Propuestas para que la nueva ley de Universidades sea realmente nueva: Postgrados 1

Manuel Gragirena

 

La nueva ley de universidades, para que de verdad sea novedosa, debe abordar el tema de los postgrados en Venezuela.

Voy a iniciar con una comparativa que le escuché más de una vez a un magnífico profesor. No doy su nombre para no involucrar su memoria —pues ya no está entre nosotros— con mis propias polémicas opiniones.

Mi profe decía que, en los países con altísimo desarrollo científico-técnico, sus ingenieros se especializaban cada vez en cosas más específicas, por lo que llegaban a saber «todo de nada»; en cambio, en nuestros países semidesarrollados, nosotros, los ingenieros, debemos saber de todo; por lo tanto, llegamos al colmo de no saber nada de todo.

Una de las grandes barreras para que nuestro país tenga especialistas es que, en nuestras universidades técnicas o politécnicas, se ofrecen muy pocos cursos de postgrado a nivel de especialización. Y me refiero a que si una de las materias que se ofertan como electiva en el pregrado es el abreboca para que el estudiante se oriente en un área específica, luego, en las ofertas de postgrado no aparece, por varias razones. Una de ellas es que no hay suficientes especialistas para diversificar los temas en los siete u ocho seminarios que acreditan. Pero lo más grave —lo que verdaderamente mantendrá que esta situación prevalezca por saecula saeculorum— es que la gran mayoría de los ingenieros prefiere inscribirse en un curso de maestría, no por la vocación hacia la investigación, sino porque a la larga le garantiza mayor escalafón; pues, entre los ingenieros y licenciados, prevalece el criterio de que una maestría tiene mayor valor que una especialización.

Tal y como están concebidas en los reglamentos universitarios, las diferencias fundamentales entre una especialización y una maestría radican en sus objetivos, en el número de asignaturas o seminarios —lo cual impacta en el tiempo para obtener el grado— y en el error de suponer que el nivel de profundidad académica de la especialización es menor.

Una especialización, como tal calificativo lo dicta, busca profundizar en un área específica de una profesión. No es un entrenamiento ni una capacitación; es todo cuanto se necesita para ser especialista. Por ejemplo, un ingeniero en materiales puede especializarse en soldadura.

Un máster, o maestría, por definición, necesariamente debe ampliar el conocimiento teórico y construir una cultura metodológica para la investigación y el autoaprendizaje en una disciplina. La maestría prepara al profesional para ser un maestro en su profesión. Un ingeniero en electricidad que alcance una maestría en ingeniería eléctrica continuará siendo un ingeniero electricista; por supuesto, un mejor ingeniero electricista. Nótese la generalidad del caso.

Volviendo al tema de la nueva ley de universidades para nuestro país, debemos aceptar que necesitamos «especialistas», es más, necesitamos «técnicos especialistas» con la orientación y la seguridad que una universidad puede brindar. Una persona puede especializarse con la experiencia, convirtiéndose en un «experto especialista» siempre y cuando sepa combinar los aciertos y errores que deja la experiencia con el conocimiento científico-técnico que aporta el estudio de la teoría y las normas. Para dejarlo más claro, la universidad debería formar especialistas en menor tiempo y con mayor garantía de calidad que la experiencia laboral, la cual está llena de variables, circunstancias y hasta vicisitudes.

La ley debe fomentar, inducir, valorar y hasta obligar a que una universidad ofrezca cursos de postgrado a nivel de especialistas para licenciados, para ingenieros y hasta para técnicos superiores universitarios. Para garantizar que tales programas tengan la valoración necesaria, deben establecerse los vínculos para que empresas especialistas contribuyan a formar profesionales junto con las universidades.

Observemos el caso de los médicos, a quienes con gran respeto llamamos doctores sin que rigurosamente lo sean, pues un médico especialista ha obtenido su acreditación trabajando en un hospital, sumando a los conocimientos que recibe de manera formal por intermedio de otros médicos especialistas la experiencia de atender cientos de casos. El médico adquiere su grado de especialista en dos años, como mínimo. Mientras tanto, un ingeniero que labore en una industria tal vez se sienta capaz de reconocerse a sí mismo como especialista luego de 10 años de trabajo, pues por lo general sus experiencias no son canalizadas y mucho menos acreditadas.

La universidad misma debe revalorizar la especialización. Es necesario revisar los paradigmas y desarmar los mitos.

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