Para que ustedes vean cómo fue la primera ciudad que construyeron los malditos conquistadores…

JOSÉ SANT ROZ
LA PRIMERA CIUDAD

El cerdo introducido por primera
vez en 1493, se había desarrollado extraordinariamente, y… se
hizo muy provechosa la cría de cerdos.
F.A. Kirkpatrick.

La sociedad española no estaba lo suficientemente organizada, culta y equilibrada socialmente, como para que de ella pudiese surgir gente capaz de erigir ciudades decentes, limpias y muy bien trazadas. Primero se hacían las casas, y luego las calles como dios mandase. Y se empedraban éstas si algún rayo iluminaba a los mandatarios. Según un cronista, en la propia España de la época «muchos y cruentísimos ladrones, homicidas, robadores, sacrílegos, adúlteros y todo género de delincuentes merodeaban por los caminos. No temían a Dios ni al Rey, ni tenían seguras sus hijas e mujeres, porque había multitud de malos hombres. Otros, dados al vientre y al sueño, forzaban notoriamente casadas, vírgenes y monjas y hacían otros excesos carnales. Otros, cruelmente, salteaban, robaban y mataban a mercaderes, caminantes y a hombres que iban a ferias. Otros, que tenían mayores fuerzas e mayor locura, ocupaban lugares y fortalezas de la Corona Real y saliendo de allí con violencia robaban los campos de los comarcanos y todos los bienes que podían haber… ”

Con elementos tan negativos, ¿qué ciudad armoniosa o equilibrada podía levantar el Almirante? En la Española se propuso la construcción de la primera ciudad de América. Una ciudad con calles estrechas y húmedas como los pueblos blancos de Andalucía, con elevadas murallas, muchos cuarteles y cantinas, y burdeles con indias prostituidas que habían sido arrancadas de sus pueblos, carne para una soldadesca desquiciada. La ciudad tendría una plaza y una Iglesia, un cementerio para españoles y una cárcel bien grande. Aquella ciudad llevaría el nombre de Isabela.

Allí comenzó a nacer el negocio de los traficantes de esclavos y de los grandes buscadores de tesoros ocultos. Nada podían hacer los pobladores de aquella región ante un grupo de doscientos soldados fuertemente armados con ballestas, arcabuces, lanzas, y espadas, ávidos de oro. Antes de cada incursión, estos colonos entrenaban sus perros, especializados en despedazar y cazar indios. Además de estos crímenes, el Almirante en su obsesión por dar luces demasiado elevadas a «su reino», impuso un tributo de oro en polvo a los indígenas. Eso sí, rezaba cada mañana, se inclinaba ante el Cristo, y le rogaba a Dios no le fuese a fallar en sus grandes y dolorosos requerimientos.

La Isabela no podía ser un modelo de comunidad para nada, digo, y se convirtió en una ciudad perversa y caótica, donde un indio era algo menos que un perro; era una ofensa y un crimen ser indio, y ya se estaba haciendo evidente que no sólo eran herejes sino que resultaban del todo inútiles para las tareas de aquel conquistador en ciernes; eran menos que brutos. Cuando se les preguntaban por oro, divagaban, no entendían nada, miraban y señalaban por todas partes, y había que darles de palos para que fuesen un poco más precisos. Ya las enfermedades venéreas cundían entre los indígenas. Eso era parte del aporte cultural de occidente: todo progreso entra primero por las enfermedades venéreas, esto aderezado con policías, soplones, aduladores, procesos y cargos por crímenes y traiciones; la indisciplina iba poco a poco ocupando el trono del pequeño mini-estado que se estaba formando. El delito y las muertes clandestinas acabaron por convertir en tiranos a los dueños de cualquier objeto de valor. La única autoridad era la castrense. Estos pueblos obligados a ejercer el trabajo de la minería para los grandes truhanes del mercantilismo internacional, en poco tiempo se convirtieron en un hospicio, en arrabales cundidos de mendigos y de locos. Nada ha dado esta minería impuesta que no sea dolor, desorden, prostitución, el vicio de los juegos, las enfermedades venéreas y la fecundidad espantosa del recelo, del odio, del ocio y de la traición, con inmundicias y pestes por doquier.

Los pueblos mineros de América Latina han sido víctimas de esta fea y repelente epidemia. La minería es un negocio forjado sobre la ruina de la tierra y de la infecundidad humana y moral de los nativos. Y esta minería deja la tierra yerta, los promontorios de miserias revueltos con la carne de los explotados. Un hedor de eternidad en los muertos y en los desheredados. Odiosa fue la revelación para aquella camada de aventureros, al descubrir, que para sobrevivir tenían inevitablemente que ocuparse de la tierra. Que tenían que ensuciarse las manos y sudar sus trajes, bajo el inclemente sol del trópico; alguien tenía que cuidar los animales, levantar una choza, hacer caminos, y enseñarles algo a aquellos “brutos” insensibles. Era tal el desprecio de aquella gente por las artes manuales, que Bartolomé de las Casas se enfurece cuando un historiador de nombre Agustín Justiniano dice que Colón en un tiempo tuvo oficio de mecánico. Aquello habría manchado el nombre del Capitán de la Mar Océana muchísimo más que los títulos que lo señalan como iniciador de la gran aniquilación de indios y negociante de esclavos.
Del limbo del descubrimiento al caos de la conquista: no había tal Cipango. No había Khanes con ciudades de cúpulas doradas, ni pepas de oro regadas por las calles; no encontraban el ocio eterno, la comodidad paradisíaca de la que alguien hablaba en los sermones de la Iglesia de San Jorge, en Palos. El hambre amotinada competía en los basureros con los zopilotes, el ave nacional de aquella tierra destrozada. La carroña, la especie brutal de sus almas ya había engendrado males como para corromper al continente de manera irreparable en muchos siglos. El Almirante, más loco que nunca, dispuso nuevamente embarcar esclavos indios y llevarlos como trofeos a los reyes españoles; anunciaba mediante pliegos extensos y confusos oro, mucho oro para la gloria de España. Así como el descubrimiento estuvo en su cabeza mucho antes de dar con la tierra de los Khanes, su corazón seguía más que nunca preñado por visiones de oro en todas partes.

EL DECANO DE LOS CARNICEROS
Apenas las calles comenzaban a tener esas formas onduladas y tortuosas de ciertos barrios de Sevilla, apareció en la Isabela, un personaje que habría de acelerar la perdición de la isla. Se trata de Bartolomé, un hermano de Cristóbal Colón: había llegado para ayudar al Almirante en sus piadosos planes de conversión al catolicismo de la gente sana que él mismo había llevado, y ver si estas pías acciones podían extenderlas a los aborígenes. El Almirante, con esa tradición tan antigua, de entregar sus sagrados y poderosos bienes a su familia (que aquellos reinos fuesen sus feudos por mil generaciones), adjudica a Bartolomé parte de sus atribuciones de virrey. Aquel Bartolomé había sido muy bien educado en los barrios bajos de Francia. Es un personaje sin escrúpulos que bien se ve que no anda con ascos para matar, robar, engañar y expoliar sin cuentos. Se impuso así, un personalismo diabólico en todo, unos métodos sanguinarios contra los indios que éstos tuvieron por primera vez que responder por la fuerza. Entonces, los que habían ido al Nuevo Mundo para llevar la palabra de consolación de Dios, su justicia, su dulzura, comenzaron por levantar patíbulos, horcas y artilugios para la tortura. Las plazas para verdugos requerían de muchos y solícitos expertos en descuartizamientos, y éstas se colmaban con toda clase de malvados, que era lo que sobraba. Para que Dios tuviera sentido en un lugar donde no hacía falta, era necesario que llegaran los europeos con su soberbia, sus reformas y sus crímenes y sus maquiavélicas astucias para revolverlo y destruirlo todo.

Van así, pues, surgiendo quejas ante los reyes, de que Colón y su familia están implantando la llaga de discordias incurables en aquellas tierras. Se institucionaliza el mundo del espionaje, el de las comisiones con investigaciones costosas y funestas. Hay apenas cuatro gatos europeos en la Española, y ya las Indias se estremecen por querellas, calumnias, intrigas, sublevaciones, toda suerte de pestes jurisdiccionales y legalistas. Se le está dando ya forma al continente de los legajos, al de los pleitos leguleyéricos eternos y tormentosos.
En realidad las quejas provenían por el ansia de riqueza que Cristóbal Colón les había metido en sus espíritus; por otro lado, se estaba haciendo de la Española una factoría, y todos aquellos pobres diablos que habían viajado con él, con afanes de hacerse ricos comenzaban a caer en la cuenta de que no eran sino unos esclavos de las locuras comerciales del señor Almirante. No sólo eso, sino que el genovés ya estaba en planes para establecer normas severas, con ejecuciones capitales, para quienes desobediesen sus órdenes.
En Abril de 1494 Alonso de Ojeda, apresó al cacique de la Española y a un grupo de sus familiares (que vivían en las cercanías de la guarnición de Santo Tomás), los acusó de haber dejado unas ropas en medio del río cuando lo cruzaban, y a uno de los vasallos del cacique mandó a cortarle las orejas en medio de la plaza. Estos prisioneros fueron enviados a Colón en La Isabela, éste ordenó que les cortaran las cabezas. Aunque la brutal medida no se llevó a cabo por ruegos desesperados del pobre cacique, desde entonces la situación se hizo insegura en la región. Hasta los indios en los que era verdaderamente extraño el robo, comenzaron a dedicarse a robar para paliar el hambre.
Entonces, Colón propuso que al que robase se le cortase la oreja o nariz y así asegurarse el «rescate». Que con tales medidas se les inspiraría a los indios terror y con ello la esperanza de ser bien tratados en caso de que se comportaran bien. Es decir, primero los indujeron al delito para poder justificar sus bárbaras represalias. A la tortura y al robo se le añadió el desenfreno sexual. A los indios se les hacía insoportable la manera de vivir de los intrusos. Hubo un tiempo en mi infancia y en mi juventud en que yo, sin haber leído nada de estas cosas las recordaba todas por atavismo. Debe ser una etapa por la que pasa cada latinoamericano en su formación social: es cuando sentimos una fuerte repulsa hacia los españoles. Yo he vivido ese momento de lástima y de odio hacia el español establecido en estas tierras; y no hay uno solo de los tatatataranietos de aquellos intrusos que no haya sentido ese desprecio amargo y violento de nuestros pueblos hacia nuestros antepasados hispanos.
Los españoles tratan de justificarse ahora diciendo que había que vérselas con colectividades en las que las tradiciones y modos de ser se hallaban en perpetua confrontación. Esa no era razón para venir a desequilibrar las condiciones naturales de las Indias. La metrópoli estaba enviando aventureros, hombres ávidos de riqueza fácil, y seguían llegando las embarcaciones con delincuentes a los cuales se les había suspendido la condena a cambio de venir a servir al Nuevo Mundo. El cebo para reclutar gente y traerla a estos parajes no era muy humano que digamos; entonces en la distribución de las tierras, en la fundación de ciudades, construcción de caminos y puertos, y en la lucha por ganar la gracia y bendición de Dios y del rey español, lo fundamental era encontrar oro y esto condujo a ultrajes de todo tipo, despojo de los bienes de los nativos y el tenaz proceso de exterminio y sometimiento de los indígenas.
Tiene coraje don Salvador de Madariaga cuando dice que los indígenas sufrían indefensos la irrupción de una turbamulta «que en su mayoría, por una especie de selección natural, ponía atención en la conquista de sus fines materiales mucho más que en los escrúpulos morales que pudieran frenar sus movimientos” . ¿Qué clase de selección natural podía ser ésta, impuesta desde afuera y con elementos tan extraños, y con una tradición contraria a la nativa? Esta dominación, este proyecto de levantar ciudades con características tan opuestas al sentimiento de los pobladores de estas regiones, con recursos y medios no acordes con su modo de ser; con imposición de condiciones culturales y religiosas ofensivas al hombre mismo: tan arrogantes y soberbios, llenos de una presunción terrible y sanguinaria, que se repartían a los indios como otra parte más del botín, que al tiempo que hacían cristianos a los «salvajes para salvarles sus almas”, iban adquiriendo el privilegio de explotarlos, de vejarlos, de esclavizarlos y apropiarse de sus bienes y territorios.
Cuando los indígenas (debilitados, destruidos y envilecidos por la brutalidad del trabajo) perdieron por completo su equilibrio social, emigraron de los lugares que iban tomando los invasores; ya no se ocupaban de sus conucos, de sus siembras, de sus sistemas de riego y comenzaban a morir de hambre. En los caminos y en los campos «estaban los indios muertos en cada parte», y los españoles maldiciendo de que aquellos salvajes “que adrede se entregaran a la molicie, sólo para dañar sus empresas, pues sabían de la abundancia de oro que había en la región”. Esta nueva interpretación de la conducta del indígena hacia el europeo agudizó la confrontación. Se hicieron expediciones punitivas contra los macorixes, y el 24 febrero de 1495 partieron hacia Castilla cuatro naves cargadas de esclavos. Se había reunido en la Isabela un numeroso grupo de indios entre mujeres, hombres y niños. Atestadas como estaban las naves con quinientos cincuenta «salvajes», procedió a soltar el resto, más de cuatrocientos. Algunas mujeres, todavía con niños de pecho, con el fin de escapar mejor, y temiendo que las capturasen, se desprendían de sus críos y huían desesperadas; cruzaron montañas y ríos y se situaron lo más distante posible de la Isabela.
Cuando aquellas naves penetraron aguas españolas habían muerto (de frío) más de doscientos indígenas. Dice Michele Cúneo: «Desembarcamos en Cádiz a todos los esclavos, la mitad de ellos enfermos. No son gente apropiada para trabajo pesado, sufren mucho el frío y no tienen vida larga” .
Colón sentíase a sus anchas en la Isabela, y de vez en cuando salía a «punto de guerra» o para pacificar a los «salvajes», y hacerles ver que si se portaban bien no los castigaría. Era la lógica propia de un hombre que había recibido la magistral enseñanza de cuanto Europa heredó de las costumbres del Imperio Romano, esas, que don Arturo Uslar Pietri y otra camada de insignes venezolanos han querido que copiemos. En marzo de 1495, entró Colón a la vega de Yaque con doscientos soldados escogidos, veinte a caballo y veinte perros de presa, acompañado del fiel cacique Guacanagarí del Marién con mucha de su gente. Los indígenas de las Vega del Yaque fueron espantados como parvadas de aves. Don Fernando, el hijo del Almirante, cuenta que como resultado de esta expedición pacífica, en adelante «un cristiano solo iba seguro a donde quería. Y los mismos indios lo conducían en hombros, como se usa en las postas, a donde más le agradaba».
Fue durante esta expedición cuando Colón tuvo la idea de someter a los indios del interior haciendo que éstos pagaran a sus caciques un tributo, que luego los españoles pasarían a recoger. Esta recolección se haría con sujetos fuertemente armados.

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