CIPRIANO CASTRO
A finales del Siglo XIX, en aquella tierra de muerte y horror fue surgiendo un hombre de determinaciones nacionalistas, don Cipriano Castro. Era músico, bailarín, estudioso, guerrero, inteligente, un político con garra.
Don Cipriano Castro había estudiado música con los maestros Rafael María Sarmiento y José Consolación Colmenares. Tocaba el violín, la flauta y la trompeta, y en sus años de exilio en Colombia se ganaba la vida dando serenatas y amenizando fiestas. La música era el único elemento estético que aquellos hombres se reservaban para su propia autocomplacencia; tocar el Himno, rendir honores con notas y ritmos marciales, da a estos políticos andinos una sensación de poder diferente a las otras artes estéticas15. Estos hombres también entendían de tambores de guerra y estaban tratando de leer los signos de lo que les llegaba allende las fronteras. Sobre todo, lo que pasaba en Estados Unidos, un país ya de estructura económica financiera-monopolista, que ahora estaba mostrando un especial interés por utilizar torcidamente los ideales de la unión americana planteada por Bolívar en el Congreso de Panamá. Los gringos llamaron a este proyecto continental «Unión Panamericana» o «Panamericanismo». Castro intuía lo que se traía entre manos Washington, tomando en cuenta las advertencias del Libertador y unas circunstancias en que un voraz huracán comercial amenazaba desde el norte con arrasar y desquiciar a nuestras endebles economías.
No le cabía la menor duda a Castro que el tal Panamericanismo tenía como propósito primordial justificar las anexiones territoriales en América Latina, mantener el saqueo de sus recursos y la continuación del sistema colonial (pero ahora bajo la perspectiva del sistema financiero-monopolista mediante la imposición de una serie de protectorados, la forma neocolonial).
El autor intuye que Cipriano Castro se lo planteó claramente a sus más cercanos colaboradores en los siguientes términos: Nuestros enemigos no son los venezolanos que están en Caracas o en la sierra de Coro, ni los que se encuentran en Ciudad Bolívar, Valencia, Cumaná o Maracay. Son los mismos que en 1831 estacionaron sus tropas en las Malvinas y en Puerto de Soledad. Los que entre 1846 y 1848 se adueñaron de dos millones de kilómetros cuadrados de territorio mejicano. Los que entre 1855 y 1860 impusieron al filibustero William Walker en Nicaragua. Los que en 1898 intervinieron en Cuba e invadieron y se adueñaron de Puerto Rico. A nosotros, en cualquier momento, tratarán de invadirnos. Ellos saben que tendrán que pensárselo muy bien, porque aquí se encuentran los hijos de Bolívar, los que nunca se rinden, los que luchan hasta la muerte. Aquí está la patria del Libertador Simón Bolívar, el verdadero genio de la unidad latinoamericana y no de esa trampa que han dado en llamar Unión Panamericana.
Durante todo el Siglo XIX, casi nadie concibe (sólo Bolívar pudo preverlo con genialidad) las redes con las que va armando Estados Unidos su juego de ajedrez de dominio global. A partir de 1897, Norteamérica comienza a descubrir que su enorme producción tiene que buscar otros mercados, que no podrán conseguirse simplemente con tratados o mediante meros acuerdos diplomáticos. Según la nueva doctrina que se estaba debatiendo en la Casa Blanca, no había tiempo que perder, y urgía el diseño de un método expedito para «resolver» potenciales conflictos regionales. Si en algo es experto Estados Unidos es en mantener un equipo muy preparado y estudioso, egresado de las mejores universidades, que permanentemente se está actualizando en el manejo de crisis regionales, caos globales, cómo prevenir desastres y cómo impedir a tiempo la instauración de gobiernos incómodos que puedan poner en peligro la hegemonía de su política en el mundo.
Estos estudiosos estaban encontrando una armónica relación entre generación de conflictos bélicos y crecimiento económico. Sólo un país inmensamente poderoso, con acorazados en todos los mares y con las armas más letales podía ser capaz de imponer un modelo económico estable y duradero en el planeta. Este modelo, comenzaba a descubrir que el progreso y el desarrollo tecnológico iban a estar en función directa con inversiones requeridas para la movilización de tropas, construcción de flotas para las guerras y de maquinarias industriales para la reconstrucción de zonas devastadas causadas por esos mismos conflictos bélicos. El mundo iba a tener que prepararse para, según este modelo, vivir en un permanente estado de guerra.
Las cuentas estaban claras, si Estados Unidos contaba con cientos de acorazados en todos los mares, era decisivo utilizar el lenguaje del restallar de fusta. Pero también se perfilaban otros sutiles elementos letales muy relacionados con la guerra permanente global, la fórmula de la «autoflagelación». Era igualmente imprescindible mantener de cara al mundo una política de elevado respeto a las leyes y a los sagrados acuerdos internacionales. Cuando un enojoso problema con alguna nación desafecta, amenazaba con entorpecer el flujo económico mundial y no se tuviese a mano elementos contundentes para condenarle e invadirle «a tiempo», con pulcritud y civilizada decencia el naciente imperio aplicaba, sin muchos tapujos, el método del autoatentado; así justificaba, entonces, plenamente el uso sin contemplaciones de sus poderosos acorazados y destructores. La «autoflagelación», combinada con el peligro comunista, será el arma predilecta que el Departamento de Estado aplicará para la defensa de los intereses de su país durante todo el Siglo XX.
LA POLÍTICA DE LA MALA VECINDAD
Theodoro Roosevelt, secretario adjunto para la Armada del presidente William McKinley, consideraba que España no acababa por darle suficientes motivos para una declaratoria de guerra. El tiempo apremiaba. Propuso entonces poner en funcionamiento el arma letal de la «autoflagelación»: el crucero-acorazado Maine explotó en el puerto de La Habana provocando la muerte de 266 marines. Contando con la debida justificación para la declaratoria de guerra y con las tres cuartas partes de Cuba controladas por el ejército libertador, sólo bastaron tres meses para hacer añicos a las tropas españolas. A los pocos días, el capital norteamericano comenzó a fluir hacia la isla y al poco tiempo llegarían a absorber el 90% de las exportaciones cubanas. También se hicieron dueños de las minas, de los ferrocarriles y de las empresas azucareras. Fue así como sacaron de un solo golpe a un tapón que estaba obstaculizando la expansión estadounidense.
Estados Unidos no había llegado a Cuba para liberarla ni mucho menos para llevar allí democracia alguna, o para promover los valores de igualdad social que por siglos le habían negado los colonialistas españoles. Fue a causa de esta guerra que la United Fruit Company entró en la tierra de José Martí, para martirizar aún más a la pobre raza negra y para mantener a los pobladores pobres eternamente explotados, tal como habían estado siempre. La penetración del capital norteamericano fue tan violenta que, para 1901, los gringos ya eran dueños de más del 80% de las minas cubanas.
Cuando Cipriano Castro está organizando la invasión a Venezuela con su compadre Juan Vicente Gómez, difícilmente puede concebir la vorágine de intervenciones que, por motivos mercantilistas, se avecina sobre América Latina. El nuevo orden exigirá a los gobernantes latinoamericanos que den cuenta de sus actuaciones a los piratas del orbe: Inglaterra, por ejemplo, dueña de 9,3 millones de millas cuadradas del planeta (donde habitan 309 millones de seres humanos) y que puja por tener más; Francia, poseedora de 3,7 millones de millas cuadradas (56,4 millones de esclavos), o Alemania con 1 millón de millas cuadradas y 14,7 millones de colonizados.
Para finales del Siglo XIX, Venezuela es uno de los países más atrasados de Latinoamérica, con un 80% de analfabetas y en donde, para mayor desgracia, cada provincia quiere declararse soberana. Los políticos que dirigen la nación son unas cuatro familias oligárquicas que han venido repartiéndose el país desde que Páez tomó el poder en 1830; los mismos que procuraban buscar un genio milagroso para las finanzas, suficientemente astuto, con la destreza necesaria para encontrar préstamos mediante la entrega y expoliación de los recursos del país (su negocio).
Se carece de un ejército nacional; se chapotea entre endemias diversas, como la viruela, la tuberculosis, la fiebre amarilla y, sobre todo, el hambre; se cuenta sólo con un crédito exterior muy restringido, en medio de un estancamiento en la producción agrícola y pecuaria, y como única fuente de ingresos fiscales las aduanas, prácticamente paralizadas por las cuarentenas. Se mezclan estos traumas en las conversaciones de Castro con su compadre Juan Vicente Gómez.
Comentan como cosa de poca monta el juicio en un tribunal venezolano a una compañía norteamericana de asfalto, la New York and Bermúdez Company.
Cipriano Castro no está muy enterado de que esta compañía de asfalto es un enclave norteamericano en las propias entrañas de Venezuela, que es parte del capitalismo que se está expandiendo a gran velocidad en América Latina, que está entrando a saco en las Antillas, el «lago del imperio».
Mientras Castro saborea un café, en las plácidas madrugadas de Cúcuta, imaginándose una marcha victoriosa como la de Bolívar en su campaña admirable para llegar a gobernar con mano dura y enderezar la patria, no tiene idea, decimos, de la política expansionista que están aplicando ya los gringos junto con sus pares, los países europeos.
Don Cipriano pide informes y tiene que remontarse un poco atrás para entender el desastre. Lee, investiga y encuentra que en 1870 Antonio Guzmán Blanco fue otro «genio milagroso», que puso en marcha la maquinaria moderna de la burguesía exportadora-importadora.
Básicamente un emporio de estafas negociadas por el multimillonario Manuel Antonio Matos. El «genio milagroso» encuentra el país, como siempre, plagado de deudas. Ahora recurre a la fórmula mágica de entregarle a los monopolios foráneos grandes privilegios para que inviertan en las minas de cobre y oro; para que proyecten vías férreas y líneas cablegráficas. El trust norteamericano de la Concesión
Hamilton, sin que nadie le controle, violando las leyes, decide apropiarse de todo subsuelo que le convenga; luego, tendrá otros negocios más urgentes que atender y, sin consultar con nadie, traspasará sus posesiones a la referida New York and Bermúdez Company, ahora con problemas en los tribunales.
Ya comienzan a organizarse los enormes tentáculos del capital extranjero para dominar desde afuera. Sus piezas defensivas las tienen enclavadas en el propio país, con una oligarquía apátrida y unos poderosos grupos de bufetes, también apátridas, expertos en hacer que se nos condene, que se nos robe y que se nos ultraje.
El Disconto Gesellschaft y el Gran Ferrocarril Alemán se apropian del modo más descarado y sin que exista ley ni país que puedan impedírselo, de 36 millones de bolívares provenientes de un préstamo por 50.000.000 de pesos concedido por el primero a Venezuela.
Además, Disconto Gesellschaft toma para sí:
- Bs. 1 millón para garantizar la construcción del Matadero Nacional,
- Bs. 689.000 para garantizar el valor de dos vapores de guerra,
- Bs. 71.000 para asegurarse unos títulos en depósito. La Compañía Francesa de Ferrocarriles de Venezuela, la SouthWestern, también prepara su equipo de abogados para reclamar lo suyo. Castro no sabe que la deuda pública de Venezuela sobrepasa los 197 millones de bolívares.
El 23 de mayo de 1899, Castro da inicio a su revolución. Parte con 60 hombres desde la frontera con Colombia y lanza su primera proclama en Capacho. Para el 14 de septiembre ha derrotado a todas las fuerzas del gobierno. El 23 de octubre, cuando entra en Caracas se entera que el gobierno español, de rodillas, le ha entregado a Estados Unidos,
Guam, Puerto Rico y Filipinas, por 20 millones de dólares. El poder del capital, piensa Castro, puede abrir troneras enormes en nuestros débiles países y romper cualquier intento de unidad de América Latina. ¿Cómo contener ese arrollador frente explotador que mañana puede tocar a nuestras puertas?
Las potencias le advierten a Castro que sus victoriosas batallas no serán aceptadas a menos que se someta a los dicterios y arbitrios del imperio euro-americano. Allí tiene ante sí, el primer anuncio que le llevan sus edecanes:
El Tribunal de Arbitramento reunido en París ha dictaminado un laudo reconociendo las pretensiones de Gran Bretaña en la controversia con Venezuela, en la que ésta pierde 140.000 kilómetros cuadrados de su territorio en la Guayana Esequiba.
En el primer vagón del tren en que Castro se dirige a Caracas, viaja a su lado el General Manuel Antonio Matos quien, por su enorme fortuna, considera que tiene asegurado el cargo de ministro de Hacienda, el mismo que detentaba con el presidente Ignacio Andrade. Matos le viene haciendo a Castro una relación de los desastres de la nación, y sobre las posibles salidas para evitar un colopaso general de las finanzas.
Para Matos no hay otra solución que declarar el país en bancarrota. La trama de redes poderosas para conseguir préstamos en el exterior que posee Matos, por sus muy buenas relaciones con la banca y con los oligarcas criollos, lo sitúan como hombre clave en cualquier escenario político.
Con el programa nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos, se presenta Castro en la capital. Es la Revolución Liberal Restauradora.
Matos es como su sombra. Le acompaña a todas partes; a su escritorio le lleva cientos de documentos y papeles sobre el cuantioso monto del más grave problema a enfrentar, el de la deuda externa venezolana. Le habrá insistido a Castro: —Usted no podrá hacer nada, lo mejor es que renuncie. Además, media nación está alzada contra usted. No hay salida. Nunca ha habido una salida. Castro pudo haberle replicado: —¿Y por qué usted sigue aquí a mi lado? ¿Por qué usted no se rinde? ¿Qué le hace pensar que usted es más fuerte que yo?
Apenas el ministro de Estados Unidos, Francis B. Loomis, conoce al nuevo mandatario redacta un informe a John Hay, el primer jefe moderno del Departamento de Estado, en el que informa: «Castro es un hombre de estatura muy pequeña y de piel oscura, y parece tener considerable mezcla de sangre india».
Comienzan los alzamientos. Se pronuncia en Tejerías el general José Manuel Hernández, «El Mocho», quien levanta las banderas de la Revolución Nacional y tilda de traidor a Castro. Los llamados nacionalistas producen su efecto y se alza Maracaibo.
Simultáneamente, del exterior llega una noticia terrible: no hay más créditos para Venezuela.
Entre juegos y maniobras, los inversionistas extranjeros hacen saber a Matos que desean tener una amistosa reunión con esa «extraña criatura que parece imbatible». Los gringos no se andan por las ramas, y ya para septiembre de 1899, mister William H. Russell, encargado de negocios de Estados Unidos en Venezuela, solicita un barco de guerra para amenazar La Guaira. Cómo habrá sido la profunda humillación del recién instalado presidente de la República, al enterarse que, efectivamente, un buque, el Detroit, había sido emplazado en el puerto de La Guaira junto con otro británico, el Progreso, dizque para proteger sus negocios.
Los primeros informes que se envían al Departamento de Estado destilan racismo y resaltan del nuevo mandatario sus evidentes rasgos negroides o indígenas, su mirar de mico, su ridículo porte, en una palabra, su total salvajismo.
En la Casa Amarilla se agolpan sin cesar los acreedores de alto pelaje, que tratan de deslumbrar a Castro con nuevos proyectos maravillosos para convertir a Venezuela en potencia industrial de primer orden. Los análisis son profundos, aunque cargados de cifras que dan vértigo.
—¿Por qué, si estamos en la ruina —debe ser una pregunta del andino—, querrán todavía venir a ofrecernos hasta la salvación eterna?
Aquello, sin embargo, parece el Purgatorio. Castro se marea. Llama su atención que agentes de Inglaterra, Alemania, Italia, Francia y Estados Unidos, le presenten nuevas cuentas; la deuda no es como le han contado sino que alcanza montos abismales.
De algunas delegaciones extranjeras ya han partido sendos informes calcados del que enviara el representante norteamericano, en que se describe al nuevo jefe como «hombre de pequeña estatura y de piel oscura, con abundante sangre india». Lo grave, dicen, no es que sea un mono sino que está loco. Casi toda la sesuda intelectualidad venezolana se hará eco de estas insidiosas apreciaciones del Departamento de Estado norteamericano, y todavía más, se las oíremos repetir durante todo el siglo XX, y aún en el XXI, a historiadores mercenarios como Manuel Caballero, Simón Alberto Consalvi, Elías Pino Iturrieta, Guillermo Morón, entre otros.
Mientras esto ocurre en la capital, el «Mocho» Hernández, con un ejército de mil hombres, invade Guayana. En Oriente, una avanzada, apoyada con armas norteamericanas, se propone llegar hasta Caracas.
El 11 de abril de 1900, el ministro alemán Herr Smith-Leda, presenta al gobierno venezolano un ultimátum: o cancela la deuda del Gran Ferrocarril Alemán, que sobrepasa los 710.000 bolívares o habrá guerra.
Manuel Antonio Matos, el intermediario de las compañías extranjeras ante el presidente, sigue muy inquieto porque Castro parece sordo, lento, indeciso; no es hombre que entienda ni asuma determinaciones con la presteza que exigen las difíciles circunstancias. Manuel Antonio, preocupado, se retira a Macuto. Consulta a sus socios, discute con ellos el raro comportamiento y la visión nada equilibrada del nuevo jefe. Para Matos, ya se han agotado todas las posibilidades de un entendimiento pacífico. Castro es hombre que no escucha consejos, lo cual es interpretado por los «grandes cacaos» como una declaratoria de guerra. Al gran oligarca Matos no le va a quedar otra salida que organizar una movilización armada, conspirar, reunirse con los embajadores de Francia y Alemania, y solicitar ayuda financiera a Estados Unidos para instaurar un gobierno que facilite los acuerdos económicos entre empresarios, prestamistas, inversionistas y banqueros nacionales e internacionales. A todos les dice: —El país se nos puede ir de las manos.
Se halla precisamente discutiendo este plan cuando el gobierno solicita a los magnates criollos que le concedan un préstamo. Al fin, lo que querían. La hora de las horas. Los banqueros pretenden alarmarse y «confirman» que, efectivamente, Castro está loco de atar. Le responden al presidente que ellos están arruinados, que no tienen ni para comer. Como banqueros al fin, aun «arruinados» como dicen, tienen más poder que don Cipriano. Publican por la prensa un ofensivo remitido dirigido a la opinión pública. Matos hace un malabarismo verbal tratando de llamar a la reflexión al presidente, como siempre lo había hecho en casos similares: —…por las buenas siempre todos nos entendemos; y pide que se escuche a los hombres que producen en el país, a los que dan de comer al pueblo. Castro conoce muy bien por dónde van los tiros, y permite que hablen, que se muestren alarmados y preocupados por el destino de la nación. Es, en realidad, la representación de una paranoia que tiene un único receptor: los diplomáticos extranjeros que están a la espera de que se instaure un gobierno «que honre las deudas pendientes y nos permita seguir sirviendo a la patria de Bolívar»; y quienes pretenden intimidar argumentando que si el gobierno de Castro no sabe cumplir con tan elementales acuerdos, existen vías por las cuales se puede imponer otro.
Castro sabe que ese empresariado del centro del país es conspirador, ladrón y mercenario. Son de los que proclaman que el dinero no tiene patria y la patria en realidad nunca ha existido para ellos; pero ahora tendrán que ajustarse a nuevas reglas. Esta vez, el jefe del Estado no se andará con rodeos.
Transcurren varios días en los que Matos no deja de quejarse de las penurias que están pasando los banqueros, los grandes comerciantes, que llevan una vida incierta porque el Ejecutivo no los oye, no los ayuda y no los ocupa en los cargos que siempre han ostentado y heredado.
Cuando creen que el presidente ya se encuentra maduro para comprender «el drama de la situación económica nacional», tienen la desvergüenza de exigirle que pida la renuncia de su Gabinete.
Entonces, Castro se fastidia de tanto cinismo y ordena que encierren a Matos y a su grupo en La Rotunda.
El intrigante y su grupo comienzan a pedir clemencia: unos sufren de reumatismo, otros de gota; necesitan médicos, medicamentos importados y que se les atienda; de los primeros clamores, pasan a un mutismo aterrador. Comienzan a enviar emisarios porque comprenden que Castro no es Ignacio Andrade o Joaquín Crespo, ni siquiera Guzmán Blanco. Proponen los banqueros un acuerdo de unidad nacional sin pedir nada a cambio. Producto de estas solicitudes, los jueces ordenan la libertad de Matos y compañía. A los pocos días todos están muy repuestos y sanos, y en el Banco Caracas organizan un espectacular sarao en desagravio «al gran Cipriano Castro». Se alzan las copas de champaña brindando por su inconmensurable gesta, sólo comparable a la de Bolívar. En el acto, Manuel Antonio Matos hace gala de una elocuencia hasta entonces desconocida: «Saludo al héroe que desde el Táchira vino respetando con severidad inaudita vidas y propiedades hasta el punto que todos deseábamos el triunfo de la Revolución Liberal Restauradora…».
Brindis similares se dan en otros bancos, como el Venezuela; aquí, el orador insigne que literalmente baña a Castro de ditirambos melodiosos y honras inmarcesibles es el magnate J. J. Lasére. No es, como dicen los críticos pronorteamericanos, que Castro hizo abrir las bóvedas de los bancos a mandarriazos. No, los banqueros en La Rotunda respiraban sin dificultad; cuando llegó la orden de excarcelación, comenzaron a sentirse exultantes de alegría y las bóvedas se abrieron como por arte de magia. Le aseguraron al gobierno el otorgamiento de un préstamo por más de 900.000 bolívares.
En 1900, reaparecerá el «genio milagroso» de Claudio Bruzual Serra, pero transformado en consultor jurídico de la New York and Bermúdez Company, otro gran problema ad portas. Bruzual presenta a Castro las mismas fórmulas, las mismas recetas salvadoras, los mismos formatos que durante décadas han desangrado al país y que lo tienen moribundo.
Si no se aplican estos dolorosos paliativos —advierte— no quedará otra salida que demandar al Estado por incumplir con inversionistas que precisamente se encuentran entre nosotros haciendo ingentes sacrificios para darle aliento al progreso nacional. Don Cipriano, en lugar de leer los legajos salvadores, fija su atención en la mirada del insolente Bruzual, que encubre sus intimidantes razones y ordena que lo detengan. Exige, sin pérdida de tiempo, que se le incomunique «por cuestiones de orden público».
Los países civilizados, que cuentan para su protección con la acción de los poderosos bufetes nacionales, difunden por el mundo que Castro no se somete a las decisiones de los tribunales, que en Venezuela no existe división de poderes.
La defensa de la patria no requería otro poder que el de la conciencia soberana.
—¿A quién consultan los gringos o los europeos cuando alguien invade o irrespeta a sus naciones? Han saqueado horriblemente al país y ahora pretenden que les paguemos por todo lo que nos han robado.
El propósito de la New York and Bermúdez Company era hacerse con las minas de asfalto de Venezuela para librarse de cualquier competencia y controlar a su gusto el precio. Este trust ya era dueño del asfalto de Trinidad, y se estaba convirtiendo en el mayor latifundista de Venezuela.
El «mundo civilizado» prepara sus ataques y decide abrirle varios frentes al «mono aindiado». Como primer paso organiza una invasión desde Colombia a las órdenes del traidor Carlos Rangel Garbiras, quien entra en Venezuela en julio de 1901 con seis mil colombianos, provocando grandes saqueos y asesinatos. Hay que impedir, además, a todo trance, que se haga realidad esa «desquiciada aspiración de Castro», de restaurar la Gran Colombia.
Castro no deja títere con cabeza. Nada molesta tanto a los imperios como que sus amenazas, planes desestabilizadores y prácticas terroristas sean derrotados o puestos al descubierto. Más si los arrincona un «mono» morosamente endeudado con la banca internacional. Pero a los agentes y testaferros les sobran ases bajo la manga: se desatan de manera frontal las reclamaciones y, tras ellas, las acciones de bloqueo. El 23 de enero de 1901, don Cipriano responde decretando que no reconocerá compromisos antes de mayo de 1899. «En ese momento, las peticiones de los imperialistas germanos atentan contra el principio de soberanía que asegura a Venezuela el derecho a establecer su propia legislación».
Mientras se produce esta verdadera tragedia nacional, Rómulo Betancourt —en un juicio que lo comprometerá para siempre ante la historia— toma partido abiertamente por la New York and Bermúdez Company: «El despotismo de Castro, a fin de buscar más dinero para depositarlo en cuentas particulares en bancos del exterior y para gastarlo alegremente, emprendió la acción judicial contra la New York and Bermúdez Company. Acción irreprochable desde el punto de vista del Derecho positivo venezolano y de las normas de la justicia internacional, pero adelantado por quienes se habían conquistado el repudio de sus conciudadanos y el desprecio universal con su incalificable conducta como gobernantes». Era como susurrarle a los mercenarios yanquis: estafen, roben y asesinen, porque Castro se lo merece.
Agrega Betancourt: «En Washington, Elihu Root, sucesor de Hay y de Loomis en el timón de la política exterior de los Estados Unidos, declaraba por aquellos mismos días, y para regodeo del déspota vanidoso, que se habían agotado los medios en su poder para traer a Castro a la razón».
Es así como va tomando fuerza la gran conjura internacional contra Venezuela. El 24 de agosto de 1901, al presentar sus credenciales, el nuevo ministro plenipotenciario de Estados Unidos, mister Herbert Wolcott Bowen, aprovecha para exigir que a su país no se le deje fuera de cualquier compromiso que obligue al presidente de la República a honrar las deudas contraídas. Bowen mira fijamente a Castro, y el jefe andino también le sostiene resueltamente la mirada; como si se retaran.
Bowen lo considera un pobre bichito de «cinco pies de estatura». Bowen le ofrece la mediación de su país para tratar de resolver las diferencias con Colombia, pero Castro la da las gracias y le dice que está escaso de tiempo y que tiene en agenda otros puntos urgentes. Bowen informa a Hay que Castro tiene «ilimitada confianza en su propia habilidad para dirigir los asuntos internos y regular sus relaciones con los poderes extraños».
Después de presentar sus credenciales, Bowen confirma las apreciaciones de su colega Loomis, ciertamente Cipriano Castro «tiene una o dos gotas de sangre india en las venas». Poco después, mister Bowen, se trasladó a la espectacular mansión de Manuel Antonio Matos, residencia «libre de gastos, con toda la servidumbre de criados extranjeros pagada por Washington, incluyendo a Ernest, el cocinero personal del cerebro financista de la autocracia liberal, desde Antonio Guzmán Blanco, hasta Ignacio Andrade». Lo que tratarían tenía que ver con las maneras poco finas, educadas y protocolares del «ridículo macaco». En una rápida revisión que Bowen y Matos hacen de nuestra historia encuentran que ciertamente por primera vez Venezuela está siendo regida por un plebeyo de marca mayor. Según ellos, ni Páez, ni José María Vargas, Soublette o los Monagas, incluso Julián Castro, mucho menos Antonio Guzmán Blanco, Crespo, Rojas Paúl, Andueza Palacio ni Andrade, mostraban el grado de mulataje o indianaje que reverbera en las venas de Cipriano.
Además, un signo vital que los países civilizados tienen para medir la calidad de los gobernantes en los países atrasados, es su capacidad para acatar en todo las directivas y mandatos emanados de la banca internacional. El «mono» es «díscolo», es «bruto», «bestia», «incontrolable».
La Conferencia Internacional Americana, reunida en México, emite una declaración solicitando que Colombia y Venezuela lleguen a un acuerdo equitativo. El canciller nuestro, Eduardo Blanco (autor de Venezuela Heroica), recibe la siguiente instrucción: «El gobierno conservador de Colombia ha tenido siempre una funesta función sobre la genitora de su libertad e independencia, lo que es inaceptable por degradante. Es un gobierno que vive del terror, de la miseria y del
oscurantismo». Eduardo Blanco tiembla, se muestra vacilante, no sabe qué hacer, y tiene que renunciar.
Pronto, pues, se va a desatar la primera gran guerra mediática mundial contra Venezuela. El conductor de este proceso sería el mayor palangrista de la época, el francés A. J. Jauret. Este periodista es empleado de Manuel Antonio Matos y su trabajo es enviar notas de prensa al The New York Times, New York Herald y Associated Press, que presentan a Castro como un abominable incorregible que desprecia los valores más sagrados de las naciones civilizadas. En nombre de la libertad de expresión —que no es otra cosa que libertad de presionar—, Cipriano va apareciendo como el ogro más despreciable. El presidente Castro exige que se apliquen las leyes de la República y que se expulse del país a Jauret. Esta expulsión será el detonante para que los grandes centros de información vayan intensificando su insidia publicando a diario insolentes caricaturas y bochornosos artículos contra el primer mandatario.
Ante el fracaso de tantos diálogos, de tantas propuestas pacíficas, civilistas e institucionalistas, Washington decide invitar a Matos para concretar planes más precisos, que permitan devolverle a Venezuela un gobierno serio y justicia social. O sea, una democracia presidida por él, por Matos. El plan no es otro que el de una invasión.
Matos comienza entonces a unificar a su alrededor a todos los caudillos frustrados que no hallaban cómo volver a sus viejos privilegios y oscuros negocios. Así que, con unos cuantos dólares, Matos va a ponerlos a bailar como focas. Son los caciques de Trujillo, de los Andes, Oriente, Guayana y los llanos. Entre los generales montoneros invitados al gran diálogo para la salvación nacional, están: José Manuel Hernández el «Mocho», Nicolás Rolando, Zoilo Vidal, Juan Pablo Peñaloza, Horacio Ducharme, Doroteo Flores y el propio Antonio Paredes. Son 200 mil dólares oro los que ordena entregar el Departamento de Estado a Matos para iniciar la regeneración nacional.
Parte de estas «donaciones» (más de 130.000 dólares oro) es entregada por la New York and Bermúdez Company, Orinoco Shipping Company, Intercontinental Telephone Company, American Telephone Company, Asphalt Company of America, Norddeutsche Bank, Pennsylvania Asphalt Paving Company, The New York Trinidad Asphalt Ltd., The Avenidme Steam Navigation Company, Credit Lyonnaise and Baber Asphalt Paving.
Sin muchos aspavientos, ni yéndose por las ramas, Cipriano Castro declara a Matos, reo de alta traición a la patria. A Matos eso ni le va ni le viene, porque su verdadera patria está en los dólares del Tío Sam y, además ya no se encuentra en Venezuela. Es un protegido del imperio y, como tal, puede ser todo lo impúdico y demócrata que le venga en gana. Todo el mundo sabía que Matos era un general de monigote, sin coraje para asumir una guerra contra Castro, pero que, como estaba apoyado por Estados Unidos, podía darse al menos el lujo de encabezar una rebelión, en la que morirían centenares de estudiantes y profesionales; jóvenes calvinistas que realmente creen que el verdadero progreso de una nación está en obedecer y seguir lo que dictaminen los hombres más ricos, porque Dios les ha dado a ellos el don o la virtud de producir, de generar empleos y riqueza para la patria. Acumular riqueza significaba practicar en grado sumo el más fervoroso patriotismo. Estaba tomando cuerpo aquella máxima gringa en la que se sugiere que cuando se viese a un banquero tirarse por una ventana, había que ir tras él porque de seguro era un buen negocio.