Nuestro cerebro está programado para la supervivencia, no para la felicidad

Manuel Gragirena

Callé por más de doce días, contados a partir de la intervención del periodista de Telemundo. Es muchísimo tiempo, demasiado. Cualquiera puede juzgarme mal ante tan tardía reacción, pero es que son tantos los idiotas que conforman ese conjunto de irresponsables que optan por la estupidez de hablar paja, que preferí esperar a que de entre ellos mismos emerjan sus miserias.

Hoy decidí volver a escribir, pues a 15 días del terrible doblete sísmico que azotó al centro-norte de nuestro país, es el momento de ocuparnos —un poquito nada más— de los ya calificados miserables.

Antes de insultarlos, investigué sobre tan difundida conducta de criticar y denunciar antes de reconocer, recomendar o proponer. En una muy somera indagación encontré la afirmación del neurocientífico Rick Hanson: «Nuestro cerebro está programado para la supervivencia, no para la felicidad». No es nuevo; se conoce desde hace cientos de años que las personas tenemos un sesgo de negatividad. Al parecer, estamos diseñados para prestar más atención a las amenazas, así que una mala noticia nos hace actuar y la buena nos vuelve desentendidos.

Animales somos, somáticamente es así, a pesar de que hablamos, elegimos y decidimos. El dilema es que quienes insultan la inteligencia o se aprovechan de la nobleza dejan de ser animales para convertirse en monstruos.

La crítica despiadada contra algo o alguien genera mucha más atención de quien observa, pero también, lamentablemente, crea un estatus etéreo de reconocimiento y elevación como «líder» a quien la usa como medio. Se erige como un «juez evaluador», y una vez que un juez sentencia, se inicia otro juicio para ratificar o revocar la condena.

«Nosotros somos los buenos, ellos son los malos», «mira lo que hizo aquel», «ninguno de ellos sirve, hay que cambiarlos, se les acabó el tiempo»… todas estas frases hechas causan daño inmediato. Ponen a la defensiva a quien tiene la responsabilidad de actuar y, lo peor de todo, es que en el caso de que haya una obra hecha, la crítica lo obliga a perder tiempo y energía en hacer ver lo que ya está a la vista de todos.

También encontré conclusiones de la psicología social que afirman que «nada une más a un grupo que el odio o la crítica hacia un tercero», y de allí que los movimientos políticos emergentes se amamantan de la crítica al grupo que está en el poder.

Como seres humanos, consumimos malas noticias porque nos causan una sensación de control e inteligencia. Si nos descuidamos y caemos en la trampa del mentiroso manipulador, terminamos adictos a la indignación, al punto de que, si no hay una mala noticia o una prolongación del escándalo de turno, sentimos síndrome de abstinencia y rebuscamos entre la basura informativa; si nuestra enfermedad se vuelve crónica o aguda, terminamos inventando el rumor.

Así estamos. Nuestro país ha sufrido tres terremotos: el primero de ellos político, pues por primera vez en nuestra historia los EE.UU. violentaron físicamente nuestro territorio y se cagaron en nuestra soberanía y en toda norma escrita o tácita en el mundo. Los otros dos terremotos fueron telúricos, de 7.2 y 7.5 en la escala de Richter. Y bajo este contexto tenemos entre nosotros, compartiendo el estatus de ciudadanos venezolanos, a una cuerda de irresponsables, desagradecidos, desconsiderados y maledicentes que, ante su extrema adicción al odio —un insensato y hasta injustificado odio—, están armados de medios de comunicación masiva, sin control, sin evaluación y sin castigo.

¿Cómo los castigamos? Les negamos el like, les respondemos en los comentarios, dejamos de seguirles. ¿Qué hacemos? ¿No les paramos bolas o creamos una ley penal para castigarlos?

También podemos irnos a las vías de hecho… por ejemplo, hacer lo que hizo Will Smith cuando un presentador hizo un mal chiste de su esposa convaleciente. Claro, para poder ejecutar una acción de este tipo habría que haber aprovechado la oportunidad cuando el periodista de Telemundo intervino —pues no preguntó nada— en la rueda de prensa ofrecida por el gobierno venezolano a tres días del tercer terremoto. Lamentablemente, no había un Will Smith en esa sala.

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