La Idiocracia… «voces agudas y chillonas, su lenguaje empobrecido, sus estúpidas preguntas y opiniones»

El fenómeno es tan ubicuo que resulta imposible ignorarlo. Basta acceder a cualquier programa de televisión para constatar cómo los espacios que antes requerían cierto grado de elaboración intelectual y madurez han sido secuestrados por una estética juvenil estridente, vacía y banal. Los presentadores de antaño, estirados, con sus voces pausadas y su dicción cuidada, han sido reemplazados por figuras que parecen haber salido directamente de secundaria. Sus voces agudas y chillonas, su lenguaje empobrecido, sus estúpidas preguntas y opiniones, y su entusiasmo desmedido por cualquier nimiedad no son casuales. Representan la nueva norma de una comunicación que privilegia la emoción superficial por encima de un pensamiento más o menos reflexivo. La radio, ese medio que alguna vez fue vehículo de cultura, debate e imaginación, se ha transformado en un espacio donde las ocurrencias más banales son celebradas como si fueran hallazgos trascendentales.

Pero el fenómeno no se limita a los medios tradicionales. Las redes sociales han perfeccionado este modelo hasta el paroxismo, dando visibilidad y legitimidad a toda una generación de “opinadores” que han hecho de la estupidez un arte y también un problema estético. Son jóvenes que, con la misma seriedad con la que un científico presentaría un descubrimiento revolucionario, pontifican sobre temas que evidentemente no comprenden, o peor aún, sobre cuestiones que ni siquiera merecen ser consideradas como objeto de atención y debate.

Sus videos virales, sus «contenidos» que no contienen nada, y sus «opiniones» que no aportan ninguna perspectiva original, son consumidos con avidez por una audiencia-jauría que ha perdido la capacidad de distinguir entre lo sustancial y lo superfluo. La estupidez hipnótica se ha convertido en moneda corriente, en el idioma común de una sociedad que ha hecho de la ignorancia un valor en sí mismo.

Detrás de esta aparente decadencia cultural subyace un mecanismo perverso que no es producto del azar ni de la casualidad. El sistema, en su infinita sabiduría para perpetuarse a sí mismo, ha comprendido que un adulto plenamente desarrollado constituye una amenaza potencial para el orden establecido. La madurez intelectual trae consigo, a punta de coñazos, el pensamiento crítico, la capacidad de análisis, la voluntad de cuestionar y, eventualmente, además de la ironía, la rebeldía o el rechazo. Por el contrario, la adolescencia prolongada, esa condición en la que muchos permanecen atrapados más allá de los dieciocho y veintiún años, garantiza una población maleable, sugestionable y fácilmente manipulable. El joven eterno es mano de obra barata y consumidor ideal, aquel que puede ser persuadido de adquirir cualquier producto inútil, de adoptar cualquier moda absurda, de entregar su tiempo y su dinero a cambio de satisfacciones efímeras que nunca colman el vacío existencial que el mismo sistema se encarga de fomentar. Vacío que en algunos lleva al suicidio.

La propaganda, en sus múltiples formas y disfraces, encuentra en estos adolescentes perpetuos a sus víctimas más propicias. Son ellos quienes se deslumbran con la última novedad tecnológica que promete cambiar sus vidas, pero que solo añade otra capa de novedad efímera y de mediación entre ellos y la realidad. Son ellos quienes se entusiasman con el último producto cultural que, bajo una apariencia de renovación, no hace más que reciclar viejas fórmulas con un empaque más brillante. Son ellos quienes, en su voracidad por lo nuevo, consumen sin discernimiento todo lo que el mercado les ofrece, confundiendo la cantidad de experiencias con su calidad, la acumulación de información con el conocimiento verdadero.

El resultado de este proceso no podría ser más desolador. Nos encontramos ante una generación que se ufana de ser, por ejemplo, «apolítica», como si la falta de compromiso con lo público fuera una virtud y no una claudicación. Son incultos, pero no por carencia de acceso a la cultura –nunca en la historia de la humanidad el conocimiento ha sido tan accesible–, sino por una elección deliberada de permanecer en la ignorancia. Son casi analfabetos funcionales, capaces de descifrar signos pero incapaces de comprender textos mínimamente complejos. Su universo mental se reduce a lo que cabe en una pantalla de teléfono, su horizonte temporal al próximo escándalo mediático, su capacidad de empatía al último “trending topic” que les dicta cómo deben sentir. Su conversación más profunda es con una IA.

Frente a este panorama, la tentación de la resignación es comprensible, casi natural. ¿Qué puede hacer un individuo consciente contra la marea imparable de la infantilización del consumo y la estupidez colectiva? La pregunta, sin embargo, encierra una trampa, porque plantea el problema en términos de acción individual contra fuerzas sistémicas cuando la verdadera cuestión es otra.

No se trata de combatir la idiocracia con gestos heroicos ni de pretender que podemos revertir el proceso desde nuestra posición aislada. Se trata, más bien, de aprender a navegar en estas aguas turbias sin naufragar, de preservar intacta nuestra capacidad de asombro y nuestra voluntad de entender, de cultivar y de decir no. Un espacio interior que resista la invasión de la estupidez contextual e histórica. Esta es una escogencia individual y personal y tiene su precio también.

Pero para mantenernos en el universo del optimismo, podemos plantear que la idiocracia no es un destino inevitable, sino una construcción social que, como tal, puede ser deconstruida.

Pero para ello no bastan los lamentos ni las críticas estériles. Hace falta un acto de voluntad que comienza por el reconocimiento de la situación, por la negativa a participar del juego de la infantilización permanente, por la decisión de cultivar la propia inteligencia aunque nadie nos acompañe en el empeño. La resistencia a la idiocracia adopta formas discretas: leer un libro denso en lugar de desplazarse por titulares sensacionalistas, mantener una conversación profunda en lugar de compartir memes, aprender algo nuevo y ejercitar el pensamiento crítico en lugar de dejarse llevar por la corriente de la opinión mayoritaria.

Tal vez la lección más importante que podemos extraer de la película que da título a este fenómeno es que la idiocracia no triunfa porque haya idiotas, sino porque los inteligentes se resignan. Porque quienes podrían intentar iluminar el camino prefieren contemplar la oscuridad desde la comodidad de su superioridad moral. La verdadera tragedia no es que la estupidez abunde, sino que la inteligencia se haya vuelto perezosa, que el saber se haya convertido en un objeto de lujo para iniciados en lugar de una herramienta de crítica y emancipación colectiva.

Sobrevivir en la idiocracia presente no significa adaptarse a sus códigos ni capitular ante sus exigencias. Significa, por el contrario, mantener viva la llama del cuestionamiento, ejercitar la memoria histórica, cultivar el arte de la duda metódica. Significa recordar que la historia de la humanidad no comenzó con la última publicación en redes sociales ni terminará con el próximo producto de moda. Significa, en definitiva, negarse a ser ese adolescente eterno que el sistema desea que seamos, para reclamar el derecho a una adultez plena, con sus responsabilidades y sus libertades, sus incertidumbres y sus certezas.

La idiocracia ha llegado, ciertamente. Pero como toda construcción humana, es frágil en su aparente solidez. Solo necesita que alguien, en algún lugar, decida mirar más allá del horizonte de lo inmediato y lo banal, y recordar que hubo un tiempo en que las palabras tenían un referente, las ideas tenían consecuencias y los seres humanos aspiraban a algo más que a ser consumidores dóciles en un mundo de distracciones perpetuas.

Y finalmente e inevitablemente, para mantener un espíritu esperanzador, podemos terminar así: “Ese tiempo puede volver, pero solo si decidimos que merece la pena luchar por él”.

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