La Participación ciudadana y la arborización de las ciudades…

Por: Eduardo Orta Hernández.

Soy de Cagua, soy Caribe, soy Meregoto.

La arborización de las ciudades es una construcción colectiva del Estado, las comunas, los consejos comunales, los condominios, las instituciones educativas, asociaciones civiles  y movimientos sociales, dentro del marco normativo constitucional, en cuanto a participación y protagonismo del pueblo.

Muy pocos son los pueblos, cuya gestión municipal se preocupe por la arborización de la ciudad, pero, eso sí, es constante el hacha, la tala, la sierra, la desaparición de inmensas áreas verdes, de pavimentación de “islas” viales y más o menos, con mucha irregularidad, vemos en uno y otro municipio, en las capitales de Estado la siembra de algún pequeño vergel, de jardines, parques con plantas ornamentales y de algunos arbustos, pero nunca de plantaciones de árboles frutales, tan necesarios y útiles para preservar nuestras frutas, muchas de ellas desconocidas para las nuevas generaciones, como en el caso del mamey, algunas especies de mago, mamones, cotoperiz, caimito, granadas, pomarosa y hasta el noble tamarindo, que lo conocen en empaques de plásticos, pero nunca imaginan cómo es su fruto y muchas otras frutas, base de alimento para las aves, la fauna y los seres humanos, ausentes árboles frutales  proveedora de sombra, oxígeno, buen clima, protección del suelo y garantía de producción de agua.

En la ciudad de Cagua, municipio Sucre del Estado Aragua, desde hace aproximadamente cuatro años, existe una política municipal de arborización. Sus calles y avenidas son sembradas con esmero, con excelente cuidado, mantenimiento y preocupación por hacer crecer la frontera vegetal, ello constituye una acertada política, que sin egoísmo ni media tinta aprobamos, con las necesarias observaciones y aportes. Política de arborización que está evidentemente ausente en el resto de los municipios del Estado y de gran parte del país.

Toda política de arborización no debe prever ni impulsar la tala de originarios árboles, como la ceiba, el jabillo, el jobo, el samán, la caoba y que lamentablemente, algunos de ellos, en el inicio de esta política de siembra en la ciudad, fueron talados, derrumbados y quedaron expuestos sus troncos en la vía pública por mucho tiempo, por más de tres años y algunos hoy día continúa arrumados en el sitio de la tala. Eventos como este no deben repetirse y jamás encontrará en nosotros ningún consentimiento ni aprobación.

Es comprensible y ajustado a una sana recuperación del espacio verde, talar y sustituir aquellos árboles vetustos, secos, arruinados o dañinos para el ecosistema, para los servicios públicos y la comunidad de vecinos, como por ejemplo, el Ficus y el Nim, que obligatoriamente hay que erradicar sin contemplaciones y sin que tiemble el pulso, a pesar de los destemplados gritos de la inconsciencia y el oportunismo, del inmediatismo político partidista. Este caso no es un problema de partido, sino de los intereses superiores de la sociedad, en caso extremos se puede talar, el municipio debe cuidar del fluido eléctrico,  las tuberías, las aceras, las vías públicas, las casas vecinas y de la no propagación de especies invasoras y no originarias, talar es permisible cuando el árbol pongan en peligro la ciudadanía y no haya ni se encuentre los medios para su trasplante a una área no riesgosa. En Japón trasladan gigantescos árboles, sin talar y los  vuelven a sembrar en espacios aptos . La tala solo así es posible, por razones de peso ambiental y no por capricho o mandato omnímodo y siempre con la transparencia y el deber de comunicar las razones a la comunidad entera y esta manifestar su consentimiento.

Política de arborización y de crecimiento de la cubierta vegetal, que debería estar presente en cada municipio, superando la visión cuarto republicana, tiene necesariamente que acatar y valerse de los principios y valores consagrados en la actual Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, en el ideario conservacionista de Simón Bolívar, en su patrimonio moral y su visión plasmada en el decreto de Chuquisaca el 19 de diciembre de 1825, en Bolivia, primera legislación ambientalista de suramérica, legado histórico de nuestro libertador, que debemos rescatar con siembra y más siembra para la protección de la naturaleza, que es también nuestra protección como especie viviente y parte de ella.

La política municipal de arborización tiene que necesariamente estar sujeta a principios y valores constitucionales, propios de un Estado Social Democrático y de Derecho. La arborización de las ciudades debe permitir el ejercicio y la educación para la solidaridad social, desde la siembra impulsar una cultura para el amor y el bien común, una arborización que integre a toda la población en el ejercicio de su responsabilidad social de tener una ciudad arborizada, vivible, y de grandes y abundantes espacios verdes, llenos de frutas, de Apamates, Araguaney, de coloridos y flores, de bellos jardines, que integre, en el caso de Cagua, al mal llamado cerro “El Empalao”,  dándole un nuevo epónimo y convirtiéndolo en parque municipal Meregoto, tantas veces solicitado.

En toda arborización, como gestión pública  -si quiere que sea permanente y eterna- necesariamente tiene que haber el ejercicio real y práctico de la participación de los ciudadanos, que asuman el protagonismo en la siembra, en el cuido o mantenimiento y  cuáles especies deben plantarse, bajo estrictos conocimientos ambientales y ecológicos, teniendo muy en cuenta la pertinente siembra de árboles frutales.

Es necesario, inaplazable constitucionalmente, la participación directa de la gente en la ejecución de la arborización de las ciudades, ello comprende la siembra, la preservación, conservación y restitución y el permanente cuido, ello de manera integral con el municipio, como prioridad absoluta en la construcción de un hábitat que humanice, que sea agradable a la vida, sin agredir la naturaleza , para ello es fundamental que se entienda la importancia máxima y de primer orden que tiene la incorporación de las familias, los vecinos, la ciudadanía, los comerciantes, las comunas, los Consejos Comunales, los movimientos sociales, las comunidades e instituciones educativas, los artesanos, cultores y poetas.

Significa el ejercicio de la democracia en pleno, que atienda y se aboque a la creación de una verdadera cultura ambiental, que respete, vigile y defienda la naturaleza, con conciencia de país, de patria, que impida el avance destructor de un modelo político económico, para ello es fundamental que se creen e impulsen permanentes programas pedagógicos, seminarios, talleres, conferencias, conversatorios, impresiones y ediciones de libros y folletos, así como se debe tener previsto y crear las bibliotecas ambientales y ecológicas, los foros cine, tendríamos como resultado una población culturalmente formada, para vivir en una sociedad arborizada de frutales y otras especies. Una comunidad con elementos y criterios ambientales y ecológicos fundamentados en el conocimiento científico, humanístico y tecnológico.

Como se puede leer, no se trata solo de sembrar, de la búsqueda de la estética y de la belleza de la ciudad, desde el horizonte del poder institucional del Estado, Municipio o Región, conlleva al esfuerzo político y social de superar la herencia de la cultura colonial y del capitalismo depredador, caracterizados por el paternalismo, el individualismo, el proselitismo partidista y grupal, el mesianismo. Se debe entender de una vez por toda que no vivimos en una monarquía, que reverencia al Rey, al todopoderoso emperador o monarca, quien hace y protagoniza, que piensa por todos los demás, que no requiere consultar a sus súbditos, su voz es la voz de Dios, por lo tanto niega la participación y el protagonismo del pueblo y solo atiende a sus acólitos, a su grupo, a sus parcialidad y excluye  el resto de la sociedad. No entiende que vive en una república, integrada por ciudadanos con derechos y deberes.

La arborización de la ciudad es una excelente oportunidad para el protagonismo y la participación social, para hacer creíble la fundación de una nueva república, como bien dice la filósofa Isabel Rauber, donde todos construyamos el hábitat humano natural y que cree el debido sentido de pertenencia, despertando el interés público, dándosele así, de esa manera, preeminencia a la conducción colectiva en vez de los liderazgos individuales. Es mandar obedeciendo, en una comunidad que el pueblo supere la condición de espectadores, que mutila y castra en el ejercicio de sus derechos democráticos.

Pueblo creador de su propia historia en la construcción de las políticas de arborización de las ciudades, sin que sea desplazado, sustituido o relegado por el funcionario público, electo o no, entonces es obligatorio que entre todos se decida qué sembrar, cómo sembrar, quien conserva y mantiene los árboles, arbustos y plantas diversas, así como que árbol talar. Es la necesaria creación en los municipios de gobiernos verdaderamente democráticos y populares, en todo lo referente a la siembra, al ambiente y a la vida en la comunidad, sin olvidar la dialéctica confrontación de clase, con un modelo económico y político que no cederá fácilmente, ante la participación organizada de las comunidades en la búsqueda de un mejor vivir.

Una acertada política de arborización se mide por su empeño en incorporar a la comunidad, a los ciudadanos, que éstos aprendan desde la selección de semillas, su siembra, cuido y trasplante y su posterior vigilancia, mantenimiento y protección, en una acción unitaria de niños, jóvenes y adultos, incluyendo a preescolares y la tercera edad.

Necesario es ir hacia hacia la creación de sujetos autónomos en lo político, social y cultural, que permita profundizar la democracia, única forma de crear la centralidad protagónica de todos los sujetos, de todos los ciudadanos en el logro de un ambiente saludable. Así podemos salir del cerco, del apresamiento político ideológico y cultural que niega la participación protagónica y colectiva del pueblo como fin máximo y superior de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Cagua, 25 de agosto de 2026.

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