José Sant Roz
- EL COMANDANTE: El desenlace de mi drama será algo diferente al padecido por el Libertador en 1830. No hay un Páez en armas con el poder de una gran sección de la república, pero sin dejar de considerar que tenemos una buena parte de la población embanderada contra nuestra tierra, aliada con el imperio de turno, con fuerte apoyo del sector económico y de la prensa nacional y mundial. Aunque mis votos nuevamente serán por la unidad de la patria. Moriré, no como el Libertador ante un cuadro de desintegración con aquellos patriotas divididos: Justo Briceño, Rafael Urdaneta, Mariano Montilla, Daniel Florencio O’Leary, todos ellos en la Nueva Granada, y con aquella Venezuela desgarrada bajo el mando de Páez rodeado de abogados intrigantes: el Miguel Peña, Leocadio Guzmán…; y al Sur, con un Ecuador dominado por un ambiguo como el general Juan José Flores. Esa no es mi situación de cara al porvenir: la patria que dejaré quedará en manos de un pueblo consciente de su destino. No moriré tampoco con una camisa “prestada”, aislado de mi pueblo querido y alejado de la tierra que más he amado. No hay un par de hienas (José María Obando y José Hilario López) avanzando desde el Sur para tomar el poder luego de haber destrozado el cuerpo del Abel de Colombia. No moriré viendo una América Latina desintegrada como la encontramos en 1998.
- Sigue diciendo EL COMANDANTE: Pero aun así, mis dolores también vivirán en el futuro, siempre recordando las palabras del Padre Bolívar de que nada puede un pobre hombre contra un mundo entero. Pobres hombres todos nosotros los poseídos por el fuego sagrado de la libertad, todos los poseídos por la idea fija de tener soberanía y procurarle dar un gran destino a nuestra patria. Ya sé que el año que viene no estaré con mi pueblo, y que seguirán lloviendo injurias e infamias contra todos los que sostenemos este proyecto. ¿Pero quién podría ahora engañar a este pueblo, luego de catorce años de lucha contra los engañadores de todas las horas, contra esa monstruosa farsa que montan los medios para aniquilar con toda frialdad a quienes se enfrentan a sus intereses? También Bolívar en su hora fue víctima de aquella bandada de periódicos y opinadores que controlaban medios como “El Demócrata” y “Aurora”.
- Agrega el COMANDANTE: Muerto Bolívar lo siguieron injuriando, llamándole tirano en jefe, déspota, violador de la Constitución jurada por el Congreso en Cúcuta, y para escarnio de toda la Gran Colombia hicieron de Francisco de Paula Santander el sabio regenerador de la paz y de la unidad de los granadinos. A todos los más nobles y grandes próceres de la Independencia se les condenó en Bogotá al ostracismo, a la cárcel o a ser fusilados. Aquella historia, hoy hemos logrado superarla, aunque muchos de los engañadores de todas las horas han logrado dejar una estela de locura y de odio casi inextinguibles. Yo tuve que asumir el papel del condenado. Del maldito. Del señalado. Del Eternos Señalado. Mi pueblo ha sabido entender esta lucha y que hoy podemos decir: no aramos en el mar: y por eso está allí el pueblo en la calle, con sus banderas y sus penas, con su fervor, nobleza y generosidad infinitas. Sé que me quedan pocos días. Ya veo el tronar sin embargo de otras victorias.
- SUS ESTREMECEDORAS VISIONES: Y sé que hay tantas tareas aún por cumplir, que es lo que me estremece y a veces me acongoja, luego de cruzar tantos desiertos: los hijos de la patria: sus trabajadores, el Plan de la Patria…, mis libros, eternos consejeros, mis diarios, mis recuerdos, mis padres, mis hermanos y amigos, mis llanos de Barinas y del Apure, las coplas, los cantos, los vegueros de mi pueblo. Todos los tesoros adorados de hermandad, soberanía y patria que logramos en esta luminosa marcha de veinte años y que hemos tratado de proteger como un avaro. Es lo que duele, es lo que estremece y acongoja. Con mis libros y mis temores, con mis pensamientos y sueños hasta más allá de los infiernos. Porque no hay cielo ni paraíso, no hay castigo ni condena capaz de consumir este cuerpo, de doblegar este ideal, de contener estas pasiones encendidas de amor por la patria, por el fuego sagrado de cuanto vibra bajo este cielo querido. No es la muerte particular de ninguno de nosotros lo que pueda detener este oleaje de pasión y de coraje revolucionario que corre ya por toda Venezuela.
- TODAVÍA SUS SUEÑOS: Inconcluso, tantos proyectos atesorados en lo más profundo de nuestro corazón… que como poemas han quedado sembrados en mis amados compatriotas; soplos de porfías delirantes en medio de mil insomnios con mis ríos de pueblos y de mis amores, con el clarín definitivo del impulso que ya está dado. Es el “no retorno” que se ha consolidado. Nadie sabe de estos dolores y de tantos partos. Nada dejé traslucir de tantas penas, porque sólo los pobres y condenados de la tierra las entienden. Recorrer un país con el cuerpo destrozado y venir a darse un milagro: el alma de todo un pueblo que es quien ordena y uno oyendo su mandos, sus razones y clamores. Ha llegado a trascender uno por obra y gracia del soportarse y el echarse a rodar con el simple tráfago de las ansiedades y penas acumuladas de siglos. Abrazado a mi pueblo amado, acabé disuelto en él. Mis huesos, mis nervios, mi corazón, no eran parte de un cuerpo sino de un destino y de una marcha que estalló en las oscuridades de los tiempos sin nombre: la voluntad inoculada de generaciones torturadas y perseguidas que se hicieron mi espíritu y mi sangre. ¿Qué podía ser uno llevado por la marea incesante de un sentimiento de amor encantado del que fui apenas un minúsculo fragmento?
- SUS ÚLTIMOS SUSPIROS: Ya no soy yo el que habla sino el que transmite lo que se me dicta desde el compendio conflictivo de todos nuestros dolores y tormentos. No sé de dónde brotó siempre esta voz fuerte, apasionada, desbocada. Con estas cargas que destrozan, pero nos elevan, que oprimen y escuecen, pero que nos dan fuerza. La voluntad de una especie soberana que se hizo un pueblo. Que se adueñó de cuanto uno posee: con sus sueños de grandezas y de temores, de peligros y bendiciones. Qué importa si nadie supo de mis dolores, cuando sonría, amando, aunque vibrara de pasión con los cantos de mi pueblo. Con tantas muertes sobrellevadas sólo para renacer cada vez más fuerte. Ninguna realidad ha estado jamás fuera de mí. Me han dictado la norma de esta lucha contra todas las tormentas. No es que intentaran asesinarme como tantas veces lo buscaron: se trata de otro ciclo más, y sé que me suplican que permanezca, que uno acaba siendo el más paciente de los impacientes, que tiene que traspasar las armas para que otros continúen la batalla. Uno al fin al cabo acaba siendo parte de las causas del eterno retorno de las cosas.
- AL FINAL: Disuelto con este espíritu agitado en la extensión ingrávida y profunda de mi querida tierra. Alguien que me moldeó, alguien que hizo de mi vida una batalla interminable para repetir una y otra vez la palabra porfiada del que se ha vencido a sí mismo, porque en verdad no he nacido para morir, sino para cerrar los ojos y escuchar el curso de los siglos eternos en los que estaré una y otra vez volviendo como anunciador de otro ciclo. Alguien nos empujó a esta dimensión de vuelos venturosos para poder construir este mundo en el seno del universo. Una lucha con el pensamiento en las batallas perfectas que nos han dictado. La vieja canción de los juegos de fantasía que nos iluminaban en la niñez. Uno, que anduvo en esta lucha a brazo partido para liberarse de lo que se llama la PERSONA para al final poder disolverse en su pueblo. La “persona” que es una simple propiedad del ser del que hay que liberarse. La PERSONA que es la peor de las máscaras. Esa ha sido toda mi verdadera encarnizada lucha. Por eso pude levantarme contra todos los prejuicios de todas las tiranías internas. Combatiendo con fuerzas desiguales. Y así y todo pudimos salir victorioso frente al oleaje monstruoso de los tiempos y de los imperios. Sin nada de que quejarnos ni de que arrepentirnos: !Oh, corazón impetuoso y de largo aliento, espíritu perseverante, todo a ti te lo debo! Ahí está, el querido libro que he cargado conmigo entre las espinas y las derrotas. Ya no hay muerte posible, porque si las flores se marchitan por qué hemos de quejarnos de este simple tránsito. Amado pueblo, nunca te quejes de nada. Síguete a ti mismo, que ya conoces los mandatos inscritos en tus corazones. Lloraremos juntos, pero mira al frente todos los verdes prados y grandiosos horizontes, este brillante e inefable cielo, el mismo de Sucre y de Bolívar.
PADRES ETERNOS.