Memorias de un tal Sant… El día que Rómulo Gallegos (1958) estuvo en San Juan de Los Morros…

AUTOR Y COMPILADOR: Pedro Pablo Pereira

1958 –Julio: Paso a primer año de bachillerato y me inscribo en el liceo Juan Germán Roscio. Todavía su sede se encuentra en la Avenida Bolívar. Qué hermoso tiempo aquél tan lleno de esperanzas y glorias sublimes, me enamoro de Biología y de las Matemáticas. Época en la que me creía poeta y un pequeño dios en medio de mis soledades y sueños. No sabía lo que era el destino porque estaba en el río del devenir, del nacimiento de un mundo que no era otro que la belleza de mi pueblo, mis compinches, mi familia, mis cuentos y fantasías. ¡Qué delirios aquellos de amanecer en la Plaza Bolívar, deambulando por las calles de aquel San Juan de Los Morros pleno de aventuras y hechizos en sus montañas y ríos, luz perenne de amores y esperanzas, de tempestuosos torrentes con sus anchos azules y sus fulgurantes anhelos. Estaba llamado a ser poeta, para andar con mi alforja bajo el brazo por los largos caminos de la soledad creativa, por fuera de los títulos oficiales, como lo había hecho mi hermano Argenis. Mil caminos, mil ilusiones, el horizonte infinito de la libertad, pero no me fue posible salir del carril. No sabía qué era eso de libertad y si en verdad me interesaba, la quería, la entendía.

Hay un tumulto inmenso de gentes que corren hacia las afueras de la ciudad. Me uno a la muchedumbre que marcha hacia las afueras del pueblo. Caminamos cuatro kilómetros. Llegamos a pocos kilómetros de La Puerta. Veo que mi hermano Adolfo va entre los que dirigen la muchedumbre. Hay un lujoso carro negro, un cadilac, impedido de avanzar por el gentío que lo rodea. De pronto veo venir hacia a mí a Adolfo, quien agitado me dice: » -Es un santo…». Sus palabras, sus gestos, su emoción, me confunden. » -Es un santo…», repite conmovido.

¿Quién es el santo?

Se trata de Rómulo Gallegos que hace una visita a los llanos.

Todos mis hermanos eran fanáticos lectores de la obra de Rómulo Gallegos. Mi hermano Alirio, el aviador, se conocía de memoria «Doña Bárbara» y “Cantaclaro”, y sabía recitar muy bien; Argenis escribió todo un estudio sobre esta obra. Adolfo se dedicó a investigar sobre los llanos y su autor preferido era Gallegos, y tiene varios ensayos sobre su obra. Yo apenas logro mirar por la ventanilla del carro al notable novelista que alza la mano para saludar a su pueblo. «¡Vivan los llanos!», grita alguien. «¡Que viva Santos Luzardo!», dice otro. Me vi arrastrado por la vertiginosa carrera de la doma girando a mi alrededor, los espejismos de la llanura…

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