Manuel Gragirena
La educación de adultos no es una educación; es una capacitación para el trabajo. Educar puede ser entendido de diversas maneras, desde aprender a leer y escribir hasta asimilar las normas y culturas de una sociedad para convertirse en ciudadano. Por lo tanto, se supone que un adulto —un joven de más de 15 años de edad que ya culminó su etapa colegial y ostenta un título que lo valida— va a la universidad como un adulto, en donde va a recibir información, orientación y capacitación para luego dedicarse a desarrollar el trabajo de sus sueños de adolescente: tal vez diseñar y construir un vehículo espacial o erradicar enfermedades. Tal información, orientación y capacitación está a cargo de los profesores universitarios.
Voy otra vez. La Ley de Universidades de 1970, producto de los convulsos años sesenta en la inmadura democracia «puntofijista», definió al profesorado de la universidad como un cuerpo docente y de investigación —el conjunto de profesionales al servicio de la universidad y de la nación— consagrado, es decir, dedicado fundamentalmente a las tareas de la enseñanza, la investigación y la extensión. Y aquí vale la pena detenerse a observar que se enseña lo que se sabe; se investiga con el propósito de descubrir, diagnosticar y solucionar problemas —por supuesto, dentro del ámbito del saber de cada quien—; y se hace extensión cuando se va más allá, es decir, cuando se sale a la calle para concretar la generación de recursos propios de la universidad y del docente, pues eso implica aplicar lo que se sabe y se domina: tecnología, pues. Sí, también, lo acepto: la cultura y la acción comunitaria también son extensión, pero con una diferencia clave: la primera, si se define bien, cobra y produce; la segunda gasta, si es que le sobra.
La ley del setenta aceptó la existencia de profesores dedicados y hasta exclusivos de cada universidad, pero también —de manera muy tímida, por cierto— la posibilidad de contar con profesores contratados, a los que denominó como «especiales». Asimismo, la ley incluyó a otros profesionales denominados «personal de investigación».
A los dedicados los denomino «ordinarios», un calificativo algo feo que de repente en la nueva ley se pueda cambiar a profesores de carrera, pues al fin y al cabo es una persona que se gana un puesto y un escalafón.
Uno de los problemas o dilemas de nuestras universidades es el mecanismo para convertirse en un profesor «ordinario». El método de «concurso de oposición» —que a la final es una especie de olimpiada de currículos— no siempre es justo ni imparcial. Un profesional que pudo haber trabajado de manera permanente e ininterrumpida durante años, tantos como diez o quince, puede ser eliminado —sí, así como lo leen— al negarse a participar en un concurso o al haber participado y ser superado por un recién llegado.
No parece un tema de debate para una ley, pero en realidad sí lo es, pues la universidad, sometida a un presupuesto nacional y a un acartonado reglamento interno, puede —con una altísima probabilidad, más de lo que cualquiera pueda imaginar— convertir al mecanismo de selección llamado concurso de oposición en una ruleta lúdica… para no entrar en otros detalles humanos. Es necesario revisar si un profesor que hace méritos por años de servicio o por evaluaciones permanentes puede ingresar por méritos, lo que es lo mismo a decir: por trabajo hecho.
También en nuestras universidades tenemos una escala jerárquica de solo cinco niveles, tomada de la Europa medieval: Instructor para el recién ingresado, Asistente para el que está dispuesto a una carrera docente, Agregado para quien ya es especialista en investigación y docencia regular, Asociado para quien tiene publicaciones, y Titular para a quien se le considera sabio (de allí que se acostumbre a exigirle el título de doctor).
Bueno, los militares tienen muchos más escalafones: teniente, capitán, mayor, teniente coronel (comandante), coronel y general. Y dentro de estas seis jerarquías hay intermedias, como primer y segundo teniente para quienes se inician, y generales de brigada, de división, mayor general y general en jefe para los que más han avanzado en la carrera.
Sin irnos puertas afuera de la universidad, el personal administrativo tiene muchísimos más peldaños, algo que también debería revisarse a fondo, pues el personal administrativo y obrero de una casa de estudios es de importancia suprema para la infraestructura, la eficiencia y la cultura.
Traigo esto a colación pues, si nos vamos al asunto salarial combinándolo con las realidades de culminar postgrados en nuestras universidades, hay profesores con mucha dedicación a la docencia que son la base de cualquier escuela, pues son los verdaderos formadores de los estudiantes que avanzan; sin embargo, por estar dedicados a los demás, se han olvidado de sí mismos y pueden pasar treinta años en la categoría de asistente o agregado. Es más, hay quien alcanza rápidamente, muy joven, la categoría de titular y, al no haber más allá que la posibilidad de ser rector, se va: se lo llevan las industrias extranjeras. O sea, llega a profesor titular y la universidad lo pierde para siempre. Es necesario revisar esta jerarquía y establecer claramente las condiciones de ascenso, que deben ir más allá de presentar un trabajo o de graduarse en un postgrado: hay que revisar su trayectoria como docente y premiarla; bueno, también castigarla si es el caso.
Otro elemento que también es pertinente revisar es la «dedicación exclusiva», que más que una forma de contrato es una expresa prohibición de ejercicio profesional externo fuera de la universidad. Comprendo claramente que esta prohibición busca asegurar que el docente se ocupe de la institución —lo que no es más que una simple lucha contra la seducción, la tentación y —en estos tiempos— contra la mera necesidad—, pero debemos estar claros: el profesor universitario es en esencia un capacitador de adultos en un tema o un área de conocimiento bastante delimitada.
Enseña un oficio quien lo conoce. Si un joven adulto desea adquirir conocimientos de carpintería, necesita de un maestro que sea un carpintero. Un maestro… una persona que sepa y le guste el apostolado. Un carpintero, un ingeniero, un médico, un astronauta… una persona que sabe del oficio porque lo ha ejercido.
El docente no se formó para ser profesor: se hizo haciéndolo. De allí que debe mantenerse activo en el oficio; debe seguir trabajando en estos temas, más aún si es joven y sin experiencia.