LA VERDADERA HISTORIA DEL PROCÓNSUL GRINGO: RÓMULO BETANCOURT (De la obra de Sant Roz, “EL PROCÓNSUL…”) (52)…

PRIETO FRENTE A LAS HORDAS BETANCURIANAS

Me apartó siempre de los comunistas

mi culto a la libertad, pero…

la extrema izquierda es necesaria

para el funcionamiento progresista

de la libertad.

RAÚL LEONI

Para el 15 de julio de 1967, Betancourt, con sus muy personalistas métodos y en cumplimiento del Pacto de Nueva York (según el cual para el próximo período presidencial le correspondería gobernar a Caldera), envió instrucciones a su partido para que se fuese entorpeciendo el avance de la candidatura de Prieto Figueroa. Decía: De lo que se trata es de estructurar un comando unificado que programe y realice de un extremo a otro del país, una acción encaminada a derrotar la maquinaria faccionalista. Tenemos que hacer triunfar nuestros candidatos en las elecciones primarias. Serán en ellas y no en las elecciones que hagan las convenciones nacionales. Debemos actuar sin dejarnos atemorizar por la amenaza de la división.

Pero cuando el 25 de septiembre se realicen las elecciones primarias, Gonzalo Barrios y Betancourt contemplarán serenos sus resultados. Prieto alcanza la mayoría en 16 de las 25 seccionales del partido. Se fue echándole poco a poco leña al fuego. Betancourt utiliza el «coco» del comunismo para calificar a Prieto, porque los seguidores del negro Prieto gritan en las seccionales «¡Oligarquía no! ¡Socialismo sí!». Para el gobierno se hacía evidente una derrota; las camarillas estalinistas de AD ante la inminente pérdida de sus poderes, llamaron a la policía para ponerles algún reparo a aquellas turbas subversivas, «infiltradas» en su organización. El único que realmente sabía lo que en el fondo se estaba jugando era el propio Betancourt, el resto sencillamente, como muñecos, jugaban su juego. Ni siquiera la cúpula superior del partido sabía lo que pasaba.

El negro Prieto comenzó a protestar contra las fuerzas represivas que ayer habían acabado a plomo al MIR, incluso bajo sus mismas órdenes.

Pedía a veces lastimosamente calma y cordura; imploraba raciocinio y moderación. Pero el culto, el afrancesado y delicado Gonzalo Barrios, llega y declara, el 28 de septiembre (sin duda asesorado por el piache mayor): «Los resultados conocidos hasta ahora de las elecciones primarias son imprecisos, y por ello no permiten pronosticar quién, entre mi persona y el doctor Luis Beltrán Prieto Figueroa, ganará la candidatura presidencial en la convención nacional de diciembre».

El 15 de octubre, se reúnen las convenciones distritales y se recrudece la crisis. Cada vez se hace más notorio el crecimiento de la popularidad del negro. Peor todavía: en cinco distritos donde se habían repetido las elecciones y había ganado Gonzalo, ahora triunfaba Prieto.

Era ya irreversible la ventaja del «Orejón» (como comenzaban a llamar popularmente a don Luis Beltrán).

Entra entonces en escena un personaje adeco que habría de hacer historia por su manía de querer aparecer como un intelectual, sobre todo imitando el estilo periodístico redomadamente adeco de Rómulo Betancourt: «el negro» Carlos Canache Mata. «Negro» no come «negro», le habían dicho, pero aun así se arriesga. AD contaba con muchos diputados afrodescendientes, pero sobre todo para dar la apariencia de que se contaba con pueblo, con gente humilde y pobre, por pura baja demagogia. Pues bien, el afrodescendiente Canache Mata se alzó contra el afrodescendiente Prieto, denunciando que había una masiva votación de otros «negros» no adecos en las elecciones primarias. La gente del «Orejón» se sintió ofendida y reaccionó con cierta prudencia, aunque con la sangre sublevada. Canache denunciaba desde su columna de El Nacional: «Aquí cada faccionalista ha votado hasta dos y tres veces, y han llevado votantes cuadrados con Prieto de una a otra seccional».

En Cumaná hubo una batalla campal que dejó trajes desgarrados,

pelos desprendidos, cráneos contusos, dientes partidos, pómulos

hinchados y brazos quebrados o torcidos.

Ya no era el partido cohesionado, firme, victorioso e invencible que

con sus millones de soldados valientes cubría de blanco los gloriosos

campos de batalla políticos y electorales de la patria. Si en la década de

los sesenta habían echado a los izquierdistas, ahora estaban echando a

los auténticos afrodescendientes y verdaderos adecos de siete suelas

que todavía luchaban por aquello de «Pan, tierra y libertad». Algo

estaba claro para los más ardientes defensores de aquel recio luchador

que se llamó Rómulo Betancourt y era, que de ahora en adelante, AD

quedaría desguarnecida, sin verdaderos cuadros populares, e iba a ser

fácilmente inundada con personajes de la banca, con empresarios y

mafiosos. Porque, como acertadamente lo expresara Alfredo Tarre

Murzi, Prieto representaba más los verdaderos valores de AD que el

mismo Rómulo. Prieto era la misma entraña doctrinaria de lo más

profundo y rancio del partido: anticomunista, dogmático, apegado a

cuanto decidiese el imperio nacional e internacional; reciamente

defensor de la política represiva de los gobiernos de Betancourt y Leoni. Aunque AD se dividiera, él no podía representar una cosa

distinta a lo que Betancourt había defendido toda su vida. Por eso él (en

alusión a Rómulo) lo confesará tajantemente poco después de que

pierda las elecciones: «Yo no soy comunista, no lo he sido ni lo seré

nunca, pero tampoco padezco del complejo de los conversos que ahora

tratan de hacer de todo para arrepentirse y convencer a ciertos

intereses de que detestan lo que predicaron ayer736».

Así, lo más deplorable será cuando ya consumada su muerte dentro

del partido blanco, el pobre Prieto confiese:

Creo que no he sido nunca adeco, si por ello se entiende un hombre que

usa el poder para perseguir a la colectividad para su propio beneficio. No

soy adeco, si por ello se entiende al político que emplea la fuerza para

destruir a sus enemigos. Es la negación de lo que yo he sido y soy. Por

eso, no me he sentido ni me siento identificado con las gentes que

representan al partido de gobierno…

El 27 de octubre de 1967, se produce la partida de la gran torta

adeca, cuando el CEN de AD decide la expulsión de 27 miembros de la corriente de Prieto Figueroa y Paz Galarraga.

El 10 de diciembre de 1967, se funda el Movimiento Electoral del

Pueblo (MEP), que lanza la candidatura de Prieto para la presidencia de

la República. Entre la gente «distinguida de AD» hubo alegría, pues se

retiraba uno de los «negros más feos del partido», y ello quizás

permitiría, como supuso Juan Bautista Rojas, que AD pudiera adquirir

otra calidad social más cerca de lo que siempre había buscado. Como

además se expulsó a Prieto con el mote de procomunista y anticlerical,

porque esa era la táctica de los hombres de confianza de Betancourt

para asustar a la gente, comenzaron a acercarse al partido habitantes

de las zonas residenciales más ricas de Caracas como el Country Club,

Prados del Este, La Lagunita o El Hatillo. Para entonces, los adecos

comenzaban a ser invitados infaltables en las fiestas más distinguidas

de la crema de la crema de nuestra sociedad, así como Pedro Estrada y

su combo lo fue en su tiempo.

Betancourt regresa a Caracas a finales de 1967 para comerse las

hallacas en casa de los Di Maggi, donde las mandaban a hacer muy

exquisitas, una tal negra Domitila Calderón, muy adeca desde que mi

madre me parió. Traía también preparado unos discursos en los que

haría trizas al pobre «Orejón» de Prieto. Betancourt, comiendo caraotas

negras y morcillas, una mañana temprano en la casa de los Di Maggi,

repitió más de siete veces la frase hora menguada (su preferida) para referirse a la situación transitoria por la que estaba pasando su partido.

Y añadió: —Pero es que Prieto se ha vuelto loco; ¿es que acaso él podría

gobernar sin el consentimiento de Washington? Prieto también vive

contaminado por la fiebrecita de ese hipócrita izquierdismo, producto

no de principios sino de un resentimiento secular, que sudan pero que

nunca pasan, quienes se han amamantado en las ubérrimas ubres de la

ambición grupal. Él no entiende acaso que quienes determinan el poder

no lo quieren para nada: la Iglesia lo odia, en las Fuerzas Armadas no lo

tragan, en los medios de comunicación lo muestran horriblemente feo,

sin ninguna gracia personal, los empresarios lo harían papilla a las

primeras de cambio creándole desabastecimiento y una espantosa

especulación. Es que ya lo veo recibiendo más golpes que bola suelta

en un volteo. Loco, loco de bola, él no lo sabe, está loco; qué se ha

creído, que los americanos lo dejarían gobernar; es que ya me lo han

dicho: «al negro no lo queremos […]».

Una cosa llegó a comprender con una claridad meridiana; la

democracia venezolana estaba cogiendo cuerpo en los restaurantes de

Sabana Grande y Las Mercedes: allí los congresistas entregados a sus

negocios particulares y a arreglos a espaldas del pueblo, comprobaban

cuán beneficiosa había sido la democracia, trinchando lechones,

atragantados de exquisitos mariscos traídos de Galicia o del

Mediterráneo, se extasiaban considerando las fortunas representativas,

participativas, de justicia y equidad que disfrutaba con creces el noble

pueblo de Bolívar.

Pero la situación era grave. —Coño, la democracia está herida de

muerte, y aquí hay gentes nuestras celebrando, cuando no son capaces

de entender en el inmenso atolladero en el que estamos metidos. En

negro aprieto nos ha metido el negro Prieto.

Ciertamente corrían toda clase de rumores en los que se denunciaba

que Rómulo se estaba reuniendo con el Alto Mando Militar para

preparar un golpe de Estado. Parte del plan para que AD se tuviese que

resignarse a los hechos. Quería más bien reunirse con estos altos

oficiales para informarles que fuesen cuales los resultados, había que

respetarlos; porque más se iba a perder entregándose a la pasión y a la

negación de los hechos. Allí estaban en sus manos unos documentos

que, por un lado, le hablaban que por intermedio de UPA los comunistas

apoyarían a Prieto, y por el otro, le enteraban sobre las declaraciones

del partido Movimiento Electoral del Pueblo (MEP), del negro,

insistiendo en que no harían ninguna clase de pactos con los

comunistas. Estas informaciones los hacían reflexionar: —Yo

acompañaré a Gonzalo Barrios a todas partes, pero no creo que ya se

pueda revertir el daño que se nos ha hecho. Haremos todo lo posible

porque no se consuma la desgracia de este país, la desgracia de la

democracia que tanta sangre nos ha costado. Conozco a los comunistas.

Los conozco como a la palma de mi mano. Sé qué se traen entre manos.

No podría decir si nos enfrentamos a una guerra. Contamos con

muchos amigos dentro y fuera del país. Si ellos pierden la cabeza,

nosotros tendremos que actuar con mucho tino y bastante discreción.

Si conozco bastante a los comunistas, conozco mucho más a Prieto. Él

no tiene la menor idea de lo que se avecina y por eso sale a declarar

tan alegremente como lo hace. Está herido, y esa herida lo hace decir

locuras. Este gran trago amargo que se nos viene encima tenemos que

superarlo. Ustedes saben dónde realmente se ganan las elecciones.

No obstante, los informes sobre la desquiciante corrupción era otro

hueso duro de roer. Rómulo había sido quien durante el régimen de

López Contreras había difundido la tesis con la que proponía que había

que trabajar con los enemigos tapándose la nariz, pero ahora resultaba

que taparse las narices no resolvería nada. Pérez Jiménez, el monstruo

de todas las perdiciones habrá luego de decir:

Benditos ladrones entonces los del régimen de Pérez Jiménez que logran

para la nación obras de mayor jerarquía a menos costo. Y destetados

sean estos hombres santos y capaces que logran para la nación obras de

menor jerarquía de ingeniería arquitectónica, a precios más elevados. Y

para colmo, por uno de esos errores, para aumentar el costo de la obra,

resulta que por no haber hecho el tramo libre (por poner un ejemplo, en

el puente de Maracaibo) y no poner las defensas previstas por nosotros,

llegó un tanquero y se trajo el puente. Resultado: varios muertos y el

costo para repararlo. Bueno, si esto lo hacen los hombres honrados y

capaces, como son los adecos, a quien sea el que haya construido el

puente, pues creo que vamos a llegar a la conclusión de que es preferible

tener un sartal de vagabundos como los que integraban el gobierno de

Pérez Jiménez y no una legión de santos y superados intelectualmente

como los que constituyen los gobiernos democráticos.

Agregaba Marcos Pérez Jiménez: «A Miguel Ángel Capriles, para sus

sucios negocios, mejor le resultó la democracia que la dictadura. Estaba

este señor acostumbrado a chantajear con sus periódicos. Era una

manera de ejercer la libertad de expresión como un beneficio personal.

Pedía dinero a la gente para sacarlo por sus periódicos: y esa libertad

se aduce como ganancia de la democracia».

Concluiría diciendo: «Si Pérez Jiménez se llevó ilícitamente grandes

cantidades desde Venezuela, pues, ¡Dios mío!, ese ladrón logró realizar

una administración fabulosa, rendidora. Y suponiendo que ninguno de

estos señores de la democracia haya tomado un centavo

deshonestamente, entonces estos santos varones capaces, han

deteriorado la economía venezolana en la forma en que hoy la vemos».

Preguntaba Rómulo por la campaña de Gonzalo Barrios, lo que decía

en sus discursos, lo que declaraba. En una concentración en San

Carlos, Barrios había dicho: «AD ha hecho en Venezuela una revolución

silenciosa, pacífica, regulada…», y Betancourt se reía porque era todo

lo contrario: Gonzalo era bien cínico y hasta cómico. Ya los mepistas

cargaban aquella consigna de «no des tu voto a la loca» en referencia

directa al candidato de AD quien tenía raros modales y nunca se había

casado. Una de las campañas más duras que tenía que vencer el

candidato adeco era la despiadada represión llevada a cabo contra la

izquierda. Tantas muertes, tantos presos políticos, tantos desaparecidos

y torturados. Copei le sacaba provecho a estas críticas asomando que

ellos cambiarían esta manera de hacer política, que pensarían en una

amnistía total y que buscarían una pacificación. Estas consignas muy

bien manejadas por la izquierda acorralaban y en ocasiones ponían en

aprieto a Barrios. Pronto el partido comprendió que el doctor Barrios no

estaba para estos trajines, que él era un sibarita, un intelectual, un

hombre fino a quien le hacía mucho daño la bulla, el calor, los viajes

incesantes al interior del país, las largas y tediosas reuniones, el clamor

incesante de la gente pidiéndole de todo.

Aturdido y sin fe en lo que pregonaba, trató de hacer ver que él no

sería ni como Betancourt ni como Leoni, y en cuanto a la subversión

quiso cortar por lo sano y propuso la «Fórmula de la Amnesia»,

mediante la cual garantizaría que se olvidaría definitivamente lo

pasado. Planteaba una vieja salida a los traumas y desgracias políticas

que se había intentando varias veces en el pasado: olvido y apertura de

nuevos cauces. El más famoso de los olvidos fue aquel «Olvido Legal»

dictaminado en 1832, por el Congreso de la Nueva Granada, mediante

el cual nunca más se debía hablar del Crimen de Berruecos, ni buscar a

sus culpables. A fuerza de olvidos legales y amnesias políticas,

consideraba Barrios que podían arreglarse todos los conflictos y todos

los residuos monstruosamente criminales que desde 1958, se venían

acumulando contra los gobiernos adecos.

Pero esa amnesia no podía decretarse y laceraba al propio Rómulo

cuando se apartaba en el balconcito de su casa y los recuerdos le

acudían en tropel, que le llegaban como cosa lejana, aquel punzante

odio, sangrante, aquella crispación delirante y frenética que él desató

contra el presidente Medina Angarita, porque entre nosotros no se

practicaba una auténtica democracia. ¿Cómo habría caído entonces, de

boca de Medina, la proposición de una «amnesia» en relación con el

legado dejado por Gómez?

Tantas cosas que se le echó en cara a Medina, que no se le dejó

flanco sano que no se le atacara con la mayor crueldad y dureza. En

739 Ibídem, p. 141.

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unos artículos y editoriales de El País, aquel Rómulo supo crear una

atmósfera de horror dictatorial y antidemocrático, diciendo que nuestra

nación era la más corrupta, injusta y tramposa del continente, porque

en estas tierras no existía transparencia en lo relativo a los procesos

electorales; que el pueblo no elegía con entera libertad a sus

representantes. Finalmente, escribiría aquel artículo con un título

horrible: «La conchupancia urticante de la incompatibilidad» para dar a

entender que el gobierno era juez y parte en el asunto de los procesos

electorales.

Ahora venir el doctor Barrios a proponer una «amnesia», ¿qué tal?

Realmente eso de la «amnesia» era lo ideal. Porque la lucha por la

libertad y la justicia ha sido siempre una lucha contra el olvido. Todo lo

que Rómulo le criticó a Medina de forma despiadada, ahora se veía por

todas partes de manera patética, acrecentado por mil. Sobre todo, esos

montones de empleados públicos participando abiertamente como

candidatos en la contienda electoral, cosa que a Rómulo le parecía tan

monstruoso en 1943.

Pero luego con Leoni, Carlos Andrés Pérez y Lusinchi, todos los altos

adecos hicieron lo mismo de manera mucho más descarada y aún peor.

Betancourt ya no contaba dentro de AD con el respaldo que se decía.

Su gente perdió las elecciones internas en que se designaban a los

delegados a las convenciones municipales. No importaba, porque lo que

casi nadie sabía era que estaba contento por estar cumpliendo con

Rafael Caldera, y con la derrota que se avecinaba para su partido

eliminaba a dos pájaros de un chinazo, a Prieto por comunista y a

Gonzalo por sibarita. Aunque se estaba llevando a la base a una

consulta que se llamó «elecciones primarias», con «espíritu

democrático», que en el fondo no era sino un procedimiento para

desconocer a Prieto y a Jesús Ángel Paz Galagarra. Como ya Prieto

estaba controlando la Dirección Nacional, se tomó la decisión de

expulsarlo a él y a todo su combo. Para ello, los inmaculados del partido

comenzaron a cambiar con urgencia las reglas del juego y a decir que

las fulanas elecciones primarias no eran para nombrar al candidato del

partido, que apenas si eran para escoger las autoridades municipales,

de parroquias y delegados a las convenciones locales.

Los más feroces enemigos de Prieto, divisionistas enfurecidos, eran

para entonces: Luis Piñerúa Ordaz, Carlos Canache Mata, Octavio

Lepage, Carlos Andrés Pérez, Francisco Olivo y Malavé Villalba. Como

Betancourt continuaba en su tour (que comenzó en 1928), había

enviado una carta secreta, a estos grandes camaleones, pidiendo

democrática o tiránicamente, como se quiera, una expulsión masiva de

todos sus enemigos.

Nos cuenta Juan Bautista Rojas, que en AD, advenedizos de todos los

colores y calibres de uña, sin calidad humana ni trayectoria alguna

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como políticos o luchadores sociales comenzaron a ser reclutados desde

los puestos burocráticos para que ocuparan lugares decisivos dentro

del partido blanco. El partido, gracias al «gran piache», se seguía

llenando de aventureros, ociosos y oportunistas. Por lo que finalmente

las mafias empresariales se adueñarían definitivamente de su dirección.

Caracas se encontraba literalmente embadurnada de pancartas de

todos los partidos, pero básicamente destrozada por una gran

confusión. Algunos de aquellos carteles tenían la figura del negro

Prieto, quien le miraba fijamente, como si aquellos ensamblajes se

hubiesen hecho casi de manera expresa para que le mirasen sólo a él,

con desafío y vengativamente. Aquel amigo que tanto le quiso, que lloró

a lágrima tendida cuando casi le matan en 1960 en la avenida Los

Próceres. Ahora se había convertido en su enemigo mortal. El costo. –

Tú, negro, has tenido que pagar el costo de lo acordado con el Pacto de

Nueva York. Lástima. No fue mi culpa, fue el destino jurisprudente.

Qué le podía importar a Rómulo el odio viscoso y retinto que le tenía

medio mundo si había cumplido con su deber.

Qué importa. Aquel ambiente le cargaba. Aquellas minucias de seres

que estaba cansado de mover a su antojo le aturdían. Había hecho todo

lo que había querido en esta vida; y no había nadie que pudiera juzgarlo

en este mundo, porque nadie le podía probar que hubiese hecho algo

malo. Ya todo estaba escrito, no había dios que le quitase lo bailado.

Ahora, poder traspasar el mando a un partido «enemigo» coronaría con

un laurel máximo su obra política, y podría retirarse como Washington.

Bolívar no pudo lograrlo. Lo que le quedaba ahora era apartarse, y para

vengarse un poco de lo malo que le rodeaba, el 1º de marzo de 1968,

contrajo nuevas nupcias, claro, con la doctora Renée Hartmann.

De modo pues, que de toda aquella mazamorra picante de partidos,

surgieron los candidatos fuertes: Gonzalo Barrios por AD, Caldera por

el fascismo cristiano y Prieto Figueroa por el ala de lo más decente que

había quedado del «partido del pueblo». Caldera seguía haciendo su

papel de sabueso jesuita a sueldo de los adecos, pero lo disimulaba muy

bien. Había conseguido cierta independencia económica, y la Creole le

estaba financiando su candidatura con un pequeño aporte de 17

millones de bolívares, y Betancourt le estaba ayudando tras bambalinas.

Se sentía seguro, aunque entendía que el traspaso del poder a sus

manos no sería tan sencillo. Todo dependía de las condiciones de mago

de su maestro. Hombre tan versado en leyes, que decía ser tan apegado

a los principios de la Carta Magna, nunca hizo el menor esfuerzo por

arreglar la justicia del país. Bueno, el negocio era que no hubiese

justicia.

Los adecos y ex adecos (ahora «orejones»), se arrancaban las greñas,

y Gonzalo Barrios estaba perdiendo su proverbial mesura y

ecuanimidad: comenzó a llamar con grosería y destemplanza

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«paranoico» a Prieto. Pero además agregaba que ellos, los «puros»

adecos, se habían quitado de encima la «mugre»; que Prieto se había

llevado toda la mugre lo que le ahorraba tener que gastar en tanta

creolina. Eso decía.

El 11 de noviembre de 1968, El Silencio se llenó de «patas en el

suelo»: fue la clausura de la campaña adeca donde Betancourt cerró el

acto y dijo aquella histórica frase: «Adeco es adeco hasta que se

muere». (O hasta que no se muere, que da lo mismo)740.

Como ya todo estaba escrito, ganó Caldera con 1.082.941 votos

contra 1.051.870 que sacaron los adecos. Nunca se supo a ciencia

cierta cuál fue la real diferencia. Sólo Betancourt la conocía. Se la

llevaron, y dijo: —Nos toca perder, para ganar en grandeza. Dejen eso

así.

Desaparecieron los 400 mil votos aportados por los indocumentados

colombianos, los 100.000 difuntos, los 50.000 que votaron doble y los

500.000 analfabetos que elegían siempre seleccionando un color.

Téngase además en cuenta que los adecos blancos y verdes manejaban

al Consejo Supremo Electoral a su antojo. Por ejemplo, pese a los 600

mil votos que obtuvo la Cruzada Cívica Nacionalista, se le desconoció

que tuviera un representante en dicho Consejo.

Entonces, transcurrieron unos meses tensos en los que se pensó que

AD no entregaría el gobierno. Fueron días agitados en los que se corría

la bola de que se estaban haciendo consultas con el Departamento de

Estado. Todo lo guardaba in pectore Betancourt. Se analizó el carácter

político de Rafael Caldera para afrontar graves peligros de

inestabilidad social; se hicieron sondeos a nivel internacional con países

hermanos para calcular el riesgo geopolítico que tal cambio implicaba,

todavía con el fervor procubano tan activo en universidades y liceos.

Caldera esta preparado para eso y mucho más.

Finalmente, decidió Rómulo tener una conferencia privada con

Caldera, en la que se acordó un movimiento muy suave en todos los

estamentos del Gobierno. Rafael le dijo que ellos, los adecos verdes,

serían un poco más moderados en la actividad antiguerrillera, porque

una mejor manera de dominarlos, era corrompiendo todos los cuadros

directos de los movimientos subversivos con cargos, prebendas,

viáticos, sinecuras, viajes… «Yo me encargaré de burocratizarlos a

todos. A su élite, los intelectuales, a los cultos, poetas, pues vamos a

reducirlos a esos ámbitos con buenos cargos, y con buenas becas…»

Es decir, Copei seguiría exactamente la política trazada por los

adecos en 1945, cuando tomaron el poder por primera vez. El

sempiterno secretario de Rómulo Betancourt, Ramón J. Velásquez, pasó

a ser ministro de Comunicaciones de Caldera; a Pedro Tinoco hijo lo

740 Posteriormente, en las múltiples elecciones que se han realizado en Venezuela entre

el 2000 y 2007, se ha demostrado que los adecos también resucitan.

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pusieron a divertirse con las finanzas en el Ministerio de Hacienda, y

así con el resto de los ministerios.

Ya de cara a los medios de comunicación, con la conciencia tranquila,

Rómulo declaró: «En Venezuela no existen sino dos partidos: AD y

Copei. Gracias a Dios».

Caldera pudo haber iniciado un tipo de gobierno totalmente

diferente, pero en realidad nadie era tan adeco de corazón como él

mismo. Se evidenciaba que la democracia del Pacto de Punto Fijo

estaba hecha para que precisamente nada cambiara, y esto se puso de

manifiesto de manera contundente y abismal, cuando toda esa

amalgama de partidos entre el blanco y el verde se unieron de manera

enloquecida y bestial para ir contra Hugo Chávez Frías a partir de

1998. En realidad aquí no había sino un partido único AD-Copei. Es

decir, una dictadura.

Ante el panorama que encontró Caldera, de cárceles llenas de presos

políticos (en el cuartel San Carlos, en Tacarigua, Cárcel Modelo,

Maturín, Maracaibo, Digepol, SIFA) y un centenar de desterrados, con

campos de operaciones militares donde se asesinaba y mutilaba a los

presos: Cachipo, Yumare, El Guapo, El Tocuyo, Urica…, barrios

purulentos de miseria, centenares de mujeres viudas a causa del

asesinato de sus congéneres que clamaban por justicia; un país

endeudado, todos los ministerios sobregirados en sus gastos por

montos inauditables, saqueadas las oficinas, en tres y dos el Golfo por

las negociaciones secretas entre Leoni con Lleras, un mar de adecos

jubilados con sólo 10 años de servicio en la administración pública; el

Seguro Social destrozado, el problema de la licitación en Sidor,

etcétera, Caldera cerró los ojos y comenzó a dar pasos para empeorarlo

todo y dejar que los adecos volviesen a coger «su mierda» en las

próximas elecciones.

Para no quedarse atrás en acciones antisubversivas, Caldera ordenó

reabrir el penal de la Isla del Burro, en el Lago de Valencia, y lo

convirtió en un campo de concentración. Pero además, puso en práctica

sus debilidades por el fascismo, invitando a técnicos alemanes para que

acondicionasen este penal. En 1969 aquel lugar se pobló de civiles y

militares con centenares741 de presos, civiles y militares quienes habían

sido sobreseídos, expulsados o confinados del país, indultados por Leoni

(entre los mayores criminales que ha tenido Venezuela, a decir del

historiador Antonio Manrique).

Según Manrique, del 64 al 69 fueron asesinados unos tres centenares

de militantes del PCV, y del MIR y simpatizantes de izquierda. Hubo

además ciento cincuenta desaparecidos y torturados en la Digepol y el

SIFA, y en sus teatros de operaciones de Cachipo, Yumare, Cocollar,

741 Antonio Manrique, semanario La Razón, «Cadáveres de asesinados en gobierno de

Raúl Leoni exigen sus familiares», domingo 28 de febrero de 1999.

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Copahuaico, La Pica, entre otros.

Y aquel Betancourt que se creía un Catón, estaba permitiendo que el

relajo recrudeciera para que su partido tuviese suficientes razones para

volver a tomar el poder. Comenzó a darle clases a Gonzalo Barrios, para

que aprendiera a ser bien cínico cuando la oposición viniera a hablarle

de corrupción. Se recordará aquella frase con que todos los periódicos

condimentaron una bella mañana, con gruesos titulares, que recogían

palabras de Betancourt contra Jóvito, llamándole «Cadáver Insepulto».

Aquella hecatómbica y sepulturera expresión era porque el líder

urredista declaró que se estaba escamoteando la actuación de los

jueces y tribunales de instrucción en las investigaciones.

Pero esa frase de cadáver insepulto no era nada original. Se había

utilizado muchas veces en las diatribas políticas nuestras, Cecilio

Acosta la llegó a utilizar contra Antonio Guzmán Blanco. Betancourt

reía a bofe batiente cuando le decían que en la calle la gente

consideraba que el santo de los adecos era San Enrique, es decir, «San

Enriquecimiento Ilícito». Luego, jocoso y displicente, el «Abuelo de la

Deuda», Gonzalo Barrios dirá que los funcionarios públicos roban

porque no hay razones para no hacerlo, y lo hacen junto con sus

familiares y allegados; es decir inocentemente.

Ante este espectáculo de monstruosidades, Pedro Estrada llegaría a

exclamar: «Nosotros fuimos independizados de España, pero todavía

tenemos nostalgia del látigo […] Muchas veces son los pueblos los que

buscan las dictaduras […] Todavía recuerdo ver a Perón y Evita en el

balcón de la Casa Rosada, y a la gente con sogas en la mano, pidiendo

que les entregaran a los responsables para colgarlos (un día en que

descubrieron un complot) […] Y Perón es el hombre que más le ha dado

al pueblo argentino […]».

En 1970, aparece en escena el Peregrino del diálogo, Luis Herrera

Campins, otro adeco verde que había sido desde la UNE fervoroso

partidario del golpe del 45. El propio Betancourt una vez llegó a decir

que Luis Herrera era la más genuina representación de un verde

blanco. Betancourt, el pobre, el errante, el que no tenía dónde caerse

muerto, el que había dejado la presidencia totalmente en la ruina, que

no tenía una casa propia y sería necesario conseguírsela mediante una

recolecta pública, volvía de una larga estancia en Europa, y regresaba,

única y exclusivamente «para reencontrarme con mi hija y con mis

nietos […] También mi esposa tiene legítimo deseo de ver a sus padres,

a su hijo. Es posible que esta explicación no sea aceptada porque hay

una versión bastante generalizada, a la cual me referiré alguna vez en

el sentido de que el hombre público es una especie de robot con

cerebro electrónico, sin sentimientos y pasiones humanas. Creo que

este país, con un porcentaje tan grande de jóvenes, no creerán muchos

que yo tuviera un profundo deseo de ver a mi hija y a mis nietos y de

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conocer a la recién nacida. También hay bastantes “puretos”, como creo

que nos llaman, quienes entenderán el muy justo deseo del padre y del

abuelo de ver y de estar con seres tan queridos742».

Arribó el «mendigo grato», el 17 de agosto de 1970 a La Guaira, en el

Donizetti. Fueron a recibirle entre otros, Gonzalo Barrios, Carlos

Andrés Pérez y Antonio Léidenz. Qué alegría en el partido. Se

rejuvenecía la patria, «la revolución viene a hurgar en las fuentes más

profundas e inagotables de los mejores y más caros sueños del amor».

La realidad está allí, apenas se sube a Caracas. El país continúa

aletargado, y el presidente Caldera, confundido con su poder, se

mantiene en un débil amago de cambio que no cambia nada; lo único

que hizo, su idea más notable, fue la incorporación de una inmensa

masa de «desadaptados revolucionarios» en la administración pública.

Su obra genial que contribuyó a «desmontar» todo un aparataje de

conmoción social, no obstante que algunos muchachos de las

universidades siguieron jugando con cauchos encendidos y tirando

piedras, con entretenimientos sangrientos, que de vez en cuando se

tornaban en carnavaladas de odio y sangre.

He aquí la Caracas de los techos ocres o negros. Caracas la de los

cien mil ranchos. ¡Qué asco! ¡Qué locura! Cuánta perdición, cuánta

incuria. Yo que en lugar de irme para Berna, pude haber escogido para

vivir y para retirarme de la política, uno de esos pueblos que tanto amé

en mi juventud. Pude haberme ido a Cumaná, a Guiria, a Carora,

Bejuma, San Carlos o Ciudad Bolívar. Pero me he tenido que sacrificar.

No se puede ser grande impunemente. Cómo se hace. Ya yo no soy de

este mundo. No ha sido mi culpa.

Los patriarcas adecos tratan de explicarle la nueva realidad, porque

Rómulo está que no entiende nada. Se le ha olvidado el castellano, la

lógica del venezolano que todo lo deja para después, para más tarde,

para más nunca. Gonzalo Barrios toma la palabra y le dice que muchos

dirigentes estudiantiles desean ser líderes, imitando a los viejos

políticos del PCV y de AD; que ahora estos líderes aceptan dialogar con

las llamadas fuerzas vivas de la nación; que Venezuela es la vanguardia

de la libertad y de la democracia americana; que esos jóvenes han ido

entendiendo cómo se hace democracia moderna; que están aprendiendo

a negociar. Sobre la conducta de los jóvenes, Betancourt se muestra

muy cauto, y sonríe; considera que el problema de la juventud es

producto del relajamiento de la unidad familiar, del desempleo y de la

falta de oportunidades, de una mística nacional, de la falta de fe en su

país y en su propio destino. Sostiene que ya no es hora de encolerizarse

con los jóvenes sino procurar entenderlos, porque es la mejor manera

de no negar el porvenir.

En cuanto a la política internacional, el quebradero de cabeza ahora

742 Ediciones Centauro, El General Betancourt y otros escritos (1970), op. cit., p. 105.

625

era Chile, y Salvador Allende era el claro candidato a vencer. Ante esta

posibilidad, Betancourt se adelantó a las decisiones que ya había

tomado el Departamento de Estado, y declaró: «Si Allende es electo

presidente de Chile y restablece relaciones con el despotismo de La

Habana, allá él con su responsabilidad743».

Aquel hombre, «pobre», luego de pasar varios días incómodo en

Venezuela porque ya no se adaptaba al clima, cuando le preguntaron si

intentaría ser presidente otra vez, declaró: «No soy un individuo

acicateado por el deseo o la ambición de ser presidente de la República.

Ya lo he sido dos veces. Vivo en Europa, en una ciudad que tiene 250

mil habitantes, donde camino a pie una hora todos los días, donde leo,

escribo, voy al cine, donde me comporto como un ciudadano común y

corriente. Luego de un viaje que voy a hacer a Suiza para regresar de

nuevo a mediados del año próximo, seguiré haciendo ese mismo tipo de

vida aquí en Venezuela744».

El 5 de septiembre, acompañado por los dirigentes más esclarecidos

de su partido, declaró sobre el tema de la candidatura: «En esto no hay

ningún gallo entaparao ni maniobras subterráneas. Lo que ha dicho la

dirección del partido es absolutamente cierto. AD decidirá en su

momento oportuno cuál va a ser el candidato para las elecciones de

1973745». Entonces, después de resolverlo todo, sólo con su presencia,

el 2 de octubre de 1970, regresó a Berna.

Para mayo de 1972, estaba otra vez de vuelta a su patria, luego de

una larga travesía; la vida había sido harto generosa con él. Apenas se

encontró con los grandes caciques de partidos les habló por todo el

cañón: «a mis hermanos del alma, a los precandidatos Gonzalo Barrios

y Reinaldo Leandro Mora, les pido que declinen a favor de Carlos

Andrés Pérez». Entraba de nuevo por La Guaira, después de un bello y

esplendoroso viaje por mar, con escalas en Nápoles, Barcelona y las

Islas Canarias. Viajar lo cura todo. Carlos Andrés era ya el «alegre

caminante» que se había metido al país en el bolsillo. Betancourt al

abrazarlo le dice: Caminante si hay caminos, ya yo te los he hecho

todos a tu medida.

De modo que era un triunfo anunciado, la proclama de la Convención

de AD del 18 de agosto; todos los periódicos daban la buena nueva:

«Vencedor Carlos Andrés Pérez con 344 votos contra 163 de Leandro

Mora».

Carlos Andrés borracho de multitudes (y de plata) resultó

incontenible. La Creole aportó para su campaña electoral 26 millones

de bolívares (9 más de lo que Copei había recibido de esta misma

compañía). Estaban felices las compañías petroleras. La producción se

743 Ibídem, p. 118.

744 Ibídem, p. 130.

745 Luis José Silva Luongo (2005), op. cit., p. 692.

626

había mantenido en cifras récord, casi en un promedio de 3.700.000

barriles diarios, a un precio de US$ 1,90 el barril. Además, Caldera con

el apoyo de AD, bajo la modalidad de contratos de servicio otorgó cinco

lotes al sur del Lago de Maracaibo.

A Betancourt siempre le estaban regalando «detallitos cuchis»

porque los adecos vivían regando el cuento que su líder máximo no

tenía ni siquiera una camisa decente. Mediante una colecta de algunos

pocos magnates de su partido o amigos de su partido, consiguieron,

después de grandes esfuerzos, obsequiarle la quinta Pacairigua746,

ubicada en una zona residencial del este de Caracas, acorde con su alta

y fina condición social. Entre los contribuyentes estaba un tal Mario

Mauriello, personaje que luego recuperaría con creces su generosa

donación, ganando repetidas veces el «5 y 6». El Hipódromo, al igual

que las aduanas y los peajes del país era una espantosa máquina de

producir billetes para los grandes insaciables ladrones de Acción

Democrática y Copei.

La casita, en verdad incomodaba a los amigos de alto jefe adeco, y en

un principio él mismo manifestó que era algo pequeña. Entonces se

amplió un poco y se le agregó una piscina para que en ella se

divirtieran él y sus nietos los fines de semana. Los altos jerarcas del

CEN, para que se sintiera orgulloso, le decían: «Maestro, esto es lo

poco que el pueblo le ha podido ofrendar por su inmensa y larga lucha a

favor de la noble causa de los pobres».

Mariano Picón Salas en un artículo (ya citado), dice que Betancourt

«sale de la Presidencia de la República sin casa donde vivir, pero

ganándose la admiración y el respeto de aun quienes le negaron,

odiaron y ofendieron747». Y uno se pregunta: ¿Tan arruinado salió que

luego se dedicó a viajar por el mundo en los mejores cruceros y

viviendo en mansiones, durante años? Con una décima parte de lo que

gastó en esos viajes pudo haberse comprado diez señoriales palacios en

el mismo sector exclusivo de su casita, pero era tan sinvergüenza que

sabía que sus amigos (ladrones) podían regalársela.

Es pues, totalmente falso que la quinta «Pacairigua» se comprara con

el dinero recogido en una colecta que hizo AD, y con los aportes de los

cacos empresariales amigos de Betancourt. Esa plata salió toda de la

Partida Secreta de Miraflores; decir que Betancourt murió en la

pobreza es una colosal hipocresía. ¡Arruinado él!, que se la pasaba de

crucero en crucero, viajando en primera clase, con todos los gastos

pagados por el Estado o por sus amigos, muy ricos todos. Estaba

746 En esta recolecta se le solicitaba a los compañeros que el aporte no fuese superior a

los 40 mil bolívares, como dando a entender que la gente fuese modesta en sus

ofertas. Cuarenta mil bolívares entonces representaban cerca de 10 mil dólares, más

de lo que cuesta un ojo de la cara.

747 Rómulo Betancourt, Hacia América Latina democrática e integrada, Editorial

Senderos, Caracas (Venezuela), 1967, p. 13.

627

humanamente imposibilitado para encontrarse arruinado. Tenía una

buena pensión presidencial al tiempo que recibía su sueldo como

senador vitalicio de la República. Y su poder impresionante para quitar

y poner a quién él le diera la gana dentro de la administración pública

permanecía intacto, y rodeado como vivía por los mayores

multimillonarios y banqueros del país, cuyos negocios habían sido

favorecidos por su poder político y por sus chanchullos, ¿qué le podía

hacer falta para completar cuando era adorado por adecos y

copeyanos?

Se calcula que Rómulo entonces recibía únicamente por sueldos del

Estado, sin contar las ayudas que le llovían de todas partes, una

entrada neta de treinta mil dólares mensuales, que no tenía además ni

siquiera necesidad de tocar. Podía ser un pobre hombre, pero hombre

pobre jamás. Por órdenes expresas del Estado, de los empresarios más

ricos y de la cúpula de su partido le estaba totalmente prohibido a la

pareja Betancourt-Hartmann, pagar alquiler, luz, agua, teléfono,

muebles, chofer, comida, traslados para cualquier lugar, ropa, etcétera.

Ahora bien, Betancourt se estremecía cuando le hablaban de los

ladrones de sus partidos que tantas veces él había amenazado echar a

patadas, pero el problema era que nunca lo dejaban actuar como él

quería. Hubiese sido algo grandioso ver a Rómulo sacar a patadas a los

atracadores infames que constituían ya el alma, la esencia y la gracia

de los dos grandes partidos del país. Se hubiera quedado solo. Esa era

la verdad. Cuando un tío muerto de hambre y caradura, iba poco a poco

levantando millones, los generales de más alto rango de estas

organizaciones lo felicitaban por haber «prosperado» y haber levantado

un capitalito. La debilidad de Gonzalo Barrios, por ejemplo, por esta

gente era enternecedora, y los atracadores en ciernes viendo cuán en

gracia le caían al sabio-abuelo del Partido Único, diseñaban métodos

expeditos y muy sofisticados para que otros pudieran apropiarse de los

dineros del Estado y seguir siendo tan honorables como siempre lo

habían sido; empezaron por colocarse estratégicamente en

determinadas instancias en las que se requería que el gobierno

comprara multimillonarios equipos modernos. Uno de estos personajes

que era idolatrado por los magnates adecos fue Leopoldo Sucre

Figarella. Aquel hombre había robado más que Al Capone, más que

todas las mafias de Chicago y Nueva York juntas en su época más

esplendorosa, y cómo era mimado, admirado y querido por toda la alta

dirigencia adeca. Rómulo sentía una debilidad extrema por don

Leopoldo.

Sin saber qué hacer Sucre Figarella con sus botijas llenas de millones

de dólares, siguió aburriéndose con largos safaris por África, en los que

era escoltado por varios jeeps y enormes camiones que contenían

carpas, televisores y sistemas de aire acondicionado. En realidad,

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nunca mató a ningún animal porque no se atrevió a participar en safaris

de caza mayor, y las piezas que se trajo las compró en el mercado

negro. Tigre que se le metiera a la hacienda de Leoni, tigre que era

siquitrillado a metralla pura por este luchador adeco, experto en

organizar espectaculares cacerías.

La oligarquía había tomado para sí las banderas proimperialistas y le

había dejado al pueblo los trapos rasgados y estrujados de una supuesta

independencia y prosperidad económica, Entre estos dos distantes

extremos de la sociedad venezolana, Betancourt se venía manejando

con destreza desde el 18 de octubre del 45, sin embargo, permitía que

la crema de la crema en todas sus fabulosas fiestas lo halagara en su

calidad de presidente, y asimismo a su círculo más preciado. El mismo

Betancourt vestía trajes costosísimos porque sus insignes compañeros

de partido, que estaban disfrutando de una prosperidad arrebatadora,

le hacían ver que en el mundo occidental hacer pasarela política era

más importante que hablar, estudiar o pensar. De modo que ya era

natural verlo en todas partes de smoking. Aquello parecía un

escaparate ambulante exhibiendo el último grito de la moda europea o

norteamericana. Se pavoneaba con sus trajes a la medida, sin una

arruga, ostentación que también solían hacer los finos adecos de su

propia clase, como Gonzalo Barrios, Reinaldo Leandro Mora, David

Morales Bello, Jaime Lusinchi, Octavio Lepage.

Lo más delirante y clase aparte era el caso de Carlos Andrés Pérez,

quien llegó a utilizar en tal medida los servicios de Clement, el sastre

presidencial, que éste tuvo que traerse unos diez sastres de Portugal

para que le asistiesen porque la demanda era tremenda. Todo este

personal se puso manos a la obra para confeccionarle variadas y

chillonas chaquetas, de modo que Pérez llegaba a exhibir un promedio

de tres chaquetas diarias. Su secretario privado pudo contabilizar que

en un año llegó a lucir más de 120 chaquetas de rayas o de cuadros,

que eran las que le enloquecían. Otra de sus aficiones era coleccionar

zapatos costosos, porque aquel hombre «si caminaba».

Diariamente la lista de agasajos en los que era imprescindible asistir

para hacerse visible y permanecer en la memoria de los más exquisitos

personajes de la ciudad, no permitía meditar en lo más mínimo sobre el

país que se tenía y en el que se vivía. En el este de Caracas, para

celebrar los frecuentes condumios organizados por adecos y copeyanos,

se crearon más de setenta finos restaurantes, con los mejores chefs del

mundo. Ya el CEN y otros grupos políticos de AD no se reunían en la

casa del partido sino en los restaurantes del este, y fue tal la afición por

estos saraos que Venezuela adquirió fama por la buena cocina y los

menús internacionales de sus restaurantes. Eso fue, entre las

«mejorcitas» cosas que se lograron durante esa borrachera dispendiosa

de nuestra democracia, pero además que nuestras misses arrasaran en

todos los concursos de frivolidad del planeta.

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