Los europeos inventaron que el indio era flojo para justificar su exterminio y luego la traída de africanos… definitivamente unos mierdas…

JOSÉ SANT ROZ
VOLVER A LAS TIERRAS DEL GRAN KHAN

Los indios habrían sido el pueblo más feliz
de la tierra a condición de haber podido permanecer
ignorados por los tártaros y por nosotros.
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A punto de morir los papagayos y los indios, que fueron llevados a Europa, el Almirante prepara su segundo viaje a las Indias. El señuelo es otra vez el oro. Hay oro para todos. El primer viaje fue un aventura de la que muy pocos creyeron regresar, pero ahora es fácil reclutar hambreados y aventureros que sueñen con algún titulo nobiliario para su familia. Van con la certidumbre de que existe un mundo nuevo preñado de riquezas.
Esta vez no son tres sino diecisiete navíos, con unos mil quinientos hombres los que van a «Cipango». Esta vez sí van sacerdotes y frailes, escribanos, leguleyos y sobre todo una buena camada de hampones, sedientos de oro. Es impresionante la cantidad enorme de préstamos que consiguen estos rufianes a costa de lo que prometen encontrar. Inmensas son las colas de parientes y amigos que se han acercado hasta los navíos para ofrecer algo de sus pobres pertenencias o para que se les tenga en cuenta cuando vuelvan ricos, prestigiosos y con títulos de nobleza.
Va otra vez Colón con su manía de ver al Gran Khan y de encontrarse con los castillos con cúpulas de oro, cuyos reflejos, de noche y de día, pueden iluminar una extensión de mil millas a la redonda. Cuando llegan al fuerte de la Natividad, donde Colón había dejado a sus viejos camaradas, encuentra que existe un verdadero caos; un estado de guerra civil. Se escuchan gritos de independencia por las arbitrariedades de los europeos y comienza a germinar – en palabras de Felipe Ximénez de Sandoval- el árbol frondoso de la Leyenda Negra. El Almirante había dado por descontado que los «cobardes» indígenas se dejarían someter con dulzura a los abusos y desafueros de los españoles. Aquellos colones o colonizadores comenzaron a practicar sus feroces conductas, sobre todo porque el Almirante les había dejado en la sangre esa avidez por el oro, por la riqueza fácil. Entonces se dieron, estos súbditos del Virrey de las Indias, en hacer incursiones por el interior de la isla y en ellas cometieron toda clase de pillaje: violaban las mujeres, torturaban a los indios, aplicaban humillaciones a los caciques, los cuales eran deportados a lugares distantes de sus tierras. Prepararon enfrentamientos entre los propios españoles con bandos de indios de lado y lado. De modo que se instituyó por todas partes la intimidación, el desacato a los reyes católicos y al mismo Cristo…
Desde este mismo momento no pudo darse marcha atrás a la civilización que se estaba importando e imponiendo. La anarquía se hizo incontenible. Entonces sí fue necesario pensar en fortalezas y se organizó un plan para atacar a los «salvajes» en cuanto salieran de sus guaridas. Se institucionalizó la represión. Según las Casas, ya en los primeros meses de 1495, a menos de tres años del «descubrimiento», se estimó el número de indígenas asesinados en unos cien mil. Un año más tarde esta isla quedó sometida al estado de sitio; se había destruido la paradisíaca vida de sus habitantes, la economía y el aspecto ritual del trabajo fue totalmente deformado; se impuso la esclavitud. Cuenta S. E. Morison en su libro Admiral of the Ocean Sea que fue tal la modificación del medio en la Española, que un español podía pasearse por cualquier parte de la isla, exigir alojamiento y alimentación gratis, y satisfacer sus necesidades sexuales.
Puesto que el oro no se hallaba tan fácilmente como esperaba Colón, se optó por aprovechar las condiciones del fértil suelo; por supuesto no se tomó en cuenta para nada el derecho de los indios: les invadieron sus tierras y además se les obligó a trabajar para el intruso, para el invasor. Sin contar que el indio no iba a trabajar con entusiasmo, además de ser totalmente intolerable que aquellos bandidos pretendieran descargar enteramente sobre los aborígenes americanos la parte más dura de las labores del campo, en las minas.
Dice Jean Marc de Civrieux, que «una de las leyendas más arraigadas que nos legaron los cronistas se refiere a la pereza del indio. En esta apreciación coinciden unánimemente nuestras fuentes, y los misioneros corroboraban lo que afirmaban los colonos encomenderos: Se quejan amargamente de ese supuesto vicio, que los historiadores modernos suelen aceptar ciegamente como hecho real. El padre Caulín, que fue un verdadero especialista en elaborar largas listas de vicios de los bárbaros (que llamaba también brutos irracionales), no olvidaba nunca de mencionar la pereza, en primer término. Los escasos defensores de los indios, como el padre Las Casas, aludieron, para combatir esta leyenda, a una debilidad física del indio, una interpretación más generosa, pero tan falsa como la otra. El problema consistía evidentemente, en una resistencia pasiva al trabajo forzoso. En su medio ecológico, el indio no escatima esfuerzo, ni teme tareas agotadoras, siempre que las considere urgentes y satisfagan las necesidades inmediatas de la comunidad. Cuando no existe prisa en realizar una tarea, la aplaza sencillamente, porque su filosofía de subsistencia rechaza las previsiones excesivas. De este modo, goza de los agradables períodos de ocio que le concede la naturaleza, los aprovecha al máximo y se dedica oportunamente a observar los pájaros que, como lo recuerda el Evangelio, cantan y nunca se mueren de hambre, enseñando al hombre a no afanarse excesivamente por la subsistencia. A este respecto, Ruiz Blanco anota, con evidente desaprobación, que los Cumanagotos trabajan a tornapeón, sólo por la comida. Eso bastaría para explicar el fracaso de las tentativas españolas de someter al Cumanagoto a los horarios rígidos de un trabajo obligatorio, y de sacrificar los recreos, a veces considerables, que la tradición tribal dedicaba a charlas, juegos y esparcimiento colectivo «.
Durante esta época Colón insistía en la posibilidad de transportar indios esclavos a Europa; fue él, el primero en introducir la idea de indios «malos» y de indios «buenos». Para él los malos eran los caribes. Procuraría hacer propaganda en el sentido de que los caribes resultaban mejores animales para el trabajo duro por la resistencia que mostraban al sometimiento. Para conseguir la aceptación de la Corona de este proyecto comercial, explicaría que estos «salvajes» recibirían el bautizo, salvándose así, sus almas. Estos señores querían salvar a los nativos después de que los habían dañado. Ese estilo típicamente hispano no ha pasado de moda, pues los tecnócratas del presente, descendientes directos de don Cristóbal, destruyen en la actualidad los últimos reductos vírgenes que nos quedan.

Día y noche no hacía el Almirante sino pensar en los negocios mercantiles. Corrían entonces noticias estimulantes sobre la región de Cibao de la Española: «hay oro como para cubrir las calles de Sevilla… «. En tal sentido organizó una formidable expedición de 500 hombres, la cual a decir de algunos cronistas resultó infructuosa pues sólo se recogieron unos mil castellanos. Durante este recorrido, Colón hizo muestra de sus grandes “dotes humanitarias” ordenando o permitiendo que sus muchachos se divirtieran un poco cortando narices y orejas.
Un sacerdote se conmovió ante aquel deporte que amenazaba en convertir la isla en un pueblo de seres desfigurados. Algunos soldados coleccionaban orejas en las bolsas donde llevaban reliquias indígenas hechas de oro.
En una de aquellas exploraciones a Cibao, observó el Almirante que los indios cuando buscaban oro se apartaban de sus mujeres. El genovés, quedó afectado por este hecho y entonces exigió a su gente que no cogiesen el oro sin confesarse y comulgar. El Almirante daba unos sermones extraños a aquellos hombres, muchos de los cuales habían cometidos asesinatos en España. Les decía: «- Miren cómo los indios para recoger oro pasan hasta más de veinte días sin mujeres, y ayunan, y observen que cuando andan con ellas no hallan oro. Si estos indios bestiales hacen estas solemnidades, con mucha más razón debemos hacerlas nosotros que somos cristianos; por lo tanto dejemos de pecar, confesemos nuestras culpas y, estando en gracia de Dios, tendremos más cumplidamente nuestros bienes temporales y espirituales».

Esto provocaba comentarios soeces y burlas escabrosas, porque aquella santimonia no era propia para delincuentes, pues en cuanto a mujeres, estaban hartos de violaciones; en cuanto a ayunar, se estaban muriendo de hambre, pues sólo vivían de raíces y malos manjares. Sobre esto dice Salvador de Madariaga que para la mayoría de los aventureros que venían de España, el oro no podía ser símbolo de religión y castidad (como sí lo era para nuestros indígenas) sino la medida del poder social, la palanca del dominio sobre otros seres (menos afortunados).

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