Unos días antes de la operación militar de EEUU contra Venezuela,
aún no finalizaba el frío diciembre del 2025, realicé una caminata por las adyacencias de la Sala de Rehabilitación en Fuerte Tiuna, donde asisto regularmente a mis sesiones de fisioterapia y como complemento de ellas caminé con una vecina.
Una madrugada de terror invisible
No hay palabras exactas en el diccionario para describir el terror absoluto de sentir que tu propio cuerpo deja de pertenecerte, me dijo de entrada la señora. No hubo el estallido de una bomba ni el eco de las balas a las que tanto tememos, le seguí yo.
Aquella madrugada del 3 de enero, el horror llegó envuelto en un silencio espeso y una vibración que se me metió en los huesos antes de que pudiera entender qué estaba pasando.Eran pasadas las tres de la mañana cuando desperté con el pecho oprimido. Yo esa madrugada sentí lo peor.
No era un simple dolor; era una presencia física invisible que aplastaba el aire de la habitación. Oyendo sus palabras, un zumbido agudo, metálico y punzante comenzó a taladrarme la cabeza. La memoria habla: no venía de la calle, no venía de los vecinos, nacía dentro de mi propio cráneo, como si alguien hubiera encendido un motor ensordecedor detrás de mis ojos. Yo quise taparme los oídos, apreté las manos contra mi cabeza con todas mis fuerzas, pero el dolor no disminuyó, me dijo.Era una tortura que atravesaba la piel y el hueso.El pánico me paralizó cuando intenté incorporarme.
Yo, en lugar de sostenerme, mis piernas cedieron y caí al suelo. El piso daba vueltas en un torbellino violento que me revolvió el estómago. Sentí una profunda y desgarradora desolación al darme cuenta de que no podía controlarme: mis ojos no enfocaban, mi equilibrio había desaparecido y unas náuseas espantosas me doblaban en el piso. Estaba atrapado en mi propio hogar, convertido en un rehén de un enemigo al que no podía ver, ni oír con claridad, ni combatir.
Y lloré de impotencia. El llanto se mezcló con un calor espeso que brotó de mi nariz. Cuando me pasé la mano por el rostro y vi mis dedos empapados de sangre, el miedo se transformó en pura desesperación.
¿Sintió que se estaba muriendo?, le pregunté. ¿Qué nos estaban haciendo? La atmósfera se sentía cargada, pesada, como si el aire mismo se hubiera vuelto venenoso. Afuera, la vida se caía a pedazos en un coro de agonía. Los perros del vecindario no ladraban por rabia, aullaban con un lamento de dolor profundo y desquiciante que partía el alma.
Escuchaba el aleteo errático de las aves chocando a ciegas contra las ventanas y las ramas, tan perdidas y aterrorizadas como todos. El mundo entero parecía estar sufriendo una convulsión invisible.Esa madrugada me dolió el cuerpo, pero me dolió más la absoluta indefensión. Nos redujeron a nada sin tocar una sola de nuestras pertenencias.
Cuando el zumbido finalmente se apagó, me quedé temblando en la oscuridad, abrazado a mis rodillas sobre la alfombra, con un dolor de cabeza lacerante y el alma rota. El ataque pasó, pero la certeza de saber que somos tan frágiles ante su tecnología se quedó grabada en mi mente para siempre.
Tiuna, el bosque
Fuerte Tiuna, bajo el rastro oscuro que dejó el fuego de aquel enero, no encontrará el habitual bullicio de las aves. Encontrará, en cambio, un templo en ruinas. Si Henry David Thoreau y San Francisco de Asís recorrieran juntos este cerro herido de Caracas, no hablarían de tácticas militares ni de fronteras geopolíticas: se arrodillarían en silencio ante el altar de los árboles caídos, uniendo el diario del naturalista con la oración del santo.
Para Thoreau, el ermitaño de Walden, cada ave era un ciudadano legítimo del bosque, un ser dotado de una dignidad tan profunda que su mirada reflejaba el misterio mismo del universo. Para Francisco, el Pobrecillo de Asís, esos mismos pájaros eran «hermanas aladas», notas musicales de una partitura divina que cantaban para glorificar la existencia sin pedir nada a cambio.
Ambos pensadores sabían que la fauna silvestre posee un espíritu puro, ajeno al egoísmo y a las ambiciones humanas. Por eso, la madrugada en que los misiles rasgaron la niebla de la montaña, no cayeron simples animales; cayó una comunidad de almas inocentes que habitaban el dosel verde mucho antes de que los hombres levantaran allí sus batallones de concreto.
Aves caídas
Las guacamayas que cruzaban el valle como trazos de fuego, los cristofués que saludaban al sol y las silenciosas lechuzas de la noche fueron envueltos por un estruendo que no supieron comprender. Desorientadas por el humo tóxico y el resplandor artificial de las explosiones, muchas aves buscaron refugio estrellándose contra los ventanales de Coche, mendigando un amparo que la humanidad les había negado.
Thoreau diría que esa noche perdimos nuestra brújula moral, demostrando una inmadurez espiritual que destruye lo que no puede crear. San Francisco, con lágrimas en los ojos, recogería los cuerpos tiznados para susurrarles que El gran bosque de Fuerte Tiuna ya no es el mismo; su silencio es una herida abierta en el pecho de Caracas. Sin embargo, la fusión de estas dos miradas son una luz entre las cenizas. El naturalista nos pide observar con paciencia, aprender a convivir sin alterar y entender que nuestra supervivencia depende de la salud de ese suelo. El santo nos implora abrir las manos con piedad, sanar a los sobrevivientes que aún tiemblan en los balcones de la ciudad y reforestar cada ladera quemada. Solo cuando los hombres depongan las armas y vuelvan a escuchar el canto de las aves como un rezo sagrado, la montaña recuperará su voz y la humanidad podrá, finalmente, reconciliarse con la vida.