LA VERDADERA HISTORIA DEL PROCÓNSUL GRINGO: RÓMULO BETANCOURT (De la obra de Sant Roz, “EL PROCÓNSUL…”) (47)…

V PARTE

EL REPOSO DEL CAUDILLO

UNA AMÉRICA UNIDA BAJO EL MANDO DEL IMPERIO

Aprecio como viable y posible la conciliación

de ese perfil propio del ser puertorriqueño

con las mejores relaciones pactadas

con los Estados Unidos.

RÓMULO BETANCOURT

El 1º de diciembre de 1963, Betancourt acudió a ejercer el voto, por misterios e ironías de este mundo, al Colegio Chávez, sin hacerle caso en absoluto a las amenazas de los izquierdistas, que habían prometido sabotearlas. De allí, Rómulo se dirigió a Miraflores, encendió un puro y dedicóse a ver por televisión «la cívica respuesta a los violentos».

En una convención del partido adeco, llena de oscuros secretos, surgió el nombre de Raúl Leoni contra la voluntad de Rómulo, que prefería sangre nueva en la presidencia, como la de Carlos Andrés Pérez. Pero el Buró Sindical y algunos histéricos de AD, como Luis Beltrán Prieto Figueroa, Jesús Ángel Paz Galarraga y Reinaldo Leandro Mora, preferían al ex corso, y fueron a reunirse con el piache mayor para planteárselo. Cuando Betancourt escuchó el nombre que le llevaban, dijo: «¿Cómo es posible que ustedes vayan a llevar a la Presidencia de la República a un bobo como Raúl Leoni?»

Era sólo aparente esta opinión; en verdad, Leoni era el candidato natural de AD, por la larga identificación de este personaje con las aventuras e ideas del máximo dirigente adeco. No obstante, Carlos Andrés Pérez no dejó de insistir en su derecho a ejercer la primera magistratura, por una ristra de experiencias y sacrificios en los que mencionaba, en primer lugar, el haber sido ministro de Relaciones Interiores. En otra oportunidad cuando estaba reunido con Betancourt, le insistió en el tema y éste indignado le espetó: «¡La soberbia en mí es una virtud, pero en ti es una coño e’ madrada!».

La situación política venía exigiendo cada día que AD y Copei se mantuvieran estrechamente en un mismo propósito, de manera tal que durante todo el año 1963, la alta dirigencia de estos dos partidos estuvieron considerando ir unidos a las elecciones. Finalmente se disipó esta posibilidad. Caldera convenció a Betancourt que ir separados a una contienda electoral no significaba en modo alguno que fuesen diferentes sus propósitos y hasta sus ideales de lucha.

El pueblo eligió ese día para presidente a Raúl Leoni con 957.574 votos, que representaban el 32% del electorado. Entre las cosas que llaman la atención es que el partido URD y el Frente Nacional Democrático (FDN) (de Uslar Pietri), pasan a colaborar con el nuevo gobierno. Caldera obtuvo el 20,19% y Jóvito Villalba, apoyado por URD, PSV, MENI el 18,89%. Uslar Pietri había obtenido el 16,08% de los votos, una buena porción del electorado.

Aceptados los resultados por todos los partidos, Betancourt y Caldera tuvieron una larga reunión en casa del primero. El líder copeyano le recordó lo del Pacto de Nueva York, y que veía con profunda preocupación que en Venezuela sólo un partido tendría derecho a poner presidentes de la República. Que eso no fue lo que se acordó con aquel Pacto. Que si él, entonces, sería que se iba a pasar la vida haciendo de payaso, presentándose en cada elección sólo para cumplir un rito que no tenía sentido.

Por lo que veo, entonces el próximo presidente en 1968, será Gonzalo Barrios, y yo otra vez volveré a ser el hazmerreír de todo el mundo. Muy grave, muy grave veo yo todo esto, y el fulano Pacto puede que se derrumbe porque con Jóvito nunca se pudo contar para nada, y usted sabe lo que esto significa.

Betancourt le prometió:

Todo lo arreglaré a mi manera. No te fallaré Rafael. Soy hombre de palabra y consecuente con los principios que han sustentado, dado origen y fundamento a nuestra democracia representativa. Tenga calma y confianza en que usted será el próximo presidente. ¿Qué, cómo?, de eso yo me encargo. Tranquilo, tranquilo, distinguido amigo. Para el próximo período, aunque usted no lo crea, lo prefiero a usted mil veces más como presidente que a Gonzalo Barrios o que al negro Prieto Figueroa.

El abogado Miguel Angel Burelli Rivas pasa a ser en este nuevo «minestrón», como dice Rómulo, ministro de Justicia. Gonzalo Barrios es nombrado ministro de Relaciones Interiores. Serios analistas políticos coinciden en que la entrega de Uslar Pietri a los adecos, «fue una traición al pueblo que piensa, que obra y crea». Una traición al pueblo no vencido por los partidos y el envilecimiento que éstos estaban imponiendo a la nación. Que Uslar Pietri desde entonces se convertía en otro fraude más, y se desmontaba de antemano la posibilidad que el país pudiera unirse en las elecciones de 1968, para llevar al poder a un hombre independiente; alguien que rompiera con el totalitarismo impuesto por el Pacto de Punto Fijo. Un Pacto que a las claras era la entrega del poder al partido único AD-Copei. La gente le reprochaba al famoso escritor que dispusiera como suyo un caudal de votos para reforzar aquel vil partidismo que estaba atrofiando a la nación, contribuyendo de esta manera a afianzar el régimen de la partidocracia a la que con tanto ardor se entregó a criticar durante la década de los setenta, ochenta y noventa, y lo peor: aceptando formar parte de un gobierno contra el que había votado todo aquel que apoyó al FDN.

¿Con qué moral podía venir luego don Arturo a hablarnos «de la tragedia política venezolana», de «la inexistencia del Estado de derecho», de «la falta de voluntad para emprender ninguna reforma positiva», de «la incapacidad para rectificar nada», de «la eterna antinomia entre el texto constitucional y la vida política», de «la falta de comprensión y excesiva mezquindad de todos nuestros dirigentes?»

Retórica toda en la que el vivió durante cincuenta años. Creíase el oráculo de la nación, y de vez en cuando acudía a palacio a recibir premios y homenajes de mano de los más infames farsantes como Caldera, Carlos Andrés, Lusinchi y Luis Herrera, a sabiendas de que esta gente no ganaba limpiamente ninguna elección, de que no respetaban en absoluto la Constitución, y jamás reparaban en el respeto a los derechos humanos y si teníamos o no Estado de Derecho.

De que eran meramente facciones totalmente entregadas a mirar por sus conveniencias y provechos inmediatos.

Pero bueno, Arturo no era ningún ser inocente ni puro, sólo entregado a la farsa política de partidos. Estaba al tanto de las reglas y las sabía jugar muy bien, de aquel macabro juego. Su campaña había sido financiada para influir en las decisiones del gobierno en relación con la política petrolera, que de los dientes para fuera pregonaba no dar más concesiones a las compañías. Uslar Pietri venía ahora a entablar una lucha por una política sustitutiva de las concesiones, que favoreciesen aún más a las «sacrificadas por nuestro desarrollo», Shell y la Standard Oil Company. Sus persistentes análisis influyeron de manera tal en la opinión pública, que Rómulo le ordenó a Leoni que se buscase de inmediato una alternativa a la posición de no otorgar más concesiones a estas compañías. Para seguir esta orientación, Leoni practicaría la política con la que se pretendía que el precio del barril cayera, para inmediatamente después compensarlo con el aumento de la producción.

Pérez Alfonzo estaba tratando de explicar al país que no se debía en absoluto aumentar la producción petrolera, porque constituía un recurso escaso y no renovable, y que lo lógico y razonable era preservarlo. Uslar Pietri, con un pertinaz ataque a esta posición, y con todos los medios a su favor, le replicaba que esa riqueza no trabajada debía explotarse para su mejor utilización en la creación de una economía no petrolera. Uslar logró convencer en esto a adecos y copeyanos, obteniéndose esos resultados, pavorosos, de los años que van del 1974 a 1978, en los que se despilfarraron locamente más de 60 mil millones de dólares.

Betancourt entrega un país arrasado, sin oposición política, las cárceles llenas de presos políticos, la economía por el suelo, con todas las policías y fuerzas militares convertidas en fuerzas de ocupación y represión; la nación entera entregada a un sectarismo adeco furibundo, y en todas partes lo único que vale es el carnet del partido Acción Democrática; la justicia militarizada. Lo más grave es el enguerrillamiento del país con frentes armados contra el gobierno en Lara (Frente Simón Bolívar), en Falcón (Frente José Leonardo Chirino), en Portuguesa (Frente José Antonio Páez), en Miranda (Frente El Bachiller), y el de oriente, que comprendía los estados Anzoátegui, Monagas y Sucre (Frente Antonio José de Sucre). Pero de nada de esto era capaz de enterarse el hombre que recibe este desastre: Raúl Leoni.

A partir de Leoni lo que se pondrá en práctica sería el asunto de los desaparecidos.

Sin embargo, para Mariano Picón Salas, Betancourt había cambiado una política de caudillos por otra de partidos de grandes masas y de sindicatos representados en la vida nacional: La reforma agraria [¿cuál?], los doce mil kilómetros de carretera asfaltada que conducen de Paria hasta Táchira, la Siderúrgica de Guayana, la imponente industrialización del país y la política educativa en los más variados niveles, indican que se ha administrado bien.

Venezuela ya despega como avión veloz hacia el desarrollo. Quizás es temprano porque le esperan muchas otras hazañas —libros de viaje y combates políticos— para esbozar una biografía de Betancourt. No nos adelantaremos a los historiadores del 2000 […] Sale [Betancourt] de la Presidencia de la República en tal estado de pobreza que no tiene casa donde vivir, pero ganándose la admiración y el respeto aun de quienes le negaron, odiaron y defendieron.

El 7 de marzo de 1964, cuando le traspasó la banda presidencial a Leoni, dejó clara constancia de las razones que tuvo Washington para gobernar a su país:

Fácil resulta explicar y comprender por qué Venezuela ha sido escogida como objetivo primordial por los gobernantes de La Habana para la experimentación de su política de crimen exportado. Venezuela es el principal proveedor del occidente no comunista de materia prima indispensable para los modernos países industrializados, en tiempos de paz y en tiempos de guerra: el petróleo […] Resulta explicable cómo dentro de sus esquemas de expansión latinoamericana, el régimen de La Habana conceptuara que su primer y más preciado botín era Venezuela, para establecer aquí otra cabecera de puente comunista en el primer país exportador de petróleo del mundo; y para echar por tierra una experiencia de gobierno democrático de raíz popular y vocación de justicia social, que resultaba una alternativa valedera frente al totalitarismo imperante en Cuba ante los ojos y la esperanza de los doscientos millones de gentes que viven, luchan y sueñan al sur del río Bravo […] Irresponsable hubiera sido si al final de mi mandato procurar granjearme un ambiente de presidente benévolo, abriéndole, con la firma al pie de un decreto de sobreseimiento las puertas de las cárceles a quienes en ellas están […] la democracia no es un régimen de gobierno laxo y medroso frente a sus enemigos […] no trata con lenidad y pavidez a quienes atentan contra ella. La historia contemporánea está plagada de regímenes que por profesar una concepción liberaloide y cobardona, fueron aniquilados o pulverizados por minorías totalitarias audaces.

Para terminar exclamó: «El símbolo monetario nacional tiene una solidez a prueba de sismos».

Leoni comenzó a gobernar con lo que se denominó gobierno de «Ancha Base», con los partidos URD y FND. Pasaron a formar parte del nuevo gabinete por el FND, Juan José Palacios (en Agricultura y Cría), José Joaquín González Gorrondona (en Comunicaciones) y Ramón Escovar Salom (en Justicia). A URD le tocaron también tres ministerios: Fomento, Trabajo y Sanidad.

Existen monstruos en política que se caracterizan por su frialdad, por su patética paranoia en hacer desaparecer a sus enemigos como Rafael Leonidas Trujillo; pero Leoni fue un «hombre bueno». Un dechado de virtudes que daba una apariencia de bonachón, sencillote y común. En el fondo era más monstruoso que el mismo Trujillo, porque carecía en absoluto de voluntad y pensamiento propios para hacer absolutamente nada. Con el gobierno, él consideró que se ganaba un premio que se lo tenía merecido desde que participó en el golpe contra Medina. Llegó, se instaló en Miraflores y comenzó a firmar documentos como un oficinista cualquiera. Le daba una importancia extraordinaria a los asuntos del protocolo. Encargaba a su secretario que llevara un estricto orden de controles y señales para poder avanzar o retroceder, según los cánones del formalismo oficial copiado de las repúblicas mejor fundadas. La nulidad de las nulidades. No quería escuchar problemas sino resultados positivos de su acción. Y aquel Palacio de Miraflores se inundó de momias como el jefe mayor y, como nunca, cundieron por aquellos salones y pasillos tantos aduladores, hipócritas y fariseos. Una de sus decisiones más importantes al terminar cada mañana, era llamar al jefe de Protocolo y preguntarle: «¿Qué tenemos para el mediodía?» Ya el jefe de Protocolo había sido entrenado para satisfacerle a plenitud: caraotas, pastel de morrocoy, sancocho de zapoara […], para postre turrón de merey […] Aquel mastodonte de dos metros de apacible humanidad, consideraba que todo lo malo que le achacaban a su gobierno era producto de una conspiración, de una campaña insana en su contra.

Si había presos, muertos por torturas, desaparecidos, el «bueno» de Leoni, exclamaba, engullendo arepas, caraotas negras y morcillas carupaneras (le encantaban): «¡Así son todos los gobiernos. Ahí está la historia de la dictadura de Bolívar!».

En realidad, no existía gobierno alguno y todo funcionaba por inercia.

Cada vez que le lleven a Betancourt la información de alguna barbaridad cometida por el ex corso, dirá sonreído y fatigado: —¡Ah, el pobre Raúl! ¿Pero a quién se le ocurrió esa vaina de hacerlo presidente?

Por otro lado, Leoni no sabía hablar, era torpe y para todo tenía una expresión mimética a flor de labios: ¡carajo! Lo que salía de sus labios era precisamente lo que no estaba pensando. Era realmente un adeco de pura cepa: de apariencia como hemos dicho, bonachona, fofo y algo lerdo. Una de las personas que se convirtió en acérrimo defensor de Leoni y que no permitía que en su presencia sus compañeros se burlaran de él, fue el doctor Rafael Caldera. El máximo mandamás socialcristiano no perdía entonces la esperanza de ser en un futuro el candidato que unificara las aspiraciones de AD y Copei. Un día llegó a increpar a Luis Herrera, Rodolfo José Cárdenas y Edecio La Riva Araujo con estas palabras:

—Ese señor se merece que lo respetemos y que además le tengamos todo el agradecimiento de que somos capaces; porque si él no fuera tan pendejo como se dice, ustedes no serían lo que hoy son.

Ese era todo el respeto y consideración que le inspiraba Leoni.

El abúlico presidente no hallaba qué hacer con el extraordinario gordo que le había caído en sus manos. Y una muchedumbre de merodeadores de partidos, locos por hacerse con algo sustancioso sin trabajar, le aconsejaron que tomara como escala de referencia para sus sueldos y gastos, lo que la Corona recibía en Inglaterra. Pero mientras Leoni había sido presidente del Congreso, pudo apreciar cómo administraba los recursos el padre de la democracia venezolana, y él también merecía hacer lo mismo. De modo que no se molestó cuando le adjudicaron un yate y un avión nuevos. Cuando se le aumentó la servidumbre y en un acto-sorpresa le anunció a su gabinete que se había tomado la decisión, de modo extraoficial, de hacerle un arreglo general a la finca que era de la familia de su esposa doña Menca. Allí podría el presidente pasar con entera tranquilidad los fines de semana. Aquella hacienda era Puedpa, cuyo propietario había sido, como sabemos, el gomecista, presidente de estado, don Juan Fernando Amparan. Puedpa se convirtió en el centro vacacional preferido del presidente. Allí iban los ministros a rendir cuentas y a entregar informes sobre el funcionamiento de sus despachos. Los ricos y magnates, junto con diplomáticos también consideraron conveniente cumplir con el debido respeto al presidente por sus favores, y solicitaron por medio de terceros (o primeros), hacerle una visita de cortesía al primer mandatario, con el fin único de llevar algún presente, algún obsequio.

Doña Menca deliraba con estos presentes fabulosos, delicados, exóticos y costosísimos.

Como es de suponer, ya no era suficiente el espacio reservado para el aterrizaje del avión del presidente. Había que construir un aeropuerto en la hacienda Puedpa, y a ello se entregó sin escatimar esfuerzos ni recursos el Ministerio de Obras Públicas. En pocos días este aeropuerto quedó enlazado con una espectacular carretera que llevaba hasta la estancia presidencial; vía que quedó unida a los troncales nacionales, y para lo cual fue necesario represar vertientes y deforestar bosques.

Para que aquello pareciese un idílico paraíso, se desviaron ramales de los grandes ríos para que pasasen por un lado de la fastuosa hacienda.

Los peladeros pronto quedaron cubiertos con nuevos árboles, y en las adyacencias a la residencia se hizo un paseo, parque, establos, lagunas, caballerizas y fuentes. Los visitantes de estos lugares podían apreciar pardas suizas, toros padrotes, soberbios toros cebúes, caballos peruanos. Allí sin duda alguna, y tal cual lo deseaban Gonzalo Barrios y Betancourt, la democracia se estaba consolidando; dando pruebas de progreso y vitalidad.

La línea Aerospostal, cuyo presidente era Ramón Granadillo, comenzó a tener pérdidas graves por la gran cantidad de familiares y amigos del presidente, que tenía que transportar gratuitamente hasta Puedpa. Todo esto no sólo lo sabía Betancourt sino que lo estimulaba.

Después de todo, así funcionaba el sistema capitalista y no se podía andar con pendejadas con la gente que aporta para el desarrollo. Hasta para hacer más interesante la estancia de los visitantes, se trajo a la hacienda un tigre que devoró varias reses, lo que constituyó una emocionante ocasión para organizar un safari bajo la dirección de Leopoldo Sucre Figarella (experto visitante de África, y cuya casa estaba adornada con cabezas de rinocerontes, cebras, jirafas y leones).

Un día, Luis Beltrán Prieto Figueroa, confundido con tan afortunada vida, la de un compañero exactamente igual a él, con quien compartió toda clase de vicisitudes bajo las dictaduras gomecista y perezjimenista, le dijo que había muchas críticas en la calle sobre los negocios nada lícitos que se estaban haciendo con dineros del Estado. Fue entonces cuando el bueno de Leoni le contestó de la manera más serena e inocente:

—¿Qué quieres tú? ¿que no ayude a mi propia familia?

A los pocos meses de iniciarse el nuevo gobierno, Copei expresó su disgusto por la manera como Leoni atendía a sus amigos. Caldera, quien le había dicho a Rómulo que su partido en todo se consideraba idéntico a AD, tuvo que hacer público su desengaño. Señalaba, muy dolido, que los adecos, en lugar de respetar a los verdes por el hecho de haber pasado de 400 mil votos en 1958 a 600 mil en 1963, ahora consideraban este hecho como un motivo para la sospecha, para el recelo y que le miraban con ojos de rivalidad y temerosos que pudieran seguir creciendo en el futuro.

En la izquierda se operaron cambios sorprendentes, sobre todo en algunos dirigentes del MIR. Domingo Alberto Rangel, declaró que había llegado la hora de hacer un alto en la política de violencia, porque consideraba que el pueblo en las urnas se había pronunciado por la paz, aunque Leoni en su toma de posesión hubiera dejado muy en claro que a Cuba había que aplicarle las sanciones previstas en el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, y que mantendría la misma política represiva del gobierno anterior.

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