LA VERDADERA HISTORIA DEL PROCÓNSUL GRINGO: RÓMULO BETANCOURT (De la obra de Sant Roz, “EL PROCÓNSUL…”) (53)…

LA «DEMOCRACIA» ENTRA EN COMA

Mucho se debe a su liderazgo y a sus convicciones

personales, señor Betancourt.

EDGARD KENNEDY

A Rómulo Betancourt le llegaban toda clase de quejas, pero como se

trataba del «hijo que nunca tuve», callaba y tragaba. El país no

aguantaba más derroche, la voraz degeneración traducida en un

incontrolable caos administrativo e irrespeto por todos los valores de la

República; cuanta información le llegaba lo dejaba sin habla o

respuesta alguna. Por ejemplo, en el sector educativo debido al vórtice

de las pertinaces huelgas y paros, no se cubría ni un 20% de los

programas en escuelas y liceos; las universidades estaban igualmente

de cerebros caídos, ya que se paralizaban en promedio cuatro meses

cada año. La muerte de estudiantes durante los disturbios era algo tan

natural como que el sol sale cada mañana.

Luego le llegaban otros informes que hablaban de otras muertes, por

mala praxis médica en los hospitales, o inherentes al mismo programa

de salud; además, se enteraba que campeaba una violencia

estremecedora, concentrada en el supremo desprecio al ciudadano. La

frase que más se oía en todos los niveles era «estamos frustrados». Los

expertos coincidían en que el país iba camino a convertirse en un

segundo Haití, según las cifras de miseria y de endemias que cundían

por doquier. El gobierno estaba como paralizado esperando que algún

milagro (que podía ser una guerra) despertara la sensibilidad de los

venezolanos para proceder luego a levantar la moral y la autoestima

que estaba por debajo del subsuelo.

A los funcionarios del Estado sólo les interesaba hacerse ricos en

corto tiempo, antes que llegase alguien y les relevase en el cargo, sin

ellos haber podido cargarse con una buena tajada. Se trataba de la

incuria total. Ante tal cuadro, Rómulo se encogía de hombros y

respondía: «Ya yo cumplí con lo que me correspondía; ahora, meterme a

dar órdenes sería un abuso». Gonzalo Barrios tenía otra opinión: «A la

gente no le gusta sino vivir hablando mal de todo. Es el gusanillo de

inventar para desacreditar al que está mandando».

No había manera de detener este caballo desbocado y la gente

hablaba del día en que bajaran los cerros… «Algún día bajarán y

entonces veremos lo que pasará, pero entre tanto…»

La inconciencia había insensibilizado, embotado, inutilizado, a todo el

mundo dentro de AD, mientras que Carlos Andrés Pérez, en un paranoico desorden, emitía una tras otra, desquiciadas medidas

económicas, con las que aturdía a la prensa y al Congreso. Fue la

propia Fedecámaras quien le puso el mote de «Locoven».

Exclamaba Pérez: «Los años de mi gobierno representan el período

más productivo que conozca nuestra historia contemporánea […] He

cerrado la brecha entre la Venezuela privilegiada y la Venezuela

marginal […] Venezuela vive el momento máximo de su historia […]».

Para completar el desastre, Pérez adquirió una estremecedora manía

por recorrer el mundo sin nada en la cabeza, así se paseó por Europa,

América, el Medio Oriente y la Unión Soviética. Habló desde todos los

púlpitos internacionales como la OEA, ONU, OPEP, FAO…

El 20 de febrero de 1975, en The New York Times se difunden otros

informes de la CIA según los cuales esta Agencia le había hecho pagos

al señor Carlos Andrés Pérez cuando desempeñaba el cargo de ministro

de Relaciones Interiores bajo el mandato de Rómulo Betancourt. Ya

sabemos cómo reaccionaba él ante estas cosas, como lo hizo en el caso

del buque «Sierra Nevada»: Una catarata de declaraciones y discursos,

un agotamiento de la opinión pública por su prodigiosa capacidad para

aturdir, hasta que al fin, la gente fatigada, harta, opta por no querer

saber del tema de los partidos.

Sobre el caso de los fondos que la CIA entregó a Pérez, los

periodistas y políticos escasamente se manifestaron; a la mayoría de los

partidos esto les parecía de lo más natural. ¿Acaso no iban nuestros

oficiales a formarse a la Escuela de las Américas, donde se preparaban

a monstruos para torturar y matar «extremistas»? Y siendo Venezuela,

como lo era entonces para el norte, un supuesto blanco de los objetivos

subversivos de Fidel Castro, nada de raro era de suponer que Carlos

Andrés trabajase para el Departamento de Estado. Recuérdese que en

1973 aparecieron denuncias terribles contra su candidatura, y en la

prensa se dedicaron páginas completas para catalogar a Pérez de

«Guachimán». Decían estos escritos: «No le des tu voto al Guachimán»

(sin duda, guachimán del imperio).

Pero fue tanto el monocorde ataque en su contra, que Carlos Andrés

indignado, ofendidísimo, amenazó con declarar persona non grata al

embajador norteamericano y romper relaciones con la administración

del pobre Jimmy Carter (a quien ni le iba ni le venía aquella

información). Entonces, el presidente comenzó a declarar que esta

guerra de infamias se le hacía por su política «progresista» a favor del

Tercer Mundo.

A los pocos días aquella alharaca ya estaba convertida en un

problema de Estado, y Betancourt sí comenzó a preocuparse, porque

¿cuántos intríngulis no se llegarían a conocer si se desclasificaran todos los documentos que reposan en la CIA, sobre sus propias actividades

entre 1959-1963?

Pérez aturdía a los periodistas con sus laberínticos razonamientos,

plagados de contradicciones y mentiras evidentes, e insistía que era

una campaña por el coraje con que estábamos afrontando nuestra

independencia y la dignidad de Venezuela: «La responsabilidad del

Gobierno de los Estados Unidos es inocultable. Estamos a la espera de

una respuesta». Aquel hombre empecinado por naturaleza, reiterativo

en sus reclamos hasta el agobio y la desintegración del verbo, movía a

su partido, a Fedecámaras, a todos los grupos políticos, a protestar por

aquella infamia del imperialismo, y a los hombres de izquierda aquellos

clamores les enternecía y fue entonces cuando Carlos Andrés les

comenzó a caer simpático.

El 21 de febrero de 1977, el embajador norteamericano Viron P. Vaky

fue citado de urgencia al despacho de Escovar Salom (mejor conocido

como «El Pirujo»). El canciller venezolano le exigió «una clarificación

de los hechos calumniosos». Betancourt se limitó a decir: «El

presidente Pérez no ha recibido dinero de la CIA». No podía comentar

otra cosa, y para alcahuetear una vez más los despropósitos de la gente

de su partido, y siempre creyéndose el dios de la república, escribió una

carta abierta en la prensa que decía:

El país cree en mí. Jamás lo he engañado. La confianza de nuestro pueblo

en la palabra mía es mi mayor orgullo de venezolano y de hombre

público. Es, apoyado en ese voto de confianza que me han dado mis

conciudadanos de todas las tiendas políticas democráticas, que vengo a

hacer pública y enfática la información. El presidente Carlos Andrés

Pérez, ni siendo ministro de Relaciones Interiores bajo mi gobierno, ni en

ninguna ocasión, ha recibido dinero de la policía secreta internacional de

Estados Unidos (CIA) para fines del Estado, ni mucho menos para

beneficio propio.

Es decir, con el apoyo de Betancourt podía echarse a dormir Pérez,

completamente seguro, bajo la sombra del árbol genealógico de su

partido.

Empresarios, estudiantes y obreros acabaron por admitir que aquella

infamia no podía sino considerarse como una maniobra contra la

soberanía nacional, y el diputado David Morales Bello llegó a decir que

todo esto no conformaba sino los movimientos de un golpe de Estado

que se estaba urdiendo desde Washington, por la CIA. Rómulo se movió

con sus amigos en Washington, y el sencillote de Jimmy Carter no

aguantó más ruido, y tuvo que desmentir la publicación de The New

York Times, llegando a calificarla de crónica maliciosa. Además agregó

el presidente norteamericano que Carlos Andrés era «uno de los líderes más formidables e independientes del mundo755».

RECUENTO DE UN REGRESO

Cuando Betancourt regresa a su país después de nueve largos años

de ausencia, no podía imaginar al grado de perversión en que se

encontraba su partido y la democracia. En 1973, doña Renée comprobó

que el venezolano había perdido su capacidad de protestar, de encarar

los problemas con seriedad y de buscar soluciones756; ¿entonces qué

había hecho el partido Acción Democrática?, ¿qué habíamos conseguido

con la democracia fundada por Betancourt y sus batalladores

sindicalistas?

El país en realidad estaba sumergido en el vicio inefable de una

corrupción que era un monstruo de cien mil cabezas, y Betancourt no

podía o no quería hacer nada; en el fondo él fue siempre un tipo bien

débil frente a la jauría de sus compañeros, que con ferocidad se

repartían y se apoderaban de los más importantes cargos del país. Y

doña Renée, viendo el despelote de nuestra nación echaba de menos su

Berna, donde nunca se le descompuso «la cocina, el calentador ni la

refrigeradora […] La realidad es que no tuve el 90% de los ridículos

pero fatigantes inconvenientes que se me presentaron en Caracas757».

Definitivamente era horriblemente desconsolador y agobiante tener

que vivir en Venezuela, pero no quedaba más remedio que regresar a

este infierno de país, pues Betancourt era el fundador de su democracia

y el jefe máximo del partido mayoritario que todavía gobernaba. Y

añade doña Renée:

Yo sentía que el calor me estaba haciendo un daño enorme, pero así y

todo tuve que estar de pie hasta las doce de la noche. Cuando se fueron

los visitantes, me di un largo baño y me acosté. No podía dormir por el

calor, el cansancio y los ruidos de la avenida. Sentí deseos de llorar, cosa

bastante rara en mí. Añoraba mi casa en Berna y el silencio. Recordé que 1977, The New York Times recogerá unas declaraciones del señor David Phillips,

comisionado de la CIA para la vigilancia y control en el Caribe y Venezuela, quien en

confesión ante el Congreso de Estados Unidos dirá que sí le había hecho pagos al

entonces ministro de Relaciones Interiores. Esta nota del Times estaba firmada por el

jefe de redacción. Ya para entonces Pérez no se estremeció para nada, pero la Oficina

de Prensa de Miraflores contestó que se trataba de nuevo de «una canallesca,

abominable calumnia y una burda maniobra contra la democracia venezolana». Poco

después Pérez invitó a Carter a Venezuela. Cuando Jimmy Carter abrazó a su

homólogo, declaró: «Soy bendito por Dios al tener un amigo como el presidente

Pérez» el cuarto de Rómulo, situado al lado del mío, tenía aire

acondicionado[…].

Betancourt se dedicó a cultivar las amistades que luego serían

adictas a Carlos Andrés Pérez; la masa de negociantes que acabaron

con este país: los Di Mase, Sofía Imber, los Cisneros. Entonces uno de

los pasatiempos del «Brujo de Guatire» era revisar todas las notas

necrológicas de la prensa nacional.

Las faenas de esta humilde pareja, en los años setenta, se consumían

mitad en Europa y una cuarta parte en Pacairigua, a las faldas del Ávila,

el primer búnker adeco. Aburridos, asqueados de ser la pareja más

famosa de Latinoamérica a mediados de los setenta, se dieron un largo

viaje por los países escandinavos; y hasta se entretuvieron recorriendo

los teatros pornográficos y la calle de las prostitutas. «Una vez fuimos a

(un espectáculo) pornográfico […]».

La vida se les iba en visitar peluquerías, restaurantes y las mejores

tiendas. Betancourt cada vez que la llevaba a un restaurante (que debió

ser todos los días), le daba una sorpresa; con un beso le entregaba una

cajita en la cual iba un rubí, perlas, diamantes o esmeraldas. Aquella

pobre mujer debió parecer una burriquita muy bien enjaezada, cargada

de piedras preciosas. Doña Renée confesaba que conocía a París mejor

que a Caracas760.

¡Ah!, pero tuvieron que volver al caos de Caracas: «Yo venía

dispuesta a trabajar duro muy duro para enviar las tarjetas de Navidad

a los amigos del exterior761». Pobre mujer. Esto fue en diciembre de

1975 cuando el desorden hospitalario era indescriptible, ¿pero qué

podía hacerse? A la señora Hartmann este cuadro de peste humana la

impulsaba a gritar desatinos. Hablaba sola, lloraba y se reía sola.

Alfredito seguía viajando, y aunque en mayo de 1978 le trajo del Perú a

su madre una bellísima monería de la más pura artesanía, ella no pudo

superar en nada su estado de desolación. Pensaba en ocasiones que

aquello debía ser propio de la vejez. Pero era que le sobraba todo y por

lo mismo que ya nada le satisfacía. En ocasiones consideraba que no

había por qué sentirse deprimida por la situación del país, pues los

venezolanos eran riquísimos, tenían liderazgo en el Tercer Mundo y

ayudaban a todo el mundo, aunque a cambio no tuviésemos realmente

un programa propio ni un proyecto que nos distinguiese del resto de los

países que vivían en la más nefasta miseria. Esa era la pura verdad.

Un 13 de marzo, día infausto, Betancourt, por un extraño «error» le

dio un tiro en la rodilla a Alfredo. Alfredo sufrió mucho, y su madre angustiada movió el equipo de los mejores traumatólogos nacionales

para que su muchacho no quedase inválido. Este es un hecho muy

grave que quedó en penumbras. Nunca se averiguó lo suficientemente.

En el hogar de los Betancourt se vivía un infierno. Renée estaba un

poco loca y Betancourt se asqueaba de sus manías. Alfredito era

fastidioso y llorón. Los perros no recibían suficiente atención. El mismo

Betancourt debió haber estado anímicamente muy deprimido. A lo

mejor pensó matar a Alfredito o a la misma Renée, y luego darse un

tiro.

La pobre señora Renée, que según ella había entregado su vida por

mejorar a Venezuela en el problema sanitario, comprobaba en esos días

angustiosos, llevando a su hijo de un puesto asistencial a otro, que allí

ni siquiera tenían una vacuna antitetánica. La bella democracia por la

que tanto había luchado era la vergüenza de América Latina, pero

Betancourt era un gourmet y seguía comiendo como siempre (dándole

el visto bueno a los restaurantes extranjeros que por aquellos días se

inauguraban en Caracas), gozando de las atenciones de Gustavo

Cisneros, los Di Mase y demás bellas y prósperas personas, ¿y su

mujer?, pues asistiendo a las peluquerías de primera y añorando la paz

de Berna.

Decía doña Renée: «Desidia e incompetencia se juntaban para

prestar un pésimo servicio de salud, cuando tanto dinero se gastaba en

ello762».

En verdad la señora Hartmann la pasaba mal, sintiéndose ahogada

por el sofocante calor; le parecía que el país se había recalentado

horriblemente, y uno de sus mayores consuelos seguía siendo la

peluquería que frecuentemente visitaba en Nueva York, y en esta

ciudad suspiraba para confesar que «en Venezuela ambos (ella y

Betancourt) pasábamos momentos mortificantes, el alejarnos fue un

escape necesario».

El 29 de junio recibieron una grata noticia: Alfredo había ganado el

Premio Municipal de Poesía. «Nos contentamos mucho y salimos a

celebrarlo764». ¡Qué bueno era ser «hijo» de don Rómulo Betancourt!

Resulta pues que don Alfredo hasta poeta era. Luego también llegaría a

ser diputado por Acción Democrática. ¡Qué bello país y que hermosa

democracia nos legaba Rómulo Betancourt! Luego Alfredo daría un

apoteósico coctel con la plana mayor de la intelectualidad caraqueña,

como lo eran (y todavía lo siguen siendo): Félix Guzmán, José

Benavides, Ida Gramcko, Vicente Gerbasi, los Gottberg, Alirio Palacios y

señora, Alejandro Otero y Mercedes Pardo, Mateo Manaure, Elisa

Lerner, los Zitman, Arturo e Isabel Uslar Pietri, Carlos Canache Mata, los Hernández Grisanti, Cristóbal Hernández, Guillermo Yépez Boscán,

Elizabeth Schön.

Los hijos o cuasihijos de adecos eminentes (compréndanse a los

copeyanos también), con o sin talento, tienen asegurada una triunfal

colocación en puestos claves de la administración pública: a Virginia

Betancourt, se le hace presidenta vitalicia de la Biblioteca Nacional; a

los hijos de Leoni se les atornilló para defender sólidas heredades

políticas, aunque luego, amargados, acabarán por dejar el partido;

Andrés Eloy Blanco Iturbe (de los más decentes) recorrería todas las

sempiternas y fabulosas oficinas, pasando por una curul en el Congreso

y un puesto en el gabinete de Carlos Andrés Pérez. Los mejores hijos de

Lusinchi y Carlos Andrés fueron los familiares de sus barraganas, que

de ser humildes y honestos buhoneros pasaron no sólo a codearse con

los Di Mase, los Zuloaga y los Cisneros, sino a negociar con empresas

como Sidor e institutos autónomos como el Hipódromo y el Centro

Simón Bolívar. Uno de los ejemplos más elocuentes de esta nefasta

conducta la tuvimos en el presidente Rafael Caldera, quien colocó a su

hijo Andrés en la Secretaría de la Presidencia, y a Juan como jefe de la

fracción parlamentaria de su Convergencia; como ministro de Minas

(mayo, 1994) a un novio de su hija Mireya, divorciada. Otra hija del

señor presidente estaba casada con el jefe de la Casa Militar. Casi todos

los emperifollados hombres del gobierno de Caldera, o fueron sus

condiscípulos o eran amigos de sus hijos.

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