OJO con ciertos influencers de mierda que quieren que confundas el voto con el like…

Juan Becerra Acosta

El influencer es un creador de contenido cuya misión es la de construir narrativas que generen audiencia para monetizar y popularizar su imagen. 

Confundir el voto por el like, acudir a la urna para ahí colocar un “me gusta” disfrazado de sufragio, elegir como gobernantes a influencers, da como resultado que oportunistas estén en cargos públicos para los que no están preparados ni auténticamente interesados.

El gobernante ocupa un cargo electo avalado por la Constitución; su misión debe ser el bien común, la justicia social y el servicio público. El influencer es un creador de contenido cuya misión es la de construir narrativas que generen audiencia para monetizar y popularizar su imagen. El político debe trabajar a favor de la ciudadanía, el influencer trabaja para sí mismo.

No es excluyente de la responsabilidad de un político el construir una comunidad digital y publicar contenidos en sus redes sociales, incluso es necesario; pero cuando ese contenido es ajeno a la verdad y el beneficio colectivo, si el mensaje atenta contra el interés público o distrae del mismo, entonces la política deja de organizarse alrededor de proyectos colectivos y comienza a girar en torno a personalidades digitales para generar tendencia y acumular seguidores. Cuando esto sucede, el cargo público deja a un lado la necesidad de organizar la convivencia humana, gestionar el poder y resolver conflictos dentro de una sociedad para, en su lugar, entrar de lleno a la lógica del algoritmo.

El “influencer político” construye su audiencia provocando rabia, repudio, asco, indignación y mucho miedo. El método suele ser el mismo: encontrar un enemigo diario para con él mantener a sus seguidores encendidos; lo ridiculiza, desacredita, injuria y exhibe, para luego, si ese rival responde, victimizarse. La infamia es la munición y la mentira el arma. Si el engaño se desmiente no pasa nada, el objetivo del influencer no es la verdad, sino retener y consolidar a sus “fieles”.

Mientras el político basa su credibilidad en leyes y mandatos democráticos, el influencer la construye con su marca personal y número de seguidores. ¿Qué sucede cuando los liderazgos políticos dependen más de la viralidad que de los resultados? En ese modelo la verdad es secundaria, lo importante es el impacto. 

Una mentira con millones de vistas parece valer más que una explicación seria con mil lectores. El algoritmo premia la confrontación y castiga la prudencia, por eso abundan los diagnósticos extremos, las teorías simplistas y las aparentes certezas absolutas. 

Al influencer político no le basta con gobernar, legislar o militar; tiene que transmitir en vivo, reaccionar, polemizar, generar tendencia y acumular seguidores.

Un gobernante puede fracasar al gestionar recursos públicos, pero triunfar narrativamente en redes. Ejemplos son poblaciones con calles repletas de baches, mafias de franeleros que se apropian del espacio público, extorsiones a comerciantes y, al mismo tiempo, videos triunfalistas de sus gobernantes acumulando millones de vistas. 

La realidad deja de ser importante para dar paso a apariencias que se multiplican con cada likeretuit o comentario; los acarreados en mítines y marchas en las calles ahora son jaurías digitales que desde granjas nutren de manera artificial la discusión en línea.

Para el influencer en el cargo público la política deja de organizarse alrededor de proyectos colectivos y comienza a girar en torno a personalidades digitales. El debate público se reduce a clips de menos de un minuto, la complejidad estorba, la duda debilita, la sutileza no viraliza.

Hay políticos capaces de explicar temas complejos en redes. Investigan, contextualizan y abren discusiones necesarias, pero suelen competir en desventaja frente a quienes convierten la política en entretenimiento agresivo o en espectáculo.

Cuando el ejercicio en el cargo público se convierte en una industria de influencia, el riesgo es que el poder deje de rendir cuentas y sólo busque mantener la atención.

La línea entre ser político o influencer es cada vez más delgada, lo que da lugar a fenómenos donde famosos saltan de las redes sociales a cargos públicos, o donde los políticos tradicionales adoptan estrategias de influencers. Pero el problema no son solamente los creadores de contenido político; también partidos y gobiernos han aprendido a comportarse como influencers; cada decisión se calcula en términos de percepción inmediata, cada conferencia se piensa como contenido, cada escándalo se administra como tendencia.

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