Para completar los evangélicos tienen empavado a Brasil… Vean esta locura…

El lunes amanece en Copacabana como cualquier otro. Hay turistas por todas partes, corredores en el paseo marítimo y un par de obreros del Ayuntamiento que reponen, una a una, las piedras portuguesas de la calzada, un trabajo que en Río nunca se termina. Nada en el barrio delata que la víspera Brasil votó en unas elecciones decisivas. Tampoco que la derecha arrasó en buena parte del país eligiendo gobernadores y senadores, ni que Flávio Bolsonaro dio la sorpresa al adelantar al presidente Lula en la primera vuelta.
Las caras, eso sí, cambian según el voto. Los bolsonaristas caminan satisfechos, sonríen seguros de que en tres semanas tendrán presidente. Los simpatizantes de Lula, que llegaron al domingo convencidos de que el petista podía liquidar la elección en primera vuelta, le han visto las orejas al lobo. “Yo pensaba que Lula ganaba a la primera”, lamenta Jefferson Frederico, de 47 años, en la tienda de material de construcción donde trabaja.
Flávio Bolsonaro, de 45 años, sumó el 47% de los votos válidos frente al 45% de Lula, unos 2,2 millones de votos de diferencia. Ambos se medirán en la segunda vuelta del 25 de octubre. Casi nadie lo había previsto: los principales sondeos llegaron a la víspera con Lula por delante. El senador ganó en todos los estados del Sur, el Sudeste y el Centro-Oeste. Lula conservó los nueve del Nordeste, pero con menos votos que en 2022.
Empieza ahora una carrera de tres semanas por los votos de los candidatos eliminados. Ninguno de los candidatos de la derecha que quedaron fuera (Ronaldo Caiado, Romeu Zema, Renan Santos y Augusto Cury) apoyará a Lula. Zema ya ha hecho un guiño al senador bolsonarista. Renan Santos se niega a respaldar a nadie, pero da la elección por ganada para Flávio. Lo que hagan sus votantes es otra cosa, aunque nadie espera grandes sorpresas. La otra batalla, la enorme, está en convencer a los 33 millones de brasileños que no votaron, el 21% del censo, la mayor abstención desde 1998. La apatía política está por todas partes. También entre los que votaron.
Ganador por estado en 2026
% de votos válidos obtenidos por cada candidato
TeresinaTeresinaRecifeRecifeSan LuisSan LuisPalmasPalmasCuiabáCuiabáPorto VelhoPorto VelhoBelénBelénManausManausGrandeCampoGrandeCampoGeraisMinasGeraisMinasBrasiliaBrasiliaSanPabloSanPabloRío deJaneiroRío deJaneiroFortalezaFortalezaSalvadorSalvadorPortoAlegrePortoAlegreCuritibaCuritibaBoa VistaBoa Vista
Fuente: TSE EL PAÍS
Nilson Teixeira, uno de los obreros que reponen las piedras de la calzada, entraría por su perfil en la estadística de los votantes de Lula. Cobra unos 2.200 reales al mes y vive en Santa Cruz, en la Zona Oeste de Río, un área dominada por las milicias: grupos de exmilitares y expolicías que extorsionan y cobran por servicios en los barrios más pobres. Pero votó a Flávio Bolsonaro. No le gusta: “El padre y el hijo son la misma cosa”. Tampoco se considera de derecha. Ni de izquierda. “Voto porque tengo que votar”, dice. Eligió al senador “para ver si cambia algo” y porque lo que más le preocupa son los robos: “Nadie merece comprarse un teléfono y que venga uno y se lo robe”.
A María José Miranda, de 82 años, el entusiasmo le sobra. Ve la mano de Dios detrás de su candidato. “Dios está en estas elecciones. Claro que va a ganar”, asegura junto a dos mujeres a las que acaba de conocer en el paseo y a las que ya llama amigas. “Tengo certeza absoluta”.
Flávio debe su candidatura a su padre, Jair, inhabilitado y condenado a 27 años de prisión por intento de golpe de Estado, y muchos de sus votantes no separan al uno del otro. “La gente está votando a Bolsonaro”, resume Miranda. “El padre va a estar ahí, está con él, le va a poner la banda presidencial”, fantasea. Nada rebaja su devoción, ni los vínculos documentados de la familia con las milicias ni las investigaciones por corrupción. Lula “es peor”, dice. Es “el demonio de nueve dedos”, en alusión al dedo que el presidente perdió en un accidente laboral cuando era metalúrgico. “¿Sabes lo que va a hacer Lula ahora?”, cuestiona. “Dar dinero a la gente para que le vote en la segunda vuelta. Nuestro dinero, los impuestos”.
Ni su nueva amiga Maria Carla Da Silva, de 68 años, se libra de la reprimenda cuando cuestiona a Jair Bolsonaro. Da Silva se enfadó con el expresidente por su gestión negacionista de la pandemia: “Dijo que era una gripecita y todo el mundo se fue muriendo”. Aun así, sigue votando a la familia por sus hijos, militares como lo fue Jair. “No hables mal de Bolsonaro, que no vuelves a entrar en mi casa”, la corta Miranda, no se sabe si en serio o en broma.
Renildes Dantas, de 55 años, la tercera del grupo, es nordestina, de la región que siempre ha sostenido a Lula. “Celebramos entre comillas. Queríamos estar ya saltando”, dice. Le indignan las ayudas sociales de la izquierda, que a su juicio desincentivan el trabajo. “Vale gas, vale leche, vale alquiler… y los que trabajamos no tenemos derecho a nada”, protesta. “Vas a buscar a un albañil y te dice: ‘No voy, ya tengo mi bolsa-família’”. Su perfil va a contracorriente, pero cada vez menos. En el Nordeste, Flávio obtuvo un 30,9% de los votos, casi cuatro puntos más que su padre en la primera vuelta de 2022. Lula bajó tres puntos, hasta el 63,8%.
“Brasil quiere cambio”, dijo el domingo por la noche Flávio Bolsonaro tras conocerse los resultados. Y cambio es lo que piden muchos de sus votantes, aunque ni siquiera simpaticen con él. Clarice Guedes, publicista de 45 años, está lejos de admirarlo, pero lo votó y lo seguirá votando. “No era mi opción, pero por falta de opción…”. No le gustó el gobierno del padre, pero lo justifica: “Que al padre le saliera mal no quiere decir que al hijo le vaya a salir mal”. Votó, dice, “para respirar otro aire”, y también por su hijo de 10 años y por miedo a la violencia.
André Camilo, de 46 años, es el compañero de Jefferson en la tienda. Vive en São João de Meriti, en la periferia metropolitana, y votó una vez a Lula y otra a su sucesora, Dilma Rousseff. Habla mientras su compañero, petista, lo observa en silencio. “Pensábamos que iba a cambiar, pero no cambió nada”. Hace años que confía en los Bolsonaro. A Flávio lo votó porque “es conservador”, como él. “Prefiero que hablen de ideas de derecha, que es más lo mío”, explica.
—¿Cuáles son esas ideas?
—¡Ué! Conservadurismo.
—¿Ser conservador es, por ejemplo, que no te gusten los gais?
—Es que no me gusta. Es que yo no soy… No me gustan esas cosas que apoya la izquierda. Estoy muy en contra.

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