«Los que quieran patria, vengan conmigo…»…

Por Rafael Méndez
La madrugada que nadie soñó venir: aquel 3 de enero en que los tambores no tocaron resistencia… ¡y la patria esperó sin que nadie respondiera!

Durante años imaginamos esa madrugada de mil maneras, y en todas la soñamos con tambores llamando a la resistencia, con milicias bajando de los cerros y con generales cumpliendo, uno a uno, lo que habían jurado en cada tarima, de modo que nadie, ni el más escéptico de nosotros, soñó jamás que el 3 de enero llegaría envuelto en un silencio tan hondo, tan largo y tan vergonzoso.
Mientras se llevaban de Fuerte Tiuna a Nicolás Maduro y a Cilia Flores, la patria esperó una orden que nunca llegó, y solo respondieron al llamado los 56 soldados, cubanos y venezolanos, que murieron en sus pasillos, en tanto quienes juraron, y quienes creímos que el invasor podría entrar, pero que le sería muy difícil salir, no dispararon, no hablaron y, nueve meses después, todavía no se atreven a explicar por qué.
A esos caídos les pertenecen los versos de Martí: “Cuando se muere en brazos de la patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe, ¡empieza, al fin, con el morir, la vida!”, y a los 32 cubanos, el de su himno, “que morir por la Patria es vivir”, que tantas veces corearon junto a una cúpula que, llegada la hora, prefirió seguir viviendo sin patria y sin explicación.

Un faro que iluminaba el camino

La Revolución Bolivariana se erigió en el siglo XXI como un referente histórico y político de resistencia, autodeterminación y justicia social en América Latina y el mundo, aunque desde su surgimiento, bajo el liderazgo del comandante Hugo Chávez, enfrentó un complejo entramado de conspiraciones internas, agresiones externas, sanciones y una tenaz guerra económica, financiera y mediática de alcance global.
Lejos de ceder, el proyecto chavista afianzó su legitimidad superando pruebas electorales, económicas y diplomáticas, hasta convertirse en un faro que contribuyó a la unidad de las izquierdas y el progresismo del continente y, en consecuencia, a sus victorias en varios países de la región, de modo que se conformó un bloque que propició una nueva integración latinoamericana y caribeña.
Años después de la desaparición física de Chávez, y ya bajo la conducción de Nicolás Maduro, las elecciones de julio de 2024 marcaron el colapso definitivo del liderazgo opositor heredero del puntofijismo, un punto de inflexión que no solo confirmó la fortaleza del chavismo, sino que obligó a esa oposición a redefinir su rol, sus responsabilidades y su estrategia.

La asunción presidencial del 10 de enero de 2025 parecía consolidar un camino sin marcha atrás, el de una Venezuela que, pese a las sanciones y el cerco mediático, seguía en pie, se posicionaba en la multipolaridad, producía la mayoría de sus alimentos y tendía puentes con las potencias emergentes, el Sur Global, el bloque de los BRICS y las fuerzas progresistas del mundo.
La experiencia venezolana se había convertido así en el gran foro de las izquierdas y el progresismo, que nos retaba a buscar inspiración en su resistencia y a construir un mundo más justo, soberano y verdaderamente democrático, donde la voz de los pueblos prevaleciera sobre las imposiciones externas y donde la solidaridad, la justicia social y la dignidad humana fueran la norma y no la excepción.

Bastantes cojones hay aquí.

El 29 de febrero de 2004, denunciando comunicaciones interceptadas que hablaban de dividir a Venezuela en “cinco repúblicas independientes”, y de alistar a los marines para invadirla, Chávez respondió ante una multitud enardecida: “Bastante montaña hay aquí, bastante sabana hay aquí, bastante selva hay aquí”, hasta rematar con la frase que lo sobreviviría: “bastante pueblo hay aquí… bastantes cojones hay aquí, para defender esta patria, de cualquier intruso, ¡carajo!”.
En aquel mismo discurso fue más lejos, porque juró que si había que terminar la vida como el indio Guaicaipuro o como el Negro Primero, “listos estamos”, y proclamó que “nuestra vida no importa nada ya”, ofrendada al pueblo y a la causa de la libertad, palabras que sus herederos repitieron durante veinte años como un juramento colectivo que nadie, al parecer, osaría incumplir.
Recuerdo Diosdado Cabello, secretario general del PSUV y segundo hombre del chavismo, a quien en mi separata llamé «el incansable capitán», de manera creadora convirtió esa herencia en amenaza…” Podrán entrar, lo difícil es que puedan salir” … “sabemos dónde viven quienes piden intervención, y sobre ellos iremos”… “que se preparen los países que apoyen una acción en contra de Venezuela, ellos también pagarán las consecuencias”, y hasta el petróleo entraba en esa arenga: «ni una sola gota gratis».
En Con el Mazo Dando, programa que veían por igual chavistas y opositores, el corte de Chávez se repetía una y otra vez, «hay pueblo… y hay cojones, carajo», y la multitud lo vivía como si el comandante siguiera vivo en la tarima, pero llegada la hora no hubo pueblo convocado, ni respuesta, ni cojones en el mando, mientras quienes pedían intervención siguen durmiendo tranquilos donde Cabello decía saber.

Allende no tomó el avión

Salvador Allende es hoy bandera de los revolucionarios porque resistió un combate desigual sabiendo que moriría, y porque rechazó el avión que le ofrecieron los golpistas, mientras nadie levanta como ejemplo a Sadam Husein, sacado de un agujero, a Gadafi, cazado en su huida, ni a Noriega, que terminó entregándose, porque la historia solo honra a quien cumple, y Allende cumplió, convencido de que «se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre».
En su último mensaje por radio, desde La Moneda bombardeada, Allende agradeció a los trabajadores, a las mujeres, a los jóvenes y a los profesionales que lo acompañaron, acusó de traición a los militares que rompieron su juramento y se despidió con un grito que todavía estremece, «¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!», seguro de que su sacrificio no sería en vano, porque sabía que hay muertes que fundan y silencios que entierran.
Allende había sellado su destino desde sus primeras palabras, «pagaré con mi vida la lealtad del pueblo», por lo que muchos nos preguntamos si Maduro dormía con un fusil en la cabecera o una pastilla de cianuro en el bolsillo, como la que Ernesto Samper contó haber llevado cuando, siendo presidente, le pusieron drogas a su avión antes de viajar a Estados Unidos, dispuesto a tomarla si lo detenían.
Ahora se nos explica que no resistieron para evitarle al pueblo una masacre, pero la desigualdad no se descubrió el 3 de enero, y si era razón para no combatir también lo era para no prometer combate, en tanto que en 1808 el brigadier dominicano Juan Sánchez Ramírez amenazó con la muerte al tambor que tocara retirada y al oficial que lo ordenara, «aunque sea yo mismo», mientras en Fuerte Tiuna los tambores simplemente callaron.

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