Los gringos se llevaron tremendo golpe frente al poder y la organización militar de Irán…

Entre las versiones sobre la evolución de la guerra de agresión imperialista de Estados Unidos e Israel contra Irán, la opinión dominante es que sus planificadores esperaban una victoria relámpago, con la caída y capitulación del gobierno iraní y la imposición de un régimen títere y la posterior balcanización de un país de importancia geopolítica rico en hidrocarburos. Pero por el giro que han tomado los acontecimientos, todo indica que los agresores subestimaron el poderío militar y la resistencia del nacionalismo iraní, su solidez organizativa y sus orientaciones estratégicas. Y hoy el balance parece favorecer a Irán, una nación con 3 mil años de historia y unas dinámicas internas que escapan a la comprensión de la mayoría de los occidentales. 

De allí que más allá de los plazos, ultimátums y actos de aventurerismo de Donald Trump y el régimen sionista, ha quedado claro que el poder no sólo se mide en una abismal superioridad aérea, el despliegue de portaviones y la destrucción de infraestructura crítica gubernamental, civil y militar, según la doctrina militar de “conmoción y pavor” (shock and awe), dirigida a paralizar la percepción del adversario en el campo de batalla y destruir su voluntad de luchar. Sino que abarca, también, la naturaleza de la guerra asimétrica y sus dimensiones económicas y políticas; un nuevo concepto bélico desarrollado por la parte iraní en la legítima defensa de su soberanía, basado en misiles balísticos de precisión y drones fabricados con recursos propios e ingeniería inversa, como sustitutos de una fuerza aérea convencional, que dotó a Irán de una estructura disuasoria y reconfiguró el equilibrio militar en la zona, vía el ataque y/o destrucción de 13 bases de Estados Unidos en los petroemiratos del golfo Pérsico (incluidos sofisticados radares en Qatar y Bahréin, claves de la infraestructura de guerra electrónica del Pentágono), y en la capacidad de utilizar el territorio como un arma de guerra; en este caso, el estrecho de Ormuz, que hizo que los precios de los hidrocarburos, los fertilizantes y el helio se dispararan, impactando la economía mundial; lo que explica en gran medida el éxito militar de Irán hasta la fecha. 

El gobierno y el alto mando militar iraní llevaban 20 años preparándose para una agresión como la del 28 de febrero. Eso es lo que –a pesar del alto costo humano y material infligido inicialmente por el eje estadunidense-israelí– les ha permitido poner en práctica una estrategia de resistencia basada en una guerra prolongada de desgaste y una “defensa en mosaico” descentralizada, principios elaborados por Irán tras los fracasos de Estados Unidos en Irak y Afganistán: los 31 centros de mando (uno por provincia) cuentan con fuerzas armadas y milicias propias, dotadas de capacidad armamentística y autonomía estratégica. En caso de un primer ataque que “decapitara” el mando central (como de hecho ocurrió con el asesinato del líder supremo de Irán, el ayatollah Ali Jamenei y de los principales jefes castrenses), todos los centros de mando pasarían a modo autónomo y seguirían luchando. 

Como ha explicado el ex diplomático británico y ex agente del MI6 Alastair Crooke, para resistir la supremacía de Estados Unidos en materia de satélites e inteligencia, otra de las enseñanzas recogida por Irán de las guerras en la región fue ocultar a gran profundidad toda su estructura militar misilística y de drones, para lo cual inicialmente habría recibido ayuda de la República Popular Democrática de Corea. El resultado son las “ciudades de misiles” –como la famosa Fortaleza de Yazd, enterrada en la montaña a 500 metros de profundidad fuera del alcance de las bombas–, que según Crooke (quien ha participado activamente como mediador en Medio Oriente durante muchos años) cuentan con un sistema ferroviario que lleva los misiles hasta la salida de túneles en la superficie, desde donde se lanzan directamente (y no sólo desde lanzadores móviles sobre el terreno) y luego los silos se introducen de nuevo en su lugar. 

Sería el caso, también, de la infraestructura militar naval, enterrada a lo largo de toda la costa iraní (incluida la de Ormuz), plagada de cuevas y acantilados repletos de misiles antibuque, y túneles que pasan por debajo del mar y cuentan con drones sumergibles que cuentan con baterías de litio que les da una autonomía de cuatro días. Orientados a la inteligencia artificial, los drones tienen capacidad para merodear y esperar un objetivo, seleccionarlo y atacarlo de forma autónoma. Según Crooke, Irán también dispondría de unos 25 minisubmarinos y debido a que el estrecho de Ormuz no es muy profundo, pueden desplazarse sin ser detectados por los satélites y los AWACS (sistema aerotransportado de alerta y control) de Estados Unidos y disparar misiles antibuque mientras están sumergidos. 

Asimismo, Irán aprendió que Estados Unidos suele tener capacidad logística sólo para una fuerza de corta duración, y su plan fue llevar al enemigo a una guerra prolongada de desgaste; por eso ha dosificado el uso de misiles. Además, Irán estaría recibiendo vía satélite apoyo en inteligencia de China a través del buque Ocean One, y dispondría de un sistema integrado de campo de batalla y sus objetivos a través de radares, similar a los IRS (estructuras de inteligencia, reconocimiento y vigilancia) que utiliza Ucrania contra Rusia. 

Irán ha puesto a prueba la hegemonía del dólar. Si es atacada, responde y al mismo tiempo intensifica la represalia, en una escalada de violencia sin fin que está marcando una tendencia desfavorable a Estados Unidos. Todo indica que el contrataque estratégico iraní no se concibió para conducir a ningún compromiso negociado (saben que Estados Unidos e Israel siempre engañan y traicionan), sino más bien para crear las circunstancias mediante las cuales el país persa pueda escapar de la “jaula” impuesta por Trump y sus aliados, de aislamiento, sanciones, bloqueos y asedio permanentes.

UN TRABAJO DE CARLOS FAZIO

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