La fatídica historia del más grande traidor de América Latina: Francisco de Paula Santander (50)… (DE LA OBRA DE SANT ROZ: BOLÍVAR Y SANTANDER – DOS VISIONES CONTRAPUESTAS)…

Las momias encapilladas

Las leyes más deseables son las escasas,

generales y sencillas, y aún me parece que valdría

más no tener ninguna que tener tantas como tenemos.

Montaigne

Bolívar, desde Venezuela, había tomado providencias para someter a los alzados de la Tercera División. Bajo esta determinación, se había embarcado para Cartagena el general Salom con 800 hombres y Urdaneta tenía órdenes de acercarse, desde Maracaibo, a la provincia de Pamplona con una vigorosa división de veteranos.

El secretario del Libertador se adelantó hasta la capital para comunicar al gobierno que el movimiento de aquellas tropas tenía por único fin someter a los alzados de Bustamante. Pero Francisco dio otro grito al cielo, grito que el incipiente partido liberal convirtió en la bandera de sus profecías. Decía que el Libertador iba a destruir las libertades públicas y a aniquilar a quienes tanto le “habían amado”. Pasó al Congreso un mensaje encendido de encono y resentimiento: Soublette ni nadie pudo entonces detenerlo, exclama que existen ciudadanos que se encuentran comprometidos porque han censurado la conducta del Libertador, aprobando la reacción del Perú, aplaudiendo el hecho del 26 de enero y opinando por la admisión de la renuncia del presidente; que los movimientos que hace el Libertador son bastantes para amenazar la tranquilidad pública y mientras el Gobierno nacional crea comprometidas las garantías de un solo ciudadano, debe interpretar su autoridad para conservarlas y reclamar del cuerpo representativo de la nación todas las medidas capaces de inspirar confianza y seguridad… El Congreso, añadía, es el baluarte defensor de todas las arbitrariedades.

Al mismo tiempo, Azuero en El Conductor seguía insistiendo obsesivamente que la Nueva Granada debía independizarse de Venezuela. Que era preciso “alejar al Libertador del gobierno de la República, aún proclamando la revolución”.

El Libertador estaba de veras desconcertado, creía oír en el eco de las olas en Cartagena los coléricos chillidos y temblores de la capital. No podía comprender que para hundirle promovieran un estado de guerra incontrolable.

Santander exclamaba que no había con qué sostener tropas de ninguna clase y que por favor no se acercaran.

Después decía que eran ilegítimos aquellos movimientos porque cometían infracciones a la Constitución, que otra vez “Napoleón regresaba de Egipto”.

Mientras Francisco se deshace en lamentaciones, rodeado de amigos un tanto vacilantes, Bolívar continúa su marcha hacia la capital. En el camino se va enterando de ciertos decretos que reducen los gastos del ejército. Se detiene en El Socorro a esperar una respuesta sin tener medios para hacerse obedecer. Las respuestas del presidente del Senado a su protesta, le parecen satisfactorias y sigue su camino. Le acompañan los generales Briceño y Urdaneta; sonreían éstos porque llegaron a creer que el general Santander les opondría viva resistencia.

Era ilegal la marcha de aquellas tropas sobre el territorio de Cundinamarca porque ésta dependía de la autoridad del Vicepresidente. Pero la ilegalidad era la trampa para coger a Bolívar y sacrificarlo, como muy bien lo hace ver Groot:

Si el Libertador se hubiera atrevido a venir solo, la revolución habría estallado en Bogotá para apoderarse de su persona, bajo pretexto de hacerlo rendir cuenta al Congreso de su conducta, que era lo que pretendían los jefes de la Tercera División, a quienes se habría dado aviso… Sabía muy bien (Bolívar) que al tratar su renuncia en el Congreso se le había acusado como a un criminal de lessa patria, como a un tirano usurpador de los derechos del pueblo; y esto con una vehemencia espantosa y con aplausos de un partido desenfrenado, que no admiraba más que a los Brutos y los Casios… El paso era ilegal, pero los que ponían en necesidad de darlo eran los culpables.

Cumplió el Libertador serenamente los pasos que debía dar para no perturbar los pruritos legales de sus enemigos, y desde Zipaquirá envió un edecán con documentos que anunciaban, al Gobierno y al Congreso, que seguiría a la capital para encargarse constitucionalmente de la Presidencia. El Congreso se reunió en la iglesia de Santo Domingo, el día 10 de septiembre, y a las tres de la tarde entró el Libertador a la capital.

Las dos cámaras se reunieron en el templo de Santo Domingo, donde el Libertador prestaría juramento.

Los señores Soto, Uribe Restrepo y Juan Azuero, quienes eran senadores y debían estar presentes en el templo se habían escondido al conocer la llegada de Bolívar. Santander y otros del partido, exaltados, le hicieron saber de aquella huida, para mostrarle “el estado de terror que vivían”.

Bolívar sonrió y calmadamente dijo que podían estarse tranquilos, pues, no tenía resentimientos contra nadie. Estaba acostumbrado a ver estampidas desde el año 12 y pudo decir: no huyen de mí, lo hacen de ellos mismos.

Entre los intranquilos estaba también el coronel Posada Gutiérrez que como sabemos, había salido a la calle junto con Santander a dar vivas a los alzados de la Tercera División. Ya que esto era un delito grave entre militares, se pensó seguirle causa, pero el “tirano” le cambió el cargo, nombrándolo Jefe de Sección del Crédito Público.

Francisco se sentía ofendido, mostraba un empacho sombrío; una fría e imperturbable máscara donde ocultaba su abrumada agitación. Él no pensaba en el abismo humano que había en la inconsecuencia de sus actos. No, él dejaba que las leyes se encargaran de todo. Parecía un ciego en su lívida inalterabilidad, atado y perplejo a las complejidades de su agitada indeterminación.

Para aplacar aquel mal humor, el Libertador no hace sino seguir su naturaleza. Si a Páez fue necesario dominarlo con el rigor de un valor militar a toda prueba, a Francisco era suficiente mostrarle que no se le molestaría en su cargo, que, al estilo liberal, se le protegerían sus prendas y sus propiedades.

No fue ninguna sorpresa para Francisco la insólita actitud del Libertador, quien confirmó en sus cargos a los fanáticos enemigos que le atacaron con fiereza durante su ausencia. “De estos rasgos no se han visto más que en Bolívar. A los presidentes de bandería no los hemos visto continuar con el ministerio antagonista”.

En el convencimiento de la imposibilidad de gobernar a América, Bolívar comete otro error, en ésa que es su manía de creer que con la suavidad de sus procederes podía orientar a los confundidos. Ante los eminentes generales, congresistas y juristas que le rodean, dice alabanciosas palabras para Francisco. ¿Cómo entender este vaivén?, se preguntarán muchos y yo digo: ¿cómo no entenderlo? ¿Qué cuesta tratar de influir por las buenas en un hombre vital para el orden social, y cómo no procurarlo por algún medio suasorio?, ¿Cómo tratar a este hombre trastornado por tan nefastas contrariedades? Lo tiene frente a sí, espectral, frío, con su máscara de hierro; rodeado de los más insignes magistrados de la capital. Ya Bolívar está perdido políticamente por su versátil actitud ante Páez; para gobernar a estos señores habría que ser versátil o verdugo.

Repito, poco antes de morirse, dirá Bolívar: “El no habernos compuesto con Santander nos ha perdido a todos”. Más tarde, cuando el gobierno de José Ignacio

Márquez tampoco se componga con el señor Santander, se verá perdido el país por una horrorosa guerra civil.

Fue algo también inevitable.

Bolívar iba equivocado al no darse cuenta de que el tamaño de la forma irrespetuosa con que ya le habían tratado, tocaba los extremos de la vulgaridad y del crimen.

Se urdían contra el Libertador los chistes y expresiones más insolentes, y se hacía difícil, por esta propiedad corrosiva de la chanza tropical, construir algo noble entre los “liberales”. La carrera de Francisco hacía de la vulgaridad una de sus armas predilectas.

¿Qué hacer con este señor?, se preguntaba el Presidente cada vez que su mirada se cruzaba con el porte congestionado y difuso de su antiguo y ferviente servidor, mientras que Santander, serio y triste, decía: “Y yo, señor, ¿cómo quedo en este lío?”

Bolívar comprendió sus súplicas y decidió olvidarlo todo.

Y fue entonces cuando hizo un recargado panegírico a las virtudes del Hombre de las Leyes.

Veamos cómo nos revela Francisco cuanto ocurrió el 28 de octubre de 1827:

El Libertador brindó porque ese mismo día de 1783 en que él había nacido, había reconocido España la independencia de los Estados Unidos del Norte, y había aparecido el primer pueblo libre en América, etc.; la hija de Soublette le dijo un soneto y le presentó una corona cívica. Entonces el Libertador, tomando la corona, expresó bien que el pueblo colombiano era el único acreedor a ella, porque suyos habían sido los sacrificios, suya la causa, etc. y dirigiéndose a mí —que estaba a su lado— concluyó: El Vicepresidente, como el primero del pueblo, merece esta corona, y me la puso en la cabeza.

El acto fue muy aplaudido, y yo recibí una sorpresa… Lo que más me complació fue el aplauso general. Yo, turbado, di las gracias y expresé algunas ideas…

“Lo que más le complació fue el aplauso general…”

Aún existen tontos que hablan de la pavorosa confrontación entre Bolívar y Santander. Nada más falso.

El Libertador jamás utilizó un lenguaje bajo contra su predilecto teniente, y cuanto dijo de él iba empapado del deseo de mejorar su agria y torcida ambición o lleno de lástima y dolor por la pérdida irremediable a que lo conducían las malas lecturas y las malas compañías.

El día de su juramento, Bolívar prometió que gobernaría según la Constitución y las leyes, porque quería entregar su patria libre y tranquila después de la Gran Convención.

Pero ya sabía que los partidos no cesarían en sus diatribas, en sus calumnias y maldades hasta ver destrozada la unión.

Que su presencia iba a ser insufrible porque cada cual quería su parcela de mando y el deseo gratuito de escandalizar y destruir la exigua calma que todavía quedaba.

Sin embargo, aún podía hacer milagros: A pocos días de su gobierno, Colombia era otra. Trabajaba sin descanso tratando de resolver los más ocultos detalles de cada rincón del país.

Nadie creía (dice Restrepo, uno de sus ministros) que la imaginación viva del Libertador, su genio siempre en actividad, pudiera encontrarse al despacho de tantos detalles; más se engañaban, no sólo los atendía, sino que los penetraba inmediatamente, aun cuando fueran de ramos extraños de su profesión, por ejemplo, de jurisprudencia, a la que tenía la mayor aversión, lo mismo que a los abogados.

No se encaprichaba (agregaba Restrepo) en sostener sus opiniones, aunque algunas veces las llevara formadas al Consejo, y en cuanto algún secretario manifestaba buenas razones en contrario, cedía con docilidad.

Prontamente se sintió un desahogo a tal extremo que el partido “liberal” disminuyó su acrimonia. En las más insignificantes provincias se sentía la suavidad de sus funciones o, mejor dicho, su discreta y sutil manera de gobernar sin intervenir directamente en las decisiones que correspondían a los llamados representantes del pueblo.

Se cuenta que algunos enemigos de aquel “tirano”, por voluntad propia, se ofrecieron para ayudarlo.

Las leyes no sufrieron alteración, no se hizo un solo prisionero. Colombia, en toda su extensión, parecía un campo fértil, en calma; puede decirse que se recobró un poco el sentido de patria de 1825 y hubo la esperanza de que se extinguieran, para siempre, las viejas y penosas incertidumbres.

Francisco se lanzaba a la arena de la contienda política con toda la fuerza de su agitada elocuencia. Lo grave era que iba a luchar, no por el bien de su patria, sino para vencer a Bolívar, para destruir a sus opositores y lavar las manchas de su rencor, de las humillaciones recibidas.

Prendas todas de su trastornada manera de proceder. Al fin, pues, los cuervos alzaban vuelo.

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