PRIETO FRENTE A LAS HORDAS BETANCURIANAS
Me apartó siempre de los comunistas
mi culto a la libertad, pero…
la extrema izquierda es necesaria
para el funcionamiento progresista
de la libertad.
RAÚL LEONI
Para el 15 de julio de 1967, Betancourt, con sus muy personalistas métodos y en cumplimiento del Pacto de Nueva York (según el cual para el próximo período presidencial le correspondería gobernar a Caldera), envió instrucciones a su partido para que se fuese entorpeciendo el avance de la candidatura de Prieto Figueroa. Decía: De lo que se trata es de estructurar un comando unificado que programe y realice de un extremo a otro del país, una acción encaminada a derrotar la maquinaria faccionalista. Tenemos que hacer triunfar nuestros candidatos en las elecciones primarias. Serán en ellas y no en las elecciones que hagan las convenciones nacionales. Debemos actuar sin dejarnos atemorizar por la amenaza de la división.
Pero cuando el 25 de septiembre se realicen las elecciones primarias, Gonzalo Barrios y Betancourt contemplarán serenos sus resultados. Prieto alcanza la mayoría en 16 de las 25 seccionales del partido. Se fue echándole poco a poco leña al fuego. Betancourt utiliza el «coco» del comunismo para calificar a Prieto, porque los seguidores del negro Prieto gritan en las seccionales «¡Oligarquía no! ¡Socialismo sí!». Para el gobierno se hacía evidente una derrota; las camarillas estalinistas de AD ante la inminente pérdida de sus poderes, llamaron a la policía para ponerles algún reparo a aquellas turbas subversivas, «infiltradas» en su organización. El único que realmente sabía lo que en el fondo se estaba jugando era el propio Betancourt, el resto sencillamente, como muñecos, jugaban su juego. Ni siquiera la cúpula superior del partido sabía lo que pasaba.
El negro Prieto comenzó a protestar contra las fuerzas represivas que ayer habían acabado a plomo al MIR, incluso bajo sus mismas órdenes.
Pedía a veces lastimosamente calma y cordura; imploraba raciocinio y moderación. Pero el culto, el afrancesado y delicado Gonzalo Barrios, llega y declara, el 28 de septiembre (sin duda asesorado por el piache mayor): «Los resultados conocidos hasta ahora de las elecciones primarias son imprecisos, y por ello no permiten pronosticar quién, entre mi persona y el doctor Luis Beltrán Prieto Figueroa, ganará la candidatura presidencial en la convención nacional de diciembre».
El 15 de octubre, se reúnen las convenciones distritales y se recrudece la crisis. Cada vez se hace más notorio el crecimiento de la popularidad del negro. Peor todavía: en cinco distritos donde se habían repetido las elecciones y había ganado Gonzalo, ahora triunfaba Prieto.
Era ya irreversible la ventaja del «Orejón» (como comenzaban a llamar popularmente a don Luis Beltrán).
Entra entonces en escena un personaje adeco que habría de hacer historia por su manía de querer aparecer como un intelectual, sobre todo imitando el estilo periodístico redomadamente adeco de Rómulo Betancourt: «el negro» Carlos Canache Mata. «Negro» no come «negro», le habían dicho, pero aun así se arriesga. AD contaba con muchos diputados afrodescendientes, pero sobre todo para dar la apariencia de que se contaba con pueblo, con gente humilde y pobre, por pura baja demagogia. Pues bien, el afrodescendiente Canache Mata se alzó contra el afrodescendiente Prieto, denunciando que había una masiva votación de otros «negros» no adecos en las elecciones primarias. La gente del «Orejón» se sintió ofendida y reaccionó con cierta prudencia, aunque con la sangre sublevada. Canache denunciaba desde su columna de El Nacional: «Aquí cada faccionalista ha votado hasta dos y tres veces, y han llevado votantes cuadrados con Prieto de una a otra seccional».
En Cumaná hubo una batalla campal que dejó trajes desgarrados,
pelos desprendidos, cráneos contusos, dientes partidos, pómulos
hinchados y brazos quebrados o torcidos.
Ya no era el partido cohesionado, firme, victorioso e invencible que
con sus millones de soldados valientes cubría de blanco los gloriosos
campos de batalla políticos y electorales de la patria. Si en la década de
los sesenta habían echado a los izquierdistas, ahora estaban echando a
los auténticos afrodescendientes y verdaderos adecos de siete suelas
que todavía luchaban por aquello de «Pan, tierra y libertad». Algo
estaba claro para los más ardientes defensores de aquel recio luchador
que se llamó Rómulo Betancourt y era, que de ahora en adelante, AD
quedaría desguarnecida, sin verdaderos cuadros populares, e iba a ser
fácilmente inundada con personajes de la banca, con empresarios y
mafiosos. Porque, como acertadamente lo expresara Alfredo Tarre
Murzi, Prieto representaba más los verdaderos valores de AD que el
mismo Rómulo. Prieto era la misma entraña doctrinaria de lo más
profundo y rancio del partido: anticomunista, dogmático, apegado a
cuanto decidiese el imperio nacional e internacional; reciamente
defensor de la política represiva de los gobiernos de Betancourt y Leoni. Aunque AD se dividiera, él no podía representar una cosa
distinta a lo que Betancourt había defendido toda su vida. Por eso él (en
alusión a Rómulo) lo confesará tajantemente poco después de que
pierda las elecciones: «Yo no soy comunista, no lo he sido ni lo seré
nunca, pero tampoco padezco del complejo de los conversos que ahora
tratan de hacer de todo para arrepentirse y convencer a ciertos
intereses de que detestan lo que predicaron ayer736».
Así, lo más deplorable será cuando ya consumada su muerte dentro
del partido blanco, el pobre Prieto confiese:
Creo que no he sido nunca adeco, si por ello se entiende un hombre que
usa el poder para perseguir a la colectividad para su propio beneficio. No
soy adeco, si por ello se entiende al político que emplea la fuerza para
destruir a sus enemigos. Es la negación de lo que yo he sido y soy. Por
eso, no me he sentido ni me siento identificado con las gentes que
representan al partido de gobierno…
El 27 de octubre de 1967, se produce la partida de la gran torta
adeca, cuando el CEN de AD decide la expulsión de 27 miembros de la corriente de Prieto Figueroa y Paz Galarraga.
El 10 de diciembre de 1967, se funda el Movimiento Electoral del
Pueblo (MEP), que lanza la candidatura de Prieto para la presidencia de
la República. Entre la gente «distinguida de AD» hubo alegría, pues se
retiraba uno de los «negros más feos del partido», y ello quizás
permitiría, como supuso Juan Bautista Rojas, que AD pudiera adquirir
otra calidad social más cerca de lo que siempre había buscado. Como
además se expulsó a Prieto con el mote de procomunista y anticlerical,
porque esa era la táctica de los hombres de confianza de Betancourt
para asustar a la gente, comenzaron a acercarse al partido habitantes
de las zonas residenciales más ricas de Caracas como el Country Club,
Prados del Este, La Lagunita o El Hatillo. Para entonces, los adecos
comenzaban a ser invitados infaltables en las fiestas más distinguidas
de la crema de la crema de nuestra sociedad, así como Pedro Estrada y
su combo lo fue en su tiempo.
Betancourt regresa a Caracas a finales de 1967 para comerse las
hallacas en casa de los Di Maggi, donde las mandaban a hacer muy
exquisitas, una tal negra Domitila Calderón, muy adeca desde que mi
madre me parió. Traía también preparado unos discursos en los que
haría trizas al pobre «Orejón» de Prieto. Betancourt, comiendo caraotas
negras y morcillas, una mañana temprano en la casa de los Di Maggi,
repitió más de siete veces la frase hora menguada (su preferida) para referirse a la situación transitoria por la que estaba pasando su partido.
Y añadió: —Pero es que Prieto se ha vuelto loco; ¿es que acaso él podría
gobernar sin el consentimiento de Washington? Prieto también vive
contaminado por la fiebrecita de ese hipócrita izquierdismo, producto
no de principios sino de un resentimiento secular, que sudan pero que
nunca pasan, quienes se han amamantado en las ubérrimas ubres de la
ambición grupal. Él no entiende acaso que quienes determinan el poder
no lo quieren para nada: la Iglesia lo odia, en las Fuerzas Armadas no lo
tragan, en los medios de comunicación lo muestran horriblemente feo,
sin ninguna gracia personal, los empresarios lo harían papilla a las
primeras de cambio creándole desabastecimiento y una espantosa
especulación. Es que ya lo veo recibiendo más golpes que bola suelta
en un volteo. Loco, loco de bola, él no lo sabe, está loco; qué se ha
creído, que los americanos lo dejarían gobernar; es que ya me lo han
dicho: «al negro no lo queremos […]».
Una cosa llegó a comprender con una claridad meridiana; la
democracia venezolana estaba cogiendo cuerpo en los restaurantes de
Sabana Grande y Las Mercedes: allí los congresistas entregados a sus
negocios particulares y a arreglos a espaldas del pueblo, comprobaban
cuán beneficiosa había sido la democracia, trinchando lechones,
atragantados de exquisitos mariscos traídos de Galicia o del
Mediterráneo, se extasiaban considerando las fortunas representativas,
participativas, de justicia y equidad que disfrutaba con creces el noble
pueblo de Bolívar.
Pero la situación era grave. —Coño, la democracia está herida de
muerte, y aquí hay gentes nuestras celebrando, cuando no son capaces
de entender en el inmenso atolladero en el que estamos metidos. En
negro aprieto nos ha metido el negro Prieto.
Ciertamente corrían toda clase de rumores en los que se denunciaba
que Rómulo se estaba reuniendo con el Alto Mando Militar para
preparar un golpe de Estado. Parte del plan para que AD se tuviese que
resignarse a los hechos. Quería más bien reunirse con estos altos
oficiales para informarles que fuesen cuales los resultados, había que
respetarlos; porque más se iba a perder entregándose a la pasión y a la
negación de los hechos. Allí estaban en sus manos unos documentos
que, por un lado, le hablaban que por intermedio de UPA los comunistas
apoyarían a Prieto, y por el otro, le enteraban sobre las declaraciones
del partido Movimiento Electoral del Pueblo (MEP), del negro,
insistiendo en que no harían ninguna clase de pactos con los
comunistas. Estas informaciones los hacían reflexionar: —Yo
acompañaré a Gonzalo Barrios a todas partes, pero no creo que ya se
pueda revertir el daño que se nos ha hecho. Haremos todo lo posible
porque no se consuma la desgracia de este país, la desgracia de la
democracia que tanta sangre nos ha costado. Conozco a los comunistas.
Los conozco como a la palma de mi mano. Sé qué se traen entre manos.
No podría decir si nos enfrentamos a una guerra. Contamos con
muchos amigos dentro y fuera del país. Si ellos pierden la cabeza,
nosotros tendremos que actuar con mucho tino y bastante discreción.
Si conozco bastante a los comunistas, conozco mucho más a Prieto. Él
no tiene la menor idea de lo que se avecina y por eso sale a declarar
tan alegremente como lo hace. Está herido, y esa herida lo hace decir
locuras. Este gran trago amargo que se nos viene encima tenemos que
superarlo. Ustedes saben dónde realmente se ganan las elecciones.
No obstante, los informes sobre la desquiciante corrupción era otro
hueso duro de roer. Rómulo había sido quien durante el régimen de
López Contreras había difundido la tesis con la que proponía que había
que trabajar con los enemigos tapándose la nariz, pero ahora resultaba
que taparse las narices no resolvería nada. Pérez Jiménez, el monstruo
de todas las perdiciones habrá luego de decir:
Benditos ladrones entonces los del régimen de Pérez Jiménez que logran
para la nación obras de mayor jerarquía a menos costo. Y destetados
sean estos hombres santos y capaces que logran para la nación obras de
menor jerarquía de ingeniería arquitectónica, a precios más elevados. Y
para colmo, por uno de esos errores, para aumentar el costo de la obra,
resulta que por no haber hecho el tramo libre (por poner un ejemplo, en
el puente de Maracaibo) y no poner las defensas previstas por nosotros,
llegó un tanquero y se trajo el puente. Resultado: varios muertos y el
costo para repararlo. Bueno, si esto lo hacen los hombres honrados y
capaces, como son los adecos, a quien sea el que haya construido el
puente, pues creo que vamos a llegar a la conclusión de que es preferible
tener un sartal de vagabundos como los que integraban el gobierno de
Pérez Jiménez y no una legión de santos y superados intelectualmente
como los que constituyen los gobiernos democráticos.
Agregaba Marcos Pérez Jiménez: «A Miguel Ángel Capriles, para sus
sucios negocios, mejor le resultó la democracia que la dictadura. Estaba
este señor acostumbrado a chantajear con sus periódicos. Era una
manera de ejercer la libertad de expresión como un beneficio personal.
Pedía dinero a la gente para sacarlo por sus periódicos: y esa libertad
se aduce como ganancia de la democracia».
Concluiría diciendo: «Si Pérez Jiménez se llevó ilícitamente grandes
cantidades desde Venezuela, pues, ¡Dios mío!, ese ladrón logró realizar
una administración fabulosa, rendidora. Y suponiendo que ninguno de
estos señores de la democracia haya tomado un centavo
deshonestamente, entonces estos santos varones capaces, han
deteriorado la economía venezolana en la forma en que hoy la vemos».
Preguntaba Rómulo por la campaña de Gonzalo Barrios, lo que decía
en sus discursos, lo que declaraba. En una concentración en San
Carlos, Barrios había dicho: «AD ha hecho en Venezuela una revolución
silenciosa, pacífica, regulada…», y Betancourt se reía porque era todo
lo contrario: Gonzalo era bien cínico y hasta cómico. Ya los mepistas
cargaban aquella consigna de «no des tu voto a la loca» en referencia
directa al candidato de AD quien tenía raros modales y nunca se había
casado. Una de las campañas más duras que tenía que vencer el
candidato adeco era la despiadada represión llevada a cabo contra la
izquierda. Tantas muertes, tantos presos políticos, tantos desaparecidos
y torturados. Copei le sacaba provecho a estas críticas asomando que
ellos cambiarían esta manera de hacer política, que pensarían en una
amnistía total y que buscarían una pacificación. Estas consignas muy
bien manejadas por la izquierda acorralaban y en ocasiones ponían en
aprieto a Barrios. Pronto el partido comprendió que el doctor Barrios no
estaba para estos trajines, que él era un sibarita, un intelectual, un
hombre fino a quien le hacía mucho daño la bulla, el calor, los viajes
incesantes al interior del país, las largas y tediosas reuniones, el clamor
incesante de la gente pidiéndole de todo.
Aturdido y sin fe en lo que pregonaba, trató de hacer ver que él no
sería ni como Betancourt ni como Leoni, y en cuanto a la subversión
quiso cortar por lo sano y propuso la «Fórmula de la Amnesia»,
mediante la cual garantizaría que se olvidaría definitivamente lo
pasado. Planteaba una vieja salida a los traumas y desgracias políticas
que se había intentando varias veces en el pasado: olvido y apertura de
nuevos cauces. El más famoso de los olvidos fue aquel «Olvido Legal»
dictaminado en 1832, por el Congreso de la Nueva Granada, mediante
el cual nunca más se debía hablar del Crimen de Berruecos, ni buscar a
sus culpables. A fuerza de olvidos legales y amnesias políticas,
consideraba Barrios que podían arreglarse todos los conflictos y todos
los residuos monstruosamente criminales que desde 1958, se venían
acumulando contra los gobiernos adecos.
Pero esa amnesia no podía decretarse y laceraba al propio Rómulo
cuando se apartaba en el balconcito de su casa y los recuerdos le
acudían en tropel, que le llegaban como cosa lejana, aquel punzante
odio, sangrante, aquella crispación delirante y frenética que él desató
contra el presidente Medina Angarita, porque entre nosotros no se
practicaba una auténtica democracia. ¿Cómo habría caído entonces, de
boca de Medina, la proposición de una «amnesia» en relación con el
legado dejado por Gómez?
Tantas cosas que se le echó en cara a Medina, que no se le dejó
flanco sano que no se le atacara con la mayor crueldad y dureza. En
739 Ibídem, p. 141.
619
unos artículos y editoriales de El País, aquel Rómulo supo crear una
atmósfera de horror dictatorial y antidemocrático, diciendo que nuestra
nación era la más corrupta, injusta y tramposa del continente, porque
en estas tierras no existía transparencia en lo relativo a los procesos
electorales; que el pueblo no elegía con entera libertad a sus
representantes. Finalmente, escribiría aquel artículo con un título
horrible: «La conchupancia urticante de la incompatibilidad» para dar a
entender que el gobierno era juez y parte en el asunto de los procesos
electorales.
Ahora venir el doctor Barrios a proponer una «amnesia», ¿qué tal?
Realmente eso de la «amnesia» era lo ideal. Porque la lucha por la
libertad y la justicia ha sido siempre una lucha contra el olvido. Todo lo
que Rómulo le criticó a Medina de forma despiadada, ahora se veía por
todas partes de manera patética, acrecentado por mil. Sobre todo, esos
montones de empleados públicos participando abiertamente como
candidatos en la contienda electoral, cosa que a Rómulo le parecía tan
monstruoso en 1943.
Pero luego con Leoni, Carlos Andrés Pérez y Lusinchi, todos los altos
adecos hicieron lo mismo de manera mucho más descarada y aún peor.
Betancourt ya no contaba dentro de AD con el respaldo que se decía.
Su gente perdió las elecciones internas en que se designaban a los
delegados a las convenciones municipales. No importaba, porque lo que
casi nadie sabía era que estaba contento por estar cumpliendo con
Rafael Caldera, y con la derrota que se avecinaba para su partido
eliminaba a dos pájaros de un chinazo, a Prieto por comunista y a
Gonzalo por sibarita. Aunque se estaba llevando a la base a una
consulta que se llamó «elecciones primarias», con «espíritu
democrático», que en el fondo no era sino un procedimiento para
desconocer a Prieto y a Jesús Ángel Paz Galagarra. Como ya Prieto
estaba controlando la Dirección Nacional, se tomó la decisión de
expulsarlo a él y a todo su combo. Para ello, los inmaculados del partido
comenzaron a cambiar con urgencia las reglas del juego y a decir que
las fulanas elecciones primarias no eran para nombrar al candidato del
partido, que apenas si eran para escoger las autoridades municipales,
de parroquias y delegados a las convenciones locales.
Los más feroces enemigos de Prieto, divisionistas enfurecidos, eran
para entonces: Luis Piñerúa Ordaz, Carlos Canache Mata, Octavio
Lepage, Carlos Andrés Pérez, Francisco Olivo y Malavé Villalba. Como
Betancourt continuaba en su tour (que comenzó en 1928), había
enviado una carta secreta, a estos grandes camaleones, pidiendo
democrática o tiránicamente, como se quiera, una expulsión masiva de
todos sus enemigos.
Nos cuenta Juan Bautista Rojas, que en AD, advenedizos de todos los
colores y calibres de uña, sin calidad humana ni trayectoria alguna
620
como políticos o luchadores sociales comenzaron a ser reclutados desde
los puestos burocráticos para que ocuparan lugares decisivos dentro
del partido blanco. El partido, gracias al «gran piache», se seguía
llenando de aventureros, ociosos y oportunistas. Por lo que finalmente
las mafias empresariales se adueñarían definitivamente de su dirección.
Caracas se encontraba literalmente embadurnada de pancartas de
todos los partidos, pero básicamente destrozada por una gran
confusión. Algunos de aquellos carteles tenían la figura del negro
Prieto, quien le miraba fijamente, como si aquellos ensamblajes se
hubiesen hecho casi de manera expresa para que le mirasen sólo a él,
con desafío y vengativamente. Aquel amigo que tanto le quiso, que lloró
a lágrima tendida cuando casi le matan en 1960 en la avenida Los
Próceres. Ahora se había convertido en su enemigo mortal. El costo. –
Tú, negro, has tenido que pagar el costo de lo acordado con el Pacto de
Nueva York. Lástima. No fue mi culpa, fue el destino jurisprudente.
Qué le podía importar a Rómulo el odio viscoso y retinto que le tenía
medio mundo si había cumplido con su deber.
Qué importa. Aquel ambiente le cargaba. Aquellas minucias de seres
que estaba cansado de mover a su antojo le aturdían. Había hecho todo
lo que había querido en esta vida; y no había nadie que pudiera juzgarlo
en este mundo, porque nadie le podía probar que hubiese hecho algo
malo. Ya todo estaba escrito, no había dios que le quitase lo bailado.
Ahora, poder traspasar el mando a un partido «enemigo» coronaría con
un laurel máximo su obra política, y podría retirarse como Washington.
Bolívar no pudo lograrlo. Lo que le quedaba ahora era apartarse, y para
vengarse un poco de lo malo que le rodeaba, el 1º de marzo de 1968,
contrajo nuevas nupcias, claro, con la doctora Renée Hartmann.
De modo pues, que de toda aquella mazamorra picante de partidos,
surgieron los candidatos fuertes: Gonzalo Barrios por AD, Caldera por
el fascismo cristiano y Prieto Figueroa por el ala de lo más decente que
había quedado del «partido del pueblo». Caldera seguía haciendo su
papel de sabueso jesuita a sueldo de los adecos, pero lo disimulaba muy
bien. Había conseguido cierta independencia económica, y la Creole le
estaba financiando su candidatura con un pequeño aporte de 17
millones de bolívares, y Betancourt le estaba ayudando tras bambalinas.
Se sentía seguro, aunque entendía que el traspaso del poder a sus
manos no sería tan sencillo. Todo dependía de las condiciones de mago
de su maestro. Hombre tan versado en leyes, que decía ser tan apegado
a los principios de la Carta Magna, nunca hizo el menor esfuerzo por
arreglar la justicia del país. Bueno, el negocio era que no hubiese
justicia.
Los adecos y ex adecos (ahora «orejones»), se arrancaban las greñas,
y Gonzalo Barrios estaba perdiendo su proverbial mesura y
ecuanimidad: comenzó a llamar con grosería y destemplanza
621
«paranoico» a Prieto. Pero además agregaba que ellos, los «puros»
adecos, se habían quitado de encima la «mugre»; que Prieto se había
llevado toda la mugre lo que le ahorraba tener que gastar en tanta
creolina. Eso decía.
El 11 de noviembre de 1968, El Silencio se llenó de «patas en el
suelo»: fue la clausura de la campaña adeca donde Betancourt cerró el
acto y dijo aquella histórica frase: «Adeco es adeco hasta que se
muere». (O hasta que no se muere, que da lo mismo)740.
Como ya todo estaba escrito, ganó Caldera con 1.082.941 votos
contra 1.051.870 que sacaron los adecos. Nunca se supo a ciencia
cierta cuál fue la real diferencia. Sólo Betancourt la conocía. Se la
llevaron, y dijo: —Nos toca perder, para ganar en grandeza. Dejen eso
así.
Desaparecieron los 400 mil votos aportados por los indocumentados
colombianos, los 100.000 difuntos, los 50.000 que votaron doble y los
500.000 analfabetos que elegían siempre seleccionando un color.
Téngase además en cuenta que los adecos blancos y verdes manejaban
al Consejo Supremo Electoral a su antojo. Por ejemplo, pese a los 600
mil votos que obtuvo la Cruzada Cívica Nacionalista, se le desconoció
que tuviera un representante en dicho Consejo.
Entonces, transcurrieron unos meses tensos en los que se pensó que
AD no entregaría el gobierno. Fueron días agitados en los que se corría
la bola de que se estaban haciendo consultas con el Departamento de
Estado. Todo lo guardaba in pectore Betancourt. Se analizó el carácter
político de Rafael Caldera para afrontar graves peligros de
inestabilidad social; se hicieron sondeos a nivel internacional con países
hermanos para calcular el riesgo geopolítico que tal cambio implicaba,
todavía con el fervor procubano tan activo en universidades y liceos.
Caldera esta preparado para eso y mucho más.
Finalmente, decidió Rómulo tener una conferencia privada con
Caldera, en la que se acordó un movimiento muy suave en todos los
estamentos del Gobierno. Rafael le dijo que ellos, los adecos verdes,
serían un poco más moderados en la actividad antiguerrillera, porque
una mejor manera de dominarlos, era corrompiendo todos los cuadros
directos de los movimientos subversivos con cargos, prebendas,
viáticos, sinecuras, viajes… «Yo me encargaré de burocratizarlos a
todos. A su élite, los intelectuales, a los cultos, poetas, pues vamos a
reducirlos a esos ámbitos con buenos cargos, y con buenas becas…»
Es decir, Copei seguiría exactamente la política trazada por los
adecos en 1945, cuando tomaron el poder por primera vez. El
sempiterno secretario de Rómulo Betancourt, Ramón J. Velásquez, pasó
a ser ministro de Comunicaciones de Caldera; a Pedro Tinoco hijo lo
740 Posteriormente, en las múltiples elecciones que se han realizado en Venezuela entre
el 2000 y 2007, se ha demostrado que los adecos también resucitan.
622
pusieron a divertirse con las finanzas en el Ministerio de Hacienda, y
así con el resto de los ministerios.
Ya de cara a los medios de comunicación, con la conciencia tranquila,
Rómulo declaró: «En Venezuela no existen sino dos partidos: AD y
Copei. Gracias a Dios».
Caldera pudo haber iniciado un tipo de gobierno totalmente
diferente, pero en realidad nadie era tan adeco de corazón como él
mismo. Se evidenciaba que la democracia del Pacto de Punto Fijo
estaba hecha para que precisamente nada cambiara, y esto se puso de
manifiesto de manera contundente y abismal, cuando toda esa
amalgama de partidos entre el blanco y el verde se unieron de manera
enloquecida y bestial para ir contra Hugo Chávez Frías a partir de
1998. En realidad aquí no había sino un partido único AD-Copei. Es
decir, una dictadura.
Ante el panorama que encontró Caldera, de cárceles llenas de presos
políticos (en el cuartel San Carlos, en Tacarigua, Cárcel Modelo,
Maturín, Maracaibo, Digepol, SIFA) y un centenar de desterrados, con
campos de operaciones militares donde se asesinaba y mutilaba a los
presos: Cachipo, Yumare, El Guapo, El Tocuyo, Urica…, barrios
purulentos de miseria, centenares de mujeres viudas a causa del
asesinato de sus congéneres que clamaban por justicia; un país
endeudado, todos los ministerios sobregirados en sus gastos por
montos inauditables, saqueadas las oficinas, en tres y dos el Golfo por
las negociaciones secretas entre Leoni con Lleras, un mar de adecos
jubilados con sólo 10 años de servicio en la administración pública; el
Seguro Social destrozado, el problema de la licitación en Sidor,
etcétera, Caldera cerró los ojos y comenzó a dar pasos para empeorarlo
todo y dejar que los adecos volviesen a coger «su mierda» en las
próximas elecciones.
Para no quedarse atrás en acciones antisubversivas, Caldera ordenó
reabrir el penal de la Isla del Burro, en el Lago de Valencia, y lo
convirtió en un campo de concentración. Pero además, puso en práctica
sus debilidades por el fascismo, invitando a técnicos alemanes para que
acondicionasen este penal. En 1969 aquel lugar se pobló de civiles y
militares con centenares741 de presos, civiles y militares quienes habían
sido sobreseídos, expulsados o confinados del país, indultados por Leoni
(entre los mayores criminales que ha tenido Venezuela, a decir del
historiador Antonio Manrique).
Según Manrique, del 64 al 69 fueron asesinados unos tres centenares
de militantes del PCV, y del MIR y simpatizantes de izquierda. Hubo
además ciento cincuenta desaparecidos y torturados en la Digepol y el
SIFA, y en sus teatros de operaciones de Cachipo, Yumare, Cocollar,
741 Antonio Manrique, semanario La Razón, «Cadáveres de asesinados en gobierno de
Raúl Leoni exigen sus familiares», domingo 28 de febrero de 1999.
623
Copahuaico, La Pica, entre otros.
Y aquel Betancourt que se creía un Catón, estaba permitiendo que el
relajo recrudeciera para que su partido tuviese suficientes razones para
volver a tomar el poder. Comenzó a darle clases a Gonzalo Barrios, para
que aprendiera a ser bien cínico cuando la oposición viniera a hablarle
de corrupción. Se recordará aquella frase con que todos los periódicos
condimentaron una bella mañana, con gruesos titulares, que recogían
palabras de Betancourt contra Jóvito, llamándole «Cadáver Insepulto».
Aquella hecatómbica y sepulturera expresión era porque el líder
urredista declaró que se estaba escamoteando la actuación de los
jueces y tribunales de instrucción en las investigaciones.
Pero esa frase de cadáver insepulto no era nada original. Se había
utilizado muchas veces en las diatribas políticas nuestras, Cecilio
Acosta la llegó a utilizar contra Antonio Guzmán Blanco. Betancourt
reía a bofe batiente cuando le decían que en la calle la gente
consideraba que el santo de los adecos era San Enrique, es decir, «San
Enriquecimiento Ilícito». Luego, jocoso y displicente, el «Abuelo de la
Deuda», Gonzalo Barrios dirá que los funcionarios públicos roban
porque no hay razones para no hacerlo, y lo hacen junto con sus
familiares y allegados; es decir inocentemente.
Ante este espectáculo de monstruosidades, Pedro Estrada llegaría a
exclamar: «Nosotros fuimos independizados de España, pero todavía
tenemos nostalgia del látigo […] Muchas veces son los pueblos los que
buscan las dictaduras […] Todavía recuerdo ver a Perón y Evita en el
balcón de la Casa Rosada, y a la gente con sogas en la mano, pidiendo
que les entregaran a los responsables para colgarlos (un día en que
descubrieron un complot) […] Y Perón es el hombre que más le ha dado
al pueblo argentino […]».
En 1970, aparece en escena el Peregrino del diálogo, Luis Herrera
Campins, otro adeco verde que había sido desde la UNE fervoroso
partidario del golpe del 45. El propio Betancourt una vez llegó a decir
que Luis Herrera era la más genuina representación de un verde
blanco. Betancourt, el pobre, el errante, el que no tenía dónde caerse
muerto, el que había dejado la presidencia totalmente en la ruina, que
no tenía una casa propia y sería necesario conseguírsela mediante una
recolecta pública, volvía de una larga estancia en Europa, y regresaba,
única y exclusivamente «para reencontrarme con mi hija y con mis
nietos […] También mi esposa tiene legítimo deseo de ver a sus padres,
a su hijo. Es posible que esta explicación no sea aceptada porque hay
una versión bastante generalizada, a la cual me referiré alguna vez en
el sentido de que el hombre público es una especie de robot con
cerebro electrónico, sin sentimientos y pasiones humanas. Creo que
este país, con un porcentaje tan grande de jóvenes, no creerán muchos
que yo tuviera un profundo deseo de ver a mi hija y a mis nietos y de
624
conocer a la recién nacida. También hay bastantes “puretos”, como creo
que nos llaman, quienes entenderán el muy justo deseo del padre y del
abuelo de ver y de estar con seres tan queridos742».
Arribó el «mendigo grato», el 17 de agosto de 1970 a La Guaira, en el
Donizetti. Fueron a recibirle entre otros, Gonzalo Barrios, Carlos
Andrés Pérez y Antonio Léidenz. Qué alegría en el partido. Se
rejuvenecía la patria, «la revolución viene a hurgar en las fuentes más
profundas e inagotables de los mejores y más caros sueños del amor».
La realidad está allí, apenas se sube a Caracas. El país continúa
aletargado, y el presidente Caldera, confundido con su poder, se
mantiene en un débil amago de cambio que no cambia nada; lo único
que hizo, su idea más notable, fue la incorporación de una inmensa
masa de «desadaptados revolucionarios» en la administración pública.
Su obra genial que contribuyó a «desmontar» todo un aparataje de
conmoción social, no obstante que algunos muchachos de las
universidades siguieron jugando con cauchos encendidos y tirando
piedras, con entretenimientos sangrientos, que de vez en cuando se
tornaban en carnavaladas de odio y sangre.
He aquí la Caracas de los techos ocres o negros. Caracas la de los
cien mil ranchos. ¡Qué asco! ¡Qué locura! Cuánta perdición, cuánta
incuria. Yo que en lugar de irme para Berna, pude haber escogido para
vivir y para retirarme de la política, uno de esos pueblos que tanto amé
en mi juventud. Pude haberme ido a Cumaná, a Guiria, a Carora,
Bejuma, San Carlos o Ciudad Bolívar. Pero me he tenido que sacrificar.
No se puede ser grande impunemente. Cómo se hace. Ya yo no soy de
este mundo. No ha sido mi culpa.
Los patriarcas adecos tratan de explicarle la nueva realidad, porque
Rómulo está que no entiende nada. Se le ha olvidado el castellano, la
lógica del venezolano que todo lo deja para después, para más tarde,
para más nunca. Gonzalo Barrios toma la palabra y le dice que muchos
dirigentes estudiantiles desean ser líderes, imitando a los viejos
políticos del PCV y de AD; que ahora estos líderes aceptan dialogar con
las llamadas fuerzas vivas de la nación; que Venezuela es la vanguardia
de la libertad y de la democracia americana; que esos jóvenes han ido
entendiendo cómo se hace democracia moderna; que están aprendiendo
a negociar. Sobre la conducta de los jóvenes, Betancourt se muestra
muy cauto, y sonríe; considera que el problema de la juventud es
producto del relajamiento de la unidad familiar, del desempleo y de la
falta de oportunidades, de una mística nacional, de la falta de fe en su
país y en su propio destino. Sostiene que ya no es hora de encolerizarse
con los jóvenes sino procurar entenderlos, porque es la mejor manera
de no negar el porvenir.
En cuanto a la política internacional, el quebradero de cabeza ahora
742 Ediciones Centauro, El General Betancourt y otros escritos (1970), op. cit., p. 105.
625
era Chile, y Salvador Allende era el claro candidato a vencer. Ante esta
posibilidad, Betancourt se adelantó a las decisiones que ya había
tomado el Departamento de Estado, y declaró: «Si Allende es electo
presidente de Chile y restablece relaciones con el despotismo de La
Habana, allá él con su responsabilidad743».
Aquel hombre, «pobre», luego de pasar varios días incómodo en
Venezuela porque ya no se adaptaba al clima, cuando le preguntaron si
intentaría ser presidente otra vez, declaró: «No soy un individuo
acicateado por el deseo o la ambición de ser presidente de la República.
Ya lo he sido dos veces. Vivo en Europa, en una ciudad que tiene 250
mil habitantes, donde camino a pie una hora todos los días, donde leo,
escribo, voy al cine, donde me comporto como un ciudadano común y
corriente. Luego de un viaje que voy a hacer a Suiza para regresar de
nuevo a mediados del año próximo, seguiré haciendo ese mismo tipo de
vida aquí en Venezuela744».
El 5 de septiembre, acompañado por los dirigentes más esclarecidos
de su partido, declaró sobre el tema de la candidatura: «En esto no hay
ningún gallo entaparao ni maniobras subterráneas. Lo que ha dicho la
dirección del partido es absolutamente cierto. AD decidirá en su
momento oportuno cuál va a ser el candidato para las elecciones de
1973745». Entonces, después de resolverlo todo, sólo con su presencia,
el 2 de octubre de 1970, regresó a Berna.
Para mayo de 1972, estaba otra vez de vuelta a su patria, luego de
una larga travesía; la vida había sido harto generosa con él. Apenas se
encontró con los grandes caciques de partidos les habló por todo el
cañón: «a mis hermanos del alma, a los precandidatos Gonzalo Barrios
y Reinaldo Leandro Mora, les pido que declinen a favor de Carlos
Andrés Pérez». Entraba de nuevo por La Guaira, después de un bello y
esplendoroso viaje por mar, con escalas en Nápoles, Barcelona y las
Islas Canarias. Viajar lo cura todo. Carlos Andrés era ya el «alegre
caminante» que se había metido al país en el bolsillo. Betancourt al
abrazarlo le dice: Caminante si hay caminos, ya yo te los he hecho
todos a tu medida.
De modo que era un triunfo anunciado, la proclama de la Convención
de AD del 18 de agosto; todos los periódicos daban la buena nueva:
«Vencedor Carlos Andrés Pérez con 344 votos contra 163 de Leandro
Mora».
Carlos Andrés borracho de multitudes (y de plata) resultó
incontenible. La Creole aportó para su campaña electoral 26 millones
de bolívares (9 más de lo que Copei había recibido de esta misma
compañía). Estaban felices las compañías petroleras. La producción se
743 Ibídem, p. 118.
744 Ibídem, p. 130.
745 Luis José Silva Luongo (2005), op. cit., p. 692.
626
había mantenido en cifras récord, casi en un promedio de 3.700.000
barriles diarios, a un precio de US$ 1,90 el barril. Además, Caldera con
el apoyo de AD, bajo la modalidad de contratos de servicio otorgó cinco
lotes al sur del Lago de Maracaibo.
A Betancourt siempre le estaban regalando «detallitos cuchis»
porque los adecos vivían regando el cuento que su líder máximo no
tenía ni siquiera una camisa decente. Mediante una colecta de algunos
pocos magnates de su partido o amigos de su partido, consiguieron,
después de grandes esfuerzos, obsequiarle la quinta Pacairigua746,
ubicada en una zona residencial del este de Caracas, acorde con su alta
y fina condición social. Entre los contribuyentes estaba un tal Mario
Mauriello, personaje que luego recuperaría con creces su generosa
donación, ganando repetidas veces el «5 y 6». El Hipódromo, al igual
que las aduanas y los peajes del país era una espantosa máquina de
producir billetes para los grandes insaciables ladrones de Acción
Democrática y Copei.
La casita, en verdad incomodaba a los amigos de alto jefe adeco, y en
un principio él mismo manifestó que era algo pequeña. Entonces se
amplió un poco y se le agregó una piscina para que en ella se
divirtieran él y sus nietos los fines de semana. Los altos jerarcas del
CEN, para que se sintiera orgulloso, le decían: «Maestro, esto es lo
poco que el pueblo le ha podido ofrendar por su inmensa y larga lucha a
favor de la noble causa de los pobres».
Mariano Picón Salas en un artículo (ya citado), dice que Betancourt
«sale de la Presidencia de la República sin casa donde vivir, pero
ganándose la admiración y el respeto de aun quienes le negaron,
odiaron y ofendieron747». Y uno se pregunta: ¿Tan arruinado salió que
luego se dedicó a viajar por el mundo en los mejores cruceros y
viviendo en mansiones, durante años? Con una décima parte de lo que
gastó en esos viajes pudo haberse comprado diez señoriales palacios en
el mismo sector exclusivo de su casita, pero era tan sinvergüenza que
sabía que sus amigos (ladrones) podían regalársela.
Es pues, totalmente falso que la quinta «Pacairigua» se comprara con
el dinero recogido en una colecta que hizo AD, y con los aportes de los
cacos empresariales amigos de Betancourt. Esa plata salió toda de la
Partida Secreta de Miraflores; decir que Betancourt murió en la
pobreza es una colosal hipocresía. ¡Arruinado él!, que se la pasaba de
crucero en crucero, viajando en primera clase, con todos los gastos
pagados por el Estado o por sus amigos, muy ricos todos. Estaba
746 En esta recolecta se le solicitaba a los compañeros que el aporte no fuese superior a
los 40 mil bolívares, como dando a entender que la gente fuese modesta en sus
ofertas. Cuarenta mil bolívares entonces representaban cerca de 10 mil dólares, más
de lo que cuesta un ojo de la cara.
747 Rómulo Betancourt, Hacia América Latina democrática e integrada, Editorial
Senderos, Caracas (Venezuela), 1967, p. 13.
627
humanamente imposibilitado para encontrarse arruinado. Tenía una
buena pensión presidencial al tiempo que recibía su sueldo como
senador vitalicio de la República. Y su poder impresionante para quitar
y poner a quién él le diera la gana dentro de la administración pública
permanecía intacto, y rodeado como vivía por los mayores
multimillonarios y banqueros del país, cuyos negocios habían sido
favorecidos por su poder político y por sus chanchullos, ¿qué le podía
hacer falta para completar cuando era adorado por adecos y
copeyanos?
Se calcula que Rómulo entonces recibía únicamente por sueldos del
Estado, sin contar las ayudas que le llovían de todas partes, una
entrada neta de treinta mil dólares mensuales, que no tenía además ni
siquiera necesidad de tocar. Podía ser un pobre hombre, pero hombre
pobre jamás. Por órdenes expresas del Estado, de los empresarios más
ricos y de la cúpula de su partido le estaba totalmente prohibido a la
pareja Betancourt-Hartmann, pagar alquiler, luz, agua, teléfono,
muebles, chofer, comida, traslados para cualquier lugar, ropa, etcétera.
Ahora bien, Betancourt se estremecía cuando le hablaban de los
ladrones de sus partidos que tantas veces él había amenazado echar a
patadas, pero el problema era que nunca lo dejaban actuar como él
quería. Hubiese sido algo grandioso ver a Rómulo sacar a patadas a los
atracadores infames que constituían ya el alma, la esencia y la gracia
de los dos grandes partidos del país. Se hubiera quedado solo. Esa era
la verdad. Cuando un tío muerto de hambre y caradura, iba poco a poco
levantando millones, los generales de más alto rango de estas
organizaciones lo felicitaban por haber «prosperado» y haber levantado
un capitalito. La debilidad de Gonzalo Barrios, por ejemplo, por esta
gente era enternecedora, y los atracadores en ciernes viendo cuán en
gracia le caían al sabio-abuelo del Partido Único, diseñaban métodos
expeditos y muy sofisticados para que otros pudieran apropiarse de los
dineros del Estado y seguir siendo tan honorables como siempre lo
habían sido; empezaron por colocarse estratégicamente en
determinadas instancias en las que se requería que el gobierno
comprara multimillonarios equipos modernos. Uno de estos personajes
que era idolatrado por los magnates adecos fue Leopoldo Sucre
Figarella. Aquel hombre había robado más que Al Capone, más que
todas las mafias de Chicago y Nueva York juntas en su época más
esplendorosa, y cómo era mimado, admirado y querido por toda la alta
dirigencia adeca. Rómulo sentía una debilidad extrema por don
Leopoldo.
Sin saber qué hacer Sucre Figarella con sus botijas llenas de millones
de dólares, siguió aburriéndose con largos safaris por África, en los que
era escoltado por varios jeeps y enormes camiones que contenían
carpas, televisores y sistemas de aire acondicionado. En realidad,
628
nunca mató a ningún animal porque no se atrevió a participar en safaris
de caza mayor, y las piezas que se trajo las compró en el mercado
negro. Tigre que se le metiera a la hacienda de Leoni, tigre que era
siquitrillado a metralla pura por este luchador adeco, experto en
organizar espectaculares cacerías.
La oligarquía había tomado para sí las banderas proimperialistas y le
había dejado al pueblo los trapos rasgados y estrujados de una supuesta
independencia y prosperidad económica, Entre estos dos distantes
extremos de la sociedad venezolana, Betancourt se venía manejando
con destreza desde el 18 de octubre del 45, sin embargo, permitía que
la crema de la crema en todas sus fabulosas fiestas lo halagara en su
calidad de presidente, y asimismo a su círculo más preciado. El mismo
Betancourt vestía trajes costosísimos porque sus insignes compañeros
de partido, que estaban disfrutando de una prosperidad arrebatadora,
le hacían ver que en el mundo occidental hacer pasarela política era
más importante que hablar, estudiar o pensar. De modo que ya era
natural verlo en todas partes de smoking. Aquello parecía un
escaparate ambulante exhibiendo el último grito de la moda europea o
norteamericana. Se pavoneaba con sus trajes a la medida, sin una
arruga, ostentación que también solían hacer los finos adecos de su
propia clase, como Gonzalo Barrios, Reinaldo Leandro Mora, David
Morales Bello, Jaime Lusinchi, Octavio Lepage.
Lo más delirante y clase aparte era el caso de Carlos Andrés Pérez,
quien llegó a utilizar en tal medida los servicios de Clement, el sastre
presidencial, que éste tuvo que traerse unos diez sastres de Portugal
para que le asistiesen porque la demanda era tremenda. Todo este
personal se puso manos a la obra para confeccionarle variadas y
chillonas chaquetas, de modo que Pérez llegaba a exhibir un promedio
de tres chaquetas diarias. Su secretario privado pudo contabilizar que
en un año llegó a lucir más de 120 chaquetas de rayas o de cuadros,
que eran las que le enloquecían. Otra de sus aficiones era coleccionar
zapatos costosos, porque aquel hombre «si caminaba».
Diariamente la lista de agasajos en los que era imprescindible asistir
para hacerse visible y permanecer en la memoria de los más exquisitos
personajes de la ciudad, no permitía meditar en lo más mínimo sobre el
país que se tenía y en el que se vivía. En el este de Caracas, para
celebrar los frecuentes condumios organizados por adecos y copeyanos,
se crearon más de setenta finos restaurantes, con los mejores chefs del
mundo. Ya el CEN y otros grupos políticos de AD no se reunían en la
casa del partido sino en los restaurantes del este, y fue tal la afición por
estos saraos que Venezuela adquirió fama por la buena cocina y los
menús internacionales de sus restaurantes. Eso fue, entre las
«mejorcitas» cosas que se lograron durante esa borrachera dispendiosa
de nuestra democracia, pero además que nuestras misses arrasaran en
todos los concursos de frivolidad del planeta.
630