Nuestro pueblo no puede seguir sufriendo: a la bestia hay que darle de comer. Dos paliativos, ninguna derrota

Manuel Gragirena

 

El petróleo de Venezuela es el excremento del diablo. Hay petróleo que ciertamente huele muy feo, y el de la Faja del Orinoco es espeso y revuelto con barro; tiene ese aspecto, parece excremento.

Ahora, la frase «Hundiéndonos en el excremento del diablo» fue producto de una dura crítica de Juan Pablo Pérez Alfonzo, un respetado ministro venezolano que, gracias a su nivel de conocimiento e intelectualidad, logró junto con Abdullah al-Tariki fundar la OPEP en 1960.

La crítica de Pérez Alfonzo se debió a que Venezuela había caído en el rentismo absoluto, al punto de que nuestro país abandonó prácticamente cualquier otra actividad exportadora.

La frase tomó fuerza con la nacionalización del petróleo en 1976, pues quienes criticaron o hicieron severas observaciones a las condiciones de la nacionalización la utilizaron en su retórica, junto con otra frase también muy famosa: «sembrar el petróleo», de otro respetado intelectual venezolano, Arturo Uslar Pietri.

Hoy, el petróleo, sea excremento o no, es la causa de las guerras: calientes, frías, comerciales y comunicacionales. Incluyendo secuestros de presidentes y alcabalas marítimas. Y también es la causa del debate político venezolano, pues hay quien asume que el acuerdo con los EE. UU. es traición, otros ven una oportunidad de salir de la crisis y otros simplemente se frotan las manos al escuchar cifras de inversiones astronómicas.

El petróleo, y todos los recursos naturales que están dentro del territorio patrio, son de los venezolanos, y por defenderlo, por tratar de administrarlo, nos han saboteado la convivencia política; pero todavía no han causado una guerra civil, y creo que ya es imposible.

¿Qué tenemos hoy? Respuesta: una ecuación polinómica cuya variable «¿qué hacer?» está repartida en varios conflictivos términos. Primero, un presidente secuestrado, un rehén de los EE. UU. Segundo, un gobierno amenazado de muerte, pues el secuestro y el ultimátum vinieron en la misma cajita. Tercero, un país con una población que necesita de un salario y el restablecimiento de muchísimos beneficios laborales, hoy suspendidos por causa de un bloqueo comercial prolongado. Cuarto, un mundo en crisis, con una superpotencia que ve cómo la mecha se acorta cada día, pues consume alrededor del 20% del petróleo mundial y, aunque hoy ha incrementado masivamente su producción interna (13 millones de barriles diarios), sigue requiriendo crudo del resto del planeta para sostener su demanda (20 millones de barriles diarios). Quinto, un mundo claramente multipolar, en donde ya no es posible que una nación tenga el privilegio de ser el único emisor de la moneda de canje mundial —un cuello de botella para la libertad de comercio—, más aún si, sobre la base de su poder bélico, impone su moneda como la unidad de cuenta para el comercio del excremento del diablo, fuente de energía mundial. Como sexto término de la ecuación está el hecho, comprobable por demás, de que la superpotencia —el gendarme del mundo— es una amenaza, tanto por su naturaleza expansionista como por su necesidad de sostener una sociedad que solo se mira a sí misma, pues lejos, muy lejos están de respetar las culturas ajenas. Observemos cómo todavía campea el racismo, ya no solo entre blancos y negros, sino ahora en contra de latinos y árabes. De MAGA a nazi hay un solo paso.

La ecuación tiene solución, y por ser polinómica tiene varias, pero no todas son aplicables en lo inmediato. Y voy en orden inverso.

El racismo de esa sociedad solo será derribado si logran amarse entre ellos, y el mestizaje implica varias generaciones. La solución keynesiana de un banco central y una moneda internacional vendrá, no hay duda de ello, pues la industrialización y el comercio están impulsados por las comunicaciones de hoy, sin fronteras y en el idioma de cada quien. Es más una cuestión de tiempo: los tenedores del dólar primero deben convertirlo en objetos tangibles para después no recibirlo más.

A la bestia hay que darle de comer; hambriento es mucho más peligroso. Habrá que ponerlo a dieta, un plan nutricional que el mundo entero debe respaldar, pues de lo contrario la paz de nuestra casa, el planeta Tierra, será imposible.

La estabilidad, el crecimiento, la nacionalidad y la paz de Venezuela pasan por la realidad de una viabilidad económica habitable. Necesitamos recuperarnos de todo el daño que nos ha causado el gendarme convertido en bestia come mierda —bueno, come excremento, para no salirme del contexto—. Nuestro pueblo no puede seguir sufriendo.

Rescatar al presidente no solo es una cuestión humana —pues lo es, demostrado está que se le acusó para sacarlo y no para juzgarlo—. Los venezolanos, el bravo pueblo, aguantó la más feroz arremetida contra nuestra paz; pues al calificarnos de amenaza, al impedir nuestro libre comercio internacional, al negarnos nuestros derechos sobre los fondos en bancos internacionales y en el mismísimo FMI, al alquilar y comprar lacayos, al ponernos a pasar hambre y necesidad, buscaban que entrásemos en una guerra civil interna, para luego ellos, cual gendarme ya conocido, ingresar al territorio, no a secuestrar sino a eliminar líderes.

Entraron porque se les acababa el tiempo, mataron a 130 porque debían demostrar fuerza, pero en su accionar hubo una diferencia notable con respecto a los antecedentes de Irak y Libia: aquí no contaban con bandos armados y en disputa para que uno de ellos, no importa cuál, ejecutase. Por eso, además de lo romántico que suena la justicia como desenlace, el primero de los términos de esta ecuación tiene un peso moral fundamental en la ecuación.

Hoy vamos a un acuerdo que ellos, los consumidores de 20 millones de barriles de petróleo al día, imponen, razón por la cual lo de «acuerdo» queda en entredicho; pero no debemos perder de vista que pensar y planificar es astucia: el muerto no lucha y el tiempo también es un insumo, uno que no huele, pero que todo lo cura o todo lo destruye. Así que, mientras las variables de la ecuación se develan, debemos sacar las patas del excremento y volver a sembrar.

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