No tenemos más opción que ignorar al ignorante, así tiemble

Manuel Gragirena

Las rivalidades son una de las características que diferencian a los humanos de los animales, aunque muchos científicos afirman que también existen rivalidades en el reino animal. Lo irrefutable es que las posibles disputas entre animales —por ejemplo, entre perros por los favores de una hembra— responden a una razón absolutamente biológica: están de por medio la supervivencia de la especie y la química, ya que el amor (en su estado más primitivo) son aromas.

Ahora bien, si entre humanos se rivaliza por la supremacía para soportar los embates de un terremoto, asociando la nacionalidad con la resistencia o la calidad de las edificaciones, entramos en el territorio de la estupidez.

Vivimos los tiempos de la fábula de los tres cerditos —en donde uno construyó su casa de paja, el otro de madera y el tercero de ladrillos para que los soplidos del lobo no lo dejasen expuesto a sus fauces— indica que no nos estamos comunicando. Es más, lo más inmediato es concluir que la cizaña sembrada y abonada para dividirnos como hermanos latinoamericanos funcionó; no solo para cambiar regímenes y gobiernos, sino para someternos sociopáticamente.

Hoy cualquiera, literalmente cualquiera, tiene por tribuna al mundo desde su teléfono móvil. Emite opiniones, afirma sus observaciones como válidas, miente y dice lo que le da la gana. Entre esas fechorías comunicacionales, insulta y se burla para drenar su depósito de odio. Los vimos y los escuchamos. Algunos entramos en la caja de comentarios para restregarles lo que son, pero muchos otros miles les dieron un «me gusta», cosa verdaderamente terrible; pues ya no luchamos contra unos cuantos estúpidos, sino contra pueblos víctimas del arma de su propia destrucción: la ignorancia.

Las zonas destruidas por los dos terremotos consecutivos en Venezuela fueron celebradas por muchos, quienes vieron en esta mueca de la naturaleza la oportunidad de vomitar su rencor. Cuarenta días después, otro terremoto, inusualmente largo (de 4 minutos), sacudió a Colombia, completando una especie de persecución tectónica. Observen la secuencia: Venezuela, 24 de junio (7.2 Mwd y 7.5 Mwd); Guatemala / Centroamérica, 02 de julio (7.4 Mwd); México, 17 de julio (7.4 Mwd); Perú, mediados de julio (5.1 Mwd); Colombia, 10 de agosto (7.4 Mwd) y en estos días España e indonesia se suman con magnitudes similares.

Sería obsceno preguntar quiénes faltan, pues un terremoto no es cosa de juegos morbosos; es un asunto científico. El planeta se está moviendo y todos sabemos —o al menos cada gobierno debería saberlo— sobre cuál falla tectónica están asentadas sus ciudades. Pero volviendo al destape de las pasiones humanas: vale la pena rivalizar por la calidad de las construcciones, bien sea por el diseño, la ubicación o el estricto apego a las normas antisísmicas.

Es una competencia que deja beneficios para todos. Por ejemplo, Chile tiene una excelente reputación en la construcción a prueba de terremotos; reputación que no solo viene por la capacidad de sus ingenieros, sino porque la necesidad los ha obligado. De hecho, es muy probable que ya no tengan edificios vulnerables simplemente porque los defectuosos ya se cayeron tras tantos y tan fuertes sismos.

En Venezuela nos jugó una mala pasada un evento de doblete —el inicio de un segundo sismo sin haber concluido el primero— que, aunado a la insaciable voracidad del dinero rápido, provocó la tragedia de ver caer tanto edificios de lujo con vista al mar como complejos residenciales para el guaireño que vive de él. Así que nos toca revisar todo: lo que hay y lo que está por venir.

Ahora bien, rivalizar por discrepancias políticas o culturales es una tragedia peor que los propios terremotos. Causa una grieta; o mejor dicho, crea segmentos de placas tectónicas entre pueblos que debieran conformar un macizo sólido.

Por el concepto errado de que la democracia se reduce únicamente a la mayoría imponiéndose por el poder del voto, vemos distorsiones graves. Un ejemplo de esto ocurre cuando vemos que en Colombia le acaba de ganar las elecciones a Gustavo Petro una persona incapaz de dar un discurso coherente de 15 minutos (y estoy siendo generoso). No voy a entrar en los detalles de cómo logró su actual fortuna, ni cómo alcanzó de ipso facto la cumbre de una carrera política que a muchos les lleva décadas. Solo me limito a que lo vean marchando solo y en estático —cual niño de preescolar, por puro instinto, cuando los demás altos generales están firmes y en saludo militar a las banderas—, señal inequívaca de inmadurez mental y de ignorancia necia, pues deja expuesto su escaso interés para comprender lo que realmente significa el Estado, ser un Jefe de Estado o la simpleza de qué carajo significa la simbología de ese protocolo.

Mal, estamos mal. Con tanta información a la mano, a un clic vemos a latinoamericanos mal informados y denigrando de sí mismos; pues cuando un colombiano manda a comer cadáveres a los venezolanos, es la demostración de la programación mental que le han inoculado a su inmaduro cerebro mediante múltiples redes de ataque social que han funcionado como tabacos sin filtro para quien las consume, y humo para fumadores pasivos para quien solo aspira y no se aleja.

No tenemos más opción que ignorar al ignorante. Escucharlo o discutir contra él es darle tribuna. Escribamos, expliquemos, contemos de la historia, eduquemos para madurar los cerebros de nuestros niños con la verdad siempre y sin edulcorarla…

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