¿Cuándo se produjo el cambio ideológico del escritor Mario Vargas Llosa? Según el autor de este artículo, nuestro colaborador Manuel Medina, la transmutación ideológica del escritor peruano tuvo que ver más con circunstancias sobrevenidas, ajenas a la voluntad del escritor, que con un reposicionamiento político difícilmente explicable. ¿Cómo entender, si no, que Vargas Llosa, aún después de experimentar un cambio radical en sus concepciones continúe reflejando con extraordinario rigor en sus novelas las contradicciones sociales existentes?
POR MANUEL MEDINA PARA CANARIAS SEMANAL
El hecho que narro debió suceder entre la mitad y los finales de la década de 1960 del pasado siglo. Aquel día Mario no se encontraba bien. Según contaron después sus más allegados, a la hora del desayuno presentaba un rostro extremadamente pálido, con una figura hecha un garabato y unos ojos profundamente cercados por una fuerte coloración amoratada. Se trataba de algo realmente extraño. Mario era un hombre que, además de joven, siempre había gozado de una salud realmente envidiable. Pero, ya se sabe, hay días en que uno no sabe por qué razón el organismo humano se trastoca, pierde la compostura y empieza trabajar al revés. Eso fue lo que le debió ocurrir a Mario Vargas Llosa en aquella aciaga mañana de un ignoto día de la pasada década de los 60.
Medio mareado, inseguro, tambaleante, Mario se atrevió a bajar las tortuosas escaleras desde la segunda planta de su domicilio de Lima. En sus condiciones, atreverse a descender aquellas empinadas escaleras no fue producto de una temeridad. Era, ciertamente una operación arriesgada, y que podía resultar hasta muy peligrosa. Pero el incoveniente consistia en que su repentina indisposición había venido aparejada con un fuerte cólico que convertía en imperativo su desplazamiento hasta el pequeño retrete ubicado en el primer piso de aquella cochambrosa vivienda decimonónica limense.
Fuera porque se le enredaron las piernas entre sí, o simplemente porque en el curso del trayecto sufrió algún tipo de desvanecimiento, lo cierto es que el ya entoces insigne escritor terminó cayendo desde los primeros escalones hasta el último, rebotando peldaño tras peldaño, como si de una pelota se tratara.
La verdad es que Mario tuvo mucha suerte aquel día. Pudo perfectamente haber perdido la vida en el percance. Pero, aparte de un voluminoso bulto en la frente y la pérdida de la conciencia durante unos poquísimos minutos, pudo salir relativamente airoso de aquella caída libre y sin ayuda de paracaída alguno .
Paradójicamente, quienes no tuvimos tanta suerte como él, fuimos la extensa pléyade de lectores de sus libros, que embobecidos le seguíamos a través de sus novelas, cuentos, entrevistas y declaraciones políticas. Después de aquel accidente, poco a poco y sin que apenas lográramos apercibirnos de ello, algunos empezamos a observar extraños cambios en su comportamiento público, así como raras y contradictorias piruetas ideológicas en sus entrevistas periodísticas.
Y es que el arte narrativo que maneja Mario Vargas Llosa no solo consiste en saber describir con maestría genial la realidad social que le rodea, sino que en sus narraciones estaba también implícita una forma de ver el mundo, de interpretar sus problemas y conflictos. Por eso nos empezó a resultar chocante que, cuando apenas habían transcurridos unos pocos meses desde que ocurriera el desafortunado descalabro, observáramos cómo Mario empezó a congelar sus relaciones de solidaridad con las causas con las que siempre se había sentido estrechamente vinculado.
Aunque vagamente, todavía recuerdo, por ejemplo, unas primeras manifestaciones suyas sobre la masacre contra los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en México, en el año 1968. No puedo olvidar, sin embargo, la fuerte impresión que me produjeron. Habló de aquellos dramáticos acontecimientos con una frialdad y distancia sobrecogedoras, pese a que la dureza con la que actuó el gobierno mexicano de entonces acabó en solo una hora con la vida de centenares de estudiantes mexicanos.
A partir de entonces, empecé a seguir con escrutadora atención la pista a sus cada vez más frecuentes y publicitados movimientos entre Perú, Estados Unidos, España y Francia. Sus viajes a los Estados Unidos se multiplicaron con motivo de su pertenencia al Pen Club, del que en 1976 llegaría a ser nombrado presidente. Para no pocos, el Pen Club fue un eficaz instrumento de la CIA americana para facilitar la penetración ideólogica estadounidense en el mundo cultural europeo y americano, en el que las corrientes politicas derechistas occidentales habían quedado seriamente desguarnecidas después de la II Guerra Mundial. Sea o no fuera así, lo cierto es que Mario Vargas Llosa utilizó con mucha eficacia las posibilidades que le ofrecía esa tribuna para atacar sañudamente a cualquier proyecto político progresista que se le cruzara en el camino.
Aunque mi memoria no me ayuda a precisar las fechas, tengo vivo aún el recuerdo de que a partir de entonces todo empezó a dislocarse en Mario Vargas. De la frialdad pasó a una hostilidad militante. No sólo Cuba se transformó en diana principal de sus ataques, sino que a ellos agregó al alemán Günter Grass y a su ex entrañable colega Gabriel García Márquez, afirmando en Nueva York que ambos se habían convertido «en cortesanos de Fidel Castro«. Ni que decir tiene que aquello tuvo un impacto considerable en los medios de comunicacion occidentales. Un destacado intelectual converso de izquierdas atacaba desde el mismo corazón de losEstados Unidos a Cuba y a los intelectuales «apátridas» que presuntamente seguían su estela ideológica.
Como ha sucedido frecuentemente en los casos de conductas similares a las de Mario, a partir de entonces las glamorusasrevistas y televisiones estadounidenses se abrieron de par en par a la participación de Mario Vargas Llosa, el ex «revolucionario arrepentido». El cuadro de sus amistades públicas cambió también de forma radical. Mario se convirtió en objeto de la admiración de distinguidos personajes norteamericanos, la mayoría de ellos inequívocamente ubicados en el campo de la derecha política e intelectual de los Estados Unidos.
A veces pienso que el fulgurante escenario que le permitió la entrada en la sociedad del espectáculo activó, paralelamente, un crecimiento desmedido de su ego. En el colmo de la osadía no se conformó con convertirse en un escritor venerado por la élite intelectual de los Estados Unidos. Su ambición traspasó esos límites, empujándolo a intentar llegar aún más lejos: ser presidente nada menos que del Perú .
Mario dejó de parecerse incluso a su propia sombra. Era otro hombre. Se había convertido en un personaje desconocido, de opiniones imprevisibles. Fue en ese momento cuando comencé a verlo como un enemigo hostil, del que había que defenderse. Por ello, cuando mucho después se hizo íntimo de José María Aznar o se emparejó con Isabel Presley ni siquiera me resultó extraño o sorprendente. Los tres eran la misma cosa, pertenecían ya al mismo mundo.
Siempre he tenido la convicción de que aquella extraña caída de la escalera en su domicilio de Lima lesionó alguna área clave de su cerebro, provocando un mefistofélico cambio en su identidad ideológica. Aunque nunca me atreví a comentarlo con nadie, pienso desde hace años que, por alguna desconocida razón, aquel funesto accidente no afectó a la parte de su cerebro que tenía que ver con la creatividad literaria. Sus libros, sus recreaciones literarias, su enorme capacidad fabuladora no habían perdido ni un ápice de su valor original. Permanecían intactas, vivas. Quienes aun despreciando la nueva faceta de su personalidad han tenido el valor de seguir comprando sus novelas, seguro que coincidirán conmigo. Mario Vargas Llosa, pese a sí mismo, continúa siendo un excelente escritor que describe con brillante rigor literario la realidad social que lo circunda.
ACLARACIÓN FINAL
De manera deliberada, lo confieso, me he visto obligado en el curso de esta narración a fabular una hipótesis sobre un accidente que nunca existió. En efecto, Mario Vargas Llosa jamás se cayó por unas escaleras en su casa de Lima. Todo ha sido el resultado de una suerte de constructo imaginario del que me he valido para tratar de encontrarle una explicación racional a los motivos que convirtieron al doctor Yekyll en mister Hyde. Y de esa manera, a su vez, permitirme a mí mismo la posibilidad de seguir comprando, sin que pesen sobre mí cargos de conciencia, los libros de un excelente escritor que se terminó convirtiendo en el personaje vil y repugnante que es hoy.
Un comentario
Es que Varga Llosa siempre ha sido un hijo de engendro, ¡es su naturaleza!. A mi nunca me ha sorprendido, igual que a Pepe Mujica, con sus discursos patéticos, para preparar el terreno de la traición; observen la metamorfosis de su discurso: contra Maduro, gobernantes y países progresistas, y la guinda de la torta: «Marquez faltó el acuerdo de paz.» ¿Que tal?.
«POCOS SABEN LO QUE SOMOS, PERO TODOS VEN LO QUE APARENTAMOS» Maquiavelo