La fatídica historia del más grande traidor de América Latina: Francisco de Paula Santander (57)… (DE LA OBRA DE SANT ROZ: BOLÍVAR Y SANTANDER – DOS VISIONES CONTRAPUESTAS)…

Sin remedio

Para el hombre de genio sólo hay dos caminos

en las situaciones difíciles: o retirarse y abdicar toda influencia,

para no convertirse en cómplice de un sistema que desaprueba,

o aislarse del mal que no puede evitar, y hacer una cosa,

una sola cosa, siempre moral, siempre gloriosa,

trabajar por la defensa de su país.

  1. Thiers (Historia de la revolución francesa)

Hubo momentos en que la desesperación por dividir la República fue tan crítica que Restrepo perdió aún más la moderación y dijo: “por inexcusable y contrariando sus repetidas y solemnes protestas, el Libertador deseaba que se le nombrase presidente de Colombia”.

No era el cargo, ni la investidura de Presidente, lo que

podían retenerlo en Colombia; no era tampoco frenesí de

mandar, sino el dolor de ver su obra despedazada por la

intriga, por los odios partidistas. ¿No admitía acaso el propio

Restrepo que el Libertador iba más de ciento cincuenta

años delante de sus contemporáneos? ¿Las revoluciones

continuas, que a nombre de la libertad despedazaban y

retrasaban a nuestras repúblicas, no justificaban acaso la

idea de la presidencia vitalicia? Revoluciones (según dice el

propio historiador) hacían temer a los verdaderos patriotas,

amigos de la libertad racional; admitirá luego que esta hermosa

porción del globo, bañada por la sangre de sus hijos,

retrogradó a la barbarie del siglo XVI. ¿Entonces, qué cargo

podía imputársele por ese sentimiento de no querer dejar

desamparada y en manos asesinas a su amada tierra?

Admitimos que Bolívar debió dejar de una vez la presidencia

para dar cauce a una nueva representación y ejercitar la

flexibilidad republicana en la nación que él había creado. No

era fácil dar una solución a este paso. Pero el gran problema

era: ¿quiénes iban a ejercer la alternabilidad democrática?

La verdad sea dicha, nosotros no estábamos en condiciones

de adentrarnos en un negocio que envolvía las pasiones más

miserables, los deseos más viles. La alternabilidad en este

caso se reducía a escoger entre lo que se llamaba: boliviano

o liberal, y había entre estas dos tendencias una división casi

sangrienta y, como habían de mostrarlo hechos posteriores,

la República en manos de los santanderistas fue el cadalso

y el martirio de los bolivianos, de los indiferentes; tanto así

que lo que vendría luego a ser el partido Conservador de

la Nueva Granada, no sería otra cosa sino que los restos

compungidos de un trozo del propio partido liberal.

Por eso, Bolívar sabía que entregar el mando era abrir

las compuertas para la degollina. En esto consistía “su

debilidad”, lo admitimos.

Entretanto, “el que era llamado a sucederle” estaba en

aquel momento en la representación de una ópera italiana,

esperando que los hechos, sin que él siquiera moviera un

meñique, trabajaran a su favor. Veía El Barbero de Sevilla con

música de Rossini. “Me pareció divinamente ejecutada y estuve tanto

más contento cuanto que oí cantar a Mme. Malibrán-García, que tiene

una voz angelical y es de las primeras cantarinas de Europa”.

A mediados de marzo de 1830, Santander asistía a una

soirée muy concurrida de damas y distinguidos señores

franceses. “Noté mucha curiosidad hacia mí, como que

varios señores me rodeaban a oírme y verme sin hablarme

de nada”. Al día siguiente asistió al Circo Olímpico,

donde se divirtió viendo las piruetas de caballos y perros

muy graciosos. Fue invitado por la Sociedad de Educación

Elemental a hablar sobre el estado de cuenta de Colombia,

 “y lo rehusé porque no estaba preparado ni sé cuál es su

verdadero estado en la actualidad”.

En el mes de abril, la opinión colombiana estaba

fuertemente dividida entre si debía o no proponerse en

el Congreso la reelección del Libertador. Las opiniones

favorables estaban dirigidas por los diputado Juan de Francisco

Martín y Juan García del Río, los cuales chocaban

contra las miras del general Urdaneta, que apoyado por

los “liberales” pedía la disolución de Colombia y rechazar

la reelección de Bolívar.

Finalmente, en una junta reunida a petición del propio

jefe de Estado se determinó irrevocable y firmemente “que

convenía a la paz y la tranquilidad de Colombia que el

Libertador no fuese reelegido para presidente”.

¿Cómo quedo yo (les preguntó Bolívar, confuso y triste) siendo

el ludibrio de mis enemigos y apareciendo como un proscrito?

¿Por qué el Congreso no me admitió mi renuncia desde los

primeros días de su instalación y así habría dejado ya el

puesto y el país con lucimiento?

El señor Luis Baralt, uno de los representantes más

ilustrados y sinceros se adelantó y le explicó:

General, vos seréis siempre en Colombia el más alto jefe

militar, el primero y más ilustre de los colombianos, objeto

de veneración de cuantos estimen la gloria de la patria y el

bien inapreciable de la independencia.

Sí, general (agregó el general Hérrán), en la Nueva Granada,

donde quiera que fijéis residencia, seréis el oráculo acatado por

todos, seréis nuestro Washington.

Posada Gutiérrez cuenta que Bolívar aceptó los consejos

de Herrán y Caicedo en calma; más aún, les pidió

disculpas y dijo estar decidido a no aceptar más coacción

de sus amigos que le empujaban a aceptar la reelección.

Que ahora estaba decidido a irse del país.

Y añade Posada:

Yo, contristado con la tempestad que rugía por todas partes,

inquieto con el temor de errar sin tener convicción profunda de

lo que conviniera, fui a esperar al general Caicedo a su casa.

Coronel Posada (le dijo Caicedo) es menester salvar a nuestra

patria de la responsabilidad de un gran crimen… Yo temo

hasta por el general Sucre… El Libertador sabrá pronto, si

no ha caído ya en cuenta, que nosotros, alejándolo, somos sus

verdaderos amigos. Por otra parte, la conservación de Colombia

es una causa perdida y somos granadinos.

Después de una vergonzosa elección para presidente

y vicepresidente de la República, quedaron en el primer

puesto Joaquín Mosquera y en el segundo Caicedo. Decimos

vergonzosa porque luego que la mayoría de los

diputados se había decidido en el primer escrutinio por

el doctor Eusebio María Canabal, acusado boliviano, en el

segundo escrutinio, bajo chantaje de muerte, gritos y otras

amenazas, los “representantes del pueblo” se decidieron

por el moderado Joaquín Mosquera. Moderado quería

decir condescendiente con los “liberales”. Estas decisiones

tomadas, aparentemente, por los patriotas colombianos no

fueron sino fruto del miedo. ¿Cómo una elección tan mal

habida puede considerarse sostén de la moral, republicanismo

o constitución alguna? Falsa era, desde su principio, la

formación de aquel gobierno levantado a fuerza de gritos,

aspavientos de terror, de cobarde amenaza.

No quedó pues en Colombia sino una endeble estructura

política, explosiva al menor soplo. A nuestro frente se abre un

panorama de frías figuras, truncadas, medio oscuras, medio

patrióticas, medio serias; todos los seudos habidos y por haber.

Obando y López se constituirán en las temibles columnas

del Gobierno. La muerte de Sucre se planteaba como algo

políticamente rentable. Y heredamos finalmente el lenguaje

de los hijos (modernos) de Santander, los que ansían hacer de

la política un negocio de empresas, de escuelas gerenciales.

Babiecas imitadores del paraíso norteamericano.

Al tiempo que Bolívar recibe los bandazos de la intriga

nacional, Santander entra en la Bolsa de París, donde se

reúnen los banqueros y donde, en letras de oro, refulgen

las plazas mercantiles de Europa, y exclama: ¡Qué edificio tan

magnífico! (como Alejandro frente a las huestes de Darío).

“De la bolsa pasé a la soirée del conde Mironi, italiano,

la cual se reduce a tocar y cantar, que ejecutan artistas

distinguidos”. También asistió a la representación, de Hernani.

Veamos su comentario: “Obra romántica de Victor

Hugo en oposición al género clásico; el teatro es grande

y hermoso, pero más pequeño que el de la Academia, no

hay orquesta alguna. La pieza fue aplaudida y silbada. Los

actores fueron muy aplaudidos”.

Tarde en la noche, el viento y las olas del ruido político

se detienen un instante. Bolívar ha quedado solo. Sentado

en su gruesa silla de madera, el dedo en el labio, en tono

pensativo; las piernas cruzadas, ausente del mundo; sus

reflexiones se concentran en voces que llegaban desde las

sombras de años idos.

La Sombra: Frivolidades, vanidades, pequeñeces. De eso

se alimentaba el poder.

Bolívar (interrumpiéndole): No tienes por qué decírmelo,

lo se mejor que tú: veo el fin de estos pueblos, la miseria

irreparable, mi caída; los homenajes postreros.

Finalmente, el Tirano está reducido a la vida privada,

dispuesto a obedecer lo que el Gobierno exija. Los separatistas

—godos y liberales— celebran en posadas y tabernas

su inminente muerte. Sin creencia, no hay fe, y como el

respeto a la autoridad está resultando fatal porque los

doctos disienten, la juventud pierde el freno y ya no tiene

confianza en sí misma.

Era día jueves y Francisco anotaba el resumen del día:

A las seis fui al convite de Rothschild que se compuso de

24 personas, hombres y señoras. La mesa fue servida con los

más magníficos útiles y con exquisitos manjares. Es la más

lujosa y suntuosa que he visto. Entre 20 clases de vino… A

las 9 salí de esta casa y pasé a la soirée del barón Ternaux.

Viernes: He estado bastante arromadizo. Por la noche fui a

la soirée de Mme. O’Reilly… Recibí convite para comer el

domingo venidero donde la baronesa O’Aubigny, hija del conde

general Charpentier.

El Libertador había ordenado la venta de algunas de sus

pertenencias, aquellas que pudieron sobrevivir a su dadivosa

mano. Por una vajilla de plata obtuvo 2.500 pesos y

por sus caballos y algunas alhajas unos 17.000 pesos. Con

lo que lograra reunir pretendía viajar a Europa. Se dice

que a principios de mayo ya tenía consumidos los 30.000

pesos de su sueldo anual de presidente, que dedicó casi en

su totalidad a socorrer a las viudas, auxiliar a militares y

en limosnas para los pobres. Téngase en cuenta que este

dinero no pasaba por sus manos. Su quinta la dio a un

amigo suyo; no podía dejar de dar algo a quien le visitaba

o se acercaba a su casa, porque la pobre gente creía que

el título de Libertador o presidente era en sí mismo la

fuente de donde emergían inmensos recursos. “El último

soldado que recurriese a él (nos cuenta Posada Gutiérrez)

recibía cuando menos un peso, caballos, espada, hasta su

ropa misma, todo lo daba”.

Su situación llegó a hacerse tan precaria que para mandar

algunas cartas a Londres, Bolívar tenía que economizar

letra y papel para no aumentar el porte.

En aquellos días, algunos ciudadanos de Quito le ofrecieron

ayuda: “Venga V. E. (le decían) a tomar asiento en

la cima del Chimborazo, a donde no lo alcanzan los tiros

de la maledicencia y donde ningún mortal, sino Bolívar,

puede respirar con gloria inefable”.

El 6 de mayo, Santander escribía en su diario que se

había visto con el general María José Lafayette para tratar

sobre una posible reconciliación con el Libertador, pero

él le dijo que Bolívar jamás volvió a mencionarlo en sus

escritos o discursos o conversaciones privadas; como el

Libertador era vengativo y orgulloso, él no debía en su

desgracia ni abatirse ni humillarse. Luego de la entrevista

—como no debía abatirse— por la noche fue al teatro italiano

a ver la representación de la opera alemana Freischütz

de Weber, donde aplaudió con calor y arrojó ramilletes de

flores desde el palco.

Bien conocida es la vida del general Lafayette que pasó

por casi todas las grandes convulsiones políticas de su siglo.

Era de un fino tacto para sorprender a los hombres en su

interior. La experiencia lo había hecho cauto, severamente

prudente. Por un milagro se salvó de la guillotina francesa.

A este hombre acudieron granadinos para que intercediera

ante Bolívar y lograra reconciliarlo con Santander. Lafayette

aceptó tan difícil encargo, y con extraordinaria delicadeza

escribió una pieza magistral de persuasión al Libertador.

A un político de este temple, Santander le dijo que Bolívar

era vengativo y orgulloso, que era como decirle, a modo de

advertencia anticipada, que una reconciliación con él era

imposible. ¿Quién era de veras el orgulloso, el vengativo?

Seguramente, y esto se ve por el tono de la carta de

Lafayette a Bolívar, Santander le dijo que la gran diferencia

con el Libertador consistía en lo referente al sistema federativo.

La historia nuestra ha sido suficientemente elocuente

para probarnos que tal sistema era entonces contrario a

nuestra naturaleza. Si no hemos sabido ser ecuánimes con

el vencedor y no hemos sabido respetar el triunfo de nuestros

opositores, si la violencia ha sido siempre el signo de

la amenaza para quienes se oponen a nuestras ideas, si el

escamoteo de teorías que no comprendemos son la bandera

de la libertad y del delirio de nuestras consignas, entonces,

cualquiera que hubiese sido el sistema adoptado, por perfecto

y sublime que éste fuese, y aunque resultara exitoso

en otras regiones del planeta, no habría dado satisfacción

a los hombres de Colombia.

Qué manía en querer perjudicar el proyecto centralista

del Libertador, como si no se diera cuenta, por ejemplo,

don Germán Ercienegas que por tal proyecto sus abuelos

fueron ciudadanos, mal que bien, de una República; no

tal vez la República sublime y dichosa a que aspiraban

los panfletarios azueristas y santanderistas, que empeoraron

las cosas aún con el poder en sus manos. ¿Qué mal

(preguntémosle como lo hace J. V. González) hizo Bolívar

centralizando su gobierno para vencer a España y libertar

a la América del Sur y dar el sólido laurel que hizo nacer

tres naciones? Sin esta política, Bolívar, no habría podido

llegar ni siquiera a Pasto, ni siquiera a Cundinamarca,

mucho menos a Quito, a Guayaquil, Lima, etc. Fue el

desorden, consecuencia de los resabios de la ardorosa política

federativa del pasado, lo que rebasó las tendencias

parcelarias de Páez y Santander e hizo corta y frágil la

estadía de Bolívar en las naciones del sur.

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