Sin remedio
Para el hombre de genio sólo hay dos caminos
en las situaciones difíciles: o retirarse y abdicar toda influencia,
para no convertirse en cómplice de un sistema que desaprueba,
o aislarse del mal que no puede evitar, y hacer una cosa,
una sola cosa, siempre moral, siempre gloriosa,
trabajar por la defensa de su país.
- Thiers (Historia de la revolución francesa)
Hubo momentos en que la desesperación por dividir la República fue tan crítica que Restrepo perdió aún más la moderación y dijo: “por inexcusable y contrariando sus repetidas y solemnes protestas, el Libertador deseaba que se le nombrase presidente de Colombia”.
No era el cargo, ni la investidura de Presidente, lo que
podían retenerlo en Colombia; no era tampoco frenesí de
mandar, sino el dolor de ver su obra despedazada por la
intriga, por los odios partidistas. ¿No admitía acaso el propio
Restrepo que el Libertador iba más de ciento cincuenta
años delante de sus contemporáneos? ¿Las revoluciones
continuas, que a nombre de la libertad despedazaban y
retrasaban a nuestras repúblicas, no justificaban acaso la
idea de la presidencia vitalicia? Revoluciones (según dice el
propio historiador) hacían temer a los verdaderos patriotas,
amigos de la libertad racional; admitirá luego que esta hermosa
porción del globo, bañada por la sangre de sus hijos,
retrogradó a la barbarie del siglo XVI. ¿Entonces, qué cargo
podía imputársele por ese sentimiento de no querer dejar
desamparada y en manos asesinas a su amada tierra?
Admitimos que Bolívar debió dejar de una vez la presidencia
para dar cauce a una nueva representación y ejercitar la
flexibilidad republicana en la nación que él había creado. No
era fácil dar una solución a este paso. Pero el gran problema
era: ¿quiénes iban a ejercer la alternabilidad democrática?
La verdad sea dicha, nosotros no estábamos en condiciones
de adentrarnos en un negocio que envolvía las pasiones más
miserables, los deseos más viles. La alternabilidad en este
caso se reducía a escoger entre lo que se llamaba: boliviano
o liberal, y había entre estas dos tendencias una división casi
sangrienta y, como habían de mostrarlo hechos posteriores,
la República en manos de los santanderistas fue el cadalso
y el martirio de los bolivianos, de los indiferentes; tanto así
que lo que vendría luego a ser el partido Conservador de
la Nueva Granada, no sería otra cosa sino que los restos
compungidos de un trozo del propio partido liberal.
Por eso, Bolívar sabía que entregar el mando era abrir
las compuertas para la degollina. En esto consistía “su
debilidad”, lo admitimos.
Entretanto, “el que era llamado a sucederle” estaba en
aquel momento en la representación de una ópera italiana,
esperando que los hechos, sin que él siquiera moviera un
meñique, trabajaran a su favor. Veía El Barbero de Sevilla con
música de Rossini. “Me pareció divinamente ejecutada y estuve tanto
más contento cuanto que oí cantar a Mme. Malibrán-García, que tiene
una voz angelical y es de las primeras cantarinas de Europa”.
A mediados de marzo de 1830, Santander asistía a una
soirée muy concurrida de damas y distinguidos señores
franceses. “Noté mucha curiosidad hacia mí, como que
varios señores me rodeaban a oírme y verme sin hablarme
de nada”. Al día siguiente asistió al Circo Olímpico,
donde se divirtió viendo las piruetas de caballos y perros
muy graciosos. Fue invitado por la Sociedad de Educación
Elemental a hablar sobre el estado de cuenta de Colombia,
“y lo rehusé porque no estaba preparado ni sé cuál es su
verdadero estado en la actualidad”.
En el mes de abril, la opinión colombiana estaba
fuertemente dividida entre si debía o no proponerse en
el Congreso la reelección del Libertador. Las opiniones
favorables estaban dirigidas por los diputado Juan de Francisco
Martín y Juan García del Río, los cuales chocaban
contra las miras del general Urdaneta, que apoyado por
los “liberales” pedía la disolución de Colombia y rechazar
la reelección de Bolívar.
Finalmente, en una junta reunida a petición del propio
jefe de Estado se determinó irrevocable y firmemente “que
convenía a la paz y la tranquilidad de Colombia que el
Libertador no fuese reelegido para presidente”.
¿Cómo quedo yo (les preguntó Bolívar, confuso y triste) siendo
el ludibrio de mis enemigos y apareciendo como un proscrito?
¿Por qué el Congreso no me admitió mi renuncia desde los
primeros días de su instalación y así habría dejado ya el
puesto y el país con lucimiento?
El señor Luis Baralt, uno de los representantes más
ilustrados y sinceros se adelantó y le explicó:
General, vos seréis siempre en Colombia el más alto jefe
militar, el primero y más ilustre de los colombianos, objeto
de veneración de cuantos estimen la gloria de la patria y el
bien inapreciable de la independencia.
Sí, general (agregó el general Hérrán), en la Nueva Granada,
donde quiera que fijéis residencia, seréis el oráculo acatado por
todos, seréis nuestro Washington.
Posada Gutiérrez cuenta que Bolívar aceptó los consejos
de Herrán y Caicedo en calma; más aún, les pidió
disculpas y dijo estar decidido a no aceptar más coacción
de sus amigos que le empujaban a aceptar la reelección.
Que ahora estaba decidido a irse del país.
Y añade Posada:
Yo, contristado con la tempestad que rugía por todas partes,
inquieto con el temor de errar sin tener convicción profunda de
lo que conviniera, fui a esperar al general Caicedo a su casa.
Coronel Posada (le dijo Caicedo) es menester salvar a nuestra
patria de la responsabilidad de un gran crimen… Yo temo
hasta por el general Sucre… El Libertador sabrá pronto, si
no ha caído ya en cuenta, que nosotros, alejándolo, somos sus
verdaderos amigos. Por otra parte, la conservación de Colombia
es una causa perdida y somos granadinos.
Después de una vergonzosa elección para presidente
y vicepresidente de la República, quedaron en el primer
puesto Joaquín Mosquera y en el segundo Caicedo. Decimos
vergonzosa porque luego que la mayoría de los
diputados se había decidido en el primer escrutinio por
el doctor Eusebio María Canabal, acusado boliviano, en el
segundo escrutinio, bajo chantaje de muerte, gritos y otras
amenazas, los “representantes del pueblo” se decidieron
por el moderado Joaquín Mosquera. Moderado quería
decir condescendiente con los “liberales”. Estas decisiones
tomadas, aparentemente, por los patriotas colombianos no
fueron sino fruto del miedo. ¿Cómo una elección tan mal
habida puede considerarse sostén de la moral, republicanismo
o constitución alguna? Falsa era, desde su principio, la
formación de aquel gobierno levantado a fuerza de gritos,
aspavientos de terror, de cobarde amenaza.
No quedó pues en Colombia sino una endeble estructura
política, explosiva al menor soplo. A nuestro frente se abre un
panorama de frías figuras, truncadas, medio oscuras, medio
patrióticas, medio serias; todos los seudos habidos y por haber.
Obando y López se constituirán en las temibles columnas
del Gobierno. La muerte de Sucre se planteaba como algo
políticamente rentable. Y heredamos finalmente el lenguaje
de los hijos (modernos) de Santander, los que ansían hacer de
la política un negocio de empresas, de escuelas gerenciales.
Babiecas imitadores del paraíso norteamericano.
Al tiempo que Bolívar recibe los bandazos de la intriga
nacional, Santander entra en la Bolsa de París, donde se
reúnen los banqueros y donde, en letras de oro, refulgen
las plazas mercantiles de Europa, y exclama: ¡Qué edificio tan
magnífico! (como Alejandro frente a las huestes de Darío).
“De la bolsa pasé a la soirée del conde Mironi, italiano,
la cual se reduce a tocar y cantar, que ejecutan artistas
distinguidos”. También asistió a la representación, de Hernani.
Veamos su comentario: “Obra romántica de Victor
Hugo en oposición al género clásico; el teatro es grande
y hermoso, pero más pequeño que el de la Academia, no
hay orquesta alguna. La pieza fue aplaudida y silbada. Los
actores fueron muy aplaudidos”.
Tarde en la noche, el viento y las olas del ruido político
se detienen un instante. Bolívar ha quedado solo. Sentado
en su gruesa silla de madera, el dedo en el labio, en tono
pensativo; las piernas cruzadas, ausente del mundo; sus
reflexiones se concentran en voces que llegaban desde las
sombras de años idos.
La Sombra: Frivolidades, vanidades, pequeñeces. De eso
se alimentaba el poder.
Bolívar (interrumpiéndole): No tienes por qué decírmelo,
lo se mejor que tú: veo el fin de estos pueblos, la miseria
irreparable, mi caída; los homenajes postreros.
Finalmente, el Tirano está reducido a la vida privada,
dispuesto a obedecer lo que el Gobierno exija. Los separatistas
—godos y liberales— celebran en posadas y tabernas
su inminente muerte. Sin creencia, no hay fe, y como el
respeto a la autoridad está resultando fatal porque los
doctos disienten, la juventud pierde el freno y ya no tiene
confianza en sí misma.
Era día jueves y Francisco anotaba el resumen del día:
A las seis fui al convite de Rothschild que se compuso de
24 personas, hombres y señoras. La mesa fue servida con los
más magníficos útiles y con exquisitos manjares. Es la más
lujosa y suntuosa que he visto. Entre 20 clases de vino… A
las 9 salí de esta casa y pasé a la soirée del barón Ternaux.
Viernes: He estado bastante arromadizo. Por la noche fui a
la soirée de Mme. O’Reilly… Recibí convite para comer el
domingo venidero donde la baronesa O’Aubigny, hija del conde
general Charpentier.
El Libertador había ordenado la venta de algunas de sus
pertenencias, aquellas que pudieron sobrevivir a su dadivosa
mano. Por una vajilla de plata obtuvo 2.500 pesos y
por sus caballos y algunas alhajas unos 17.000 pesos. Con
lo que lograra reunir pretendía viajar a Europa. Se dice
que a principios de mayo ya tenía consumidos los 30.000
pesos de su sueldo anual de presidente, que dedicó casi en
su totalidad a socorrer a las viudas, auxiliar a militares y
en limosnas para los pobres. Téngase en cuenta que este
dinero no pasaba por sus manos. Su quinta la dio a un
amigo suyo; no podía dejar de dar algo a quien le visitaba
o se acercaba a su casa, porque la pobre gente creía que
el título de Libertador o presidente era en sí mismo la
fuente de donde emergían inmensos recursos. “El último
soldado que recurriese a él (nos cuenta Posada Gutiérrez)
recibía cuando menos un peso, caballos, espada, hasta su
ropa misma, todo lo daba”.
Su situación llegó a hacerse tan precaria que para mandar
algunas cartas a Londres, Bolívar tenía que economizar
letra y papel para no aumentar el porte.
En aquellos días, algunos ciudadanos de Quito le ofrecieron
ayuda: “Venga V. E. (le decían) a tomar asiento en
la cima del Chimborazo, a donde no lo alcanzan los tiros
de la maledicencia y donde ningún mortal, sino Bolívar,
puede respirar con gloria inefable”.
El 6 de mayo, Santander escribía en su diario que se
había visto con el general María José Lafayette para tratar
sobre una posible reconciliación con el Libertador, pero
él le dijo que Bolívar jamás volvió a mencionarlo en sus
escritos o discursos o conversaciones privadas; como el
Libertador era vengativo y orgulloso, él no debía en su
desgracia ni abatirse ni humillarse. Luego de la entrevista
—como no debía abatirse— por la noche fue al teatro italiano
a ver la representación de la opera alemana Freischütz
de Weber, donde aplaudió con calor y arrojó ramilletes de
flores desde el palco.
Bien conocida es la vida del general Lafayette que pasó
por casi todas las grandes convulsiones políticas de su siglo.
Era de un fino tacto para sorprender a los hombres en su
interior. La experiencia lo había hecho cauto, severamente
prudente. Por un milagro se salvó de la guillotina francesa.
A este hombre acudieron granadinos para que intercediera
ante Bolívar y lograra reconciliarlo con Santander. Lafayette
aceptó tan difícil encargo, y con extraordinaria delicadeza
escribió una pieza magistral de persuasión al Libertador.
A un político de este temple, Santander le dijo que Bolívar
era vengativo y orgulloso, que era como decirle, a modo de
advertencia anticipada, que una reconciliación con él era
imposible. ¿Quién era de veras el orgulloso, el vengativo?
Seguramente, y esto se ve por el tono de la carta de
Lafayette a Bolívar, Santander le dijo que la gran diferencia
con el Libertador consistía en lo referente al sistema federativo.
La historia nuestra ha sido suficientemente elocuente
para probarnos que tal sistema era entonces contrario a
nuestra naturaleza. Si no hemos sabido ser ecuánimes con
el vencedor y no hemos sabido respetar el triunfo de nuestros
opositores, si la violencia ha sido siempre el signo de
la amenaza para quienes se oponen a nuestras ideas, si el
escamoteo de teorías que no comprendemos son la bandera
de la libertad y del delirio de nuestras consignas, entonces,
cualquiera que hubiese sido el sistema adoptado, por perfecto
y sublime que éste fuese, y aunque resultara exitoso
en otras regiones del planeta, no habría dado satisfacción
a los hombres de Colombia.
Qué manía en querer perjudicar el proyecto centralista
del Libertador, como si no se diera cuenta, por ejemplo,
don Germán Ercienegas que por tal proyecto sus abuelos
fueron ciudadanos, mal que bien, de una República; no
tal vez la República sublime y dichosa a que aspiraban
los panfletarios azueristas y santanderistas, que empeoraron
las cosas aún con el poder en sus manos. ¿Qué mal
(preguntémosle como lo hace J. V. González) hizo Bolívar
centralizando su gobierno para vencer a España y libertar
a la América del Sur y dar el sólido laurel que hizo nacer
tres naciones? Sin esta política, Bolívar, no habría podido
llegar ni siquiera a Pasto, ni siquiera a Cundinamarca,
mucho menos a Quito, a Guayaquil, Lima, etc. Fue el
desorden, consecuencia de los resabios de la ardorosa política
federativa del pasado, lo que rebasó las tendencias
parcelarias de Páez y Santander e hizo corta y frágil la
estadía de Bolívar en las naciones del sur.

















