Por: Eduardo Orta Hernández.
Soy de Cagua. Soy Caribe Soy Meregoto
A José Gregorio Guillen
El ser historiador o cronista municipal o comunal, articulista, columnista y todo aquel que ejercite la escritura histórica, no puede ser indiferente ni “neutral”, la imparcialidad en el análisis de los hechos sociales no existe, su máxima, en el ejercicio diario de su labor, debe estar sujeta a reflexiones crítica, en los términos de Don Simón Rodríguez, “juzgar con rectitud, no por lo que parecen ser las cosas, sino por el conocimiento exacto que se tenga de ellas”. Esto debe ser su norte, en su delicada labor, máximo cuando se está en posición de guía de la sociedad, cuya palabras o escritura señalan caminos y rutas, sean para la labor máxima de la libertad, de la democracia y de la soberanía. Su pluma no puede estar al servicio del oprobio, la esclavitud, la servidumbre, la ignorancia, el saber al servicio del sometimiento. No escapa la grafía de esas máximas, ni quién escriba la historia al servicio de una causa.
Quien produzca líneas sobre historia debe adentrarse con responsabilidad en todo tipo de lectura, confrontarlas, analizarlas, ubicarlas en su justa dimensión y sin miramiento, de ningún tipo, sin detenerse en privilegios y consagradas reputaciones, debe ir al fondo de las cosas, de la narrativa que tiene ante sus ojos, debe ser dialéctico en el uso de las categorías, no puede detenerlo los adornos, los homenajes, las condecoraciones, los acuerdos y sesiones solemnes de instituciones gubernamentales, sobre cualidades y virtudes de las personas, sobre la escritura que analiza, debe desplumar el ave, “ser como la muerte que no distingue” (La vorágine, José Eutasio Rivera).
Cerrarse la boca, tragarse las verdades y los gritos que ante sus ojos delinean certezas y desmontan mentiras, es negarse así mismo, como historiador o cronista, consolidándose como diplomado de la parcialidad, el oscurantismo y la traición a los orígenes de nuestra identidad como pueblo, consagrando el burocratismo y el salario por encima de la cualidad de historiador. Es el hambre y la vanidad la que se impone en estos últimos casos.
Los análisis y las grafías del escritor, si es historiador o cronista insurgente -con mayor razón- no debe estar sometida por los cargos burocráticos, por los ministerios que haya ocupado, por la condición de plenipotenciario o de embajadores, por los apellidos, por los títulos y diplomas, los postgrado y postdoctorados, del autor del libro que somete a su juicio, a sus letras. “No debe comer tamaño” en su combate crítico de escribir la historia que sabe a sudor de pueblo, debe ser frontal, radical en la disputa por el universal y democrático conocimiento, “porque todos sepan lo que no deben ignorar” (Simón Rodríguez), no debe tener tregua en el combate por la vida ante el saber monárquico, aristocrático, heredero de costumbres y “valores”, para la continuidad de un orden impuesto hace 534 años, avalado por escritores racistas, segregadores, discriminadores y justificadores del “descubrimiento”, la conquista y la colonización o la neocolonización y la colonidad, deben no perder la brújula ante el tutelaje de aquellas escrituras al servicio de la opresión y de la cultura para las élites de toga, birrete, estola y báculos, líderes de la nueva conquista.
Es la confrontación de ideas, la escritura valiente, el no quedarse callado, silenciados ante lo descubierto, en o durante el ejercicio de la investigación histórica. En ese sentido y haciendo honor a los dichos en las anteriores líneas, confrontamos las letras positivistas, de un historiador que niega nuestra verdadera y auténtica identidad, a partir de sus líneas textuales. Me refiero a Mario Briceño Iragorry (miembro de la Academia Nacional de la Historia, en su tiempo) y su libro “Tapices de historia patria”, cuya primera edición fue en 1934 y la quinta edición (la que trabajo) es de 1978). “Una de las obras más representativas…del escritor maestro” (Pedro P. Barnola).
Mario Briceño I, expone y justifica a “la madre patria por haber realizado el más generoso plan de colonización que jamás ha puesto un estado civilizado al servicios de las naciones bárbaras” (Pag 20). Naciones bárbaras, -las nuestras- crueles, salvajes, incultas, ignorantes, ¿las que requerían la esclavitud, la servidumbre, del reparto y la encomienda, de la propiedad privada, del masivo genocidio, de la desapareción de sus saberes y cultura? ¿Naciones bárbaras que deben estar aún agradecidas del aporte de la civilización europea, fundamentado en el robo, el crimen, el asalto, la destrucción, los despedazados cuerpos por los dientes de los mastines? Afirma categóricamente que: “La colonia fue de una legitimidad absoluta y de un proceder que solo la ingratitud podría negar”. Así la cosa, debemos estar agradecidos del ultraje y la violencia sufrido por nuestras naciones originarias. Comparte Mario Briceño I, la misma idea de Manuel Diaz Rodríguez, al considerar “heroicos a los conquistadores y como padre de la patria” (p.16). ¿Padre de la patria al igual que Simón Bolívar, Francisco de Miranda, Sucre? Solo un desquiciado.
La parcialidad y la condición de reproductor de la historia al servicio de los mantuanos y en un total desequilibrio y en ausencia de sano juicio, expreso: “El español en actitud ardorosamente democrática, no esquivó la unión con la doncella Indiana” (pgs 46-47), ¡¡aaaah!!, manera de civilizar y de ejercicio democrático impuesto por las violaciones sexuales, el sadismo, la pederastia, el maltrato, la pólvora, la horca y la hoguera. Y sobre los “negros africanos dice que fueron traídos a tierras americanas para aliviar la suerte de la raza subyugada”. ¿Qué historiador es ese señor?.
El racismo, de Mario Briceño I, queda impreso en cada palabra, en cada interpretación histórica sobre nuestros ancestros “Débiles los indios, tanto en su desarrollo físico como por su desarrollo intelectual…” trata a los indígenas de inferiores al europeo y llega al extremo su negación y ultraje al afirmar,: “…al mezclarse las razas, la sangre aborigen quedó diluida en una solución de fórmula atómica en que prevalece la radical española…” Para este señor prácticamente somos puramente español. “La sangre indígena quedó diluida”, mayor grosería imposible, con el añadido que considera al “…indígena en la categoría de hermano menor, a quien era necesario instruir y proteger…” (P. 47). Se le “olvidó” que la instrucción y protección llegó a la cifra del 90 millones de indígenas asesinados, constituyendo el peor genocidio de la humanidad por la codicia y el afán de lucro.
Este historiador, cuyo epónimo es el de un municipio del Estado Aragua, trata a nuestras naciones indígenas de “tribus de la más atrasada de América”, sin considerar los distintos niveles de desarrollo político social existente en nuestro continente, su afán es destructor, de minusvalía, de desprecio a nuestros aborígenes, atribuyéndole falsamente la condición de caníbales, “comedores de carne humana fresca y cecinada” (P. 49)
A quienes defiende una historiografía diferente, lo califica de “ sentimentales indianista” y en un afán, sin importarle de qué lado escribe su antinacional historia expresa: “…La conquista no debe juzgar de desde los bohios del aborigen, sino desde una posición universalista…” (P.51) y para colmo de locura, afirma que: “…con las carabelas de la conquista venía un imperativo de cultura, más que un simple propósito de lucro…” (51). A la conquista la menciona como una jornada memorable.
Su desprecio fue tal que afirma que la cultura universal (europea) no recibió ningún servicio de las culturas aborígenes. Se le olvidó el maíz, el cacao, los aportes de la medicina natural y hasta la enseñanza de bañarse todo los días, aportado por nuestra población aborigen, pues los conquistadores y en general los europeos no se bañaban nunca.
Afirma que “la conquista y colonización empezó en el año 1500, de una manera espléndida y aún poética en el comercio de perla, en la Isla de Cubagua” (P.60). “Explendida y poética” durante 20 horas sumergidos en el mar sacando las perlas, unos Morían asfixiados, otros mutilados por castigo de no rendir en el trabajo y habían que preferían el suicidio, antes de continuar pescado perlas en tan violenta condiciones. Tanta esplendidez y poesía, juntas, conmueven!!
Mario Briceño I, niega la condición de héroe de Guaicaipuro y minimiza la luchas y las defensas, la resistencia y el combate indígena por la preservación de su tierra y su cultura y lo reduce a la “temeridad de defender un bohío”.
Evidente que Mario Briceño I, asumió la escritura racista, supremacista, negadora de nuestro pasado aborigen, le resta todo mérito a la cultura indígena, lo segrega y los invisibiliza, tergiversa y niega la verdadera historia, los hechos ocurridos, así, Mario Briceño Iragorry no puede constituirse en un ejemplo a seguir sus “enseñanzas”, no puede ser maestro de nuestra juventud, su desprecio por lo nuestro y su ser contrario a nuestra cultura ancestral, lo convierte en un negador de nuestro acervo y patrimonio originario y si le añadimos que fue un alto representante de la peor dictadura sufrida por nuestro país, como fue la de Juan Vicente Gómez, avalando desde las más altas esferas del poder, el crimen, la tortura, la violencia, la entrega de nuestra soberanía a las transnacionales petroleras y las persecuciones a escritores y poetas como Pio Tamayo, no puede, Mario Briceño I, ser ejemplo de un buen ejercicio ciudadano, ni un ser creyente en la democracia, ni sostenedor de la universalidad del pensamiento, como tampoco un exponente del respeto a los derechos y fomentador de la paz, al hacerse el indiferente y del mirar para otro lado durante su ejercicio como funcionario público, al servicio de la dictadura gomecista. No entiendo que escuelas y municipios lleven su nombre.
Cagua. 24/ octubre 2026
Polvorín. Explosión insumisa de ideas. Un combate por la vida. Somos historia y poesía insurgente.