más beligerante en cuanto a su poderío naval; Estados Unidos de Norteamérica. Su cuidado se dio por intermedio de tratados, y si la guerra trastoca algún episodio, Canadá perdería el control ferroviario frente a Norteamérica. Entonces la lucha por la captura de un canal centroamericano se mantuvo como enfrentamiento hostil contra Europa, a la que debían expulsar del continente latinoamericano antes de controlarlo con todo y el Caribe.

Si en esa fase militar y naval Estados Unidos hubiese recibido el rechazo en armas por parte de Europa, todo habría sido fatal. La costa pacífica habría significado su más profundo dolor de cabeza.

Aquí entra en acción su almirante Alfred T. Mahan quien deploraba y anunciaba esa tragedia: no haber estado lo suficientemente preparados para hacer valer sus intereses en el Caribe y Centroamérica, a pesar de los inmensos recursos y la proximidad geográfica.

Mahan demandaba que no existían intereses ni ansias de crear una armada que actuará en libertad para implementar la libertad en el mar. Otros países con influencia de ultramar ya recibían apoyo militar para el control del mar. Quienes gobernaban en el Golfo de México no tenían ideas para conformar un poder naval. Un siglo y tanto después, en 2025, Donald Trump anunció su influencia sobre esta área marítima, que guarda más de 525.000 millones de reservas de petróleo en sitios como Cantarell, Cinturón Plegado Perdido, pozo Kuajtla 1, Nobilis 1 y Nobilis 101.

Se reclamaba no haber podido tener igualdad de recursos cercanos comparados con el Viejo Mundo, algo deplorable confrontado con lo logrado en Samoa y el Mar de Bering. Por ejemplo, era injustificable que Alemania pretendiera comprar la fortaleza holandesa de Curazao. Mientras, en la desembocadura del Atlántico permanecía la propuesta de los canales (Nicaragua o Panamá). Era imposible tolerar que otra potencia se adueñara de Haití y fortificó el Paso del Viento, pues las rutas de vapores hacia el Istmo pasarían por allí.

Aceptar un protectorado extranjero en las Islas Sándwich como base en el Pacífico, ¿acaso no serían las líneas de comunicación con Australia y China? El argumento final de los reyes de reescribir la historia —Ultima ratio regum— fue una lección para las repúblicas.

Al medir la importancia de la experiencia militar, era reflexivo tener en cuenta el tiempo de distancia a otras bases militares. Para Mahan, la fuerza de la armada era indispensable para enfrentarse a los ingleses, dominadores a quienes EE. UU. se proponía arrebatarle territorios y negocios.

La fuerza de la armada norteamericana se calculó frente a las francesas y británicas. Si los contrarios son superiores y pueden proteger sus costas y batallar contra otros, serán invencibles. La preocupación era proteger las costas mediante acuerdos internacionales y la inmovilidad de otros ejércitos. Pero un mundo de luchas jamás podría defender a su nación del comercio o la guerra. Por tanto, algo nuevo debía buscarse. Quedarse impávidos significaba que otras naciones obtenían más beligerancia mientras la de ellos continuaba estacionada.

Desde entonces consideraron que su protección significaba crear operaciones militares bien organizadas. De allí vienen los ensayos y ejercicios conjuntos de las armadas lideradas por Estados Unidos, sin importar que otros resultaron perjudicados.

Era legal hacer con su pueblo lo que se les placiera, sobre todo con quienes se consideraban poco enérgicos en aquellos derechos que el Estado y la nación consideraban suyos. Ocultos como frente a algo privado, imputados e impedidos del control de mercados, marcados por las consecuencias de la Guerra de Secesión. Hasta ese momento, su nación se consideraba apartada del resto del mundo.

Los mapas demostraron las rutas del comercio por el Atlántico Norte y Sur. Allí comenzó la discordia por la disparidad entre los recorridos pobres de EE. UU. en el Caribe y el Golfo de México, frente a las rutas desde su territorio hasta el Atlántico Norte, el Canal Inglés, el Mediterráneo y el Mar Rojo. Alrededor del Cabo de Buena Esperanza y del Cabo de Hornos, cerca del ecuador entre África y Sudamérica (el Sur-Sur), sale una ruta de comercio que hacía permanente la presencia británica. Durante las guerras napoleónicas, Gran Bretaña controló una cuarta parte del comercio total de aquel imperio.

Todo esto explica que el interés mercantil de Europa sobre el Caribe era muy bajo. Pero cuando se construyera el istmo mesoamericano, el interés europeo también cambiaría, y todos los barcos que usarán el nuevo paso generarían un nuevo control en el cruce del Caribe.

Pero siempre el foco de las actividades marítimas, el mercado y el intercambio entre islas generarían comercio y prosperidad. Cada nación buscaba lo suyo, pero EE. UU. aguardaba celosamente que otros no llegaran, pues la intromisión europea nunca fue bien vista.

Desde entonces, el norteamericano común no se daba por enterado de la Doctrina Monroe, que se destacaba en la sensibilidad nacional cubriendo guerras y enfrentamientos donde se obtenían ganancias materiales. Los puntos en disputa no causaban sentimientos de responsabilidad hacia el derecho internacional. El norteamericano se ha mantenido indiferente ante las intromisiones de su propio país.

Mientras esto sucedía, Francia e Inglaterra daban a sus puertos cierta consideración de fortaleza nimia. Sus estrategias eran de carácter inmediato, pero sus fortalezas artificiales (como cuando Inglaterra cambió el carbón por petróleo venezolano para sus navieras) mostraban su fuerza. Por eso EE. UU. colocó su mirada y su garra en aquellas naciones de futuro inmediato, islas y territorios continentales con posiciones estratégicas, cuyos estados estaban marcados por la debilidad e inestabilidad. No era negocio que otras potencias se les adelantaron.

Lo razonable para Norteamérica en lo político era su poderío de guerra, su arma razonable. Desde aquel momento, lo estratégico era mirar hacia el exterior, así fuera pernicioso para otros. La justificación geopolítica fue más allá de lo geográfico: EE. UU. comenzó a usar su privilegiada ubicación entre dos viejos mundos y dos grandes océanos. Esa conexión se daría al materializar el cruce del Istmo

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La alarma estaba dada: debían derrocar la presencia de colonias europeas en el Pacífico y frenar el crecimiento de Japón. Pero algo más alarmaba: el crecimiento demográfico en los estados del Pacífico, donde consideraban que habían hombres capaces de ser una línea avanzada para su progreso nacional. Hacia el oeste de las Montañas Rocosas se establecieron los mejores criterios políticos para los extranjeros. El descuido en la construcción del Canal era un mal detalle militar, especialmente por los límites en la costa pacífica. El canal debía terminarse para enfrentar las amenazas externas.

Había que acortar las rutas europeas mediante un pasaje que una potencia marítima pudiera controlar, pues el peligro era que Europa trajera escuadras militares. Mahan calibraba el buen movimiento de su país al asumir el riesgo con superior sabiduría, controlando hábilmente los puertos del Pacífico. Todo redundaría en sus propias fortalezas navales.

Por eso, Mahan siempre justificó el Canal de Panamá utilizando ejemplos simbólicos o hechos muy locales, como los centros de comercio de San Francisco y Puget Sound. La flota naval existente no podía protegerlos porque no había comunicación entre la Costa Este y el Sur de Norteamérica. EE. UU. quería superar su estrategia de fortificaciones y pasear su poderío de artillería entre una y otra zona, incluso hasta los continentes más alejados. Los puertos debían ampliar su poder con maniobras asistidas por buques de guerra, y los estrechos o puntos de estrangulamiento debían comunicarse.

Por eso utilizan toda la narrativa para justificar una gran armada y su comunicación inmediata estuvo montada sobre enemigos que nunca llegaron. Al contrario, el poderío comenzó a utilizarse militarmente contra toda Latinoamérica y las islas del Caribe. Los barcos guardacostas fueron activados en la región antes que en defensa de sus propios territorios. Los barcos asignados a la protección de puertos eran parte de la logística de los acorazados.

El único que mantenía puertos en el radio de acción de la costa del Pacífico era Gran Bretaña. Por eso, desde entonces y hasta ahora, son escalofriantes aliados en su litoral. Ese mismo litoral atlántico les permitió contar con Halifax (Nueva Escocia), cuyo puerto magnánimo en la costa atlántica es hoy la ciudad de mayor crecimiento en Canadá.

Halifax, junto a Bermudas y Jamaica, focalizan el poder geográfico y estratégico de Vancouver en el Pacífico, generando presencia, control, rutas, negocios y navegación confiable. Así comenzaron a ser dueños de áreas, países y océanos.

No es de extrañar que Estados Unidos se apresure en sus declaraciones de adhesión con Canadá y Groenlandia. Con Canadá podrían sufrir daños si se propusiera interrumpir el comercio costero, pero eso solo sería posible a costa de la fuerza.

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