NO EXISTE REVOLUCIÓN NI SOCIALISMO PARA LA JUVENTUD TRABAJADORA….

Por: Eduardo Orta Hernández

Soy Cagua. Soy Caribe. Soy meregoto

Con sonrisa en la cara, excelente atención, desbordada amabilidad, con cumplidora puntualidad, cada día, a pesar del cansancio, de la larga jornada, sin días libres o de descanso semanal, usted consumidor, comprador diario de mercancías al detal, a lo que requiere día a día, es excelentemente atendido por una ingente masa de jóvenes que prestan su servicio como trabajadores en el comercio urbano y rural, cuyos propietarios, en su gran mayoría inmigrantes, dignos extranjeros venidos de otros continentes, sin excluir al nuestro, a los comerciantes nacionales, nacidos en esta tierra, todos en su accionar mercantil, en sus negocios o centros de ventas, de aquellos artículos requerido día a día, por la masa de consumidores hacen letra muerta o inexistente la Ley Orgánica del Trabajo, la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, la protección que brinda el Seguro Social, el Inces y en general al ordenamiento jurídico que ampara derechos humanos fundamentales y la aplicación de la recta justicia, letras escritas destinadas al resguardo de la masa trabajadora, entre ella, la juventud (adolescentes), muchachos y muchachas de muy tierna edad, que para subsistir, en una sociedad de desigualdad y de olvidó, de abandono de su funcion docente, de indiferencia sobre el destino de los adolecentes, se incorporan al mercado del trabajo como mano de obra en los distintos establecimientos comerciales a saber: supermercados, bazares, ventas de bisuterías, ferretería, tiendas, fruterías, bodegones, perfumerias y otros establecimientos mercantiles de las ciudades y del campo.

Muchachos convertidos en trabajadores a tierna edad, propia para el estudio, la formación, la preparación profesional, abandonan la educación formal, y se incorporan al mercado de trabajo. La desgracia está no en tener que trabajar, sino en el consecuente abandono de los estudios y en las condiciones en las cuales desempeñan sus labores.

Trabajan -la muchachada- sin una verdadera y efectiva protección, asistencia y supervisión del Estado, de los organismos e instituciones burocráticas que se autoproclama socialista y revolucionaria, defensores de un mundo mejor, constructores del porvenir, líderes de nuevos tiempos que antes sus ojos y con su complicidad y complacencia se olvidan de los deberes del Estado docente, de las filosóficas y muy útiles enseñanzas de Simón Rodríguez y Luis Beltrán Prieto Figueroa. El Estado no puede dejar en manos del lucro, del comercio y totalmente abandonado el futuro de la patria, que son los jóvenes trabajadores, imposibilitados de continuar su aprendizaje escolarizado, su preparación humanística y la especialización profesional y laboral. El horario y las condiciones laborales se lo impiden.

Entre los 16 a 22 años, más o menos, es la mejor edad para el aprendizaje, para terminar una sólida formación académica, interrumpida, abandonada por la necesidad de obtener el sustento (comida y ropa) diario, ahí se pierde el futuro del país, se arruina la esperanza de miles de jóvenes, en ese mundo de la total imposibilidad, de las prohibiciones, de las limitaciones y de la indiferencia de organismos e instituciones oficiales, encargadas de velar por el cumplimiento del orden legal, esto en la cuarta y en la quinta república. La insensibilidad y la indiferencia son voces campantes.

Para esta gran masa de trabajadores no existe organismo que lo proteja, el silencio y la inopia de inspectorías del trabajo, del Instituto Nacional de Prevención, Salud y Seguridad Laborales, de las Alcaldías y Concejos Municipales, es lo diario, el cada día.

La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela obliga a todos, a los ciudadanos, a las instituciones, a las empresas y comercios. Igual de vinculante son las leyes, normas y decretos y todos los organismos públicos tienen el deber de hacerla cumplir, bajo el principio de la corresponsabilidad administrativa, más aquellos que tienen competencia específica en materia laboral, como el Ministerio y las inspectorías del Trabajo (hoy día con un estruendoso y largo nombre), pero también quedan obligados, en el cumplirnto de las leyes de protección social, no sólo el empleador y dueño del negocio o comercio, sino las Alcaldías y Concejos Municipales.

¡Claro! que las Alcaldías tienen competencia, así como los Concejos Municipales, mediante decreto y ordenanza, bien puede velar por el cumplimiento del orden constitucional y legal, a lo que están obligados.

Así como es vinculante el cobro de impuesto y sus respectivas tasas, cuyo incumplimiento conlleva a cierres temporales de las entidades mercantiles, puede las Alcaldías vigilar el cumplimiento de la jornada laboral, de las condiciones de trabajo y del cumplimiento de los derechos en favor del joven trabajador en cada municipio, so pena de multas y condicionamiento de renovación de patentes o licencias para el ejercicio de la actividad mercantil, pero en el pasado y en el presente “revolucionario y socialista” no ha habido VOLUNTAD POLÍTICA de hacer cumplir las leyes y el respeto del mandato constitucional, de la supremacía de los derechos humanos, de la equidad y de la justicia. El abandono en las materias mencionadas, es total, absoluto, doloroso, indiferente y cómplice. Así no se construye el futuro de un país, así se engaña a un pueblo, a unos jóvenes que requieren oportunidades y apoyo para estudiar, para que se les cumplan con lo establecidos en el ordenamiento jurídico nacional. ¿Dónde están los líderes sindicales de la “revolución y del socialismo”?

La sociedad entera, todas sus instituciones, Alcaldía, Concejo Municipal, Consejos Comunales, Comunas, Jueces de Paz, todo organismo público tiene potestad para condenar y protagonizar el rechazo y la oposición a cualquier inhumana condición laboral, impedir que ocurran violaciones legales, que se vulneren elementales principios de derechos humanos, como lo son las ocho horas de trabajo, el obligatorio descanso semanal, y el derecho a no trabajar en los días libre o declarados como fiesta nacional o local, así como también el derecho a la asistencia médica, el derecho y la facilidad para continuar estudios.

En una sociedad republicana y de ciudadanos, se debe combatir, enfrentar tal vil, despreciable y moderna forma de esclavitud, que niega esos y otros elementales derechos, por el bien del ser humano (trabajador o trabajadora), por el bien de la familia y por el bien de la República.

La realidad, hasta estos momentos, es que todos los gobiernos, sindicalistas, centrales y federaciones obreras, líderes políticos y gremialistas convertidos en diputados, supuestos “representantes” de la masa trabajadora, de ayer y de hoy, son cómplices de la súper explotación, de la moderna servidumbre y esclavitud de la mano de obra juvenil y de su colateral e inmenso daño que se le causa al país, al estar condenado lo más preciado de la nación, su juventud, el futuro de la patria, al oscurantismo y las tinieblas, la falta de luces y saberes, ello con el permiso y consentimiento de los poderes públicos, que permiten formas y relaciones de trabajo propia de dictaduras y absolutismo monárquicos. Es evidente que la realidad social, política y económica son la esencia del modelo capitalista de producción.

VEAMOS LA REALIDAD DE LA JUVENTUD TRABAJADORA EN EL COMERCIO URBANO Y RURAL

Gran dolor causa ver como sobre la juventud trabajadora, está ausente las posibilidades de estudio, de recreación, de vivir una vida normal y sin apremios o negaciones, por un régimen de jornada de trabajo de 12 horas diarias, de lunes a sábado y el domingo de siete horas, un horario cruel, inhumano donde se vulnera todo derecho humano, imposibilitado recibir instrucción, educación, asistir a eventos culturales, recreativos, carentes de asistencia médica y del más mínimo disfrute. Es trabajo y más trabajo y luego el inevitable dormir, así queda reducida la vida.

Repito un horario de trabajo para esclavos, si, ¡¡para esclavos!! sin ninguna satisfacción ni tiempo para disfrutar de la vida, como lo hacen los hijos de políticos y de los dueños de las entidades comerciales, estos se preparan académicamente, tienen recreación y salud, todas las oportunidades habidas y por haber, como debe ser para todos.

El hijo de Petra, la lavandera o de Carmen, la obrera, inicia la jornada de trabajo a las 7:30 am hasta las 7:30 pm de lunes a sábado y el domingo de 7:30 am a 3:30 pm, son 76 horas de trabajo a la semana, en vez de las 48 establecidas en la Ley, así acumulan 28 horas adicionales, representando 3,5 días a ocho horas diarias. Sin ningún tiempo para sí mismo o la familia, diría Josefa ni tiempo para “tirarse un peo”. El domingo por la tarde llegan corriendo a lavar y planchar la ropa de la semana. Ausente el cine, el teatro, el concierto de música, el liceo, la universidad, el compartir en familia, la fiesta con los amigos, sin días de ríos ni de playas, sin conocer otro paisaje que las paredes del negocio que los esclavizan, el negocio al detal y al mayor, el que surte el día a día a cada comprador, es una nueva cárcel, una prisión por 12 horas, es la moderna hacienda feudal o esclavista del pasado, donde está AUSENTE, ¡¡LA VIDA!!, donde no se comparte con el hijo, sino a la hora de dormir.

Cuando el tierno trabajador se enferma, el comerciante no le paga el reposo ni la medicina, el joven obrero no cobra los días de enfermedad, como tampoco disfruta sus vacaciones, debe trabajarlas, pues necesita el salario de miseria, de sobrevivencia, son 365 días del año trabajando durante 76 horas semanales, desde que alumbran los primeros rayos del sol hasta que oscurece, por un miserable sueldo de, cuando mucho, 5O dólares semanales, menos de 0,70 dólares por hora de vida, puesta a la orden y beneficio del explotador capitalista, para su acumulación, lujos y buen vivir, a cambio de la miseria, el atraso y el desvivir del joven dependiente.

Es evidente que la mano de obra juvenil no tiene tiempo para estudiar, ni para ninguna otra actividad que no sea trabajar, ni para atender al pequeño hijo (de tenerlo). Madres y padres que ven y acarician a sus hijos después de una prolongada ausencia de 12 horas, niños sin el debido cariño de los progenitores, rendidos por el sueño al terminar la jornada laboral, que con puntualidad y necesidad de sobrevivencia ha cumplido el padre en favor, provecho y acumulación capitalista del propietario del negocio o entidad mercantil y en evidente perjuicio de la juventud trabajadora y también del país, por carecer de una población suficientemente preparada en el ámbito educativo y cultural, que respondan a las necesidades y requerimientos técnicos y científicos de la república, de la nación, del país, de la patria.

No obstante, la existencia de normas constitucionales y legales, el desamparo y la violación de derechos humanos básicos, en contra este joven contingente de trabajadores es total y absoluta, bajo la mirada complaciente de un gobierno que no mira esta realidad y que poco le importa el futuro de los jóvenes más allá de las declaratorias demagógicas y proselitistas, de manipulación para fortalecer siglas y colores.

Un gobierno declarado “socialista”, que en los últimos 12 años, nada ha hecho por hacer respetar la conquista de la jornada de ocho horas de trabajo, que fue motivo y causa de las luchas obreras durante todo el siglo XIX, XX y que hoy día sigue siendo una bandera que debe concretarse más allá de la declaratoria legal y de los falsos golpes de pechos y los gritos de sindicalistas investidos de inmunidad, que en el curul olvidan consignas y proclamas, guardan silencio, se muerden la boca, se cosen la lengua en los comité ejecutivos de sus “patrióticos” y “socialista” partidos, que en nada se diferencia de los movimientos y agrupaciones de la derecha política. Se olvidan que las ocho horas de trabajo significó cárcel, un mar de sangre, luchas y confrontaciones en las calles, huelgas, con sus numerosos muertos, heridos, encarcelados y condenados a la silla eléctrica y a la horca, donde mueren ejecutados la dirigencia sindical que peleaba por la jornada de las ocho horas de trabajo. ¡¡Que barbaridad!! que a los ojos de todos se retraiga una condición de trabajo, la pérdida de una conquista y se vuelva a la no regulación de la jornada de trabajo a siglos pasados.

La ley del Trabajo establece como máximo una jornada laboral de 48 horas, ¡¡pero no!! Estos jóvenes trabajadores viven en la Venezuela del siglo XIX y principios del siglo XX, aún cuando están en el año 2026. En la patria de Bolívar y otros países del mundo fueron abundantes, sangrientas, combativas las luchas obreras por conquistar la jornada laboral de ocho horas diarias.

Es letra muerta la Ley Orgánica del Trabajo, y la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, constituyendo un retroceso y la negación de las conquistas obreras de siglos, sin que haya autoridad que ponga orden y haga cumplir los derechos del débil jurídico, como lo es esa jóven masa de trabajadores que son explotados en cada comercio de todos los municipios a lo ancho y largo del país.

Es letra formal, moribunda el artículo 90 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, es un cadáver lo referido a lo establecido que “La jornada de trabajo diurna no excederá de ocho horas diarias ni de cuarenta y ocho horas semanales”, da risa, ante la realidad que “ ningún patrono o patrona podrá obligar a los trabajadores y trabajadoras a laborar horas extraordinarias”. Los jóvenes no solo son obligados, sino que no se les remunera las horas extra. Es una burla lo expresado en dicho artículo sobre que “ Los trabajadores y trabajadoras tienen el derecho al descanso semanal y vacaciones remuneradas”. ¡Si, el descanso semana! es durante las horas de sueño. Son siete días de trabajo sin que nadie ponga orden a esa injusta condición laboral. No hay tiempo libre para el desarrollo físico, espiritual y cultural de los jóvenes trabajadores como establece nuestra máxima norma.

De igual manera, sin el legal periodo de una hora de descanso y alimentación fuera del lugar de trabajo, y mucho menos el cumplimiento de una jornada de trabajo de cinco días a la semana y los dos días de descanso, continuos y remunerados durante cada semana de labor, conforme a los artículos 168 y 173 de la Ley Orgánica del Trabajo. Nadie vigila su cumplimiento.

¿No tienen dolientes los muchachos y muchachas que trabajan?

¿Merecen nuestra juventud trabajadora la atención, protección y cuido por parte de los organismos oficiales, del gobierno, de las autoridades?

¿Por qué tanta impunidad ante las violaciones legales de los comerciantes? ¿Por qué tanto silencio ante la sobreexplotación de los trabajadores de entidades mercantiles del comercio?

Ser socialista no es una proclama, no es una autodefinición, es ante todo, una práctica de vida, de gobierno, donde se privilegia la condición humana, el respeto a los derechos humanos, declararse socialista sin serlo, es matar la ilusión de la esperanza futura, es un crimen contra el avance ideológico de la sociedad, contra la propuesta de una nueva forma de vida, una nueva civilización, es un asunto muy serio que a consecuencia de la práctica política, de la ejecutoria neoliberal, capitalista y explotadora, la juventud rechace la propuesta futura socialista, pensando que el supuesto gobierno socialista y revolucionario nada ha hecho por mejorar las condiciones de trabajo referidas más allá de las letras. Harían un gran favor si dejarán de llamarse socialista, tanto los gobiernos que no lo son, como los partidos disfrazados de encendidos colores y de práctica negadora del socialismo.

Polvorín. Explosión insumisa de ideas.

Un combate por la vida. Somos historia y poesía insurgente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *