La noche en que la tierra tembló: la Patria bolivariana entre la solidaridad de clase y el imperialismo del desastre…

Por Geraldina Colotti

La noticia llega al teléfono cuando ya es de noche en
Europa, con ese sonido intermitente que en nuestro
oficio siempre anuncia la tragedia. Al otro lado de la
línea, desde Caracas y desde La Guaira, las voces de
los compañeros y de los colegas de los medios
comunitarios no tiemblan, pero están cargadas de la
gravedad de las horas que definen la urgencia de un
pueblo. Se difunde en tiempo real el mapa del
epicentro del sismo –el estado Yaracuy– y el de las
zonas más afectadas, así como las primeras imágenes
de los derrumbes. Se desploma también parte del
edificio de la televisión de Estado –VTV–, pero los
colegas permanecerán en el lugar durante toda la
noche, continuando con la transmisión de las noticias.
No hay espacio para las agencias de prensa
occidentales cuando la crónica se hace carne y
escombros en toma directa.
Te dicen que la tierra rugió desde lo profundo, un
estruendo sordo poco después de las seis de la tarde,
en un día festivo, cuando las familias de la clase

obrera estaban reunidas en sus casas o en la calle
compartiendo un trago. Dos sacudidas consecutivas,
con un minuto de diferencia, la más fuerte de
magnitud 7.5 según los relieves geológicos. El mayor
terremoto que ha golpeado al país en más de un siglo.
El balance provisional que los compañeros en el
terreno actualizan de minuto en minuto, comentando
los momentos en que el gobierno encargado habla en
directo al país, es dramático. Al momento de escribir
estas líneas, se habla ya de más de 188 muertos y casi
1.000 heridos, con más de treinta réplicas ssmicas que
continúan haciendo estremecer el barro y el cemento..
La Guaira, el histórico estado costeño –uno de los más
afectados por los drones estadounidenses el 3 de
enero–, ha sido declarada zona de desastre por la
presidenta encargada Delcy Rodríguez. Las imágenes
que llegan desde los colectivos de Catia La Mar
muestran rascacielos sventrados, mientras que en
Macuto un hotel entero frente al mar quedó reducido a
polvo. Incluso el aeropuerto internacional Simón
Bolívar está sellado, con los techos caídos y los
pasillos cubiertos de detritos. En la capital, los
derrumbes afectaron a los barrios populares y a los
municipios históricos: desde San Bernardino a Pinto

Salinas, desde El Paraíso hasta las zonas acomodadas
de Chacao y Baruta, donde se cava a mano limpia
para extraer a los sobrevivientes.
Para entender la magnitud del trauma que ha golpeado
al país –un cataclismo que sigue al inédito secuestro
del presidente Nicolás Maduro y de la diputada Cilia
Flores, su esposa, perpetrado por los Estados Unidos
el 3 de enero–, es necesario explicar qué significaba
para el pueblo venezolano ese miércoles 24 de junio.
No se trataba de un día de descanso cualquiera, sino
de la celebración nacional de la Batalla de Carabobo
de 1821, el momento cumbre en el que el ejército
patriota liderado por Simón Bolívar derrotó
definitivamente a las tropas coloniales españolas,
sellando la independencia de la nación. En el código
genético de la Revolución Bolivariana, Carabobo no
es una efeméride de museo, sino el símbolo viviente
de la ruptura de las cadenas coloniales y del
nacimiento de la patria soberana.
Es precisamente en este día de fiesta nacional,
mientras las familias de los trabajadores estaban
reunidas en sus casas o en los bares, y los cuadros
populares celebraban la memoria histórica de la
resistencia anticolonial, cuando se abatió el
cataclismo. La coincidencia temporal añade una carga

emotiva inmensa, pero también devela la rapidez de la
respuesta organizada: el espíritu de Carabobo, para
nada apagado durante esta fase de retirada estratégica
bajo chantaje, se tradujo inmediatamente, en el lapso
de pocos minutos, del plano de la memoria histórica al
de la movilización de protección civil y solidaridad de
clase en las calles sventradas de La Guaira y Caracas.
Mientras tanto, desde el exterior, la extrema derecha
del ex candidato Edmundo González emitía
comunicados de pillaje para denunciar las “culpas”
del gobierno en el desastre, como si años de
“sanciones” pedidas a gritos a los Estados Unidos no
hubieran significado nada. Y como si el análisis de
una catástrofe natural pudiera desvincularse de las
condiciones materiales y estructurales en las que se
consume.
Se los ingenieros burgueses interpelados por los
medios transnacionales se apresuran a explicar que los
derrumbes se deben a la vulnerabilidad de los
edificios construidos en los años cincuenta y sesenta,
el análisis concreto impone desvelar la verdad
subyacente. Esos barrios, esa misma Caracas
expandida sobre las laderas de las montañas, lleva las
marcas urbanísticas de la vieja especulación
inmobiliaria de la IV República, cuando el beneficio

privado determinaba dónde y cómo debía hacinarse el
proletariado urbano. A esto se suma el impacto
criminal de años de sanciones y bloqueo económico
unilateral orquestado por Washington. Las medidas
coercitivas que afectaron a la compañía estatal
PDVSA y a la industria petrolera no son abstracciones
diplomáticas: significan la imposibilidad sistemática
de importar piezas de repuesto para la maquinaria
pesada, limitaciones en la renovación tecnológica de
las infraestructuras y un asedio financiero orientado a
estrangular la planificación urbana del Estado.
Sin embargo, precisamente en el momento del mayor
dolor, se activa la inmensa maquinaria de la
solidaridad de clase y del poder popular organizado.
En las calles de San Bernardino y Altamira, mientras
el ministro del Poder Popular para Relaciones
Interiores, Justicia y Paz, Diosdado Cabello coordina
las inspecciones de riesgos y la interrupción de las
líneas de gas para evitar explosiones, son los propios
ciudadanos, los miembros de los consejos comunales,
los sanitarios cubanos –inmediato el pronunciamiento
del presidente cubano Miguel Díaz-Canel– y los más
de 500 rescatistas de la Protección Civil quienes
forman cadenas humanas.

Nada describe mejor la proyectualidad del chavismo,
que no se resigna a dispersarse en el individualismo
atomizado, sino que se organiza colectivamente para
distribuir cuerdas, remover escombros y defender la
vida. La propia presidenta encargada respondió no con
las recetas de la austeridad, sino con la protección
social inmediata: suspensión de las clases por una
semana, paralización de las actividades no esenciales,
fondos para la reconstrucción de las viviendas y de los
hospitales, refugios en los hoteles, líneas de crédito
especiales a través de la banca pública y privada para
quienes perdieron su actividad y una asignación
especial mediante la plataforma Patria para los
trabajadores que quedaron sin empleo. El FMI
anunció la liberación de un fondo de emergencia de
200 millones de dólares.
La dialéctica geopolítica de esta emergencia devela
además la profunda hipocresía de las potencias
imperialistas. Mientras Donald Trump y su secretario
de Estado Marco Rubio se apresuran a declarar en las
redes sociales que los Estados Unidos “están listos y
equipados” para enviar ayuda, los compañeros desde
Caracas recuerdan la ferocidad del sincronismo
político: esta repentina filantropía llega por parte de
quienes, hace solo unos meses, reivindicaban con

orgullo “la captura” del presidente Nicolás Maduro,
violando la soberanía nacional e intentando imponer
un cambio de régimen en tres fases en este momento
complicado y resbaladizo. Es la doctrina del shock
aplicada a la desventura: el imperialismo ofrece
equipos de rescate con una mano mientras mantiene el
lazo al cuello de la economía venezolana con la otra.
Como sucedió en Ecuador tras el terremoto, el
objetivo es imponer el imperialismo “humanitario” en
un país, ya duramente probado, en el que las ONG
deben por ley declarar la procedencia de sus fondos y
sus objetivos: ¿para hacer de Venezuela la Haití de
América Latina?
De muy distinto signo es la solidaridad
internacionalista de los países aliados que reconocen
la dignidad soberana de la República Bolivariana.
China, por boca del portavoz del ministerio de
Relaciones Exteriores Guo Jiakun, confirmó la solidez
de la asociación estratégica integral, declarándose
dispuesta a brindar asistencia de emergencia
apropiada en función de las necesidades reales
indicadas por Caracas, sin condiciones ni injerencias,
fuerte de un vínculo político y de inversiones
infraestructurales que resiste a los intentos de
aislamiento. El mismo agradecimiento del Estado

venezolano se extiende a Rusia, a Serbia y a aquellos
países que mantienen relaciones firmes, rechazando la
lógica del chantaje occidental: como Irán, que ya
activó las actividades de socorro mediante la Media
Luna Roja.
A las siete de la noche de Venezuela, mientras en las
plazas de América Latina se difunde el llamado a la
oración colectiva y a la movilización, las consignas
lanzadas a través de la aplicación VenApp y de los
medios públicos definen la línea de resistencia: usar
exclusivamente las fuentes oficiales para combatir la
guerra psicológica de la derecha, mantener la calma y
permanecer en sus viviendas si no están
comprometidas, para facilitar el trabajo logístico de
quienes aún buscan a los desaparecidos bajo los
escombros. En estas horas dramáticas, mientras llega
desde la carcel norteamericana el mensaje de aliento
del presidente sequestrado, el abrazo fraterno va para
los trabajadores de los medios comunitarios y
alternativos, centinelas de la verdad contra el pillaje.
Venezuela no es una víctima inerme de la naturaleza o
del imperio; es una comunidad política que demuestra,
una vez más, que solo el pueblo salva al pueblo y que
la solidaridad colectiva e internacionalista es la única
respuesta posible ante la barbarie del capital.

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