LA VERDADERA HISTORIA DEL PROCÓNSUL GRINGO: RÓMULO BETANCOURT (De la obra de Sant Roz, “EL PROCÓNSUL…”) (55)…

A todos los presidentes canallas de Venezuela se les exigió que deberían hacerse retratos y cuadros en los que apareciesen montados en caballos blancos (Como George Washington o Napoleón Bonaparte) porque eso era lo CORRECTO y lo más DECENTE para civilización. A Bolívar le inventaron eso de que anduvo en un caballo blanco para enseñarnos que nosotros estaban incluidos entre los “civilizados” y debíamos hacer todo lo que los “civilizados” hacen. Una miserable trampa. Por eso hemos visto a Páez en caballo blanco, a los Monagas en caballo blanco, lo mismo a Guzmán Blanco, Crespo, Juan Vicente Gómez y al imbécil de Rómulo Betancourt.

LA VENEZUELA DESINTEGRADA, «PERO MUY RICA»

Le expreso a usted, señor Rómulo Betancourt,

el profundo afecto y gran respeto que se han desarrollado

paulatinamente en mi corazón

durante nuestros largos años de amistad.

NELSON ROCKEFELLER

Es usted, don Rómulo Betancourt,

un abanderado de la democracia progresista.

ARTHUR SCHLESINGER, JR.

El 27 de junio de 1977, Carlos Andrés Pérez salió muy fresco y sereno

en viaje para Estados Unidos, como líder indiscutible del Tercer Mundo.

Estaba por desarrollar un plan de visita a más de 20 países para que se

conociera el proyecto que tenía para cambiar el mundo. Los asesores le

aturdían proponiéndole que debía comenzar por la nacionalización del

petróleo y el hierro y luego un plan de pleno empleo. Después, se

atacaría la pobreza invitando a los inversionistas a Venezuela: «Vengan,

aquí hay de todo… les damos las garantías necesarias para que ustedes

desarrollen lo que deseen…» Sin olvidar el tema del medio ambiente, la

inseguridad, la salud y la educación: «el Plan Gran Mariscal de

Ayacucho para enviar estudiantes a especializarse en los países más

adelantados del mundo nos colocará en la región en la cima del

conocimiento científico y tecnológico en menos de una década».

También no olvidaba reforzar la reforma agraria iniciada por

Betancourt en 1961, pero igualmente consideraba ya inaplazable

modernizar el transporte masivo.

En conclusión, se daba cuenta de que en verdad carecía de un

programa de trabajo geopolítico claro y convincente para un desarrollo

propio y que además no fuese a crear mayores ataduras y dependencias

con nuestros eternos explotadores. Para Gonzalo Barrios esto no era

problema porque el presidente con su sola presencia y con su verbo

nervioso y encendido, era en sí mismo el mejor proyecto político que

hasta entonces América Latina había conocido: «A Carlos Andrés le

falta todo lo que le sobra». Lo decía en serio.

Para Gonzalo Barrios a Pérez le habría gustado participar en el

Proyecto Apolo para hacer un viaje a la luna, y echarle una perorata a

los cráteres para que de ellos saliesen agua o petróleo.

¡Qué lengua, y qué agallas! Aquel «hijo de Bolívar» recorriendo el

mundo con comitivas numerosas y aviones atestados de empresarios de

maletín, estaba seguro que colocaría a Venezuela entre las más

respetables naciones del continente.

Carlos Andrés entraba a su avión presidencial que había costado 72

millones de dólares, se detenía en la portezuela, miraba a sus edecanes

y alzaba el brazo preguntándoles: «¿Cómo les quedó el ojo?» Dentro de

aquellos aviones se formaban grandes relajos, entre trago y trago; entre

sueñito y sueñito, el presidente abría aquellas carpetas de los

centenares de proyectos y obras comenzadas y por comenzar y se

mareaba un poco. «Yo no nací para ser el padre de la democracia

integradora del Tercer Mundo; eso a quien le queda bien es a Rómulo

Betancourt, pero lamentablemente está demasiado anciano». A Pérez

no le cabía la menor duda de que su partido volvería a ganar las

elecciones, y que una vez logrado ese triunfo él se convertiría en una

especie de canciller ad honorem de América del Sur.

En aquellas carpetas estaban los resúmenes de la billonada de

dólares despilfarrados en importaciones. No tenía una idea clara de por

qué viajaba a tantos países, pedía la lista de los venezolanos que

estudiaban en el exterior y se condolía porque no todos sus

conciudadanos podían pasarse una temporada viajando y conociendo

medio mundo. Decía: —Yo que durante mi presidencia he estado 4

veces en México, 2 veces en Estados Unidos, 4 en Colombia; que me he

paseado por Perú, Bolivia, Argentina, Ecuador, Jamaica, Costa Rica,

Panamá, Santo Domingo, Inglaterra, Italia, España, Unión Soviética,

Suiza, Argelia, Irán, Irak, Arabia Saudita, Kuwait, Qatar, Abu Dhabi,

Brasil, Curazao, Jamaica, Guayana, Surinam, Rumania, Yugoslavia,

Hungría, Alemania, Francia y Japón, en total más de 32 países, todavía

no acabo por formarme. Eso fue lo que le hizo falta a Rómulo

Betancourt, y por eso sus ideas y su política de Estado fue tan pobre. ¿Y

de burocracia cómo vamos? […]

El número de funcionarios con que se había engrosado la

administración pública, en sólo tres años, había sido de 40 mil. De

trabajos productivos, nada. Las cooperativas y la pequeña industria

estaban en la ruina. El desempleo trataba de ser tapado con

«programas sociales» que más bien contribuían a la holganza, más caos

administrativo y disipación. Pérez contaba humildemente a sus asesores

que ahora los gobernantes tenían que dirigir a sus Estados desde un

avión, porque era la mejor «manera telescópica» de ver los problemas y

de encontrarles soluciones inmediatas. Por eso, cuando descendía de

ellos, comenzaba a impartir órdenes, acompañadas de compulsivos

decretos que sus esmerados y mediocres ministros, apenas los

firmaban, echaban al cesto del olvido. Él mismo, amoratados los dedos

de tanto firmar papeles, le llegó a decir a Ramón J. Velásquez: —Nunca

llegaremos a recordar nuestras grandes obras porque jamás hemos

tenido tiempo ni para concebirlas ni para admirarlas.

En tales circunstancias le era inevitable recordar del eminente jefe

adeco una de sus frases más memorables, eso de sacar a patadas a los

corruptos de su partido. Pérez decía: —Tenemos en la Fiscalía 375

denuncias sobre casos de enriquecimiento ilícito, ¿pero quién va a estar

dedicado a eso, cuando necesitamos la atención de esos mismos

magistrados en el proceso de transformación social y política que

estamos llevando a cabo? No es para alarmarse tanto. ¿El mismo

Rómulo Betancourt, con qué moral nos puede venir a reclamar algo?

Todos lo escuchamos ese miércoles 21 de abril de 1977 cuando declaró

solemnemente que llegaba al país con renovadas fuerzas para

recuperar la democracia decente. Yo soy parte importante de esa

democracia decente. Él, nuestro padre, él, que llega de Europa sin

tener que comer; él que nos pide prestado y que cuando se le nombran

la migaja esa de los veinte mil dólares que se le han dado para sus

imperiosas necesidades, va y exclama aterido de vergüenza: «Les

aseguro que esos 20 mil dólares que me fueron prestados por una mano

amiga, serán devueltos en el mismo sobre». Mentiras, Betancourt no

devuelve lo que se le presta y está bien que lo haga porque merece ese

dinero y mucho más. Más aún, todos estamos en deuda con él. A los

venezolanos nos cuesta reconocer lo que se hace por nuestro bien, por

nuestra patria. ¿No ha sido acaso él, el constructor de la democracia

moderna en Latinoamérica, y alguien podrá creer que eso tiene un

precio? Sandeces.

En uno de esos vuelos transcontinentales, hubo quien le comentara

dejando correr cierto silencio sibilino, que Betancourt tenía en sus

manos gruesas carpetas con los casos mayúsculos del Banco Industrial,

la compra de las fragatas y las estafas en la Corporación de Fomento…

pero Pérez los tranquilizó a todos: —No hay nada que temer porque los

comprometidos en tales actos de corrupción o son sus amigos o sus

protegidos. Incluso, yo he tenido que sufrir la desgracia de tener

ciertos colaboradores porque él me los ha mandado con un papelito.

Eso no le parecía mal, pues así era para él la política, y lo sería

siempre así, aquí y en la Cochinchina. Uno de los asesores, haciéndose

eco de unas declaraciones del sindicalista José Vargas a El Nacional,

agregó: —¿Pero para qué tanta alharaca sobre casos de corrupción si

éstos no tienen solución dentro del sistema capitalista? Más aún, sin

corrupción no hay progreso ni democracia que valga; no hay

democracia que funcione porque la corrupción es la misma maquinaria

que engrasa y pone a funcionar todo el entramado económico y social

del Estado, y le da vida al circulante. Enhorabuena.

Todos estaban de acuerdo que la obsolescencia del Estado no se

arregla con crear más leyes, y que por eso AD, aún teniendo mayoría en

ambas Cámaras, no se había preocupado en absoluto, en seguir

aumentando las barbaridades jurídicas sobre las que descansa el

Estado-Nación.

Si se nos pidiese una corta definición para los gobernantes que hasta

entonces habíamos tenido, al unísono tendríamos que concluir que

todos se habían caracterizado por ser abúlicos, hipócritas, asesinos,

ladrones, mentirosos y anodinos. Eso estaba ante los ojos de Betancourt

cada vez más evidente, y por eso comenzó a entrar en un estado de

apopléjica tristeza. No le divertía nada, ni siquiera revisar la prensa ni

verse en los libros que alguna vez lo compararon con Bolívar. Lo que él

dijera en su partido se acataría, pero la generación de los notables de

su época había fracasado. Los tecnócratas tenían el dominio. Ya estaba

bueno de seguir suicidándose, y desorientado, comenzó a promover la

figura de Luis Piñerúa Ordaz, un enanito que resumía todos los

admirables complejos de inferioridad de su partido: falso, amargado,

cínico, vengativo, prepotente, ultrasectario, vanidosísimo; plagado

igualmente de disimulos, diestro en zancadillas, odios e insultos. Un

Rómulo en miniatura, ¿recuerda el lector al hermano hígado? Pero,

poco a poco, podría también Piñita de hacerse otra cosa; para eso están

los medios de comunicación y las compañías que ahora venden

candidatos a la Presidencia. Con un buen pelotón de periodistas y

«hacedores de imagen», Piñita pronto podrá aparecer como probo,

puro, recto y severo, de principios políticos pulcrísimos.

Entonces, aquel ser ansioso de publicidad, con una pluma regular,

nada común entre el mundillo de escribidores adecos, se lanzó en

campaña; era el único adeco capaz de decir algo sustancioso en aquella

prensa tan pobre y tan comprada. Con cierta originalidad, sus artículos

eran seguidos por los intelectuales de izquierda y de derecha.

Recordaba igualmente que esa había sido el arma mortal que había

catapultado a su maestro en la década de los cuarenta.

Pero nadie sabía lo que anidaba en aquella alma tan voluble y falsa,

en la que la palabra iba por un lado y los hechos por otros lados muy

distintos. El tiempo se encargaría de desenmascararlo, pero para

entonces Rómulo estaría muerto. Piñerúa se había ganado el aprecio

del héroe de Octubre y le refería que Pérez además de haber

desfigurado el partido con sus intrigas, ahora estaba destruyendo la

democracia, entregándosela a los banqueros, empresarios de maletín y

a los tecnócratas.

A Betancourt le interesaba un hombre que él pudiera dominar mejor,

porque Carlos Andrés se le había escapado de las manos; estaba cada

vez más conmovido con la sinceridad de aquel ex bodeguero de Güiria,

y lamentaba que el partido se hubiese entregado tan vilmente a los

oligarcas emergentes que había entronizado a Pérez en su gobierno.

Todavía había posibilidades de rescatar al partido e incorporarlo a la

época en que los limpiabotas y caleteros constituían el alma y el centro

vital de sus ideales, de su proyecto. Lástima que se hubiese perdido

aquel rumbo que alguna vez se previera en 1941, cuando se fundó este

poderoso movimiento. Betancourt entonces se imaginó que Piñerúa con

su talento tal vez podría darle el verdadero vuelco que requería el

partido. Porque aquel hombre era tan anticomunista como él, tan adeco

en el más puro sentido de la palabra como él; había estado en la

resistencia y hablaba sin pelos en la lengua como él. Así pues, adelante

con los faroles.

En un discurso, sin medir las consecuencias, dijo don Rómulo que

Piñerúa poseía un autodidactismo sólo comparable al de Simón Bolívar,

Einstein, Bernard Shaw, Rómulo Gallegos, Andrés Bello, Aristóteles y

Platón. Piñerúa, para desgracia de Venezuela, se lo creyó. Se puso a

pulir su estilo, consultaba diariamente el diccionario y el talento para la

diatriba se le agudizó. Con los años se fue encogiendo más de lo

normal. Le comenzaron a crecer las orejitas, y fue adquiriendo una

repugnante blancura de roedor766.

Pero para que se vea que Betancourt había sido el personaje histórico

más parecido a todo cuanto criticaba de sus furibundos enemigos,

recordando que una vez le endilgó a López Contreras el parecerse

demasiado a los Borbones, porque ni aprendían ni olvidaban, entrega

unas declaraciones a la revista Resumen que aparecen el 26 de octubre

de 1975. Es una edición con motivo del trigésimo aniversario de la

Revolución de Octubre. En esta entrevista, Betancourt confiesa que un

tal sargento primero Alexis Camejo Perdomo, de los conjurados

preparaba el asesinato del presidente Isaías Medina Angarita en un

importante acto donde estarían presentes los presidentes de los

Poderes Públicos, el cuerpo diplomático y sus ministros. Betancourt

cuenta que argumentó con vehemencia contra esa acción y logró

impedirla. Él no obstante supo callar, no dijo nada del asunto. Declaró:

«Teníamos arraigadas convicciones civilistas y ninguna clase de

contacto con hombres en uniforme767».

También confesó: «La animadversión que profesábamos a los golpes

de Estado nada tenía que ver con la negación de que las insurrecciones

colectivas habían sido más de una vez parteras de la historia». El 18 de

octubre fue la partera de un desastre. Betancourt toda la vida creyó que

Venezuela estaba compuesta sólo por imbéciles. Dirá entonces que no

En 1998 parecería, con sus histéricos delirios contra Hugo Chávez Frías, un

descomunal roedor.

 (Venezuela), 1979, p. 305. Llama poderosamente la atención la furibunda oposición

que se desató a principios de 1999 por parte de los altos dirigentes adecos, cuando se

hablaba de la invitación que había hecho Hugo Chávez Frías a Pérez Jiménez para que

asistiera a su toma de posesión. Y todo ello se debía a que por fuerza iba a tener que

rememorarse la fatídica alianza que hubo entre este dictador y los adecos para

derrocar al más democrático y humano de todos los gobiernos que hemos tenido.

hubo injerencia extranjera alguna en el golpe, cuando todas las

agencias noticiosas proclamaban que cuanto se había producido el 18

de octubre olía a petróleo puro. Concluía diciendo: «El 18 de octubre de

1945 será reconocido, ya está siendo reconocido, como zancada de

avance en el proceso evolutivo de la nueva Venezuela768».

Era como una pesadilla. Betancourt se estaba sintiendo enfermo: Al

que llamaban «Locoven» estaba incontenible en sus desmanes. Había

firmado más de doscientos decretos y había creado más de ochenta

comisiones para cambiar miles de cosas, las cuales seguían

empeorando de modo irremediable. El partido, por otro lado, hacía

aguas, lleno de tránsfugas, manirrotos y burguesitos como Diego Arria.

Aquello ya no era un partido sino una banda de holgazanes y groseros

delincuentes, pero no toda la culpa era de Carlos Andrés; ese asunto lo

había comenzado el mismo Rómulo. Gonzalo Barrios seguía dándoselas

de socrático, echado en una banca del Congreso y con su báculo

burlándose de los que hablaban de la mala situación social. Declaraba

bromista y cínico: «Tal vez a Carlos Andrés le ha faltado siempre un

poco de ignorancia».

Ahora Betancourt lo tenía todo, lo había tenido todo, y era como si el

pasado hubiese sido un globo sin nada dentro. En su partido no había

sino desastres, el país era una verdadera tragedia, y no se hablaba sino

de plata, de trajes, de comidas, cruceros y viajes. Ya nada importaba

sino los bancos. La gente no vivía sino en Miami, Houston, Texas,

Nueva York, Washington, París, Madrid o Disneylandia. Venezuela no

existía. A nadie en verdad le interesaba Venezuela. Nadie trabajaba,

todo el mundo estaba becado, balbuceando inglés o francés. Genios por

doquier; expertos en cualquier vaina por doquier. Doctores, Ph.D’s,

genios y científicos llegando de todas partes con máquinas,

calculadoras y aparatos digitales, headphones, rines de magnesio… El

planeta era otra cosa, y Betancourt se sentía fuera de lugar. Una

generación de ladrones eran dueños del partido del pueblo y no se les

podía tocar ni con el pétalo de una rosa…

Había hablado en la Convención Nacional de AD en 1975 de sacar «a

patadas a los peculadores y ladrones del erario público», pero ya nadie

en su partido se asustaba por estas cosas; se había dicho tantas veces…

¿Cómo sacarlos? ¿Quién podía sacarlos? Habría que traerse para ello a

extraterrestres, pues dentro de AD nadie tenía voluntad para hacerlo.

Betancourt era ya una momia. Pérez había arrinconado a su antojo al

contralor general de la República, doctor José Muci Abraham, por haber

denunciado un mar de actividades ilícitas769: Más de 600 órdenes por un

monto de 850 millones de bolívares sin intervención de la Contraloría:

Robos impresionantes en El Tablazo, Nitroven, Corporación de

Mercadeo Agrícola, INOS, Corporación Venezolana de Fomento, Banco

Industrial de Venezuela, Instituto Nacional de la Vivienda, Instituto de

Crédito Agrícola, Línea Aerospostal Venezolana, Centro Simón Bolívar,

Corporación de la Mediana y la Pequeña Industria, y en todos los

ministerios.

A simple vista, el contralor tenía 352 casos de monstruosas

irregularidades, y a Pérez se le acabó la paciencia hasta que echó su

verbo de metralla: «Hay que sacar de la Contraloría al doctor Muci

Abraham porque es un enemigo abierto y declarado del partido». Se

acusó al presidente de violar la Constitución y el ordenamiento jurídico

por su guerra contra el doctor Muci Abraham, pero eso eran sandeces

cuando se tiene todo el poder y miles de aduladores. Ya el contralor no

sabía qué hacer con 17 mil contratos de servicios al Estado objetados,

plagados con toda clase de vicios, y aburrido y obstinado al no

encontrar eco en el mundo político ni en el pueblo, además de estar

siendo amenazado y chantajeado, tuvo que renunciar. En la campaña

contra el contralor actuaron cínica y principalmente Gonzalo Barrios,

Octavio Lepage y Rómulo Betancourt.

En conclusión, realmente el «Partido del Pueblo» había constituido

hasta entonces una maldición, un desastre nacional. El Estado estaba

desmantelado, corroído y desintegrado en lo más profundo de sus

estructuras. Todo, producto de un lastimoso experimento de políticos

lacayos que habían manejado la nación hasta entonces; tanta

frustración llevaba al pueblo a suspirar por las dictaduras de Gómez y

de Pérez Jiménez. Aquella farsa de la nacionalización del petróleo y el

hierro, no conseguía levantar el menor interés o patriotismo, porque se

percibía un arreglo por parte del gobierno totalmente consensuado con

las compañías petroleras. El 12 de marzo de 1974, Pérez anuncia al

Congreso que cumpliría un anhelado deseo del pueblo: «El petróleo

sería nuestro». ¿Y cómo? No lo fue. Se esfumó mágicamente, y aunque

entraran cataratas de dólares creció el desempleo, la miseria y el

desorden social. Entonces el petróleo resultó más que nunca extraño,

lejano y ausente de la realidad del pobre muerto de hambre.

Con aquella avidez de encarar a la prensa extranjera para dar

batacazos de primera página, el presidente declaró: «No podemos

seguir hasta 1983 sin definir la nueva política petrolera venezolana que

no será interferida ni mediatizada, desde dentro ni desde fuera, ni por

gobiernos extranjeros ni por grupos de presión venezolanos». Es decir,

la retórica insufrible, sin acción valedera ni voluntad para hacer nada.

El 22 de marzo, se produce otro parto del presidente: otro decreto, el

Nº 10, mediante el cual crea una comisión que tomará el timón de

cuanto tenga que ver con nuestros hidrocarburos. El 6 de abril siguen

las declamaciones burocráticas y se instala la Comisión Presidencial de

Reversión. Estas historias con comisiones y encuentros, estudios y

declaraciones, pasan el 10 de diciembre de 1974 con la Ley que reserva

al Estado la industria y comercio de nuestro petróleo, sin ser posible

que se establezcan compañías mixtas y que se explote la Faja del

Orinoco mediante colaboración extranjera. El 10 de marzo de 1975, el

presidente entrega a los partidos el texto definitivo, el 11 de marzo de

1975, los partidos rechazan las reformas al proyecto original. El 15 de

marzo del mismo año Juan Pablo Pérez Alfonzo expresa su total

desacuerdo con el proyecto, por estar «arrastrado por los sectores

económicos». El 16 de marzo se inicia el debate en la Cámara de

Diputados y el 10 de julio se aprueba en sesión plenaria solamente con

los votos de AD y la Cruzada Cívica.

No olvide el lector, que parte de la tesis de este trabajo consiste en

probar que los adecos y los perezjimenistas en el fondo eran la misma

cosa.

El 16 de julio aprueban en Cámara de Diputados la ley. El 4 de agosto

se inicia el debate en el Senado, y el senador vitalicio Rómulo

Betancourt, ante los ataques de la oposición, justifica que las

compañías mixtas puedan participar en la explotación de la Faja del

Orinoco. Finalmente, el 22 de agosto la ley es sancionada

definitivamente por el Congreso con los votos adecos y perezjimenistas,

el presidente la firma, y poco después las casas matrices de la Exxon y

Shell en Nueva York, Nueva Jersey, Londres y Amsterdam también la

aprueban.

Luego vendrá la parte más dolorosa y criminal de toda esta historia.

Venezuela está loca por indemnizar (hasta sin que se lo haya pedido

nadie) a numerosas compañías petroleras770: La Creole recibe más de

dos mil millones de dólares; la Mene Grande, 290 millones de dólares;

la Mobil $96 millones; la Internacional $50 millones; la Sinclair $27

millones…

A esto lo llamaron la Segunda Independencia de Venezuela, aún

cuando el doctor Maza Zavala exclamaba que, si realmente se sacaran

bien las cuentas, serían a las compañías a quienes les correspondería

indemnizar a nuestro país.

Añádase a esto que el desagüe de capital era horrible por cuanto

ocurría un fenómeno extraordinariamente paradójico: nadie se

explicaba cómo era que si el precio de las materias primas disminuía

rápidamente su valor, por el contrario cuanto nos llegaba de afuera era

cada vez más caro.

La Asociación Nacional de Contadores Públicos hizo lo imposible, con

argumentos de todos los calibres para demostrar que no debía

pagárseles la suma de 4.300 millones de dólares a las petroleras. Fue

inútil. Pero además, de manera inadmisible, AD junto con su magnate

superior, don Rómulo Betancourt, admitió que las transnacionales

podían seguir en el país controlando el mercado, el transporte y la

tecnología de cuanto tuviese que ver con nuestros hidrocarburos.

Con lo de la nacionalización del hierro sucedió más o menos lo

mismo. Una oposición alcahueta y vencida por los negocios dejó hacer

al presidente lo que le viniera en gana: Siguió la explotación

neocolonial de este producto, y otra vez, los perezjimenistas de la

Cruzada Cívica junto con los adecos aprobaron aquella otra gran farsa

de la nacionalización del hierro, claro, con la aquiescencia de don

Rómulo Betancourt. Quedamos más que nunca a decir de los expertos,

luego de aquellas dos farsas de nacionalización, dependientes del cartel

mundial de los hidrocarburos y del hierro.

Nunca antes en la historia de la humanidad se había visto tal

derroche, y aún así el presidente declaraba ufano que la deuda externa

de nuestro país se había adquirido «con audacia y sin complejos».

¡Coño!, así cualquiera es audaz. O precisamente, está bien, hay que ser

audaz para adquirir tamaña tragedia nacional que nos desquiciaría por

décadas, y sería uno de los combustibles más inflamables para la

guerra civil que estaba en puertas. Pero seguía planteando incontinenti

de lo positivo que resultaba «traer la gigantesca masa de riqueza

financiera de los países en desarrollo para programas a favor del

pueblo771». Y el país realmente en ruinas, destartalado, a nadie le

interesaba el profundo deterioro en que se sumía todo lo que se

dilapidaba. Se hizo normal que altos funcionarios se dedicasen al

negocio, y a los pocos meses salir hechos unos magnates con yates de

lujo, avionetas (incluso jets) y propiedades en Miami, Nueva York, París,

Madrid o Texas. «Venezuela fue, en los años de Carlos Andrés Pérez,

una especie de gran almoneda donde los rematadores, investidos con

funciones públicas, subastaban la riqueza nacional772».

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